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7/26/2026

Trabajadores ¿o colaboradores? del mundo: ¡uníos!


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En 1848, como frase final del Manifiesto Comunista, dos jóvenes intelectuales alemanes decían: “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” El llamado, vehementemente impetuoso, buscaba la organización de toda aquella persona que trabaje –es decir: que por medio de su esfuerzo, modifique el entorno natural en función de un proyecto humano– para, en una acción revolucionaria, cambiar el opresor sistema capitalista marchando al socialismo, puerta de entrada a una futura sociedad sin clases sociales: el comunismo.

Uno de esos jóvenes decimonónicos, devenido un agudo pensador crítico que revolucionaría la historia, hoy supuestamente “pasado de moda” y superado por “la realidad”, un tal Carlos Marx, en 1875, en su libro “Crítica del Programa de Gotha”, decía: “Como el trabajo es la fuente de toda riqueza, nadie en la sociedad puede adquirir riqueza que no sea producto del trabajo. Si, por tanto, no trabajó él mismo [el capitalista, sea empresario industrial, terrateniente o banquero], es que vive del trabajo ajeno y adquiere también su cultura a costa del trabajo de otros”. 

En otros términos: la única manera de producir riqueza es trabajando (el obrero industrial, el ama de casa, el campesino, el artesano, el empleado de servicios, el intelectual, el artista, hasta podría decirse que también la trabajadora sexual). Quienes trabajan, no importando el producto final de sus acciones, ¡son trabajadores! Eso no se discute. Sucede que últimamente, con el triunfo del capital sobre la clase trabajadora a partir de las políticas neoliberales, se trata de maniatarnos diciéndonos “colaboradores”. Pero… quien trabaja para otro no colabora: ¡le ayuda (muy a su pesar) a amasar su fortuna!, que es otra cosa. 

Sin dudas, como clase trabajadora, deberíamos unirnos todas y todos quienes trabajamos –en otros términos: quienes somos explotados– para combatir contra ese capital que nos sojuzga. Pero quienes detentan el poder nos toman la delantera, y en vez de unirnos, consiguen separarnos, mantenernos adormecidos, embobados con infinitos espejos de colores (ahí está el fútbol, por ejemplo), o reprimiéndonos sangrientamente cuando la protesta se eleva de tono. Azuzar nacionalismos ¿no es también una “elegante” manera de desunirnos?

A principios del siglo XIX en Inglaterra, cuando cursaba la Revolución Industrial y el grado de explotación de la clase obrera era infame, surgen y se afianzan los primeros sindicatos (trade unions), luego expandidos a toda Europa y al mundo, los cuales, con encarnizadas luchas, con mucha sangre y sacrificio, van logrando conquistas que hoy son patrimonio del avance civilizatorio mundial: jornadas laborales de ocho horas diarias, salario mínimo, vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, seguros por maternidad, regímenes de pensiones, seguros de desempleo, derecho de huelga. 

Hacia las últimas décadas del pasado siglo esos derechos podían ser tomados como puntos de no-retorno en el avance humano, tanto como cualquiera de los inventos logrados: la rueda, la agricultura, las telecomunicaciones o la fisión nuclear. Derechos conquistados, supuestamente inamovibles…, pero las cosas cambiaron drásticamente. Hoy, con la puesta en marcha de un nuevo Plan Cóndor, ahora a nivel global, las cosas se empeoran más aún para la gran masa trabajadora. Cualquier expresión de protesta puede pasar a ser “inminente peligro comunista-terrorista”, que deberá ser silenciada de inmediata.

Con la caída del bloque soviético hacia los 90 y la retirada –temporal– de los principios socialistas en las luchas sociales, el gran capital se sintió triunfador. En realidad, no terminaron ni la historia ni las ideologías, como grandilocuentemente se pretendió afirmar: pero sí ganaron las fuerzas del capital sobre las de los trabajadores, lo cual no es lo mismo. Ganaron, y a partir de ese triunfo, comenzaron a establecerse las nuevas reglas de juego. Los derechos adquiridos comenzaron a ser desmantelados, apareciendo nuevas reglas que significan un enorme retroceso en avances sociales. Los ganadores del histórico y estructural conflicto –las luchas de clases no han desaparecido, aunque no esté “de moda” hablar de ellas– imponen hoy las condiciones, las cuales se establecen en términos de mayor explotación, así de simple (y de injusto). La manifestación más evidente de ello es la precariedad laboral que vivimos, queriendo hacernos pasar por “colaboradores”. A tal punto ese retroceso, que se pudo hablar de tecnofeudalismo

Todos los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, un ingeniero de una multinacional, su portero o su gerente, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico semi analfabeto, todos y todas atravesamos hoy el calvario de la precariedad laboral. Todas y todos quienes viven de un sueldo, son trabajadores asalariados. Eso borra el mito aquel de “clase media”; eso es solo una mentirosa construcción aspiracional: o dueño de los medios de producción, o esclavitud asalariada. Esa es la realidad. El gerente (capataz o como se le llame) es un empleado a sueldo, preparado para no sentirse trabajador. Así como sucede con un profesional liberal. Pero si no se trabaja y percibe ingreso por un par de meses, va a la indigencia, como cualquier trabajador.

Hoy días ya son cosas comunes, normalizadas, el aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales), el incremento de empresas de trabajo temporal, el abaratamiento del despido, el crecimiento de la siniestralidad laboral (en el 2020, según la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, hubo más muertos por esa causa que por el coronavirus), la sobreexplotación de la mano de obra, la reducción real de la inversión en fuerza de trabajo. Todo eso constituye algunas de las consecuencias más visibles de la derrota sufrida en el campo popular. El fantasma de la desocupación campea continuamente; la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, es «conservar el puesto de trabajo». A tal grado de retroceso hemos llegado que tener un trabajo, aunque sea en estas infames condiciones precarias, es vivido ya como ganancia. Y por supuesto, ante la precariedad, hay interminables filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas. 

Acertadamente lo plantea Henrique Canary: “La clase trabajadora «clásica» (fabril) se descompone, se desestructura, se vuelca en las apps, las bicicletas Glovo y los coches Uber. La economía –y con ella la clase trabajadora– se plataformiza. El movimiento sindical está en crisis y tiene enormes dificultades para organizar a la gente. Las desafiliaciones son masivas. Los sindicatos se vuelven ajenos a la clase trabajadora y a su vida cotidiana. Pocos responden a sus convocatorias. La propaganda neoliberal enfrenta a unos trabajadores con otros. Los huelguistas son «vagos», sobre todo los empleados públicos, que son «privilegiados» y «no quieren trabajar»”. 

Definitivamente, en estos momentos de la lucha, la clase dominante tiene la delantera. Lo cual no significa que la historia esté terminada. 

