1/19/2018

Abuso sexual y capital cultural


Gabriela Rodríguez

¿Qué diferente es el abuso sexual cuando se está rodeada de privilegios o cuando se vive entre miserias? La denuncia que hizo Ophra Winfrey en la entrega de los Globos de Oro parte de una historia personal de exclusión y discriminación racial. Winfrey, la primera mujer negra que recibe esta presea, es hija de una trabajadora doméstica y fue víctima de abuso sexual en la adolescencia, en un territorio donde la categorías de esclavitud, negritud y pobreza todavía no logran separarse. Su discurso dio voz a mujeres victimas del abuso sexual. Me Too (o A mi también) es una frase que alcanzó impacto mundial porque permitió expresar en palabras el silencioso dolor de millones de mujeres acosadas, violadas; pero especialmente porque no fue un discurso victimizante sino todo lo contrario: un enérgico llamado colectivo a detener el abuso, y a esperar siempre el amanecer aún después de la más oscura de las noches: “Time’s Up” es decir ¡Se acabó!, que nadie más tenga que volver a decir Me Too (A mi también).
Muy contrastante fue la reacción de un centenar de artistas e intelectuales francesas, quienes calificaron de puritano al movimiento Me Too. En un manifiesto público del diario Le Monde defienden la liberad de molestar como algo indispensable a la libertad sexual. La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería es una agresión machista, afirmaron en el manifiesto personalidades como Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake, entre otras. Para mi es muy lamentable este manifiesto, sobre todo porque trivializa la violencia de género, porque distorsionar la importancia del consentimiento informado en los contactos sexuales y por la incapacidad, de estas chicas francesas, para comprender el dolor vivido desde un lugar distinto al de su muy privilegiada posición social. Las firmas son de mujeres blancas en su mayoría, de las clases medias y profesionales, con niveles económicos similares o más altos al de sus parejas, no hay empleadas domésticas ni obreras, no firma ninguna mujer indígena.
Por ser figura pública, es conocida la historia de Catherine Deneuve: a los 17 años ella tuvo un romance con el realizador Roger Vadim, con quien decide abandonar a su familia y tener a Christian, su hijo mayor; más tarde, con su otro gran amor, Marcello Mastroianni, tuvo a su hija Chiara, hay más hombres en su vida que por el momento no vienen al caso. Pero sus primeros dos hombres tienen antecedentes muy distintos. Vadim era hijo de un diplomático ruso, a los 24 años descubrió a Brigitte Bardot y la convirtió de ser una adolescente común de 16 años, en el prototipo de una nuevo estilo de erotismo femenino. En tanto que Mastroianni es un actor de orígenes modestos y campesinos, durante la Segunda Guerra Mundial, fue internado en un campo de concentración alemán, de donde consiguió escapar.
Creo que su alta posición social y la admiración hacia hombres tan admirables y atractivos como Vadim y Mastroianni (espero que no sea la enviada la que mueve mi pluma), impide a las firmantes francesas ponerse en los pies de otro tipo de víctimas de acoso y abuso sexual. Los orígenes de Ophra Winfrey, de quien sufriera abuso desde el lugar de la exclusión y discriminación, la hacen empática con millones de víctimas de abuso sexual en el mundo, en especial del abuso de agresores con posiciones de poder (económico, laboral, político); y es precisamente su actual posición económica tan alta, la que le permite influir y poder denunciar en una dimensión mundial, las desigualdades sociales, raciales y de género que están atrás de los abusos. Según la revista Forbes, Ophra es la persona afroamericana más rica del siglo XX y la única de origen negro en poseer, más de mil millones de dólares durante tres años consecutivos.
Es un hecho demostrado, para enfrentar los poderes se necesita creer en una misma y contar con recursos suficientes. El capital cultural es clave, formas de conocimiento, grados educativos y ciertas habilidades son ventajosas para una persona que tiene un estatus más alto dentro de la sociedad. Los padres son quienes proveen a sus hijos e hijas de cierto capital cultural, y para romper la situación fatal de quienes nacen en los sectores excluidos, es indispensable elevar su nivel económico y cultural.
Hay quien desde las derechas se autonombra feminista, esas posiciones a mi no me interesan, ni me interesa que tomen posiciones de poder, porque un cuerpo de mujer no garantiza que luchen por todas ni por todos. Mujeres poderosas como la Thatcher o la Merkel, llegaron hasta dónde están gracias al movimiento feminista de izquierda, mismo que exigió acceso a la propiedad de la tierra, a la igualdad salarial, a la educación superior. En México, posiciones como las de la Zavala o la Barrales, además de herederas del feminismo, deben también su alta posición a las prácticas patriarcales de corrupción, a las cuales no solamente se han sometido sino que, hoy por hoy, reproducen a todo vuelo.
El feminismo no es patrimonio de nadie pero yo me identifico con un feminismo de izquierda. Las primeras feministas fueron socialistas, surgieron para defender las reivindicaciones laborales de las mujeres y su derecho a la tierra y al sufragio.
Para que la condición de las mujeres mejore es necesario un cambio cultural y económico. Además de transformar los valores patriarcales, hay que desactivar las políticas económicas neoliberales, hacer políticas de redistribución y contar con la participación de los diversos sectores críticos de la sociedad.

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