Viri Ríos
M+.- Al momento de escribir esta columna desconozco el resultado del partido.
No sé si el país se ha volcado en una euforia colectiva sin precedente a las calles, o si estaremos hablando de lo cerca que estuvimos y lo bien que jugamos en la fase de grupos.
No importa. Este mundial deja mucho más que un marcador y una multitud de fiestas colectivas. Deja el testimonio patente de que nuestro país se siente orgulloso de sí mismo y de que usa apenas cualquier excusa para demostrarlo. Un México de valientes.
Y es que vivir en México no es cosa fácil. Nuestro país se define por sus desigualdades y su muy larga, casi normalizada, historia de injusticias. El propio mundial ha sido ejemplo de ello con la ciudadanía partida en quien pudo asistir al estadio, pagando lo que a la familia promedio le tomaría años ahorrar, y los que se volcaron a las calles.
No sé lo que haya sido ir al estadio, pero tengo en mí que la calle le compitió y le ganó. Vaya espectáculo de creatividad, desborde y absurdo. La fusión de microcosmos y ceremonias inventadas. Estaba el observador y el que volaba por los aires. La cumbia, la banda, el reguetón y el rodeo.
Salió la señora, el borracho y el valiente. Los personajes completos de la lotería se vieron todos. De lejos la sirena en camiseta verde. De cerca el músico, el borracho y el catrín. El mosaico cultural de nuestro país exponiéndose a cada paso.
El partido de ayer fue más que una justa futbolera. Fue un evento que detonó una esperanza que rara vez se percibe. Una tregua radical en la racionalidad individual que unió al país en una obsesión colectiva por mirar la pelota.
Muchas cosas en este mundial pudieron ser mejores, desde la negociación que se tuvo con la FIFA para permitir el evento, hasta la forma en que se reguló a las boleteras, el espacio público, las transmisiones y por supuesto, la calidad del deporte nacional. Todo eso importa y tendrá que discutirse con seriedad.
Pero por ahora nos queda todavía muy cerca el recuerdo de las alegrías que se vivieron en la calle.
Después vendrá lo de siempre. Al final, el país volverá a encontrarse consigo mismo y sus carencias. Volverán a la discusión pública los temas económicos, políticos y los debates sobre el futuro del país y su curso. Dejarán de escucharse los cánticos, las cornetas, los cohetes y
los mariachis.
Espero que, cuando todo esto pase, no se olvide por completo lo que vivimos. La enorme capacidad de nuestro pueblo por, incluso en las condiciones más duras, detener el reloj y unirse en un remolino de sentimientos. Que no se vayan las imágenes de la gente conmovida hasta las lágrimas, el apego y la esperanza.
Independientemente del resultado, incluso si perdimos, hay algo que conviene no perder de vista. Y es que la única cosa mejor que ganar es darte cuenta de que no importa, que siempre seguiremos siendo ese México con una enorme capacidad de esperanza
https://amp.milenio.com/opinion/viri-rios/no-es-normal/el-partido-de-ayer
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