Según datos de esa oficina de Naciones Unidas citada, la OIT, por cierto nada sospechosa de comunista, alrededor de un cuarto de la población planetaria vive con menos de un dólar diario, y un tercio de ella sobrevive bajo el umbral de la pobreza. Hay cerca de 200 millones de desempleados, jóvenes fundamentalmente –5% de la población económicamente activa (PEA) mundial– y ocho de cada diez trabajadores no gozan de protección adecuada y suficiente. Lacras como la esclavitud (¡esclavitud!, en pleno siglo XXI: 50 millones de personas esclavizadas, según datos oficiales) o la explotación infantil continúan siendo algo frecuente. El derecho sindical ha pasado a ser rémora del pasado. La situación de las mujeres trabajadoras es peor aún: además de todas las explotaciones mencionadas sufren más por su condición de género, siempre expuestas al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas. 

¿Qué hacer ante todo esto? Resignarnos, callarnos la boca y conservar mansamente el puesto de trabajo que tenemos, o pensar que la lucha por la justicia es infinita, y es un imperativo ético no bajar los brazos. Si optamos por lo segundo, ¡hagámoslo! 

Si es cierto –siguiendo el análisis hegeliano y marxista– que «el trabajo es la esencia probatoria del ser humano«, hoy, dadas las actuales condiciones en que vivimos, ello no parece muy convincente. De nosotros, de nuestra lucha y nuestro compromiso depende hacer realidad la consigna que «el trabajo hace libre«. aunque las condiciones sean adversas, no hay otra forma de conseguir cambios que no sea luchando. “¿Que si hay lucha de clases?”, le preguntaron al magnate de Wall Street Warren Buffet: “¡Por supuesto que la hay! Yo, por suerte, pertenezco a la clase que va ganando esa guerra”. Es hora de cambiar esa historia, ¿no?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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4/23/2023

¿Para dónde va el mundo? 18 reflexiones agónicas

 rebelion.org

Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”. Pablo Neruda

Quienes seguimos teniendo esperanzas, no somos estúpidos”. Xabier Gorostiaga

Desde que la humanidad salió de su estadio primigenio de cazadora y recolectora, al haber un excedente social en la producción, se generaron las tensiones que llamamos luchas de clases: unos pocos son propietarios y las grandes mayorías trabajan para beneficio de esos pequeños grupos. Así, desde la aparición de la agricultura, y posteriormente la ganadería, cuando los pueblos se volvieron sedentarios -no más allá de 8,000 años atrás-, la historia de los seres humanos está marcada por esas luchas sangrientas en torno a la apropiación de ese plus-producto.

Las diversas modalidades que tomaron esas luchas fueron marcando la historia, siempre con enfrentamientos sangrientos, con represiones de la clase dominante sobre la gran masa de explotados. Por qué pequeños, pequeñísimos grupos tomaron la supremacía sobre grandes colectivos es un interrogante muy difícil -quizá imposible- de resolver. Lo cierto es que la marcha de los acontecimientos en el mundo, en todas sus latitudes, nos muestra siempre esa confrontación: amos explotadores versus mayorías explotadas (modo de producción despótico-tributario o asiático, esclavismo, feudalismo, capitalismo, muchas veces coexistiendo coetáneamente más de alguno de ellos en una misma formación económico-social). Hasta ahora, es la historia de la humanidad: amos y esclavos. ¿Podrá cambiar?

Afirmar categóricamente que los seres humanos presentan una tendencia natural al ejercicio del poder de unos sobre otros -darwinismo social- es, como mínimo, indemostrable. La historia de estos últimos milenios, o lo que puede observarse hoy día -por ejemplo, la forma tan repulsivamente insolidaria en que se repartieron las vacunas contra el coronavirus, guardándose el Norte la casi totalidad en detrimento del Sur- podría servir para sacar esa conclusión (quizá apresurada). No debe olvidarse que la especie humana tiene dos millones y medio de años de antigüedad conviviendo en una suerte de comunismo primitivo, tal como puede verse hoy en los pocos grupos pre-agrarios que existen en algunas selvas tropicales, sin diferencias de clases sociales (sin amos y esclavos). Lo más importante en esta consideración es no olvidar que en el seno del capitalismo surgieron formulaciones para ir más allá de la cultura individualista-hedonista centrada en el ejercicio de poder -un rico vale más que un pobre, un blanco que un negro-, fomentando una nueva ética: la ética socialista de la solidaridad. Cuba socialista repartió de otro modo, distinto a las grandes potencias norteñas, la vacuna anti-Covid que pudo fabricar, único país del Tercer Mundo en alcanzar ese logro.

El capitalismo es el modo de producción más reciente en la historia, surgido en Europa algo antes del Renacimiento (Liga de Hansen, siglos XIII y XIV), hoy expandido globalmente. Sus ya alrededor de siete siglos le permiten una acumulación de riquezas fabulosa, como nunca antes se había dado en la historia. El desarrollo de la ciencia y la tecnología que alcanzó le permitieron un alcance mundial desconocido anteriormente, incluso saliendo ya del planeta. Como modo de producción, sin dudas alteró en profundidad las relaciones de todo el orbe, globalizando su estructura, transformando absolutamente todo lo humano en mercancías destinadas al mercado. Ayudó a superar ancestrales problemas de la humanidad, pero no terminó en absoluto con las diferencias económico-sociales. Por el contrario, les dio una vuelta de tuerca. Hoy día los amos no utilizan látigos ni sacrificios humanos, pero siguen siendo tan despiadados como otrora, o quizá más, dado el grado de refinamiento que permitió el desarrollo de las fuerzas productivas.

Como todo modo de producción basado en la propiedad privada de los medios productivos, reprimió con violencia cualquier intento de transformación de su estructura. De todos modos, desde los albores de la revolución industrial, ya en el siglo XVIII, comenzaron a aparecer propuestas anticapitalistas, vislumbrando un mundo donde la abundancia permitida por la industria moderna sirviera para crear un comunismo ya no primitivo, sino muy elaborado, basado en la consigna de “De cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”. Así, a lo largo del siglo XX, aparecieron las primeras revoluciones socialistas, que se instalaron con fuerza comenzando a edificar una nueva sociedad, basada en la igualdad.

Esas primeras experiencias socialistas crearon realidades superadoras de la histórica explotación de las sociedades clasistas. En todas ellas (Rusia, China, Cuba, Vietnam, Norcorea, Nicaragua), asumiendo que hubo errores que deben ser corregidos, “lacras” humanas que perviven (patriarcado, racismo, egoísmo, autoritarismo y burocratización, juegos de poder, verticalismo), las condiciones de las grandes mayorías se modificaron positivamente en forma exponencial: nadie pasó hambre, todo el mundo tuvo acceso a salud, educación, vivienda, infraestructura básica, transporte público, seguridad social, arte y cultura de calidad, todos servicios gratuitos de acceso universal, y se dispararon los avances científico-tecnológicos en forma fabulosa. Algo pasó, sin embargo, que después de décadas, el socialismo no siguió avanzando.

