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11/29/2016

Fidel



Pedro Salmerón Sanginés
¡Dictador!, se llenan aquí la boca los de la democracia ficticia del haiga sido como haiga sido; allá, los de la estirpe de Kissinger y las dictaduras militares. ¡Asesino!, gritan aquí quienes han permitido la tragedia de 150 mil muertos en 10 años; allá, quienes defienden la sangrienta política imperial y el bloqueo contra la revolución cubana. Las reacciones de Felipe Calderón o Jorge G. Castañeda aquí; las de Donald Trump o las damas de blanco allá, lo reflejan claramente.
Pero la ofensiva mediática es feroz y mis alumnos, los amigos de mis hijos no entienden nada. Si les dijeron siempre que era un dictador decrépito y sanguinario, ¿por qué el pesar de tantos? Habrá que recordarles que alguna vez los jóvenes soñaban con cambiar al mundo y que ese sueño tenía una ruta concreta y viable, un ejemplo. ¿Cómo recordarles ese ejemplo? Entre tantas maneras, elijo dos fragmentos del inmortal discurso de Fidel La historia me absolverá:
El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política, dijo tras exponer las seis leyes que un gobierno revolucionario apoyado en el pueblo pondría en práctica inmediatamente. En muy pocos años, el gobierno de la revolución resolvió cuatro de esos problemas, tal como los había presentado Fidel en el discurso, y parcialmente dos más (industrialización y vivienda). La democracia política, por supuesto, quedó pendiente, pero para nosotros, que vivíamos (y vivimos) en otra forma de antidemocracia, aquello no nos parecía entonces tan importante como la miseria o el analfabetismo.
Y preguntaba Fidel sobre la solución de esos problemas: “¿De dónde sacar el dinero necesario? Cuando no se lo roben, cuando no haya funcionarios venales que se dejen sobornar por las grandes empresas con detrimento del fisco, cuando los inmensos recursos de la nación estén movilizados…
No, eso no es inconcebible. Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre, mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar; lo inconcebible es que haya niños que mueran sin asistencia médica, lo inconcebible es que 30 por ciento de nuestros campesinos no sepan firmar, y 99 por ciento no sepa de historia de Cuba; lo inconcebible es que la mayoría de las familias de nuestros campos estén viviendo en peores condiciones que los indios que encontró Colón al descubrir la tierra más hermosa que ojos humanos vieron. Pocos años después del triunfo de la revolución, todos los campesinos sabían firmar y los niños no morían por falta de asistencia.
Ese era el ejemplo cubano. La prueba de que era factible abatir las grandes injusticias de nuestros países. La prueba de que la revolución era posible. El lema del Che Guevara, el deber de todo revolucionario es hacer la revolución, era una invitación a la acción consciente. Para ellos la revolución no se circunscribía a la transformación de las condiciones de vida. Su tarea última era la creación de un hombre nuevo que debía construirse simultáneamente en la educación y en la práctica (el trabajo voluntario, el trabajo sin más exigencia que la satisfacción del deber cumplido, la actitud de los guerrilleros y combatientes tomada de la experiencia de la Sierra Maestra). Ideas que no se basaban en una concepción romántica de la naturaleza humana, sino en una posibilidad real derivada de la experiencia cubana.
El hombre comunista debe ser necesariamente un hombre interiormente más rico y más responsable, vinculado a los otros hombres por una relación de solidaridad real, de fraternidad universal concreta; un hombre que se reconoce en su obra y que, una vez rotas las cadenas de la enajenación, alcanza su plena condición humana (Michel Lowy, El pensamiento del Che Guevara, p. 27).
Hoy, para muchos, ese sueño ha naufragado (en parte por el hundimiento del socialismo real y la agresión permanente de Estados Unidos; pero también por problemas propios del experimento cubano, entre los que destaca la ausencia de democracia). Hoy no puede plantearse una alternativa global al capitalismo sin hacer una profunda crítica histórica de los errores (y los crímenes) del socialismo realmente existente, incluido el cubano: Pero hoy tampoco aceptamos el fin de la historia ni el fin de la utopía. Tampoco nos resignamos ante el mundo tal cual es. Y en la búsqueda de nuevas alternativas, debemos retomar críticamente mucho de lo hecho por el pueblo cubano y sus dirigentes.
Hasta siempre, comandante.
Twitter: @HistoriaPedro

11/28/2016

Fidel Castro Ruz; los inmoribles


Adiós, Fidel Castro

Stella Calloni
La Jornada 
Una llamada en la madrugada, una voz que dice: murió Fidel Castro y se quiebra. Una respuesta salida desde las entrañas y de la rebelión ante el dolor: Fidel Castro no es morible. ¿Puede morir un hombre que marcó dos siglos y que en 90 años de vida jamás claudicó de los valores más profundos de un ser humano, humanísimo? ¿Un hombre cuya coherencia, dignidad y solidaridad abría todos los caminos hacia la liberación, la justicia verdadera, para desafiar imperios, colonialismos, disfraces democráticos?
Un hombre que tenía una voz que se escuchaba en las catacumbas de los dominados, de los silenciados, de los esclavizados, de los nadies, a pesar de que intentaron apagarla con todas las técnicas y argucias posibles de los grandes poderes.
Más de 600 veces el imperio intentó asesinarlo y no pudo. Más de medio siglo se intentó derrocar una revolución, que surgió desde sus más profundas realidades, cubanísima en su esencia, su espíritu, su cultura, su razón de ser, y por eso mismo tan arraigada en un pueblo, que nunca se doblegó.
Escuchando hablar a Fidel alguna vez recordaba al poeta Aimé Césaire en un párrafo de una obra suya teatral y poética. Tomo la voz del Rebelde cuando dice: “A mí el mundo no me da cuartel… No hay en el mundo un pobre hombre linchado, un pobre hombre torturado, en el que no sea yo asesinado y humillado”.
De eso se trataba, cuando Fidel alzaba su voz solidaria ante cada quejido de la humanidad que dolía a su corazón, que le hacía crecer el grandioso espíritu de la liberación.
A ese hombre, al comandante Fidel Castro Ruz, capaz de asombrarse cada vez por los sucesos del mundo, de preguntar detalles para escarbar profundamente en las diversas realidades de los pueblos, de conmoverse y hasta desesperarse –en realidad su expresión más intensa de la ternura–, tuve el privilegio de conocer y de escuchar, no sólo en sus discursos, sino en sus pocos momentos en que no estaba rodeado de multitudes.
Y en esa voz de bajo tono, donde a veces aparecía también el hombre tímido, el que expresaba con suavidad, sin ninguna sombra de soberbia, la formidable capacidad de indagar buscando recrear las teorías, renacer la dialéctica, anticiparse a los acontecimientos como un profeta o un iluminado que siempre fue.
Conocía todos los límites y los muros que había que desafiar y destruir, como lo había hecho en esa isla pequeña, que a sólo 90 millas de la potencia imperial, que lo cercaba con un sitio medieval, resistía y sigue resistiendo, aún en este mundo incierto, en esta dinámica que no deja respiros, con un coraje de leyenda, con la fuerza revolucionaria que sólo los hombres nuevos pueden mantener como una llama viva.
Ahí estaba Fidel con su pueblo reviviendo cada día la llama de la heroica resistencia y soplándonos la vida y la esperanza de que sí, se puede, contra un capitalismo salvaje y decadente que está creando el camino de su propia destrucción.
Alguna vez escribiendo para La Jiribilla de Cuba se me ocurrió llamar al comandante Fidel Castro un orfebre de liberaciones, y eso es lo que siento que fue, soñando el sueño recurrente de la Sierra Maestra, que nunca abandonó.
Sin ese amor que rompe fronteras, paradigmas, límites, la fuerza de un revolucionario no sería suficiente para ganar batallas, para liberar y revolucionar todo a su paso. Por todo esto y mucho más Fidel Castro no es morible, está como nunca hoy, cuando estamos reviviendo el nuevo esquema geoestratégico de recolonización, no sólo continental, sino mundial.
Y cuando nombremos cada camino de la resistencia para la liberación definitiva, ahí está, como estuvo y estará para siempre, un hombre llamado Fidel Castro, que nos dejó el legado más extraordinario: la certeza de saber que en este mundo que se mueve en oleajes, que parece cambiar cada día y cada hora, aunque parezca una paradoja, el salvajismo irracional del capitalismo sin máscaras nos está abriendo el camino a la liberación definitiva. Él hizo posible desenmascarar al imperio, ante la furia de no haber logrado rendir a Cuba, una isla pequeña en el Caribe, que estuvo y está bajo ataques permanentes.
Que nadie crea que Cuba queda a la intemperie porque allí está la dirigencia y un pueblo que se fueron construyendo en el camino revolucionario como tales, junto a Fidel, el inmorible, el orfebre de liberaciones.

