7/11/2026

Honduras: Migrar para no morir en el silencio

 

La migración de las mujeres ha expuesto las costuras de una institucionalidad agotada. Si bien Honduras cuenta con leyes de avanzada, como la Ley contra la Violencia Doméstica y la Ley para la Protección de Personas Desplazadas Internamente, el papel se queda corto ante la falta de presupuesto y voluntad política. Las mujeres migrantes y retornadas se enfrentan a una barrera de cristal institucional: oficinas sin personal, jueces sin sensibilidad de género y un sistema de salud que revictimiza a las sobrevivientes de violencia sexual en la ruta.

El análisis de las políticas públicas en Honduras revela una contradicción dolorosa: el país cuenta con leyes que parecen de vanguardia, pero que en la práctica son letra muerta. La Ley de Casas Refugio, por ejemplo, sigue esperando el presupuesto que le permita operar dignamente. Mientras tanto, las migrantes retornadas son recibidas por un sistema que ofrece soluciones temporales a problemas estructurales. Al tiempo que el acceso a la justicia se detiene en la frontera.

Existe una permanente desconexión entre los mecanismos de género (como SEMUJER o Ciudad Mujer) y las instancias migratorias. Las mujeres son vistas por el Estado como una cifra de remesas o un problema de control fronterizo, por lo que las condiciones de vulnerabilidad como sobrevivientes de violencia basada en género son ignoradas. El resultado es el retorno a los mismos entornos violentos de los que huyeron, sin redes de apoyo ni protección efectiva.

La protección de las mujeres migrantes no puede depender de la buena voluntad de las organizaciones de la sociedad civil o de la cooperación internacional. Es momento de que el Estado hondureño asuma una política estructural que reconozca la violencia de género como una de las principales causas del desplazamiento.

Migrar no debería ser la única forma de mantenerse con vida en Honduras; y retornar no debería ser una sentencia de muerte anunciada. Reconocer que migrar para sobrevivir es el síntoma de un Estado que les ha fallado en lo más importante: el derecho a vivir sin miedo, es el primer paso. La justicia para las mujeres migrantes hondureñas es una deuda histórica que no puede esperar más

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