Quedarse con la ideologizada idea que los proyectos socialistas “fracasaron” es, cuanto menos, incorrecto, por no decir miope, o muy peligroso. Si las poblaciones tuvieron todo lo que el capitalismo niega al 85% de la humanidad, es incongruente ver un fracaso en el socialismo. De todos modos, la reversión sufrida en la Unión Soviética, el paso a mecanismos de mercado en China y la solitaria orfandad de otras experiencias que las obligaron a sobrevivencias magras (por ejemplo Cuba), abre obligadamente la necesidad de revisar las causas de esos procesos. Para el discurso capitalista, eso es la palmaria demostración de la inviabilidad del socialismo; para una visión de izquierda, es un llamado a revisar postulados básicos, para entender la complejidad de esas realidades, donde la principal causa es, sin espacio para la duda y articulándola con otras no menos importantes, el inmisericorde y sistemático ataque sufrido.

Hoy día el sistema capitalista se muestra “ganador”. El ideario socialista lentamente fue saliendo de las agendas -o lo fueron sacando a golpe de sangrienta represión-. Con pérfidos intereses, la derecha intenta mostrarlo como una rémora superada, presentando al capitalismo como única vía posible. Y si la República Popular China, según ese interesado discurso, hoy descuella como superpotencia, ello se debe a “haber abrazado mecanismos de mercado”. Hay allí una ignominiosa mentira: el maoísmo sentó las bases para ese espectacular salto que propuso Deng Xiaoping, sin abandonar los principios socialistas. El capitalismo, pese a la fabulosa riqueza acumulada, no puede ofrecer bienestar más que a un 15% de la población mundial (Norte próspero y escasos bolsones en el Sur global). La inmensa mayoría planetaria pasa penurias indecibles: sobra comida pero sigue el hambre, enfermedades que se podrían controlar perfectamente continúan siendo endémicas por los intereses corporativos de las grandes farmacéuticas, una de las pocas “salidas” de las desesperadas masas populares del Tercer Mundo es marchar como migrantes irregulares hacia las supuestas islas de esplendor del Norte, donde son vilmente explotadas o rechazadas, muy buena parte de la más alta inteligencia humana está dedicada a la producción de armamentos -principal actividad económica del mundo: 70 mil dólares por segundo-. Junto a ello, el modo de producción y consumo que impuso -todo es mercadería para vender- ha ocasionado un monumental desastre ecológico (¡no hay “cambio climático”, como si ello fuese una transformación natural del planeta, una transformación geológica!, ¡hay desastre ocasionado por la obsolescencia programada, por el consumismo voraz!), donde está en entredicho la posibilidad de continuar la vida en estas condiciones. Si el capitalismo se exhibe como “ganador” sobre el socialismo, hay que preguntar críticamente dónde está ese “éxito”: 20 mil personas mueren diariamente por falta de alimentos, se busca agua en Marte pero no para hacérsela llegar al 26% de la población terrestre que no tiene acceso a agua potable, y en un mundo donde ya pasan a ser casi imprescindibles post-grados universitarios y manejo de varios idiomas para conseguir “buenos” trabajos, 15% de los habitantes son abiertamente analfabetas (dos tercios de eso son mujeres, más un 60% de analfabetas funcionales). El socialismo, aún con todos sus problemas, superó esos atávicos lastres.

Lo cierto es que las propuestas de transformación revolucionaria de la sociedad, surgidas ya a mediados del siglo XIX -lo que llamamos “izquierdas”-, y que dieron sus primeros frutos en la primera mitad del XX, hoy se muestran débiles, sin mayor impacto en la población, condenadas a un cierto desprestigio que las margina, con una propaganda capitalista tan bien montada -con tecnologías de manejo social a la más alta escuela- que hablar de socialismo hoy parece retrógrado. Los trabajadores fueron convertidos -nominalmente, claro- en “colaboradores”, los movimientos sindicales, en general se redujeron a raquíticas burocracias pro-patronales, y otros fermentos de cambio social (lucha contra el patriarcado, contra el racismo, contra la catástrofe ecológica, reivindicación de territorios ancestrales de pueblos originarios contra las industrias extractivistas, luchas contra todo tipo de discriminación por preferencias sexuales) se mueven en soledad, sin articularse en un frente común que permita colapsar al sistema capitalista como un todo. En el medio de ese paisaje -bastante desolador, por cierto- aparece la “cooperación internacional” que el Norte próspero brinda al Sur famélico, no siendo ese mecanismo sino una forma más de artero control social (“Estrategias contrainsurgentes no armadas”, las caracterizaba la CIA años atrás). El papel de los Estados -empobrecidos- es reemplazado por la caridad, por mecenazgos de magnates “bienintencionados”, por “ayudas” que, lo único que logran, es fomentar la cultura de la beneficencia. Para rematar el grado de control social, los capitales han sabido implementar sádicos mecanismos de manipulación de masas como las nuevas religiones fundamentalistas, que mantienen adormecidas a las poblaciones; tal es el caso de los grupos neopentecostales en América Latina o el fundamentalismo islámico en Medio Oriente y Asia Central, todas repulsivas herramientas de adormecimiento masivo, tanto como los deportes profesionalizados (el fútbol ante todo) o las drogas ilegales. Ante todo ello, las izquierdas, en cualquiera de sus formas (lucha armada, organización de base con incidencia en lo sindical y/o comunitario, movimientos populares, participación política en elecciones dentro de la institucionalidad burguesa) no aciertan a tener proyectos que conmuevan, que verdaderamente puedan colapsar al capitalismo. Las reformas socialdemócratas son eso: reformas, superficiales cambios cosméticos. Los progresismos -que podrán ser saludados como avances, así como la Doctrina Social de la Iglesia Católica con su opción preferencial por los pobres- no tocan los cimientos mismos del sistema. Si eso no se hace, entonces no hay cambio verdadero. Hay, con buena suerte, gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada. Pero “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva” (Marx).

La reciente pandemia de Covid-19 profundizó estos desastres ya históricos. “El emergente paradigma capitalista post-pandemia se basa en una digitalización y aplicación de las tecnologías de la así llamada cuarta revolución industrial. Esta nueva ola de desarrollo tecnológico es posibilitada por una tecnología de la información más avanzada. Lideradas por la inteligencia artificial (IA) y la recogida, procesamiento y análisis de inmensas cantidades de datos (big data), las tecnologías emergentes incluyen el aprendizaje automático, la automatización y la robótica, la nano y biotecnología, el Internet de las Cosas (IdC), la computación cuántica y en la nube, la impresión 3D, nuevas formas de almacenamiento de energía y vehículos autónomos, entre otras. (…) La economía global post-pandemia supondrá una aplicación rápida y expansiva de la digitalización a cada aspecto de la sociedad global, incluidas la guerra y la represión.” (Robinson). Las tecnologías más desarrolladas, dentro del marco capitalista, no son beneficio para las extendidas masas populares sino solo instrumento favorable a las élites, para seguir explotando y lucrando, y para controlar cualquier atisbo de protesta.