Y en eso se fue Fidel


Adiós, Fidel Castro
Eric Nepomuceno
La Jornada 
Aeso de las diez y pico de la noche del viernes 25 de noviembre, en La Habana, Cuba, murió el siglo XX.
Porque los tiempos de la vida, del alma, de la historia, desafían los calendarios.
Desafían a la vida.
Con Fidel, de una vez y para siempre, se acabó un tiempo largo y decisivo de nuestra historia.
Ahora dicen que en la noche del viernes 25 de noviembre de 2016, a los 90 años de edad, murió Fidel Castro Ruz, hijo bastardo de un estanciero gallego y torpe con una empleada de su finca, y que encabezó una revolución impensable, la de una isla insignificante o casi que se propuso liberarse del yugo de la nación más beligerante en la historia de la Humanidad, y hacerse dueña de su propio destino.
Sin embargo, el que se murió ha sido una de las figuras más emblemáticas de la historia contemporánea, el símbolo del sueño de miles de gentes alrededor del mundo.
El sueño de otro mundo, otra vida, más justa, más igual. Más digna. Un mundo viable, posible, pero vedado a la mayoría de las personas.
El que se murió quizá ya se hubiera ido desde hace un buen tiempo. Un tiempo en que se creía y se creyó que era posible tocar el cielo con las manos.
Quien se fue aquella noche de un viernes ha sido el hombre que, más que cualquier otro, representó la etérea, tenue, creencia en la posibilidad de tocar el cielo con las manos.
No lo logró, no lo logramos, es cierto.
Pero nadie, como Fidel, representó ese sueño de multitudes, las multitudes de abandonados, de ninguneados, de silenciados por el mundo.
Recuerdo una frase de mi hermano Eduardo Galeano, que decía más o menos así: Cuba no hizo la revolución que quiso y podía hacer, sino la que pudo.
Y eso es, y así fue: la inmensa distancia entre el sueño, el deseo, y la realidad, la vida.
Fidel Castro, esculpido en barro humano, como humano cometió errores. Unos tantos, unos muchos.
Pero su legado supera todos sus equívocos. Con la ayuda y el duro precio pagado por miles y miles de compatriotas, condujo el intento de construcción de un sueño real.
He conocido un montón de países y de pueblos. Ninguno, ninguno tan solidario como el pueblo cubano.
Fidel Castro ha sido, más que el conductor, el símbolo de ese tiempo, de ese sueño. Con sus conquistas, que son muchas, y con sus equívocos.
Un sueño de dignidad, de soberanía, de altivez.
Recuerdo la primera vez que lo vi, a medio metro de distancia.
Fue en los primeros días de agosto de 1978. Yo estaba en la fila de un vendedor callejero de helados. Se acercó un jeep, bajó Fidel y pidió uno de fresa. No había. Había de limón. Valía medio peso cubano. Fidel no tenía monedas. Ha sido un revoltijo en la fila, a ver quién le pagaba el helado a Fidel.
Luego hubo varios encuentros, muchos.
Siempre me llamó la atención la timidez de aquel que era, fácil, el más poderoso hombre en la América Latina de mis años jóvenes.
Sí, sí: ha sido el gran conductor y el gran constructor de una revolución que fue lo que pudo ser, y no lo que quiso ser.
Fidel ha sido el conductor de una navegación única, de un ejemplo único de integridad y dignidad.
La revolución que hizo lo que pudo, y no lo que quiso. Pero que nos deja, a cada ciudadano de nuestra América, una lección única, insuperable.
En el periodo especial, el tiempo más perverso y cruel de la revolución, cuando Cuba literalmente llegó al extremo máximo de restricciones, oí de Fidel una frase única: Vea, no hemos cerrado una sola clase de escuela, un solo lecho de hospital.
A eso se le llama revolución.
Sí, sí, se equivocó un montón de veces.
Pero supo honrar la palabra dignidad.
En 1992, lo presenté a Felipe, que tenía 15 años. Fidel miró a mi hijo de la cabeza a los pies, y le preguntó: ¿Será que alcanzarás mi altura? Y en seguida, disparó: Pues yo cambiaría mi altura por tu juventud.
Ha sido otro de sus equívocos.
En aquella noche, Fidel tenía 66 años. Dos menos de los que tengo ahora.
Muchos menos de que tenía Felipe.
Y era más joven que nosotros.
No, no: a las diez y pico de la noche del viernes 25 de noviembre de 2016, quien se murió en La Habana, Cuba, no ha sido Fidel Castro Ruz, comandante de la última revolución que intentó alcanzar el cielo con las manos.
Quien se murió ha sido el siglo XX.

Buenas noches, Historia, agranda tus portones


Adiós, Fidel Castro
La Jornada 
Adolfo Gilly

Muchas cosas se escriben y se dicen y se dirán en estos días, ahora que Fidel Castro ha muerto. En este domingo de noviembre quiero recordar un poema escrito por Juan Gelman en 1962, aquel año cuando ante la amenaza de guerra nuclear el pueblo de Cuba y su revolución se jugaron en octubre el todo por el todo. Y ganaron y vivieron. Mañana vendrá el tiempo de escribir con calma. Este recuerdo de hoy va dedicado a Mara, compañera de Juan, con el amor de nosotros para ella.
A.G.

FIDEL
Juan Gelman

Gotán, 1962, en Pesar todo, antología, FCE, México, 2001.

Dirán exactamente de Fidel
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el caballo y es cierto
Fidel montó sobre Fidel, un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma
la Historia parlará de sus hechos gloriosos
prefiero recordarlo en el rincón del día
en que miró su tierra y dijo soy la tierra
en que miró su pueblo y dijo soy el pueblo
y abolió sus dolores sus sombras sus olvidos
y solo contra el mundo levantó en una estaca
su propio corazón el único que tuvo
lo desplegó en el aire como una gran bandera
como un fuego encendido contra la noche oscura
como un golpe de amor en la cara del miedo
como un hombre que entra temblando en el amor
alzó su corazón lo agitaba en el aire
lo daba de comer de beber de encender
Fidel es un país
yo lo vi con oleajes de rostros en su rostro
la Historia arreglará sus cuentas allá ella
pero lo vi cuando subía gente por sus hubiéramos
buenas noches Historia agranda tus portones
entramos con fidel con el caballo. #

11/27/2016

El mayor estadista del último medio siglo



Guillermo Almeyra
La Jornada 
Fidel Castro fue, con mucho, el mayor estadista del reciente medio siglo. Fue el último de los grandes revolucionarios dirigentes de las movilizaciones democráticas de liberación nacional que comenzaron en 1910 con las revoluciones china, persa y mexicana, y durante y después de la Segunda Guerra Mundial llevaron a la independencia y unidad del subcontinente indio y de Indonesia, Indochina, las colonias africanas, el Egipto nasseriano y Argelia.
Cuba es un pequeño país de 11.5 millones de habitantes. Durante mucho tiempo dependió económicamente de la exportación de un monocultivo –el azúcar de caña-, de ron y tabaco y del turismo, y depende ahora tam-bién de la provisión de servicios (turismo, envío de médicos y enseñantes). Esta economía de postre (lujos prescindibles como el tabaco y la bebida) y de servicios produce muy escasas ganancias y dependen de la distribución de la plusvalía mundial que se produce en regiones más industrializadas, o sea, de los excedentes económicos de que puedan disponer los sectores medios que consumen esos bienes y servicios no indispensables. Es, por lo tanto, un país frágil y dependiente.
Uno de los grandes méritos de Fidel Castro fue haber hecho posible la elevación inmediata del nivel cultural de Cuba y el desarrollo veloz y ejemplar de la investigación científica y de las ciencias médicas de alta calidad. Hijo de un terrateniente azucarero y alumno de los jesuitas, rompió la dependencia del azúcar y con una población pobre hasta entonces creyente en los santos africanos y cuyas clases más ricas eran católicas o protestantes: construyó una educación laica y científica.
Sobre el cadáver de Fidel Castro se van a volcar toneladas de insultos con el objetivo de disminuir su obra y de preparar el asalto final contra Cuba, para volver a colonizarla y reconstruir en ella burdeles y casas de juego. Pero también lloverán las asquerosas descargas de moralina conservadora y de lambisconería necrofílica de los oportunistas de siempre o los elogios de sinceros simpatizantes de la Revolución Cubana, fieles y fidelistas que no saben distinguir entre la revolución de un pueblo y las virtudes y los límites de sus dirigentes. Ofendería a la ética y a la inteligencia de los lectores y faltaría a mi deber de historiador, de periodista y de socialista si me sumara acríticamente a ellos.
Fidel Castro fue, en efecto, un gran revolucionario cubano, a la altura de Martí, y un gran estadista, defensor valiente y permanente de la independencia de Cuba frente al imperialismo estadunidense y, a su mo-do, de la transformación de una revolución democrática y antiimperialista en un pun-to de partida para la construcción de las bases elementales del socialismo –que sólo podrá construirse realmente a escala mundial– en esa pequeña isla pobre y dependiente. Pero ni era socialista cuando militaba en el movimiento estudiantil y en el partido de Guiteras como nacionalista antiimperialista radical, en oposición al Partido Socialista Popular (comunista stalinista) aliado entonces con el dictador Fulgencio Batista, ni cuando asaltó el cuartel Moncada con otros demócratas como él, ni cuando desembarcó en Cuba en la heroica expedición del Granma. El Departamento de Estado creyó por eso que podría utilizarlo para sacarse de encima al impresentable Batista y envió a Herbert Matthews, del New York Times, a entrevistarlo en Sierra Maestra.
Los partidos comunistas de todo el mundo lo tacharon de aventurero pequeño burgués y lo combatieron hasta 1959, y aún después, un pintoresco y funesto trotskista argentino (Nahuel Moreno) festejó en 1958 el fracaso de la huelga general revolucionaria lanzada por el 26 de julio, acusándola de gorila.
He defendido toda mi vida la Revolución Cubana sin identificarla con Fidel Castro ni con sus dirigentes. Fui presidente del comité argentino de solidaridad con la Revolución Cubana creado en 1957, dos años antes del triunfo de la revolución y el gobierno progresista de Frondizi me encarceló por eso. Puedo decir, por lo tanto, que fueron numerosos y enormes los errores de Fidel derivados de su falta de formación socialista y de las necesidades tácticas de la alianza con la burocracia mundialmente contrarrevolucionaria que dirigía la Unión Soviética.
Durante la crisis de los cohetes, en 1962, que puso al mundo al borde de la guerra nuclear, Fidel y el gobierno cubano enfrentaron gran peligro y repudiaron la traición de Jruschiov, que retiró los cohetes defensivos sin consultarlos. Pero después, para renovar todo el aparato productivo, Cuba tuvo que apoyarse en el Kremlin y Fidel Castro, imitando a los comunistas soviéticos, creó un Partido Único, que transformó en Partido Comunista, y lo identificó con el Estado, en vez de mantenerlo separado y como control crítico.
Mientras el imperialismo, con sus ataques militares y políticos y su bloqueo criminal creaba escasez en Cuba, sembraba enfermedades y obligaba a un país pobre a construir una fuerza militar desproporcionada, generando así pobreza y burocracia, Fidel y sus compañeros creyeron que el desarrollo y el socialismo se construye desde los aparatos y cerraron las vías para la autogestión, el control obrero, la participación real de los trabajadores sobre las decisiones del partido comunista y del gobierno. Eso eliminó la democracia y reforzó la burocracia.
La censura, la represión cultural y homofóbica y el apoyo a la invasión soviética de Checoeslovaquia en 1968 lesionaron el prestigio mundial de Fidel. El fracaso de la zafra monstruo de 1970 desarticuló la economía. Fidel calificó también al corrupto Brezhnev de gran marxista y apoyó a la dictadura argentina durante la guerra de las Malvinas, creyendo que era antiimperialista. Como estadista se guió por lo que creía útil para Cuba, no por lo que ayuda a la liberación social, e identificó los Estados y gobiernos con los pueblos (fue el primero en saludar el fraudulento triunfo de Salinas en 1988). Esos errores tuvieron un costo enorme, pero Cuba no es ya la de 1959. Fidel Castro será recordado siempre como revolucionario antiimperialista.

