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10/26/2014

Morelia 2014: lecciones de vitalidad



Carlos Bonfil

El aspecto más significativo del FICMorelia es el diálogo entre diversos participantes de diferentes latitudes. 
En la imagen, la actriz francesa Juliette Binoche, quien estuvo presente en la pasada edición Foto Iván Sánchez

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Desde su inauguración, en octubre del 2003, el Festival Internacional de Cine en Morelia no ha dejado de crecer y posicionarse como la mejor plataforma de promoción y estímulo de los talentos emergentes de la cinematografía nacional. También como espacio muy hospitalario para los realizadores extranjeros y sus narrativas más arriesgadas. El diálogo que cada edición propicia entre guionistas, directores de festivales internacionales de cine, actores y actrices de latitudes muy diversas y jóvenes talentos locales, reunidos en un lugar acogedor, donde domina el trato democrático, es sin duda el aspecto más significativo del festival de Morelia. Se dirá que otros certámenes de cine en México cumplen una tarea parecida, lo cual es muy cierto, aunque cabe precisar que ninguno mantiene una vitalidad semejante.

El Festival Internacional de Cine de Guadalajara, referente insoslayable, ha ensayado, por ejemplo contrastante, fórmulas de expansión y diversificación no siempre afortunadas. Habiendo sido la mejor plataforma para la difusión y estímulo del cine mexicano, eligió perder esa valiosa identidad para presentarse como un festival más de cine iberoamericano, donde la propuesta nacional perdió buena parte de una visibilidad y una distinción que hoy le son indispensables.

Otros festivales, Guanajuato, Riviera Maya, Ficunam, Los Cabos o Aguascalientes, entre muchos otros, aún buscan consolidar un perfil propio y sus esfuerzos son notables. A lo largo de sus primeros 11 años, Morelia ha conseguido, sin embargo, mantener vigente, con relativa facilidad, el sello y la reputación de ser una actividad cultural eficaz y generosa. A friendly Fest (festival amigable), coinciden en señalar sus invitados extranjeros. Y esto gracias a varios factores. Por un lado, por su compromiso de promover las producciones de cortometraje y documental por largo tiempo desdeñadas en nuestro país, y también por no sustraerse en ningún momento, y en las coyunturas más delicadas, al compromiso de reconocer en la creación cinematográfica no sólo sus valores artísticos, sino también el reflejo de la realidad social y política del país. En más de una ocasión ha sido el marco de alguna protesta ciudadana, encabezada por actores y directores, como la reciente exigencia de la aparición con vida de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala.

Hay algo más en FICMorelia: la organización eficiente por parte de un equipo pequeño y bien estructurado y la ubicuidad sorprendente de su directora, Daniela Michel, presente en casi todas las actividades, atendiendo con singular presteza asuntos que van desde la calidad de las proyecciones o de alguna traducción simultánea, hasta los requerimientos más triviales de los invitados.

A riesgo de caer en la retórica sentimental o en el cliché de ocasión, se llega incluso a hablar del festival como de una hermandad, donde prensa, invitados y talento participante se apropian de él y se involucran a la par de los organizadores. Con mayor propiedad, cabría evocar una pequeña sociedad civil de cinéfilos que hoy se organiza, y que a la postre transformará a los festivales de cine en el país en espacios de ese diálogo democrático por tanto tiempo ausente en este medio nuestro tan atento a las viejas jerarquías y a vanidades hoy ya enmohecidas.

No sorprende así que Morelia haya distinguido este año a cineastas jóvenes y a proyectos tan valiosos como Carmín tropical, segundo largometraje de Rigoberto Perezcano (Norteado, 2009, o corto documental XV en Zaachila, 2001), una aproximación novedosa al tema de los crímenes de odio en nuestro país desde la perspectiva de una historia sentimental centrada en un personaje travesti de la comunidad de los muxes oaxaqueños. O a Güeros, de primer largometraje de ficción de Alonso Ruizpalacios, que con una actualidad sorprendente evoca un clima de luchas estudiantiles y en él ubica la experiencia agridulce de un grupo de jóvenes en búsqueda afanosa de una mitológica leyenda de la canción popular.

El contraste lacerante entre utopía y realidad es el sustento de una narrativa fascinante. Otra cinta distinguida: el documental Matria, de Fernando Llanos Jiménez, original exploración de la figura también mitológica de Antolín Jiménez, un combatiente villista que en 1942 organizó un ejército de charros para frenar una posible invasión nazi a México. El jefe de esa legión de guerrilleros antifascistas fue también presidente de la Asociación Nacional de Charros. Otras distinciones fueron para las estupendas cintas de ficción La danza del hipocampo, de Gabriela Ruvalcaba, e Hilda, de Andrés Clariond Rangel, y para el documental Bering: equilibrio y resistencia, de Lourdes Grobet, cintas de las que se hablará, con mayor oportunidad, en el momento de su estreno.