Las modalidades que fue tomando el sistema capitalista en su conjunto, en vez de servir para llevar bienestar a cantidades crecientes de población, por el contrario, han servido para aumentar estratosféricamente la diferencias entre poseedores (el 1% de la humanidad detenta el 60% de la riqueza global) y desposeídos. La cultura digital ya establecida a que asistimos encierra cada vez más a los usuarios: la vida se va reduciendo a interactuar con una pantalla (¿cómo formar sindicatos de esa manera?), y el teletrabajo se va imponiendo. Hasta existe una sexualidad virtual, siempre en alza. ¿Estamos condenados a esa suerte de soledad, de desinterés por el otro? La robotización y la inteligencia artificial, que podrían ser fabulosos instrumentos de ayuda para alcanzar altas cuotas de bienestar, terminan funcionando como “un problema” para las grandes masas, pues hacen evidente que el sistema prefiere sacrificar gente y no su tasa de ganancia. En esa lógica -la establecida por los megacapitales globales- pareciera que mucha población “sobra” en el mundo. Solo para pensarlo: se dijo que el Virus de Inmunodeficiencia Humana -VIH- se “inventó” para “quitar gente” del continente africano, tan rico en recursos naturales para las megaempresas capitalistas de Occidente. Así sea una elucubración paranoica, la arquitectura del sistema permite concebir acciones así. ¿Por qué, si no, arrojar dos bombas atómicas sobre población civil no combatiente -Japón 1945- cuando eso no era necesario en términos militares?

El capitalismo hoy se muestra tremendamente blindado. La libre competencia de sus albores quedó atrás, siendo manejado por unos pocos grupos oligopólicos de envergadura colosal, que deciden en secreto la marcha del mundo (las elecciones democráticas son una vil payasada para engañar a las masas). Ínfimas élites superpoderosas fijan las líneas a seguir por la humanidad, sin que nadie se les pueda oponer. Se ha dicho que estamos en un punto donde es más fácil que termine la humanidad -por el calentamiento global o por la guerra atómica ¿o porque la inteligencia artificial tomaría el poder acabando con la dañina especie humana?- a que termine el sistema capitalista. Sin dudas, un dicho cuestionable; pero la realidad muestra que el modo de producción se muestra con muy buena salud, y la revolución socialista se ve bastante lejana, más aún después de la reversión en la Unión Soviética y el este europeo y los cambios habidos en China. Que la gran mayoría de la humanidad viva mal no inmuta a los capitales: en la lógica capitalista cuenta solo la tasa de ganancia, el lucro individual. Lo demás, no le concierne. Si el capitalismo debe apelar a los más horrendos métodos para defenderse y mantenerse (represión sangrienta, cárceles, torturas, fake news, net centers, neuroarmas, masacres con armas de destrucción masiva) lo hace sin el más mínimo sentimiento de culpa (lanzó las bombas en Hiroshima y Nagasaki, y si fuera necesario, lo volvería a hacer). Ante esa barbarie, hoy día realizada con las más sofisticadas tecnologías -bélicas, comunicacionales, de ingeniería social- los preceptos socialistas, con su ética de solidaridad, con su fragoroso llamado a la igualdad en todos los órdenes, continúa siendo una esperanza. Pero el sistema supo acallar -no extinguir- esas voces alternativas, y hoy se hace muy difícil dar la lucha. Difícil, sin embargo, no significa imposible.

La lucha titánica que significó la Guerra Fría terminó con la derrota de la Unión Soviética, el primer Estado obrero-campesino de la historia, y el triunfo del principal ícono capitalista, Estados Unidos, construyendo un mundo unipolar donde pudo creerse -por muy poco tiempo- que “la historia había terminado”, y las llamadas “democracias de mercado” eran la única alternativa (“democracias”, no olvidarlo nunca, que son una parodia, donde el pueblo votante solo elige el próximo gerente que administrará un país, siempre sobre la base de relaciones socio-económicas capitalistas. “Democracias”, insistamos con eso, absurdas, que pueden ser encomiadas por parasitarias monarquías hereditarias como las hay en Europa, por ejemplo). Esa caída de los ideales revolucionarios que marcaron la primera mitad del siglo XX trajo como consecuencia la desaceleración de los procesos de búsqueda del socialismo, un “enfriamiento” en las luchas revolucionarias, una orfandad de paradigmas donde reflejarse para todo el campo popular mundial. Las luchas sectoriales arriba apuntadas (lucha contra el patriarcado, contra el racismo, etc.) no pueden alcanzar para derrumbar al sistema (si los mismos capitales globales a veces financian algunas de ellas, eso muestra que son reivindicaciones que el propio sistema puede tolerar sin conmocionarse en su base). Son imprescindibles, sin dudas, y absolutamente válidas, pero como parte de una articulación de luchas más omniabarcativas. Ante esa cierta desazón, esa desesperanza que cundió globalmente, y ante la falta de caminos claros, el capitalismo como sistema parece alzarse victorioso, intocable.

En estos momentos se dan reacomodos a nivel internacional. Estados Unidos, como principal potencia capitalista, arrastrando tras de sí a capitales menores (en muchos casos: además de socios menores, también súbditos militares) como la Unión Europea o Japón y, en definitiva, a buena parte de la humanidad -hoy es la expresión máxima del imperialismo- ha dominado el planeta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Su moneda, el dólar, fue impuesta por Wall Street como la divisa obligada para el manejo de la economía mundial, y para defender esa hegemonía cuenta con alrededor de 800 bases militares diseminadas por toda la faz de la Tierra, listas para salvar la “libertad y la democracia” en todo momento. Sin embargo, esa supremacía está cambiando ahora: China como nueva superpotencia económica y científico-tecnológica y Rusia como renacida superpotencia militar, comienzan a construir un área desmarcada del dólar, poniéndole un límite a la hegemonía de Washington. Buena parte de la humanidad, la del Sur global, mira con buenos ojos esos movimientos. Ese enfrentamiento entre los tres grandes poderes está dando como resultado la actual guerra de Ucrania y la probable próxima guerra de Taiwán, todo lo cual prepara las condiciones para 1) un cambio en la arquitectura económico-política global, terminando con la hegemonía anglosajona, o 2) una guerra nuclear que podría ser el fin de la humanidad. De todos modos, así Estados Unidos pierda su actual sitial de honor, el mundo que se avizora no sale de los marcos del capitalismo. La República Popular China, con su muy peculiar “socialismo de mercado” o “socialismo a la china”, puede estar dando resultados para su numerosa población nacional, pero no es un referente para todas las luchas sociales del orbe. La Nueva Ruta de la Seda que propicia, con su consigna de “ganar-ganar”, no es sinónimo de equidad socialista. Ese no es el socialismo revolucionario que pueda beneficiar a las hoy enormes masas populares empobrecidas y golpeadas por el capitalismo. La presencia china a veces no se distingue de los capitales occidentales, aunque condone deudas y no plante bases militares. En todo caso, anida allí una incógnita imposible de descifrar en este momento.