Hasta Siempre Comandante !


Adiós, Fidel Castro
Un gigante en la lucha por la liberación de los pueblos, dice AMLO

Periódico La Jornada

Andrés Manuel López Obrador lamentó la muerte del ex presidente de Cuba Fidel Castro Ruz, a quien se refirió como un gigante de la lucha de la liberación de los pueblos, uno de los dirigentes más grandes de la historia del mundo.
En entrevista previa a una asamblea informativa con sus simpatizantes, López Obrador sostuvo que Fidel Castro es un ejemplo en cuanto a defensa de la soberanía, porque condujo a su pueblo para hacer realidad la independencia de Cuba: “podrá polemizarse sobre Fidel Castro, pero está en la historia.
Es un tema polémico, pero ineludible, sabemos que a los conservadores, a la derecha, no le gusta nada que tenga que ver con la lucha por la justicia, por la libertad e independencia de los pueblos.
El dirigente nacional de Morena aseguró que “Castro está a la altura de Nelson Mandela, es un gigante, nuestro reconocimiento a Fidel.
A pesar de la cercanía con la nación más grande y más poderosa del mundo, logró que su pueblo actuara con dignidad. Es polémico, pero nadie le va a quitar al comandante la dicha enorme de haber llevado a la práctica el principio de la no intervención y de la autodeterminación de los pueblos, Cuba es un país independiente.
En otro tema, López Obrador indicó que la eventual llegada de la panista Margarita Zavala a la Presidencia de México significaría una especie de relección de Felipe Calderón. Ni este aprendiz de mafioso (Ricardo Anaya), ni (Miguel Ángel Osorio) Chong representan un cambio, pertenecen a la misma mafia, nosotros vamos a acabar con la corrupción.
Lamentó la intervención de la élite mexicana en las elecciones de Estados Unidos No debieron entrometerse, no sólo por la visita de Trump, sino que hubo dirigentes políticos, empresarios y medios de comunicación que hicieron campaña desde México contra Trump, eso no se debió hacer, porque nosotros no queremos que ellos se metan aquí.

*****
Adiós, Fidel Castro
Un hombre de claroscuros, pero que supo ser congruente, definió
Partió el último de los grandes estadistas del siglo XX: Cárdenas
Cumplió su compromiso con su pueblo y consigo mismo

Periódico La Jornada

Foto
Imagen de julio de 1991, el líder de la Revolución Cubana 
con el entonces presidente de Sudáfrica, Nelson MandelaFoto Xinhua
De pérdida para la humanidad, no sólo para el pueblo cubano, calificó Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano la muerte del comandante Fidel Castro, personaje al cual recordó que su padre, el general Lázaro Cárdenas, ayudó –junto al grupo inicial de revolucionarios cubanos– a salir de la prisión en México, a la que fue confinado por la Dirección Federal de Seguridad en la década de los 50.
Primero, lamentar, y profundamente, el fallecimiento del comandante Fidel Castro, enviar por este buen conducto nuestro pésame, condolencias y la solidaridad al presidente Raúl Castro, a su familia y al pueblo cubano, que seguramente, como ningún otro, siente y lamenta la partida del comandante, dijo.
Entrevistado en el contexto de la Feria Internacional del Libro, donde el próximo viernes presentará el libro Cárdenas por Cárdenas, en el que relata historias de su padre, Cuauhtémoc Cárdenas dijo que Fidel Castro fue el último de los grandes estadistas del siglo XX.
Afirmó que Castro, como todo hombre, tuvo claroscuros en su vida, pero en lo general fue congruente y mantuvo su derrotero en medio de las “altas y bajas que se dieron en el mundo.
Fue firme en sus posiciones, un convencido de cuál era el camino que convenía al pueblo de Cuba y al mismo tiempo solidario con otros movimientos principalmente en América Latina, pero también en otras regiones del mundo.
–¿Cuál fue el apoyo que dio su padre al grupo encabezado por Fidel?
–Le tocó intervenir ante el gobierno de la República para liberar a unos jóvenes que en aquella época estaban efectivamente haciendo una tarea revolucionaria, que no se mezclaban con la política mexicana, que no afectaban en nada la relación de México con el mundo y estaban a la búsqueda de un cambio en su país. Mi padre intervino para que los liberaran cuando fueron detenidos por la Dirección Federal de Seguridad.
–¿Financió de alguna manera el general Cárdenas al grupo revolucionario cuando se formó y entrenó en México?
–Lo dudo, porque no tenía a veces ni para financiar la casa, no creo que para otras cosas, pero sin duda hubo simpatía y apoyo político a la revolución cubana.
–¿Qué tan importante considera que fue el apoyo de su padre a Fidel para gestar la Revolución Cubana?
–Fue determinante desde el momento en que los liberaron y no fueron deportados a Cuba, como pretendió alguna autoridad aquí en México, pues habrían sido entregados a la dictadura de (Fulgencio) Batista.
–¿Usted tuvo contacto con los revolucionarios antes de su partida a Cuba?
–No, yo conocí a Fidel en la celebración del 26 de julio, cuando la revolución ya era gobierno, acompañé a mi padre a La Habana para celebrar el aniversario del asalto al cuartel Moncada.
–Castro dijo que la historia lo absolvería. ¿Usted lo absuelve?
–Fue el discurso que él hizo cuando fue detenido. Yo creo que cumplió su compromiso con su pueblo y consigo mismo.

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Adiós, Fidel Castro
Políticos y académicos nacionales realzan la huella del líder de la Revolución Cubana
Nadie puede dudar de su grandeza: Padierna

Periódico La Jornada
Ambas cámaras del Congreso, los dirigentes de PRI, PRD y PT, así como legisladores y académicos, lamentaron la muerte de Fidel Castro y expresaron sus condolencias al pueblo y al gobierno de Cuba.
Foto
Aspecto de un homenaje frente a la embajada de Cuba en Santiago de Chile,
ayer luego del fallecimiento del líder de la Revolución CubanaFoto Xinhua
Hombre de talla universal, señaló que aquel que no sea capaz de luchar por otros no será nunca suficientemente capaz de luchar por sí mismo, resaltó el secretario de Salud, José Narro, quien asistió en representación de Enrique Peña Nieto a la inauguración de la Feria Internacional del Libro, donde todos elogiaron al líder de la Revolución Cubana, fallecido un día antes.
El presidente del Senado, Pablo Escudero, resaltó que se ha ido uno de los personajes que marcaron el rumbo del siglo XX, cuyo ideario continuará inspirando a las generaciones que luchan en favor del respeto, la justicia y la libertad.
El presidente de la Cámara de Diputados, Javier Bolaños, lo calificó de hombre que buscó, en su momento, la libertad de un pueblo sometido por un gobierno dictador y totalitario.
Más allá de polémicas, no se puede entender la historia del siglo XX sin él, recalcó el ex presidente del PRI Manlio Fabio Beltrones. El dirigente priísta, Enrique Ochoa Reza, resaltó que Castro fue el promotor de una relación diplomática solidaria con México.
La dirigente perredista Aejandra Barrales, lamentó la muerte de uno de los líderes y hombres más influyentes del mundo, mientras Luis Castro, de Nueva Alianza, resaltó que construyó un valladar de dignidad frente al imperio estadunidense en plena guerra fría. El PT mediante un comunicado, lo calificó de faro de luz en América Latina y en el orbe, impulsor de la solidaridad internacional.
El Grupo de Amistad México-Cuba de la Cámara de Diputados se refirió a Castro como un líder en toda la extensión de la palabra que llevó a Cuba a ser lo que es hoy: un país libre que cuenta con una tasa de alfabetización de 99 por ciento y completo acceso a la educación, incluso universitaria.
La senadora del PRD Dolores Padierna resaltó que “nadie puede dudar de la grandeza de Fidel, no sólo por su carácter revolucionario, sino porque supo mantenerse digno y hacer de Cuba una patria libre, soberana e independiente, pese al cruel bloqueo contra su pueblo.
“‘¡Ese sí es nuestro!’, dijo una vez un artista cubano, Eduardo Roca, con sobrada razón. Fidel es nuestro, Fidel es de la historia de la humanidad”, recalcó.
El coordinador de los senadores del PRD, Miguel Barbosa, resaltó que el legado de Castro son los logros de su revolución social y el lugar de soberanía y dignidad que tiene Cuba en el mundo.
En contraparte, el ex presidente Felipe Calderón, escribió en su cuenta Twitter: Cuando nací Fidel Castro ya era dictador en Cuba. Fui Presidente de México y seguía siéndolo. Ojalá llegue pronto la libertad a los cubanos.
Y el también ex presidente panista Vicente Fox, quien se confrontó con el gobierno de Castro y puso en riesgo la relación México-Cuba, ayer en conferencia de prensa en Monterrey, no dudó en mofarse: Fidel comió y se nos fue. Que Dios lo tenga en su santa gloria.
José Luis Valdés Ugalde, ex director del Centro de Investigaciones sobre América del Norte, de la UNAM, afirmó que la muerte de Castro, si bien deja a la isla en un contexto muy complejo en el marco de las transformaciones globales, también posibilita abrir el camino hacia una nueva relación con el mundo e integrarse.
Martín Íniguez Ramos, experto en Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, afirmó que la muerte de Castro no generará una transformación acelerada de la isla ni de la pérdida de sus valores revolucionarios. No habrá grandes cambios, sino un proceso gradual de transformación, pero sin duda seguirá pesando su legado de tratar de dejar las bases de un mundo mejor.
Castro, agregó, es la figura emblemática del siglo XX en la región, porque llegó para impulsar el cambio de la realidad social y política en el continente.


