8/01/2012

Cuchillos largos… y azules


Ricardo Rocha


El PAN está pasando de la ruina a la ruindad. Como cuando en tiempos de Enrique VIII echaban a la disputa de los perros los pedazos del descuartizado.

Así que, a la más ignominiosa derrota desde su fundación le sigue una disputa por los restos del naufragio, tan feroz que lo que se ve a simple vista es apenas la punta del iceberg. Bajo la superficie, la lucha es tan tramposa que ya no hay reglas para nadie. Y por supuesto que no es un secreto que hay dos facciones que pelean a muerte lo que queda del partido: muy poco en función de lo perdido, pero todavía mucho en dinero y posicionamientos políticos. Sólo que hay, a mi entender, una ligera confusión en cuanto a la identificación de los contendientes. Se ha dicho que los panistas están divididos y confrontados entre calderonistas y maderistas en clara alusión al presidente Felipe Calderón y a Gustavo Madero, dirigente formal del PAN. No es así, por varias razones, pero la principal es que don Gustavo, a pesar de su buena voluntad y nacencia no logró consolidar un liderazgo fuerte como para convocar seguidores furibundos e incondicionales.

Porque ahora en el PAN todo se reduce a encontrar y exhibir al gran culpable de la debacle electoral de 2012 y sus saldos injustificables: pérdida de la Presidencia de la República luego de dos sexenios, desplazamiento hasta un oprobioso tercer lugar en la misma elección presidencial; deslizamiento a tercera fuerza en la Cámara de Diputados y el derrumbe estrepitoso en estados en los que llevaban ya dos o hasta tres periodos en el poder.

Lo que no entienden los panistas, es que esa derrota escandalosa puede ser mínima frente al daño inmenso y tal vez definitorio que pueden hacer al partido. Porque lo que intenta cada quien no es un examen de conciencia racional o un análisis inteligente en el interior. De lo que se trata es del arrasamiento del contrario a como dé lugar, lo que podría significar también el aniquilamiento del terreno que pisan, el incendio de la propia casa, el fin de un partido que supo ser oposición pero nunca gobierno. Una lucha tan brutal como absurda en la que los dos bandos queden igual de moribundos.

Aunque en el fondo es también un asunto de enorme hipocresía. Porque unos y otros saben que cargan con iguales culpas. Sus dos gobiernos han sido una docena trágica: desperdiciaron cientos de miles de millones de dólares en excedentes petroleros, crecieron en 200% la alta burocracia, aumentaron millones los pobres y los desempleados y ahora heredan 60 mil muertos. Los dirigentes panistas y sus representantes populares no lo han hecho mejor: siempre listos para negociar hasta la honra en el Congreso y las candidaturas, más que dispuestos a una corrupción que ahora no pueden ocultar con sus casotas y departamentos de lujo.

No es un problema de chaparrismo físico, sino de estatura moral e intelectual. Porque el verdadero pecado del PAN es que, en su voracidad por gozar de los beneficios del poder, se olvidó de formar líderes de verdad como lo fueron en su momento intelectuales notables como Juan José Hinojosa o polemistas fogosos como José Ángel Conchello o virtuosos de la doctrina como los Gómez Morín y los González Luna; o el padre biológico del Presidente, don Luis Calderón; o el padre político del Presidente, el unánimemente admirado Carlos Castillo Peraza. Esos eran gigantes.

Los que, estoy seguro, se avergonzarían nomás de ver que ahora la lucha en su partido no es por los ideales que ellos promulgaron, ni por los principios, valores y doctrina en los que abrevaron y luego propagaron fervorosamente; nada, hoy de lo que se trata es de presupuestos y privilegios derivados del uso abusivo del poder.

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