La situación actual plantea inquietantes interrogantes respecto a lo que vendrá. El triunfo glorioso de la causa socialista no se ve muy cercano precisamente. El ideario socialista que se mantenía algunas décadas atrás, si bien no ha desaparecido y sigue siendo totalmente vigente, necesita reacomodos ante la coyuntura mundial actual. El proletariado industrial urbano visto como la chispa revolucionaria en el siglo XIX ha cambiado; hoy el posible sujeto de la revolución es mucho más difuso: movimientos campesinos, empobrecidos urbanos con trabajos precarios, jóvenes sin futuro, mujeres reivindicando sus derechos de género. “Los pueblos consiguen derechos cuando van por más, no cuando se adaptan a lo ‘posible’” (Sergio Zeta), se ha dicho acertadamente. La cuestión estriba en cómo ir por más en la presente situación, cuando el sistema está tan acorazado, manejando las cosas con tecnologías de alta precisión (controles poblaciones monumentales, primado de la mentirosa manipulación mediática eufemísticamente llamada “post verdad”, armas de destrucción masiva siempre listas para ser usadas, la posibilidad abierta para las élites de instalarse en otro planeta dejando el desastre ecológico-social en la Tierra -aunque ello suene a ciencia-ficción-). Habiéndose desmovilizado tanto las luchas populares con las políticas neoliberales (capitalismo salvaje sin anestesia) de los últimos 50 años, es difícil encontrar los caminos para la transformación del sistema como un todo. Plantear todo esto no es demostración de un pesimismo radical (y, por tanto, un llamado a la desmovilización o, en el mejor de los casos, al acomodamiento de “lo posible”) sino un intento de insuflar energía a una lucha que hoy se muestra adormecida.

La amarga reflexión freudiana de una “pulsión de muerte” que llevaría al ser humano a su autodestrucción (hoy las condiciones lo muestran como muy posible) no pueden tomarse a la ligera. Las catástrofes a que asistimos -y que el capitalismo no puede solucionar: la ecológica, la posible guerra terminal con armas nucleares- evidencian un callejón sin salida. Los proyectos socialistas, amén de todas las numerosas correcciones que puedan necesitar, proponen vida y no muerte. El enorme problema estriba en cómo viabilizarlos hoy. Rusia y China, con su oposición a los capitales occidentales, no son la salida socialista (¿nuevos imperialismos quizá, con renovadas características?). ¿Por dónde entonces? El neoliberalismo de estos últimos años -junto a las sangrientas represiones que le prepararon el camino- desmovilizó mucho, dejó sin discurso a la izquierda, fragmentó las luchas. Pero los malestares siguen estando. El año 2019 mostró un mundo que ardía, con explosiones populares por todos los continentes reaccionando a los numerosos malestares acumulados. Sin propuestas clasistas claras y sin conducción revolucionaria, sin un ideario socialista a la base, todas esas manifestaciones con interminables ríos de gente en las calles (numerosos países en Latinoamérica -Colombia, Chile, Honduras, Haití-, “chalecos amarillos” en Francia, protestas en España, República Checa, Alemania, numerosas movilizaciones en El Líbano, en Egipto, en Argelia, en Indonesia, grandes concentraciones en la India, descontento creciente en la población estadounidense) parecían mostrar un estadio prerrevolucionario. Casualmente, a inicios del 2020 vinieron los forzados encierros por la pandemia de Covid-19. Una vez más, el proyecto anti-sistémico quedó adormecido, pero nunca extinguido. El quiebre de la economía y las recurrentes crisis financieras -que siempre pagan los más débiles-, las políticas privatistas que se impusieron con las recetas fondomonetaristas barriendo los beneficios sociales, la parálisis económica que significó la cuarentena pandémica de dos/tres años, el actual alza de los precios de energéticos y alimentos derivada de la guerra en Ucrania, las prácticas racistas que continúan en numerosos países, el trato indigno que reciben los migrantes irregulares que se ven forzados a dejar sus países ante la total falta de oportunidades, las irritantes diferencias entre quienes exhiben groseramente sus riquezas y quienes no tienen nada, todo eso no ha desaparecido, y trae como consecuencia, por ejemplo, las actuales movilizaciones (2023) del pueblo trabajador francés -lucha que sigue siendo un ejemplo a seguir, continuando la tradición de la Comuna de París de 1871 y de la movilización del Mayo francés de 1968-. Lucha, sin duda, que muestra que sí es posible cambiar el curso de la historia, que el capitalismo no puede ser eterno, que las injusticias establecidas como “normales” no son naturales, que pueden y deben ser eliminadas.

El sistema está blindado, pero sigue siendo injusto, profundamente asimétrico, despiadado. Prefiere sacrificar gente y naturaleza para no perder sus ganancias, importándole más la acumulación pecuniaria que la vida humana. El capitalismo es una calamidad, pero no parece estar cayendo. Se ha dicho que el neoliberalismo fracasó. Error: no fracasó, porque no estuvo concebido nunca para llevar beneficio a las poblaciones. Fue, y continúa siendo, un triunfo de los capitales sobre la gran masa trabajadora (somos trabajadores todos y todas, desde obreros industriales urbanos a campesinos, desde amas de casa sin salario hasta personal profesional calificado, desde vendedores ambulantes informales hasta tecnócratas asalariados con doctorados). Aunque los niveles de control social -mediáticos-culturales, policíaco-militares, políticos- sean fabulosos, la gente reacciona. El descontento está instalado, y si la infame propaganda pro-sistema puede mostrar como un “triunfo” la existencia de enormes centros comerciales abarrotados de mercaderías -en contraposición al desabastecimiento de, por ejemplo, Cuba socialista-, la población mundial (85%, no olvidarlo) sigue pasando penurias. Entramos en la era digital con inteligencia artificial presente a cada paso, pero eso es solo para una porción de la humanidad. Mucha gente continúa sin acceso a energía eléctrica, y no sabe si mañana comerá. ¿Cómo hacer caer al capitalismo entonces?

Todo indica que la única forma de arrancarle conquistas a los capitales -y eventualmente, vencerlos- es la protesta. Eso se hace en el espacio público, en la calle, en la plaza. La violencia, nos guste o no, sigue marcando el pulso de las relaciones humanas. “La violencia es la partera de la historia” (Marx). Quizá la intuición freudiana respecto a nuestra relación con la agresividad (¿con la muerte?) no esté equivocada. Los cambios se dan siempre a partir de un proceso de lucha; en las mesas de negociaciones, dentro del marco capitalista, ya vemos cómo queda el pueblo trabajador: siempre engañado. Con el neoliberalismo se nos ha llevado de Marx, con X, a Marc’s: Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos. Falacia abominable. Rusia, China, Cuba lograron cambios reales con masivas movilizaciones populares, más una conducción con ideales revolucionarios claros y precisos. Hoy, ante la fuerza inmensa que muestra el sistema, parece imposible pedir cambios. Con planteos socialdemócratas muy fácilmente puede caerse en propuestas que “se adaptan a lo posible” (¿sometimiento?, ¿cultura de la esclavitud?). La única manera de mantener viva la esperanza de cambio, para que los beneficios del desarrollo científico-técnico que ha logrado la humanidad lleguen por igual a todo el mundo, es pensar -con fuerza creciente incluso, provocativamente- que la transformación radical sí es posible. Ello necesita de un arduo trabajo de organización de base, de lucha ideológico-cultural, de preparación de cuadros políticos dispuestos a dar la batalla, y de una consigna clara que marque el norte: como se decía en la revuelta del Mayo Francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

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9/12/2020

Juventud, modas y desmovilización

Grafico: OtraMirada drogas otra mirada

Aniceta: Estos días leí una carta publicada en uno de estos medios electrónicos que ahora usamos tanto, y me dejó pensando.