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Adiós, Fidel Castro
México dejó su marca indeleble en el comandante

Periódico La Jornada

Los ex embajadores de México en Cuba Juan José Bremer y Pedro Joaquín Coldwell lamentaron ayer el fallecimiento de Fidel Castro Ruz, a quien calificaron como el dirigente latinoamericano de mayor estatura mundial y quien tuvo un genuino y gran aprecio por nuestro país.
A su vez, el actual representante mexicano ante la isla, Enrique Martínez y Martínez, manifestó en su cuenta de Twitter su pesadumbre por la partida física de Castro, quien deja un gran legado en el mundo, subrayó.
Juan José Bremer, embajador en Cuba de 2013 a 2016, quien tuvo el objetivo de relanzar la relación bilateral tras el enfriamiento registrado en los sexenios panistas, expresó sus condolencias al pueblo y al gobierno cubano por la muerte del líder revolucionario. Recordó que en sus años de servicio público tuvo oportunidad de dialogar en diversas ocasiones con Castro Ruz y fue testigo de su genuino y gran aprecio por México. El tiempo que estuvo en nuestro país, en los años 50, le dejó una marca indeleble y una admiración por nuestra vigorosa identidad cultural, enfatizó.
Pedro Joaquín Coldwell señaló que se va el dirigente latinoamericano de mayor estatura mundial. Ningún otro político de esta parte del continente alcanzó la dimensión internacional y la influencia en la política global que él tuvo por tanto tiempo.
Durante la segunda mitad del siglo XX y buena parte del XXI, fue uno de los grandes protagonistas y constructores de la historia con sus luces y sombras, resaltó.
El incidente de Mickey Mouse
Actual secretario de Energía, recordó que cuando fue embajador en la isla, le tocó enfrentar un momento difícil en la relación bilateral, por la decisión de la canciller Rosario Green de reunirse con los disidentes y por el sentido del voto mexicano en Ginebra sobre derechos humanos. El asunto llevó incluso al incidente de Mickey Mouse, cuando el comandante señaló que los niños mexicanos conocían más al personaje de Walt Disney que a los héroes nacionales.
Sin embargo, Joaquín Coldwell resaltó que el incidente se superó con una genialidad del comandante, quien escribió una carta de disculpa a los niños de México.

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Adiós, Fidel Castro
Abrirá la embajada libro de condolencias
 
Periódico La Jornada
La embajada de Cuba en México tiene previsto abrir un libro de condolencias a partir del lunes para quienes deseen expresar su sentir ante el fallecimiento del comandate Fidel Castro Ruz, mientras a las afueras de la representación diplomática llegaron ayer diversas personas para colocar flores y veladoras en recuerdo del líder revolucionario.
Visiblemente afectados por la partida del ex presidente cubano, ciudadanos que simpatizaban con el comandante colocaron pequeños mensajes en las rejas del inmueble. Gracias Fidel por enseñarnos a resistir. Hasta siempre, se leía en uno. Otro decía: Estas flores son para el hombre que desafío y tambaleo al imperio yanqui. Gracias Fidel.
Las muestras de solidaridad no se concretaron a colocar flores, veladoras y mensajes. También hubo quien llegó a la representación diplomática gritando ¡Viva la revolución, viva Fidel, viva México! Ante el movimiento que se registró en las calles de Mazarik, en Polanco, los automovilistas aminoraron su marcha para observar a los asistentes. Algunos se detuvieron para tomar fotografías del edificio, cuya bandera luce a media asta en señal de luto.
Por su lado, el Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba informó que este domingo, a la una de la tarde, realizará un homenaje al ex presidente y pidió a los asistentes llevar flores blancas. Se tiene prevista la participación de la embajadora de Venezuela en el país, María Lourdes Urbaneja, y de otros diplomáticos.
El fallecimiento del comandante Fidel Castro ocurrió en un momento en el que el gobierno cubano realiza el cambio de su embajador en México. Hace unos días, el diplomático Dagoberto Rodríguez concluyó su misión y se espera que en breve llegue su sucesor.
En tanto, trascendió que a partir de las nueve de la mañana del lunes se abrirá el libro de condolencias en la representación diplomática cubana.


El Fidel que conocí


Adiós, Fidel Castro
Ignacio Ramonet
La Jornada 
Fidel ha muerto, pero es inmortal. Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos –Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ahmed Ben Barka– que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron en los años 50 a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.
En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, Argelia, Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas, por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América Latina, independientes en teoría desde hacia siglo y medio, seguían explotadas por privilegiadas minorías, sometidas a la discriminación social y étnica, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.
Fidel soportó la embestida de nada menos que 10 presidentes estadunidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones con los principales líderes que marcaron el planeta después de la Segunda Guerra Mundial (Nehru, Nasser, Tito, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, etcétera). Y conoció a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamin, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).
Bajo su dirección, su pequeño país (100 mil kilómetros cuadrados, 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala global echando hasta un pulso con Estados Unidos, cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución Cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.
En octubre de 1962 la tercera guerra mundial estuvo a punto de estallar, a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos, que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba, cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar, como el de playa Girón (bahía de Cochinos) u otro directamente realizado por las fuerzas armadas estadunidenses para derrocar a la Revolución Cubana.
Desde hace más de 50 años Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) impone a Cuba un devastador embargo comercial –reforzado en los años 90 por las leyes Helms-Burton y Torricelli–, el cual obstaculiza su desarrollo económico normal, con consecuencias trágicas para sus habitantes. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana, a través de las potentes Radio Martí y Tv Martí, instaladas en Florida para inundar a Cuba de propaganda, como en los peores tiempos de la guerra fría.
Por otra parte, varias organizaciones terroristas –Alpha 66 y Omega 7–, hostiles al régimen cubano, tienen su sede en Florida, donde poseen campos de entrenamiento, y desde donde enviaron regularmente, con la complicidad pasiva de las autoridades estadunidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3 mil 500 muertos) y que más ha sufrido de terrorismo en los últimos 60 años.
Ante tanto y tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema de San Ignacio de Loyola: En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición. Pero nunca hubo, hasta la muerte de Fidel, ningún culto a la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la revolución.
Cuba, pequeño país apegado a su soberanía, obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipacion de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, salud, investigación médica y deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de naciones más eficientes.
Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las fuerzas armadas cubanas han participado en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y Angola. Su intervención en este último país se tradujo por la derrota de las divisiones de élite de la República de África del Sur, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid.

Foto
Ignacio Ramonet y el comandanteFoto La Jornada
La Revolución Cubana, de la cual Fidel Castro era el inspirador, el teórico y el líder, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América Latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y, a veces, mueren para intentar establecer regímenes inspirados por el modelo cubano.
La caída del muro de Berlín, en 1989; la desaparición de la Unión Soviética, en 1991, y el fracaso histórico del socialismo de Estado no modificadron el sueño de Fidel Castro de instaurar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, más justa, más sana, mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.
Hasta la víspera de su fallecimiento, a los 90 años, seguía movilizado en defensa de la ecología y el medio ambiente, y contra la globalización neoliberal; seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar.
En el panteón mundial, consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justica social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro –guste o no a sus detractores– tiene un lugar reservado.
Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero durante mucho tiempo en circunstancias siempre muy profesionales y precisas, en ocasión de reportajes en la isla o la participación en algún congreso o evento. Cuando decidimos hacer el libro Fidel Castro. Biografía a dos voces (o Cien horas con Fidel), me invitó a acompañarlo durante días en diversos recorridos. Tanto en Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como en el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía luego, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días, una vez por trimestre.
Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás y, en particular, a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.
Su jornada de trabajo solía terminar a las seis o siete de la mañana, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada, porque aún debía participar en unas reuniones importantes… Dormía sólo cuatro horas, más, de vez en cuando, una o dos en cualquier momento del día.
Pero era también un gran madrugador e incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones, se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes –todos jóvenes y brillantes de unos 30 años– estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante.
Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, en acción, a la cabeza de un pequeño Estado Mayor –el que constituían sus asistentes y ayudantes– librando una batalla nueva. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental espectacular.
Una vez definido un proyecto, ningún obstáculo lo detenía. Su realización iba de sí. La intendencia seguirá, decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión. Levantaba voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, hacerse hechos palpables, cosas, acontecimientos.
Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos, sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras, una avalancha, que acompañaba la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.
La gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita, apabullante, tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central, a tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiera perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado y volvía a retomar, con sorprendente soltura, la idea principal.
En ningún momento a lo largo de más de 100 horas de conversaciones Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, de calibre considerable, no le temía al debate. Al contrario. Lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien fuera. Con mucho respeto hacia el otro, con mucho cuidado. Y era un discutidor y polemista temible, con argumentos a espuertas, a quien sólo repugnaban la mala fe y el odio.