Mientras tanto, cabe esperar que las lecciones de vitalidad que prodiga el festival de Morelia sean justamente valoradas por una comunidad fílmica que hoy, como nunca antes, está deseosa de cambios.

Los ganadores de Morelia 2014



Leonardo García Tsao

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Los ganadores del Festival Internacional de Cine de Morelia fueron las cintas Carmín tropical, de Rigoberto Pérezcano, y Güeros, de Alonso RuizpalaciosFoto Notimex

En su décima segunda edición, el Festival Internacional de Cine de Morelia hizo lo posible por disimular una rumorada disminución en su presupuesto. Con un día menos de actividades oficiales, el festival tuvo que apretarse el cinturón en otros aspectos, debido –uno conjetura– al escaso apoyo del gobierno de Michoacán. El propio gobernador Salvador Jara aceptó, en una entrevista de la televisión michoacana en plena alfombra roja inaugural, que la aportación de su gobierno fue mínima. Y eso que el certamen asegura, por lo menos, una promoción turística innegable.

El contraste con el año pasado fue marcado sobre todo en la sección competitiva de largometrajes mexicanos, que no pudo igualar la calidad uniforme conseguida en 2013. Claro, eso no depende de la organización del festival, sino del particular momento del cine mexicano. En esta ocasión, de los 12 títulos seleccionados, uno se quedaría con la mitad, siendo la gran ganadora Güeros, de Alonso Ruizpalacios, que ya venía precedida de importantes premios internacionales.

Filmada con dinamismo, la película ganadora en la categoría de mejor opera prima, demostró frescura y vitalidad, además de un desternillante sentido del humor, que no dejaban lugar a la duda. El deambular de cuatro jóvenes por diversos puntos de la ciudad de México, en busca del legendario rockero Epigmenio Cruz, durante un día de manifestación universitaria, evocaba a ratos a la Nueva Ola francesa, al mismo tiempo que capturaba inequívocamente el espíritu de la juventud mexicana actual. Un debut más que promisorio de Ruizpalacios.

La ganadora del premio a mejor película, Carmín tropical, de Rigoberto Perezcano, autor de la superior Norteado (2009), es un curioso whodunit en que la muxe Mabel (José Pecina) regresa a Juchitán para indagar sobre el asesinato de su amiga y compañera Daniela. La investigación permite a la transexual recordar su pasado, incluyendo el amor de un hombre compartido con la difunta, y enamorarse de un taxista (Luis Alberti). Realizada con sensibilidad, la cinta –como sus personajes—transita de un género a otro.

Otra película muy meritoria, Las oscuras primaveras, segundo largometraje de ficción de Ernesto Contreras, se fue sin reconocimiento oficial. Sobre un guión de su hermano Carlos, el realizador renueva la situación del triángulo amoroso añadiendo la arista de un hijo indeseable al planteamiento. Así, la historia se mueve impulsada por la sensación de deseo frustrado entre dos amantes en potencia, una oficinista (Irene Azuela) y el obrero (José María Yazpik) que realiza obras en su edificio. Apoyado en un reparto de uniforme solvencia que merecía algún premio, Contreras demuestra poseer un cabal dominio de su oficio.

Un sorprendente estreno nacional, fuera de competencia, fue Gloria, la persuasiva biopic centrada en la escandalosa vida de Gloria Trevi (una verosímil Sofía Espinosa), debida al suizo Christian Keller. La película merecerá su comentario cuando sea estrenada en enero.

Por otro lado, el festival de Morelia enfrenta ya un problema que se advertía desde el año pasado: la capacidad de las salas de Cinépolis Centro ha sido rebasada por la cantidad de público interesado. Por vez primera, la acreditación no fue suficiente para ingresar a las salas, sino era necesario el canje previo por boletos muy peleados.

Aunque la medida es comprensible ante la gran demanda de asientos, es una monserga que impide la improvisación sobre la marcha. Por lo mismo, en esta ocasión vi menos películas que en otras ediciones. La nutrida y bien seleccionada programación se merece un foro de mayor capacidad. (A un viaje en taxi de 15 minutos del centro se sitúa la opción de las más amplias salas de Cinépolis Las Américas…sin embargo, el ambiente no es el mismo).
Twitter: @walyder