Esculapio: ¿Qué decía la carta?

Aniceta: Una mujer que, supongo, es más o menos de nuestra edad, de nuestra generación, mexicana ella. Se trata de una historia increíble: era una militante de izquierda, obrera, y estuvo en coma durante muchos años. Cuando despertó, totalmente lúcida, se encontró con un mundo que no entendía. ¡Las cosas cambiaron tanto que no podía creerlo!

Esculapio: Bueno…, creo que a nosotros, sin haber estado en coma, nos pasa más o menos lo mismo, ¿no?

Aniceta: Sí, es así, es cierto. Quienes teníamos claras ciertas cosas y levantábamos principios, hoy estamos sorprendidos.

Esculapio: Sorprendidos…y sorprendidas, habría que decir, ¿no? Por equidad de género. Así lo impone la llamada corrección política.

Aniceta: Exacto. Corrección política…, pero, ¿de qué corrección hablamos? ¿Se logró real equidad con este cambio en el lenguaje? Ahora se dice patria y matria, fraternidad y sororidad… ¿No es un poco artificioso todo eso? Es cierto que las mujeres hemos avanzado mucho, pero no se trata solo de cambiar palabras y poner una arroba o una equis. Esos son cambios que no son cambios.

Esculapio: Sí, sin dudas. Tiene algo de gatopardismo, de cosmético.

Aniceta: Con lo cual no hay que olvidarse de la lucha contra el patriarcado. Aunque haya excesos y modas en juego, el machismo monstruoso sigue estando, y hay que combatirlo. Las mujeres siguen siendo las golpeadas, y el trabajo doméstico, en general hecho por las mujeres, no se reconoce, es gratis. La lucha por la igualdad de género sigue, y no se arregla diciendo sororidad.

Esculapio: ¡Por supuesto! Claro que sí. Es real que existe una tendencia a disfrazar las cosas, a dividir luchas. Poner la arroba en los finales de las palabras no cambia las cosas. El machismo está instalado, igual que el racismo. Y eso es difícil de combatir. Es algo más que palabras. Son relaciones de poder.

Aniceta: Así es, mi amigo. Incluso en los sectores de izquierda se da el machismo. ¡Y mucho! Se habla de una cosa, se lanzan bonitas proclamas, y en la práctica, a veces, se hace lo contrario.

Esculapio: ¿Habrá vacuna contra eso? Está difícil cambiarlo… ¡pero es imperativo hacerlo!

Aniceta: Definitivamente. Bueno…, pero lo que yo te quería decir es que en la carta de marras, donde habla de la corrección política de moda, se plantean cosas que son inquietantes.

Esculapio: ¿Cómo cuáles?

Aniceta: Estas cosas que se han venido imponiendo, justamente como la dichosa “corrección política”, estas cosas que terminan funcionando como modas.

Esculapio: El sistema capitalista sabe hacer modas de todo. Todo lo sabe comercializar, y con eso lo termina haciendo una mercadería más que, como tal, se consume un tiempo y luego pasa de moda.

Aniceta: Como hicieron con el Che Guevara y su rostro estampado en una camiseta.

Esculapio: Exacto. O como han hecho con tantas cosas: el movimiento hippie en su momento, por ejemplo.

Aniceta: Sí, sin dudas: de una protesta antisistémica con su llamado al no consumismo -algo fatal para el sistema-, terminaron transformándolo en una moda más, aguada, pasajera, banal. Y le quitaron toda su carga crítica, contestataria. ¡Se la pensaron bien!

Esculapio: Es que el sistema sabe muy bien lo que hace. Los que detentan el poder tienen mucho, muchísimo que perder. Por eso lo cuidan tanto.

Aniceta: A mí no deja de sorprenderme eso de las modas, de como todo lo pueden transformar en algo casi banal, pasajero, que “queda bien”, con lo que le quitan el peso de lo contundente. El Che Guevara en una camiseta… ¿no es hasta irrespetuoso?

Esculapio: Sí, es realmente notorio cómo lo hacen: al volverlo mercadería de consumo, lo aguadan, lo rebajan.

Aniceta: Lo que pasó con el movimiento hippie, tal como decías. Se popularizaron sus insignias, sus íconos culturales, y el pelo largo de los varones o los pantalones acampanados pasaron a ser una moda ya domesticada. Si bien no tenía un espíritu revolucionario en sus raíces, el llamado a la paz en plena guerra de Vietnam y al no-consumo, eran una afrenta para el sistema.

Esculapio: Y esa mercantilización la diluyó.

Aniceta: Cabal, mi amigo. Cabal. El sistema sabe defenderse. Estos días leí algo de un estratega militar yanki que me pareció genial: “La victoria moderna no se obtiene en un campo de batalla sino en la conciencia de una sociedad”.

Esculapio: ¿Quién dijo eso?

Aniceta: Un tal Sean McFate, un mercenario norteamericano, ahora dueño de una empresa de “contratistas”, es decir: un ejército de mercenarios.

Esculapio: ¡Terrible! Pero…, bueno: es así. La guerra, cada vez más, es ideológica, cultural. ¡Saben lo que hacen!

Aniceta: ¡Por supuesto que lo saben! Y lo hacen muy bien.

Esculapio: Controlan, se adelantan a los acontecimientos. Como dijo este dizque militar: saben golpear en las cabezas y en los corazones de la gente. Allí es donde el sistema nos domina.

Aniceta: Algo así, en otros términos, decía Gramsci a principios del siglo pasado: la superestructura ideológico-cultural es básica. Gracias a eso se mantiene el sistema, mucho más que por el peso de las armas, de la represión brutal.

Esculapio: Sí, hay una represión diaria, minuto a minuto, silenciosa. Eso es lo que solidifica el edificio social. Si no, no se podría explicar cómo una mayoría tan abrumadora de gente no saca a las patadas de una buena vez a un minúsculo grupo que controla todo.

Aniceta: ¡Eso es la ideología!, mi estimado. El esclavo piensa con la cabeza del amo. El trabajo está bien hecho. El sistema nos controla en todo, en lo que pensamos, en lo que sentimos, en lo que consumimos cada día.

Esculapio: Noam Chomsky, leí vez pasada, cita a un tal Charles Bergquist que escribió un libro: “Violencia en Colombia 1990-2000” donde afirma -y cito de memoria lo que me acuerdo-: “La política antidrogas de Estados Unidos contribuye de manera efectiva al control de un sustrato social étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la nación, a la par que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en el exterior”.

Aniceta: Definitivamente con la droga, la Casa Blanca, es decir: la clase dominante gringa, controla a la población negra dentro de su país. Y habría que agregar: a la juventud en su conjunto.

Esculapio: De paso, con sus políticas de supuesto combate al narcotráfico, hacen buen negocio vendiendo armas e invadiendo donde quieren. En ese libro se cuenta cómo el famoso Plan Colombia, con 20,000 millones de dólares invertidos, no paró la producción de cocaína colombiana, pero sí permitió grandes ganancias a empresas yankis…y dejar 7 bases militares en ese país latinoamericano.