Fidel, sinónimo de revolución


Adiós, Fidel Castro
La Jornada 
Emir Sader
Fidel se ha vuelto sinónimo de revolución desde que se publicaron las primeras fotos de aquellos barbudos que derrocaron a un dictador en el ya lejano 1959. Más todavía para nosotros, en América Latina, para quienes ese movimiento era un fenómeno distante en el tiempo y en el espacio –en Rusia, en China, con Lenin, con Mao–. Fue Cuba, con Fidel, quien planteó para nosotros y para tantas generaciones la revolución como actualidad y que era posible en nuestro continente.
Fidel encarnó la revolución en América Latina y en todo el mundo, porque Cuba levantó de nuevo la idea del socialismo, cuando éste se había vuelto algo aparentemente petrificado, postergado.
Empecé mi militancia política en 1959 repartiendo un periódico – Acción Socialista– que tenía estampada la imagen de unos barbudos que habían derribado a un dictador –en aquel momento, de América Central; no se hablaba aún del Caribe–, posando como si fueran jugadores de futbol.
Luego mi generación se volvió la generación de la Revolución Cubana, que sedujo a tantos cuando convocó a los estudiantes a terminar con el analfabetismo en la isla y con las reformas agraria y urbana, la fundación de la Casa de las Américas, la soberanía frente al imperialismo y la proclamación de la revolución socialista, así como con la resistencia contra el intento de invasión en Bahía de Cochinos y frente al plan del cerco naval a la isla; con todo lo que venía de allá, que nos alentaba y señalaba caminos.
Sólo pude ver a Fidel cuando visitó Chile durante el gobierno de Allende, en sus recorridos por el país, hasta su discurso final en el Estadio Nacional.
Después del golpe en Chile pude encontrarme con él por primera vez en La Habana, para discutir las consecuencias de esa acción.
Fue inolvidable verlo entrar, enorme, alto, enérgico, simpático, afectivo, y presenciar su infinita capacidad de escuchar a las personas, de preguntar mucho sobre Chile, el golpe, Allende, Miguel Enríquez y el MIR, así como sobre Brasil.
Tuve el privilegio de convivir con su presencia en la vida cubana durante muchos años. Conocí cómo un dirigente se interesa por todo lo cotidiano de un país y del mundo; pronunciarse sobre todos los problemas, ser el crítico más radical de la revolución, señalando problemas, implacable con los errores, pero siempre proponiendo alternativas y despertando esperanzas.
Verlo hablar en la Plaza de la Revolución tantas y tantas veces fue una de las experiencias más impresionantes que uno pudo tener. En una de esas concentraciones, siempre ante millones de personas, se homenajeaba a las víctimas de un acto terrorista que abatió un avión cubano, en el que murieron, entre otros, jóvenes deportistas isleños. Con todos los cuerpos presentes en la plaza, Fidel pronunció uno de sus discursos más emocionantes, que concluyó diciendo: Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla. Y provocó las lágrimas de aquellos cubanos que se habían desplazado de todas partes de la isla para escucharlo hablar durante horas bajo el sol inclemente.
Fidel siempre sorprendió a todos con su audacia. Desde la primera acción, el asalto al cuartel Moncada, y luego el desembarco del Granma, hasta sus iniciativas posteriores, ya en el poder, valiéndose del factor sorpresa de la guerrilla.
También cuando abrió las puertas de todas las embajadas para que quienes quisieran irse de Cuba lo hicieran, permitiendo que llegaran embarcaciones desde Miami para recogerlos. Un gesto audaz que él supo revertir en favor de la revolución, como todo lo que hacía.
Como cuando proclamó que el niño Elián sería recuperado por Cuba, objetivo que parecía imposible, pero que él, irradiando en todos enorme confianza, logró. Y cuando afirmó que Cuba recuperaría a sus cinco héroes presos en Estados Unidos, lo cual parecía absolutamente inviable, pero él supo construir, una vez más, la estrategia victoriosa para conseguir lo imposible.
Fidel fue sinónimo de revolución durante más de 50 años. Para quien quisiera saber sobre ésta y sobre socialismo, bastaba dirigir su mirada hacia él.
Él y el Che señalaron para muchas generaciones el horizonte del socialismo, de la revolucion y del compromiso militante.
Fidel fue la personificación de la revolución y del socialismo. Su vida y sus palabras han sonado siempre como la voz más fuerte, más digna, más vibrante, con más esperanza y más coraje que la historia ha conocido.

Fidel difunto mueve


José Steinsleger

Cuenta Fray Bartolomé de Las Casas que estando el cacique Hatuey en manos del conquistador Diego de Velásquez, un religioso le expresó: “…que si quería creer aquello que le decía, que iría al cielo… y si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas”.

Hatuey preguntó si iban cristianos al cielo. “El religioso respondió que sí, pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería ir él allá, sino al infierno por no estar donde estuviesen, y por no ver tan cruel gente…” (1511).
Cuatrocientos cuarenta y seis años después, en febrero de 1957, el periodista australiano Herbert Matthews subió a la Sierra Maestra y allí localizó a los descendientes de Hatuey liderados por Fidel Castro, alzados en armas. Matthews escribió: Antes de que finalice el año, él dijo que sería un héroe o un mártir.
En el juicio por el ataque fallido al cuartel Moncada (1953), Fidel también pronosticó que la historia lo absolvería. Sin embargo, quienes compartieron con él tramos de su vida, constataban que al comandante sólo le apremiaban las cosas de su pueblo.
Mi imagen de Fidel creció en el decenio de 1990. A causa del bloqueo, millones de cubanos empezaban a perder peso vertiginosamente, adelgazando en caminatas interminables o transportándose a sus centros de trabajo en sofocantes autobuses que se demoraban horas en llegar al destino. Así era mi amigo Guerrita, diplomático y cuadro del comité central, quien a diario se montaba en una destartalada y oxidada bicicleta china, hasta que un día su corazón le dijo hasta acá llegué.
El 5 de agosto de 1994, cuando las condiciones parecían estar dadas para que Cuba izara trapos blancos, una turba enardecida irrumpió en inmediaciones del hospital Almejeiras, y otros puntos del malecón. Entonces, flanqueado por una pequeña escolta desarmada, Fidel caminó hacia el ojo del huracán.
La multitud bajó el tono, haciéndose un silencio apenas interrumpido por las olas estrellándose contra el malecón. El caballo nada dijo, y caños, botellas, palos y piedras cayeron sobre el pavimento. Durante algunos segundos, Fidel fijó su mirada en la estatua ecuestre de Antonio Maceo, el titán de bronce. Y luego, se retiró.
A Quevedo le toca el turno ahora:
“El que vivo enseñó, difunto mueve/Y el silencio predica en el difunto/ En este polvo mira y llora junto/ La vista cuanto el púlpito le debe…/enmudece en su voz el contrapunto/… y el fénix que en su pluma se renueve”.



Una historia que no puede ser escrita con palabras


João Pedro Stédile*

São Paulo. Perdimos a Fidel. Ganamos una historia de ejemplos y sabiduría.

La historia de Fidel es indescriptible, no podemos delinearla apenas con palabras. Entonces, me gustaría dar un testimonio.
Él uso toda su sabiduría, conocimientos, capacidad de líder y dedicación para construir a lo largo de la década de 1960 un pueblo unido, que se transformó en imbatible, enfrentando a las fuerzas económicas y militares más poderosas del siglo XX: el capital de Estados Unidos.
Durante todos esos años, el pueblo supo enfrentar las peores adversidades, sean naturales, con sus huracanes y vendavales. Afrontó un bloqueo económico inaceptable. Y se mantuvo de pie en una guerra permanente, incluso con una invasión militar en 1961 en Bahía de Cochinos.
Enfrentó las dificultades de una sociedad con límites en la producción de bienes materiales, una herencia colonial de extrema desigualdad, del trabajo esclavo, del monocultivo de la caña y de la servidumbre cultural.
Desafió los peores momentos de un país periférico, dependiente de la geopolítica mundial.
Venció todas las batallas.
Construyó una sociedad que busca intensamente la igualdad de derechos y oportunidades entre todos los ciudadanos.
Derrotó la ignorancia y se transformó en el país de mayor índice de escolaridad del mundo.
Produjo medicina preventiva, humanitaria y solidaria que envió más de 60 mil médicos a casi todos los países y órganos internacionales juntos. Y nos mandó 14 mil médicos para que 44 millones de brasileños pudiesen conocer por primera vez la atención medica preventiva de calidad.
Fue siempre solidario con todos los pueblos del mundo que lucharon contra la opresión y explotación, sobre todo en América Latina y en África.
Nuestra agrupación, Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), recibió la solidaridad permanente y el apoyo del pueblo cubano, con sus escuelas técnicas, en su Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), donde se formaron cientos de jóvenes pobres brasileños, y recibieron la experiencia y el método de alfabetización de adultos (¡Yo sí puedo!). Construimos juntos las articulaciones internacionales de movimientos, Vía Campesina, ALBA, con campesinos cubanos de la ANAP y sus técnicos de agronomía de la Actaf, con CTC, el Centro Luther King, etcétera. Pero, sobre todo, aprendimos mucho con su ejemplo de lucha y de persistencia.
Participamos activamente con el pueblo cubano de la campaña anti-ALCA y contra el dominio del imperio sobre América Latina.
Y Fidel fue siempre el organizador e inspirador de todo el pueblo.
No es lugar aquí, ahora, para enaltecer las cualidades personales de esa figura única, de estadista, sabio y estratega político. Quería apenas reforzar para nuestra militancia su ejemplo, en dos aspectos fundamentales de su vida. El amor al estudio, Fidel fue un propagandista de la importancia del estudio, del conocimiento científico, de la educación liberadora. Estudió siempre, desde joven hasta sus últimos días. Afirmaba siempre: sólo el conocimiento libera verdaderamente a las personas!, repitiendo a su inspirador: Martí.
Estuvo siempre junto con su pueblo, en todos los momentos, siendo el primero de la fila, en todas las situaciones difíciles: en la guerras, en la organización de la producción y del conocimiento . No midió esfuerzos y dio ejemplo del espíritu de sacrificio.
Fidel fue un hombre genial, por sus ideas y por su coherencia.
Nos dejó un legado fantástico, como ejemplo a seguir.
¡Viva Fidel! ¡Fidel vivirá para siempre!
* Dirigente del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Brasil.



