1/07/2018

Safari


Carlos Bonfil

Un parque temático de la depredación. Ulrich Seidl, el documentalista austriaco que mejor consigna los prejuicios y manías de sus compatriotas, añade en Safari, su cinta más reciente, una mirada corrosiva a un pasatiempo, con fuertes reminiscencias coloniales, de algunos turistas europeos en África. Se trata de una cacería de temporada de bestias y especímenes raros (ñus, impalas, jabalíes, cebras, venados y jirafas), misma que ejecutan con precisión teutona, para luego disponer, sobre las paredes de sus residencias veraniegas, el arreglo simétrico de las cabezas cercenadas a manera de trofeos de una heroicidad satisfecha. Frente a la cámara, la emoción de los cazadores parece genuina, casi conmovedora. Se sienten convencidos de que la depredación de la fauna silvestre, muy lejos de ser un crimen, es, en definitiva, un acto humanitario (Matar animales permite preservarlos de las enfermedades y garantizar el futuro y propagación de la especie, argumenta sin vacilaciones un cazador joven). Otro cazador, ya veterano, señala que sólo se ejecuta a animales enfermos, aun cuando la cámara de Seidl desmiente esa falacia capturando, en directo, el sacrificio ocioso de una jirafa inerme y saludable.
La sangre de las bestias. Lo perturbador del nuevo documental de Seidl (autor de la trilogía Paraíso: Amor, Fe, Esperanza, 2012/13) es la ausencia de todo comentario externo, de un juicio valorativo o de un preciso punto de vista del cineasta. Es evidente que el espectador queda confrontado de modo muy directo con las atrocidades de una cacería salvaje y a un posible grado de complicidad con los depredadores en pantalla. Igualmente incómodo de observar es la manera en que se dispone el cadáver de la bestia para la fotografía de familia o la selfie memorable que habrá de inmortalizar la faena. Ese ritual no es exclusividad de los turistas austriacos o alemanes, también ha sido un muy difundido pasatiempo de la realeza española en los infaustos tiempos del rey Juan Carlos.
Ulrich Seidl sigue metódicamente las rutinas del safari. Lo mismo las actividades diarias de la familia de turistas excitados y felices, que los intensos trabajos de la población negra de Namibia que participa, como guía o asistente, en el tradicional safari consentido por las corruptas autoridades locales. Resulta un poco obvio, sin embargo, fotografiar a esos guías o a sus familiares a lado del conjunto de cabezas de las bestias sacrificadas, como un trofeo más, igualmente ignominioso. Mas interesante es la labor en los depósitos en que se destazan los restos animales para eviscerarlos primero y extraer luego sus pieles, hasta dejar restos de esa carne y esos huesos para consumo de una población menesterosa. En muchas de sus declaraciones, los cazadores manejan la misma lógica de los colonos de principios del siglo pasado: la presencia de la civilización en un territorio salvaje, así sea mediante algo tan aparentemente inofensivo como un safari, proporciona seguridad y bienestar económico a la población autóctona, aunque sólo se trate de migajas. Con una lógica más moderna, un cazador señala a sus detractores que los sacrificios y las torturas de animales en los rastros de las naciones opulentas no son menos inhumanos que lo que se practica al aire libre en las sabanas africanas. Así, lo que parecía un documental más sobre la depredación que hace el hombre de las especies animales en extinción, pronto se transforma en un comentario irónico acerca de la doble moral que, sobre estos temas, prevalece en las sociedades occidentales. Nadie parece quedar al margen del duro señalamiento. El realizador de Días perros (2001) y de Import/Export (2007) y ya antes, de Amor animal (1996), contrapartida exacta de Safari, mantiene muy viva su larga vocación de perturbador profesional de las buenas conciencias.
Se exhibe en la Cineteca Nacional.
Twitter: Carlos.Bonfil1

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