Aniceta: Bueno, el tema de las drogas da para mucho. No solo Estados Unidos controla; yo diría que el sistema en su conjunto encontró en eso una buena forma de controlar. Básicamente, de manejar a la población juvenil.

Esculapio: Sí, es así. Como todas las cosas, tal como decíamos, la convierten en moda, en mercancía vendible, y con esa mercancía, te neutralizan.

Aniceta: Con la droga han hecho eso. Colombia, por ejemplo, actualmente el principal productor mundial de cocaína, para la década de los 60 del siglo pasado no producía planta de coca, no existía en su territorio, porque no es originaria de allí. Es decir: la introdujeron, traída del Altiplano andino -Bolivia y Perú-, con el objeto de empezar a producir la droga.

Esculapio: Así es, camarada. Lo que hoy día llamamos drogas, es decir: de cannabis hasta las nuevas drogas químicas peligrosísimas, tremendamente letales, como las sales de baño, el krokodil (la droga caníbal), el éxtasis líquido, las metanfetaminas, todas son una mercadería que la saben manejar muy bien. Dan plata, y no solo a las mafias de narcotraficantes, sino al circuito financiero mundial, y sirven como soporífero social, de las juventudes en especial.

Aniceta: ¡Por supuesto! Hay que ver todo el negocio este como un gran edificio muy bien construido.

Esculapio: Da muchas ganancias a algunos, y junto a eso -quizá lo fundamental- es un mecanismo de contención social.

Aniceta: Coincidimos plenamente, Esculapín. Hay quien dice que la droga simplemente creció porque los jóvenes empezaron a sentirse más libres, más dueños de sí, y aumentaron el consumo.

Esculapio: ¡En absoluto! Eso es una tontera total… Cada vez más, lamentablemente, lo que hacemos, pensamos, creemos decidir, incluso sentir… cada vez más es un producto digitado, pensado, manejado por los poderes que dominan el mundo.

Aniceta: Hay que ser cuidadoso con esto, para no caer en teorías conspirativas.

Esculapio: Sí, claro. Hay que tener cuidado: “de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”, dice el refrán.

Aniceta: Por supuesto…, pero claro que sí: sin caer en esas visiones conspirativas, casi apocalípticas, sin dudas hay manejos maquiavélicos. “Todo poder es una conspiración permanente”, dijo Honorato de Balzac. ¿O acaso nos podríamos creer la tamaña estupidez esa de que el pueblo manda con su voto? El mundo lo manejan descomunales poderes, de los que los mortales de a pie ni sabemos nada, a los que no podemos acceder.

Esculapio: Ejemplos de esos manejos secretos, maquiavélicos, a lo largo de la historia reciente sobran: Pearl Harbor, las Torres Gemelas, las revoluciones de colores en las ex repúblicas soviéticas, la Primavera Árabe, los grupos nada secretos que manejan las cosas, como la Comisión Trilateral, o el Grupo Bilderberg, o el Club de París… En fin: la lista es interminable.

Aniceta: Exacto. Y esto no es apelar a fuerzas ocultas, grupos esotéricos como los Illuminati, los judíos, la masonería, los Rosacruces o los marcianos que estarían de incógnito en la Tierra.

Esculapio: Comparto al cien por ciento. Nos han hecho creer últimamente que si alguien es crítico, si alguien es contestatario -por ejemplo: preguntarse por el manejo de la pandemia de coronavirus y los ribetes novelescos que aquí se dan- pasa a ser un paranoico.

Aniceta: ¡Hasta culpable te hacen sentir! O enfermo mental. Y te tapan la boca.

Esculapio: Lo saben hacer, sin dudas. No en vano el sistema capitalista maneja el mundo desde hace varios siglos. Y el socialismo, seamos francos, hoy no se ve muy cercano como opción.

Aniceta: Lo que veo, no sin consternación, es lo que están haciendo estas últimas décadas con las drogas. Y en eso comparto con lo que decía esta carta a la que hacía mención hace un rato.

Esculapio: ¿La de la trabajadora mexicana?

Aniceta: Así es. Una tal Arnulfa. Te la recomiendo; creo que no tiene desperdicios. Ahí decía cosas de las que ahora estamos hablando. Por ejemplo, que a la juventud se la ha intentado adormecer de un modo terrible.

Esculapio: ¿Adormecer? Eso suena a desmovilizar, ¿verdad?

Aniceta: Exacto: de eso se trata. Desmovilización, adormecimiento, anestesia…

Esculapio: Recuerdo cuando Salvador Allende, en el Chile socialista de los 70, decía que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica”. ¡Cómo cambió eso!

Aniceta: ¡Demasiado! Sin dudas, este asalto de la pelea lo han ganado. Y lo ganaron con fuerza. Nos desmovilizaron, nos anestesiaron, nos dejaron sin proyecto…

Esculapio: Cada vez nos manejan más y más. Lo que decía este militar yanki es así: nos golpean en los pensamientos, en la cabeza. Nos inmovilizan con armas que no sacan sangre. Pero que, a la larga, pueden ser peores.

Aniceta: Me atrevo a decir que donde más se ve eso es en la juventud. Si es cierto lo que decía Allende -y por supuesto es cierto-, se han encargado muy bien de neutralizarla.

Esculapio: Es ahí donde se ve claramente el papel que juegan las drogas. Las llamadas drogas ilegales, claro.

Aniceta: Y también las legales. Porque los niveles de consumo de alcohol etílico aumentan cada vez. ¿No te parece significativo esa apología que se da, en forma creciente, del consumo de alcohol? Parece que hoy día “queda bien” emborracharse. Es como tatuarse, o usar aretes los varones: “queda bien”, te hace “estar en onda”.

Esculapio: ¡Totalmente! Emborracharse hasta caer…, eso va de la mano de las drogas.

Aniceta: Lo que en un tiempo era una excentricidad de artistas de la farándula de Hollywood, ahora se consigue en cada esquina, en cualquier lado.

Esculapio: Eso no es casual: ahí hay planes perfectamente trazados, bien diseñados. Hay mucha, pero mucha bibliografía que trata el tema. Hay grandes, serios, profundos estudios que muestran cómo ha ido creciendo el consumo de las llamadas drogas ilegales en todo el mundo, como gran negocio, por supuesto, pero fundamentalmente como arma de control social.

Aniceta: Mucha gente no lo cree, pero es así. Eso que antes era un producto raro, excéntrico, sirve para embobar. ¿Por qué ahora es tan pero tan común encontrar un vendedor de marihuana en cada esquina?

Esculapio: Por supuesto, no es cierto que cada consumidor se vuelve forzosamente un adicto perdido. Creo, según lo que escuché alguna vez, que solo el 1% de quienes alguna vez tienen contacto con una droga, se hace drogadicto.

Aniceta: Es cierto. Pero la entrada en escena de toda esa parafernalia sirve como distractor. ¿Por qué ahora “queda bien” echarse el purito, o un lineazo? ¿Por qué eso pasa a ser cada vez más tolerado en la sociedad? Y te ofrecen droga en todos lados.