Una vida que articula varias generaciones


La Jornada 

La muerte de Fidel Castro, previsible por la avanzada edad del máximo artífice y dirigente de la Revolución Cubana, 90 años, es uno de esos sucesos que cimbran al mundo, no porque induzca cambios significativos en la realidad contemporánea, sino porque obliga a tomar conciencia de la vastedad de las transformaciones históricas ocurridas en el último medio siglo y porque recuerdan la fuerza inconmensurable que pueden adquirir ciertos movimientos sociales cuando poseen las dirigencias adecuadas.
La extensa vida y las acciones de Fidel articulan a varias generaciones: a lo largo de siete décadas pasó por el activismo estudiantil, el internacionalismo revolucionario, la organización de un movimiento armado, la cárcel, el exilio en México, la guerrilla, la construcción de una sociedad nueva en un pequeño país que hubo de padecer todas las expresiones imaginables de hostilidad por parte de la máxima potencia bélica del planeta –ataques armados abiertos, terrorismo, intentos de magnicidio, bloqueo económico, guerra bacteriológica y propagandística– y que se constituyó en faro de inspiración para múltiples intentos transformadores, armados o pacíficos, en América Latina e incluso en otros continentes. Por añadidura, la Cuba de Fidel desempeñó un papel activo y decisivo en la derrota militar del extinto régimen racista sudafricano en Angola y, en forma indirecta, en la bancarrota interior del apartheid y en el surgimiento de naciones libres e igualitarias en el llamado Cono Sur Africano. Asimismo, bajo la dirección del estadista hoy difunto, la nación caribeña se ubicó como la más solidaria del mundo, aportando asistencia médica, ingenieril y de otras clases, a los países que lo requirieran.
Tras sobrevivir en condiciones durísimas al colapso del llamado socialismo real, la Cuba de Fidel fue un activo factor de paz en diversos conflictos, particularmente los de Centroamérica.
Luego de retirarse del mando supremo del Estado y del Partido Comunista por una larga y penosa enfermedad, en sus últimos años de vida Fidel Castro aportó al mundo sus famosas reflexiones, cargadas de experiencia, perspicacia e incluso de un sentido profético excepcional. Aun recluido en la vida privada, no dejó de estar activo ni de reunirse con dignatarios y visitantes distinguidos.
La muerte del comandante ocurre en un momento particularmente incierto para su país, cuando el proceso de normalización de las relaciones bilaterales con Estados Unidos que echaron a andar su hermano, el presidente Raúl Castro y Barack Obama se encuentra entre signos de interrogación por la inminente llegada a la Casa Blanca de Donald Trump. Pero no sólo en Cuba va a vivirse una sensación de orfandad; millones de personas en el mundo amanecen hoy con un profundo sentimiento de pérdida. Y no es para menos: se ha ido el último grande del siglo XX.

Lecciones de Fidel


Realizar el sueño de Martí anunciando que venía “una revolución nueva” fue un decir y hacer del Manifiesto del Moncada y del proceso revolucionario cubano. Desde entonces las expresiones personales o colectivas de Fidel y sus compañeros del 26 de Julio, y, después, del nuevo Partido Comunista Cubano, lograron una identidad entre la palabra y el acto que es necesario entender, pues si no, no se entiende nada.

