4/30/2017

Mar de Historias: Mentira y verdad



Cristina Pacheco
Lo primero que se me ocurrió fue venir a verte. No tengo a nadie más a quien decirle lo que me sucede. Siento que floto en el vacío; que voy cayendo, cayendo, sin tener de dónde agarrarme. Si alguien me hubiera dicho que esto iba a pasarme hoy, precisamente hoy que es mi cumpleaños, no le habría creído.
Por qué, si nunca vi señales de que fueran a despedirme. Mis superiores estaban satisfechos con mi trabajo. Hace poco me pusieron de ejemplo frente a mis compañeros. Vanidades aparte, creo que me gané ese reconocimiento gracias a que ni un solo día defraudé su confianza.
Por principio de cuentas, nunca llegué tarde. Eso quiere decir que durante años he tenido que levantarme a las cinco de la mañana y a partir de ese momento hacerlo todo de prisa: bañarme, vestirme, desayunar, correr al paradero y luego a la estación del Metro.
Una mañana, el servicio fue interrumpido porque una joven acababa de arrojarse a las vías. Me puse tan mal que un señor se acercó a preguntarme si conocía a la suicida. Dije que no, pero me solté llorando. ¿Sabes por qué? Por el miedo que sentí al darme cuenta de que llegaría tarde al trabajo.
Hay dos cosas que mi jefe inmediato, el señor Zárate, no perdona: las mentiras y los retardos. Para él, aún la más pequeña demora es falta grave que amerita suspensión de tres días. Con lo poquito que gano, quedarme sin ese dinero significaba un verdadero desastre.
II
Mientras estuvimos esperando el restablecimiento del servicio me dediqué a pensar en cómo iba a justificarme ante mi jefe. No se me ocurrió nada de más peso que la verdad. Se la diría al señor Zárate, aunque tal vez no me creyera. No fue fácil verlo. El guardia de la puerta tiene estrictamente prohibido permitir la entrada a quienes lleguen cinco minutos después de las ocho. Sí, oíste bien: ¡cinco minutos!
Para ablandar al guardia le conté llorando lo del suicidio en el Metro. Mis lágrimas lo conmovieron, las atribuyó al dolor que se siente cuando un familiar cercano muere, y más en circunstancias trágicas. Lo dejé suponer que la suicida era parienta mía y hasta le puse un nombre: Espero que Dios haya perdonado a Josefina.
Dije ese nombre sin pensar en nadie en concreto, y cuando al fin pude acercarme al señor Zárate afiné la mentira y convertí a la desconocida en mi prima. Supe que había fingido muy bien cuando, después de ordenarme que fuera a mi lugar, mi jefe me dio el pésame:
Créame: siento mucho lo que le sucedió a su prima Josefina. Una perfecta extraña me había evitado la suspensión de tres días. Pienso tanto en esa joven, quiero decir en su mano... Fue lo único que alcancé a ver de ella.
Durante el resto del viaje en el vagón nadie habló, pero yo seguí llorando, ya te dije por qué: tenía miedo de perder tres días de sueldo. Si fuera sola no me habría importado, pero soy responsable de Félix. Necesito pagar su comida, sus medicinas y los abonos de la tele. Se entretiene mucho viéndola y ha aprendido palabras.
III
En la fábrica iba muy bien, cumplía con mi trabajo más allá de mi horario, sin imaginarme que poco a poco me acercaba al momento –hoy, hace unas horas– en que mi jefe me mandaría llamar para decirme: Tenemos que prescindir de su colaboración. ¿Colaboración?, repetí sonriendo desconcertada. No dio explicaciones, sólo me indicó que pasara al departamento de personal. Quien va allí corre peligro.
Creí que lo evitaría exponiendo mi situación: soy madre soltera, tengo un hijo de l1 años que nació enfermo y no se vale por sí mismo. Para poder trabajar tuve que pedirle a Rosaura, mi antigua vecina que ahora vive en Cuautitlán, que se encargara de mi hijo. Se llama Félix. Voy a verlo todos los domingos y de paso le entrego a Rosaura los 500 pesos que le cuesta mantener a mi muchachito.
El señor Zárate me escuchó como quien ha oído la misma historia mil veces y ya no cree ni una sola palabra. Desesperada, le juré por mi madre que lo que le había contado era cierto. ¿Sabes lo que me respondió?: Si algo reconozco es una mentira. Nunca fallo.
Podía demostrarle que estaba equivocado con sólo mencionar a la suicida en el Metro: no era mi prima, no sabía nada de ella y mucho menos su nombre. Ese –Josefina– y lo del parentesco lo había inventado para ablandarlo a él y evitarme la suspensión de tres días.
No dije nada. Sentí vergüenza de escudarme otra vez en la suicida. No puedo olvidarla. ¿Se habrá llamado Josefina? ¿Por qué eligió esa muerte? ¿Quién llorará su ausencia? ¿Tendría un hijo enfermo? ¿Pensó en él en el momento de arrojarse a las vías?.. ¡Por Dios, no me mires así! No estoy tramando lo que te imaginas. No necesito hacerlo. Ocurrirá. Piensa que voy cayendo, cayendo, y no tengo de dónde agarrarme.

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