Esculapio: Pasa porque hay una agenda que así lo establece.

Aniceta: ¡No puede ser de otra manera!

Esculapio: Es como lo que pasó en China en el siglo XIX. O, mejor dicho, como lo que hicieron los imperialistas británicos en China: introdujeron el opio para dominar al país. Volvieron opiómanos a grandes cantidades de chinos, y así los dominaron.

Aniceta: Pensar, ver, denunciar esas cosas… ¡no es ser paranoico! Eso es lo que el sistema quiere hacernos creer. Pero el tema de las llamadas drogas ilegales es algo bien estructurado, que además de acumular fortunas fabulosas, sirve para dominar. Lucy in the Sky with Diamonds…; Lucy en el cielo con diamantes, la famosa canción de Los Beatles: apología del LSD. No los prohibieron: su majestad real -es decir: esa inmunda parásita de la realeza imperial británica que vive de nuestro sudor- los premió nombrándolos Sir. Si la droga crece más que ningún negocio en el mundo…

Esculapio: A razón de un 40% interanual en estas últimas décadas.

Aniceta: Algo increíble. Ningún negocio capitalista crece así, ni la telefonía celular, ni las agencias privadas de seguridad. Llamativo, ¿verdad?

Esculapio: En la Nicaragua sandinista prácticamente no había droga. Perdió las elecciones Daniel Ortega en 1990, y al día siguiente el país se llenó de droga. Curioso, ¿no? ¿O se es conspiranoico si se dice eso?

Aniceta: ¡Claro que no! Ejemplos que evidencian cómo el sistema, cómo los grandes poderes usan la droga para adormecer, sobran. Durante la Revolución socialista de Afganistán -cosa de la que no se habla nunca, solo se conocen los talibanes-, bueno… durante el proceso socialista apoyado por la Unión Soviética, desapareció la producción de amapola, la materia prima para elaborar la heroína. Cae el gobierno socialista y llegan los fundamentalistas musulmanes, apoyados por la CIA, y se disparó exponencialmente la producción de esa planta. ¿Conspiranoicos entonces?

Esculapio: No, claro que no. No somos conspiranoicos. Se sabe que Afganistán es el primer productor mundial de heroína, pese a las fuerzas invasoras yankis en su territorio. ¿No se darán cuenta que se produce? Tal vez es muy difícil de demostrar con un documento, pero si analizamos la dinámica de las cosas, cómo se hace la política, cómo se controla el mundo -sin apelar a explicaciones rayanas con la paranoia- está más que claro que grandes poderes globales deciden qué pasa y qué no debe pasar.

Aniceta: Tenía razón Balzac en esa cita que recién hicimos. Aunque haya quien diga que pensamos como fósiles dinosaurios, me parece que no puede haber otra explicación para entender mucho de lo que sucede que ver que, efectivamente, el mundo no lo dirige la masa, sino enormes poderes intocables. Las modas, las tendencias, las formas de pensar y actuar, en muy buena medida, se digitan.

Esculapio: ¡Por supuesto! ¡¡No tengamos miedo a expresarlo, Aniceta!! Las modas no surgen por casualidad: alguien las pone en marcha.

Aniceta: Antes solo un grupo marginal se tatuaba: hampones, trabajadoras sexuales, marineros quizá. Ahí está Popeye. Hoy día pasó a ser una mercadería de ultra consumo. ¿Cómo se dan esos fenómenos?

Esculapio: Uy…, el tema de la moda da para muchísimo. No hay dudas que, en un nivel, somos masa manipulable.

Aniceta: Sí, somos manipulables, por supuesto. Si no, no se explica cómo, siendo tantos y tantos los explotados, no salimos todos juntos y les cortamos la cabeza a los explotadores.

Esculapio: Completamente de acuerdo. Nos manejan… ¡y nos manejan mucho! ¿Para qué están los medios masivos de comunicación y las redes sociales si no es para eso?

Aniceta: Y habría que agregar también las drogas.

Esculapio: Sin caer en esta estupidez de “todo tiempo pasado fue mejor”, convengamos que el sistema, desde que prendió sus alarmas viendo que había demasiada agitación a partir de los 60 del siglo pasado -guerrillas, hippies, Teología de la Liberación, movimientos libertarios, avance del socialismo, mística guevarista, sindicatos fuertes, universitarios muy críticos- dio un manotazo en la mesa.

Aniceta: Y, entre otras cosas, junto a la represión monstruosa que tuvimos en Latinoamérica, surge la droga.

Esculapio: Hay planes trazados, así como el Plan Cóndor. Planes que nunca se hacen públicos. No es casual que luego de las llamadas “guerras sucias” en toda América Latina, surgen al mismo tiempo las situaciones de violencia callejera extrema: pandillas, maras, ladrones, las ciudades se hacen peligrosas, se hace necesaria la policía privada y cámaras de vigilancia por todas partes…

Aniceta: ¡Definitivamente! Claro que hay planes, bien estructuraditos, por cierto: violencia callejera desatada, drogas por todos lados. ¿Cómo explicar el auge de la droga al mismo tiempo en todo el continente, con juventudes cada vez más consumidoras?

Esculapio: La entronizaron, le fueron quitando, al menos relativamente, su aureola de “mensaje diabólico”, y la fueron esparciendo por todos lados.

Aniceta: Recuerdo haber leído que hubo campañas promocionales en muchos lados para introducirla, igual que cualquier campaña mediática de cualquier mercadería.

Esculapio: Es que ¡es así! La convirtieron en una mercadería más, la hicieron apetecible, y eso funciona, en los jóvenes básicamente, como un mecanismo de control. Un elemento para adormecer.

Aniceta: Si “la religión es el opio de los pueblos”, la droga es el opio de las juventudes.

Esculapio: ¿No llama la atención que ahora, en plena pandemia, uno de los pocos negocios que no se detuvo en todo el mundo fue, justamente, la narcoactividad?

Aniceta: ¡Hasta te la llevaban a domicilio, como la pizza!

Esculapio: Es así, mi querida amiga Aniceta: se popularizó un modelo, y la moda se impone, más que nada entre jóvenes. Hay que chupar alcohol hasta caerse, eso queda bien. Y la droga no se legaliza, ni la van a legalizar, porque, además de dar mucho dinero a ciertos grupos, sirve para domesticar. Se impuso consumirla.

Aniceta: ¡La impusieron!, digamos más concretamente. Si la legalizaran, pierde el atractivo de la fruta prohibida, y muchos jóvenes ya no la verían como tan seductora. El sistema las necesita, por eso en cada esquina hay un pusher listo para venderla. Y la policía, en general, mira para otro lado, aunque detengan a alguno de vez en cuando.

Esculapio: Si al sistema le preocupara realmente tanto, tanto como dice el presunto “flagelo” de las drogas…, ¿por qué en vez de poner ejércitos con bombas y artillería pesada para “combatir” narcotraficantes no pone ejércitos de psicólogos, médicos, enfermeras y trabajadoras sociales para combatir el consumo?

Aniceta: Porque no hay la más mínima intención de combatirlo en realidad.

Esculapio: Drogas para todo el mundo, y cierre la boca.




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