La realidad es más rica que la palabra, y ya enriquecida, ésta vuelve a enriquecerse con lo nuevo que deja ver el pensarla y hacerla. Así, en la expresión del párrafo anterior se trae a la memoria un sueño, el de José Martí, quien será realmente considerado como “autor intelectual de la revolución cubana”.
Es un sueño del pasado, pero es un sueño que anunció una revolución nueva en la que, con otros héroes e intelectuales cubanos, tendrían también fuerte presencia Marx y Lenin, y en que al socialismo de estado, encabezado entonces por la URSS, la República Popular China y múltiples movimientos de liberación nacional, Fidel y la Revolución Cubana añadirían objetivos y valores fundamentales –martianos-, en los que no sólo destaca la moral como reflexión ética sino como moral de lucha, como arma contra la corrupción, como meta para la cooperación, la solidaridad, y la mente. Esos sueños, renovados una y otra vez, buscaron y buscan superar, en todo lo que se puede, el “individualismo”, el “consumismo”, el “sectarismo” y la “codicia”, enemigos jurados de los oprimidos y explotados de la Tierra.
En algo no menos importante se diferenció la Revolución Cubana, y es que en su paso por el socialismo de estado, siempre se empeñó en lograr que sucediera a la insurrección y a la guerra de todo el pueblo un socialismo de estado de todo el pueblo. Ese objetivo planteó varios problemas ineludibles, entre ellos, la necesidad de combinar las organizaciones jerárquicas centralizadas y las descentralizadas, con las autónomas y horizontales, en que las comunidades del pueblo ejercieran una democracia directa y otra indirecta nombrando a candidatos que sin propaganda alguna merecieran la confianza de quienes los conocían.
Allí no quedó el empeño. Como reto para realizarlo se planteó, ante la opresión y la enajenación, la necesidad de animar los sentimientos, la voluntad y la mente de los insumisos, para que hicieran suyo el nuevo arte de luchar y gobernar. Al mismo tiempo las propias vanguardias buscaron liberarse de los conceptos dogmáticos que sujetaban al pensamiento crítico y creador.
Al desechar el “modelo de la democracia de dos o más partidos entre los que elegir”, un “modelo” que originalmente sirvió a aristocracias y burguesías, para compartir el poder, el Partido Comunista Cubano tampoco siguió los modelos de la URSS y China. A impulsos del Movimiento del 26 de Julio, que a raíz de su triunfo decidió disolverse, al Partido Comunista Cubano le fue asignado el objetivo de asegurar y defender la Revolución de todo el pueblo, con la participación y organización de sus trabajadores, campesinos, técnicos, profesionales, estudiantes y en general con la juventud rebelde.
La lógica de organizar el poder del pueblo estuvo muy vinculada con la de hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado, invasión o asedio, lo que se probaría a lo largo de más de medio siglo, frente a las reiteradas incursiones del imperialismo y frente al criminal bloqueo que habría hecho caer a cualquier gobierno que no contara con la inmensa mayoría del pueblo organizado.
Si en la invasión de Playa Girón y a lo largo de su desarrollo Cuba contó con el apoyo de la URSS y del campo socialista, ni la estabilidad de su gobierno ni las reformas y políticas revolucionarias que logró emprender se habrían realizado si el gobierno de todo el pueblo hubiera sido suplantado por un régimen autoritario, burocrático o populista. El gobierno del pueblo cubano no sólo mostró ser una realidad militar defensiva, sino particularmente eficaz en el impulso a la producción, a los servicios –que en medio de grandes trabas y errores inocultables—logró grandes éxitos, muchos de ellos reconocidos como superiores a los de países “altamente desarrollados”.
A las garantías internas y externas de la democracia de todo el pueblo, de su coordinación y unidad necesarias, se añadió el carácter profundamente pedagógico y dialogal del discurso político, y todo un programa nacional de educación, que iba desde la alfabetización integral –literal, moral, política, militar, cultural, social, económica y empresarial- hasta la educación superior y el “impetuoso desarrollo de la investigación científica”.
Es cierto que en todos esos ámbitos, el movimiento revolucionario enfrentó problemas que no siempre pudo resolver, o resolver bien; pero en medio de los más de 50 años de criminal bloqueo y de incontables asedios por parte del poderoso vecino del Norte, de las corporaciones imperialistas y su complejo militar-empresarial, político y mediático, y tras la restauración del capitalismo en el inmenso campo socialista, Cuba fue y es el único país que mantiene su proyecto socialista de un “mundo moral”, o de “otro mundo posible” como se acostumbra decir, o de “otra organización del trabajo y la vida en el mundo” como dijo el clásico.
Entre las nuevas y viejas contradicciones, Cuba sigue hasta hoy poniendo en alto un socialismo que, con Martí presente, es respetuoso de todos los humanismos laicos y religiosos. Es más, Cuba sigue haciendo suya la lucha contra el poder de los dictadores y contra la opresión y explotación de los trabajadores, sin que por ello haya olvidado la doble lucha, que sus avanzadas propusieron desde el l959: “una rebelión contra las oligarquías y también contra los dogmas revolucionarios”.
Si en tan notables batallas hay contradicciones innegables, no por eso han dejado de oírse, y en parte de atenderse, enérgicas reconvenciones que con frecuencia han hecho Fidel y numerosos dirigentes históricos de la Revolución contra corrupciones, incumplimientos, abusos, que con la economía informal y el mercado negro, han sido y son –hoy más que nunca- el peligro estructural e ideológico más agresivo, que renueva y amplía la cultura de la tranza, del individualismo y el clientelismo, de la corrupción, la cooptación y la colusión.
No es cosa de referirse aquí a todo lo que frente a las incontables ofensivas, nos enseñan Fidel y la Revolución Cubana para la emancipación de los seres humanos y para la organización del trabajo y de la vida en la tierra. Ni es cosa aquí de profundizar en las lecciones que nos da un líder como Fidel que se negó a que se hablara de “castrismo”, y que logró frenar todo culto a la personalidad. Pero si hasta para sus enemigos a menudo resulta imposible acallar el respeto que se ven obligados a tenerle, no son de olvidar tantos y tantos actos de su vida que se inscriben en un reconocimiento necesario.
Este enunciado de algunas lecciones de Fidel que aparecen en sus discursos y no sólo en sus numerosas contribuciones a la Revolución Cubana, quiere ser más bien un ejercicio de pedagogía por el ejemplo, un llamado que preste atención a aquéllos modos de pensar, actuar, construir, luchar y expresarse, que permiten comprender por qué, tras la restauración del capitalismo en el “campo socialista”, con la firmeza de Fidel y del pueblo cubano, sólo la pequeña Isla de Cuba ha logrado mantener la verdadera lucha socialista, que incluye la democracia como gobierno de todo el pueblo, y como reorganización de la vida y el trabajo por una inmensa parte de trabajadores y ciudadanos organizados. Y en esa lucha, que va a las raíces de la condición humana, se cultiva y defiende el respeto a los distintos modos de pensar y creer de laicos y religiosos, con búsqueda permanente de la unidad en medio de la diversidad de insumisos y rebeldes y con una clara postura martiana y marxista.
Precisar –con otros muchos-- los pensamientos compartidos por Fidel y por las masas revolucionarias del pueblo cubano, es adentrarse en una historia particularmente rica de un pueblo en lucha por la emancipación. Fidel, el “Movimiento 26 de Julio” y el pueblo cubano son sucesores de vigorosas proezas rebeldes en las que destaca, la de Maceo, héroe primero de la larga lucha por la independencia y por la libertad, a la que siguió, como gran revolucionario, muerto en batalla, uno de los pensadores más profundos y precisos de la historia universal, como fue José Martí, expresión máxima del liberalismo radical, pues no sólo fue uno de los primeros en descubrir el imperialismo como una combinación del colonialismo y el capital monopólico, sino en descubrir los lazos de los movimientos independentistas de su tiempo con las luchas de los pobres y los proletarios, posición que lo hizo sumarse a los homenajes póstumos a Carlos Marx por haber sido éste, como dijo “un hombre que se puso del lado de los pobres”.
Fidel, y el Movimiento 26 de Julio vienen de esa cepa. En su pensar y luchar los acompaña incluso la inteligencia de aquellos teólogos que destacaron en la Habana de fines del siglo XVIII y principios del XIX, y que son un antecedente de la teología de la liberación… En las conversaciones de Fidel con Frei Betto y en numerosos actos en que el problema religioso se planteó, Fidel dio amplias muestras de un gran respeto al humanismo que se expresa en la religión cristiana y en otras religiones. Ese respeto es hoy más necesario que nunca, pues corresponde a una de las viejas y nuevas formas de la liberación humana, en lucha por el derecho a lo diferente, por la igualdad en la diversidad, ya sea de religiones o de posiciones laicas, o de variaciones de razas y de sexos o de afinidades sexuales, o de edades y nacionalidades. Bien lo dijo Fidel muchas veces: “No somos antiamericanos. Somos antiimperialistas”
Orientarse en las lecciones de Fidel para entender y actuar en la emancipación humana, contribuye a desentrañar lo que sus palabras tienen de ejemplar y de actos para pensar y actuar en circunstancias similares, captando lo parecido y lo distinto, e incluso el quehacer del “hombre concreto que se es y que se descubre a sí mismo”, como dijo Armando Hart.
Con ese objetivo de comprensión y acción, cabe señalar --a manera de profundizar en el hilo del pensamiento--, lo que las lecciones de Fidel tienen de metas y valores: 1º para la organización, 2º para la estrategia y la táctica, y 3º para el juicio favorable o contrario a la emancipación en que se defienden y renuevan concretamente las verdaderas metas de la lucha.
El discurso político de Fidel ha sido –insistimos y precisamos otra gran tarea-- para que pueblo y trabajadores puedan defender y participar cada vez más, en la organización y marcha de un estado de todo el pueblo. El objetivo de organización se mantuvo y mantiene en más de medio siglo de bloqueo del imperialismo, y se inscribe en una cultura de la confrontación y de una concertación, que sin aferrarse a la lucha abierta, y sin ceder en los principios en “la lucha suave”, parece caracterizar a los procesos revolucionarios de nuestro tiempo. Tanto la práctica de la confrontación como la de la concertación implican medidas de organización de la moral, de la conciencia y de la voluntad colectivas. Suponen también un claro planteamiento de que la concertación puede darse en medio de conflictos y en medio de una lucha de clases que sigue incluso cuando parecen predominar los consensos. La experiencia de Cuba a ese respecto es inmensa, y no sólo en defensa de su propia revolución y por los variados enfrentamientos y acuerdos con Estados Unidos, sino por haber participado en la guerra de Angola contra el ejército del antiguo país colonialista y racista de África del Sur, --el más Poderoso del Continente-, y tras haber ayudado a su derrota, y haber logrado que se sentara en la mesa de negociaciones hasta llegar a un compromiso de paz. Si la historia de la guerra y de la paz en África, con un inmenso destacamento de fuerzas cubanas dirigidas por Fidel desde La Habana, es una de esas formas de la realidad que superan la imaginación, también es otra experiencia, que junto con la resistencia inconcebible a un bloqueo de más de cincuenta años confirma la capacidad de Cuba para actuar en una historia en que como la de Colombia, también combina un proceso revolucionario que alterna confrontaciones y concertaciones. Si semejante posibilidad está y estará llena de incógnitas, nada impide explorar los nuevos terrenos de la guerra y la paz en un mundo cuyo sistema de dominación y acumulación se encuentra en crisis terminal.
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Las lecciones Fidel en el juicio de las conductas seguidas son también particularmente creadoras y fecundas en la crítica de aciertos y desaciertos, y no sólo de conductas políticas o morales --con llamados de atención, dictámenes favorables o desfavorables, aprobaciones y reprobaciones, elogios y estímulos, sino, con sus reflexiones sobre las mejores formas de actuar para alcanzar las metas emancipadoras.
En cualquier caso es indispensable tener presente que las lecciones de Fidel, incluso cuando a primera vista suenen a veces como meras formas de hablar, obvias o elementales, encierran a menudo formas de incesante conducta real antes desacostumbrada, antes desentendida y desoída como guía de la acción que se vive, y que sólo aparece con la vinculación de la palabra y el acto. Con esa amalgama se hace la historia.
En aquél discurso que Fidel pronunció la noche del 8 de enero de 1959, a su llegada a la Habana, dijo entre sus primeras palabras: “…la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa…Y sin embargo queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil: quizás en lo adelante todo sea más difícil…” Y a esa afirmación que podía frenar el ilimitado entusiasmo reinante añadió, más como explicación que como excusa: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario…” Aclaró lo que entraña no engañar ni engañase. “¿Cómo ganó la guerra el Ejército Rebelde? Diciendo la verdad. ¿Cómo perdió la guerra la tiranía? Engañando a los soldados.” El mensaje era la primera lección del arte revolucionario de gobernar para ganar. No engañar al pueblo ni dejar que el pueblo se engañe con los triunfos. Y tras narrar, como ejemplo, en qué forma, decir la verdad, había servido para el triunfo del ejército rebelde, concluyó: “Y por eso yo quiero empezar –o mejor dicho, seguir—con el mismo sistema, el de decirle al pueblo siempre la verdad.”.
La práctica de la verdad y la práctica de la moral serían los valores y los medios de una lucha revolucionaria, que además organizaría su legítima defensa, frente a las tradicionales ofensivas de “la zanahoria y el garrote”, de la corrupción y la represión permanentemente renovadas y armadas por la oligarquía y el imperio. Tanto la verdad como la moral practicadas serían constitutivas de un proceso que necesariamente tendría que armarse para defenderse.
En aquel discurso en la Plaza de la Revolución en que Fidel empezó a definir cómo sería la democracia en Cuba, y en aquella plaza donde había un inmenso “lleno” de guajiros y de trabajadores de la caña, de las fábricas y de los servicios, Fidel le preguntó al pueblo: “En caso de tener que escoger, ¿qué preferirían? ¿Un voto o un rifle?” Y se oyó un grito gigantesco: “¡Un rifle!” El clamor vehemente y el gozo inmenso de la multitud, determinó la meta y la organización de un ejército y un estado del pueblo y de los trabajadores. De paso expresó la temible dificultad que para los imperialistas presentaría invadir a Cuba…Fue esa una de las primeras clases para aprender a tomar decisiones. Planteó, además, uno de los más difíciles problemas a resolver: el de la lucha política y armada de todo el pueblo, y el de la construcción de un estado de todo el pueblo, con mediaciones que de por sí eran distintas a las mediaciones de los estados de corporaciones y complejos, pero que requerían combinar a la vez los conocimientos especializados que se trasmiten en institutos y universidades con el saber de los pueblos. Lograr una decisión acorde con el proyecto del estado del pueblo, y lograrla con el saber del pueblo y con el uso óptimo de los conocimientos técnicos y científicos más avanzados sería a lo largo de toda la historia cubana, una de las principales tareas de toda la población militante y trabajadora con sus distintas especialidades y conocimientos. En ella el aprender a aprender fue y es una experiencia muy rica para cada uno y todos los participantes. En ella también destaca la organización de un estado y un sistema político que para ser de todo el pueblo y para ser a la vez eficaz en la defensa, en la producción, en la distribución, en el intercambio, en los servicios tiene que plantearse constantemente el problema de la libertad y la disciplina sin que una avasalle a la otra ni disminuya su respectivo peso en las argumentaciones y las decisiones. A ese objetivo –que necesariamente debe vencer muchas contradicciones-- se añaden combinaciones de estructuras y comportamientos que tradicionalmente se plantearon como opuestos. Para funcionar en el interior de la Isla y en sus relaciones internacionales, el estado del pueblo revela una necesidad ineludible el combinar las organizaciones coordinadas con las jerárquicas centralizadas y descentralizadas; el combinar la democracia directa con la democracia representativa, de donde deriva el problema del Estado de todo el pueblo y del Partido Comunista de la Revolución Nueva, Martiana y Marxista, con militantes cuyos méritos comprobados puedan ser confirmados una y otra vez y cuya misión consiste en lograr el mejor funcionamiento y coordinación de las fuerzas y empresas estatales, y en la defensa e impulso de una revolución democrática y socialista, de veras nueva por sus prácticas y principios, por su moral comprobada en la conducta, y por “su hablar a la conciencia del hombre, al honor del hombre, a la vergüenza del hombre…”
Las contradicciones que en el proceso necesariamente aparecen corresponden por un lado a las de una “clase subordinada” –como diría Gramsci-; pero subordinada al Poder del Pueblo y no al de las corporaciones, y en que al motor moral e ideológico de exigencias ejemplares en sus miembros, se añaden los oídos y los ojos del propio pueblo, organizado desde las asambleas locales hasta la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Si en todo este proceso, la moral de lucha y cooperación es fundamental, precisamente lo es porque se trata de hacer una “revolución nueva” como dijo el Manifiesto del Moncada, cuyo propósito vital consiste en “realizar el sueño irrealizado de Martí”, y en la que “…lo decente y lo moral es raíz fuerte y poderosa de lo revolucionario recordando que la base de la moral está en la verdad” como también señaló Fidel en su lección sobre la vanguardia. “La vanguardia – sostuvo—trasmite con su acción y su pensamiento, la teoría, la ideología revolucionaria que viene de un marxismo no sólo aprendido de los libros sino de las experiencias propias en la vida”. Y en relación al conocimiento, desde los inicios de la Revolución, Fidel precisó que como parte esencial, el método del saber y el hacer se apoya en el saber anterior del pueblo y en el que adquiere en el curso de la lucha, como había dicho el “Ché”.
Es cierto que al destacar palabras y actos a los que ninguna revolución había dado semejante peso ni en sus teorías, ni en sus ideologías, ni en su práctica, es necesario añadir dos comentarios más que de ellas derivan: uno es que representan no sólo a la nueva revolución que se inicia en Cuba, sino a la que debe plantearse en el mundo entero –con el pensar y el hacer de la inmensa variedad de pueblos, naciones y condiciones en la lucha de clases.
Dominar totalmente la actual desesperanza que deriva del fracaso de reformas y revoluciones que dieron al traste con la moral como filosofía vital y como práctica colectiva e individual, es sin duda el camino que habrá de seguir la Humanidad para salir de esa terrible desesperanza que señaló recientemente Noam Chomsky en palabras precisas.
Superar la desesperanza es la nueva batalla y en ella Fidel con Cuba tienen otra gran experiencia que ofrecer a la Humanidad. A partir de movimientos como el de Cuba, y tomando en cuenta el estado actual de las luchas, de las organizaciones y de la conciencia rebelde, como en el llamado del Moncada, se ha vuelto necesario plantear en el mundo entero una Revolución realmente nueva. Y si en Cuba encontramos logros increíbles alcanzados en la lucha por una independencia, un socialismo, una democracia y una libertad de veras, y vemos que en ella hay aún serias limitaciones a superar, en ella encontramos también lo más avanzado que en la organización del trabajo y la vida ha alcanzado la Humanidad. Cualquier intento por salir de la desesperanza necesitará más pronto de lo que nos imaginamos tomar en cuenta las aportaciones de Cuba para la organización de otro mundo posible Y al hacerlo encontrará confirmada la aportación de Cuba a una nueva revolución democrática y socialista, leyendo la sentencia que se dictó contra los intentos conspirativos de un grupo que bajo los auspicios de la URSS pretendió organizar un Estado y un Partido como los que –en su largo ocaso—la URSS implantó en los países satélites y en su propia tierra.
Abordar el problema en relación al debate que se da sobre la democracia directa y la representativa, y de la Revolución social en que los pueblos se organicen en formas puramente horizontales, es fundamental para advertir el sentido que Fidel ha dado a una y otra posición en el curso de sus palabras y sus juicios.
Entre los problemas que plantea la alternativa uno es el que se refiere a las limitaciones y contradicciones internas de los propios partidos y organizaciones comunistas, socialistas, populares y de liberación nacional o regional. Es cierto que el control de los gobiernos por los pueblos es la solución fundamental pero que su organización debe hacerse, a sabiendas –entre otras fuentes—de lo que le dijo Fidel en Chile a una inmensa multitud, cada vez más presionada por los agentes provocadores de la CIA, por los “maoístas”, ya infiltrados de arriba abajo, y por organizaciones supuestamente más radicales que la Unidad Popular encabezada por el Presidente Allende. Cuando Fidel, tras un emocionante discurso en la Plaza Municipal de Santiago, ya tenía ganada a la multitud y levantando la mano y la voz le preguntó animoso: “¿Ustedes creen que el pueblo se equivoca?” y el pueblo le contestó con un clamoroso ¡NOOOOOO! Fidel le contestó a toda voz, como si estuviera conversando: “Pues fíjense que sí”. A lo que sucedió una inmensa risa solidaria contra los provocadores del golpe, y en apoyo a Fidel y la Unidad Popular.
Tiene razón Marta Harnecker cuando en su América Latina y el socialismo del siglo XXI a diferencia de lo ocurrido en el XX afirma que “debe ser la propia gente la que defina y fije las prioridades”, la que controle eficiencia y honestidad de un trabajo “no alienado” y de cualquier vicio burocrático, administrativista, centralista y autoritario. Ella misma hace ver que no estamos contra la democracia representativa sino contra  la que no es representativa de los trabajadores y las comunidades. Marta Harnecker recuerda que Marx plantea que hay que descentralizar todo lo que se pueda descentralizar, y sostiene con razón que el estado que tiene fines sociales lejos de debilitarse se fortalece con la descentralización. Hoy, en México, el zapatismo por su lado ha realizado el máximo empeño para que los pueblos y comunidades aprendan a gobernar y para que el estado del pueblo se integre de tal modo al pueblo que ya no se pueda hablar del estado sin referirse al pueblo, y a las comunidades, no sólo organizadas en formas coordinadas y jerárquicas, sino en redes de resistencia, cooperación y “compartición”, que dominen las artes y las ciencias así como el saber popular, y que a la cultura general del aprender a aprender y a informarse añadan conocimientos especializados, que puedan cambiar si lo quieren a lo largo de la vida. Por su parte ese gran pensador que fue el comandante bolivariano Hugo Chávez hizo particular énfasis en que “sin la participación de fuerzas locales, sin una organización de las fuerzas desde abajo, de los campesinos y los trabajadores por ellos mismos, es imposible el construir una nueva vida”. La Venezuela del Presidente Nicolás Maduro hizo realidad ese objetivo, al organizar sus fuerzas desde abajo, dispuestas a dar la vida para defender su independencia, su libertad y su proyecto socialista…Por eso precisamente la oligarquía y el Pentágono, no pudieron realizar el “golpe blando” que tanto prepararon en todos los terrenos contra el pequeño pueblo del Caribe, rico en petróleo…
En el párrafo citado, Chávez recuerda que el proyecto del control del poder por las comunidades, fue el de los soviets con que Lenin quiso estructurar el estado de los trabajadores y las comunidades de la Unión Soviética, y añadió con razón que con el tiempo, la URSS “se convirtió en una república soviética sólo de nombre” y, ahora, hasta el nombre se ha quitado.
Si tras esta exploración del cuerpo político y revolucionario del siglo XXI volvemos a las lecciones de Fidel, recordamos aquélla, entre muchas, más con que queremos dar término a este breve recuento. En el juicio a Escalante y a propósito de las intromisiones de la Unión Soviética -que en tantos otros casos apoyó a Cuba, pero que no por su solidaridad tenía derecho alguno de patrono-, el pensamiento de Fidel, del Fiscal, del Partido, y de Cuba Revolucionaria precisó claramente lo que la Revolución en esa Isla es dentro de la historia universal y por lo que puede contribuir tanto --con sus experiencias—a la historia universal.
Con el juicio a Escalante y su grupo se derrotó deliberadamente la intención de hacer de Cuba un satélite de la URSS. La sentencia del Fiscal expresó todas las lecciones de Fidel al rechazar las falsas acusaciones de Escalante y su “grupo de conspiradores” que se habían vuelto agentes de la Gran Potencia. El Fiscal, en su sentencia, negó terminantemente la falsa acusación de los conjurados contra el gobierno cubano de que estaba persiguiendo a los miembros del antiguo Partido Comunista, antes llamado Partido Socialista Popular, y afirmó que no sólo gozaban éstos de todo respeto sino que se les consideraba como miembros activos de la Revolución. El Fiscal denunció calumnias miserables, como que había un frente antisoviético y tachó de serviles a quienes lanzaban tales infundios. Y lo más importante, se expresó en un párrafo en que se advierte que las lecciones de Fidel ya se habían vuelto lecciones de colectividades, Ese párrafo decía “Lo que no nos perdonan estos enanos es ser capaces de pensar y actuar independientemente, al apartarnos de los clisés de los manuales, lo que no nos perdonan es la fe en la capacidad de nuestro pueblo para seguir su camino, la decisión de dar nuestro aporte a la causa revolucionaria.” Y añadía: “Nadie puede endilgarnos el calificativo de satélites y por eso se nos respeta en el mundo. Y ésta nuestra práctica revolucionaria, es una actuación conforme al marxismo—leninismo, a la esencia del marxismo-leninismo”, una esencia que concretamente deriva de la acción y la reflexión del pensar y el hacer revolucionario en el acá y el ahora y no en el antes y el  allá.
Si la situación crítica del mundo y de sus alternativas ha sembrado la desesperanza, hay grandes experiencias para la organización de la libertad, de la vida y el trabajo en otro mundo posible y necesario. Entre ellas destaca la Cuba marxista y martiana.
Podríamos detenernos en muchas otras lecciones fundacionales, precisarlas y ampliarlas, pero en la imposibilidad de incluir su inmenso número y de analizar con detalle las formas de actuar a que las lecciones conducen, voy a destacar algunas más, relacionadas con las motivaciones y acciones conducentes al logro de las metas revolucionarias.
Fidel –en sus reflexiones y acciones- plantea una lucha, una construcción y, una guerra integral que incluye los problemas empresariales, militares, políticos, ideológicos y culturales, así como los de la comunicación y la información. Aquí las lecciones adquieren un carácter de tal modo colectivo que sólo se pueden expresar como obra de la Revolución y de las crecientes avanzadas de un pueblo que venía del “Estado del Mercado  Colonial” y del “Complejo empresarial-militar-político y mediático” y que así como lo dejaron, con la cultura que lo dejaron, con la moral que en a muchos de sus miembros enajenados dejaron --a muchos de sus miembros enajenados--, con el analfabetismo integral que a tantos de ellos la opresión les impuso, y, eso sí y también con numerosísimos contingentes de admirable resistencia moral, intelectual y colectiva, que entre todas esas desigualdades, frenos y también virtudes innegables, inició la marcha de la emancipación y aprendió, con las juventudes revolucionarias, a aprender mucho de lo que su memoria y saber ignoraban, y que él y las juventudes fueron haciendo suyo.
La construcción del nuevo poder se inició al mismo tiempo en el estado, en el sistema político, en la sociedad, en la defensa integral, en la cultura y la economía, en la información y la comunicación, el arte y la fiesta. Adentrarse en ella puede empezar por la construcción y la transición a un estado del poder del pueblo. En ese terreno Ricardo Alarcón de Quesada ha escrito –con toda experiencia- un libro sobre Cuba  y su lucha por la democracia. En ese y muchos otros escritos puede verse que al objetivo de la democracia como poder (Kratia) del pueblo (Demos) en un Estado-Nación corresponde necesariamente a una variante historia de la lucha de clases y por la independencia. Entre las variaciones más profundas de esa historia se encuentra el “Período Especial” tras la disolución del bloque socialista, y el que hoy vive Cuba con el paulatino cese del Bloqueo a que la sometió Estados Unidos.
Hoy, más que nunca, la principal defensa del proceso revolucionario cubano consistirá en la atención creciente a la democracia integral, y en ella a la organización permanente del diálogo y la interacción entre sus miembros, como tarea prioritaria. Nuevamente, la democracia de todo el pueblo será el arma más poderosa con que cuente Cuba. ¡Vencerá! ¡Venceremos!
- Pablo González Casanova es Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).