3/02/2011

Ya se enojaron los gringos


Alejandro Gertz Manero

El asesinato del agente estadounidense de Migración Jaime Zapata y las lesiones a su compañero Víctor Ávila, destacados en la embajada de ese país en México, desató la indignación del gobierno de Estados Unidos ante la evidencia innegable de los niveles escandalosos de corrupción de los cuerpos policiacos mexicanos. Aun cuando la acción relámpago del Ejército mexicano para detener a un grupo de asesinos profesionales —de los que entran y salen de las cárceles a su antojo— trató de paliar la irritación del gobierno vecino, su respuesta fue verdaderamente contundente al generar una represalia masiva en territorio estadounidense contra los cárteles de narcos mexicanos que operan en ese país, deteniendo a 676 delincuentes en toda la Unión Americana para así “devolver el golpe” a quienes atentaron contra las instituciones de esa nación.

Los burócratas policiacos y de espionaje mexicanos que creyeron que podían quedar bien con el gobierno estadounidense mediante algunas detenciones de narcos que mandan droga a ese país, mientras permiten y solapan que nuestro país chapotee en el lodazal de la corrupción, la violencia y el crimen incontenible, han ido recibiendo en los últimos meses una serie de mensajes, algunos crípticos y otros extremadamente claros. Las autoridades de EU han señalado que ya están hartas del doble lenguaje de estas burocracias autóctonas, que se quieren pasar de vivas, como es su costumbre, creyendo que a todo el mundo le pueden tomar el pelo, mientras administran, encubren o detienen selectivamente a quienes ellos protegen o “descobijan”, según les va conviniendo.

Esta situación se ha ido tensando peligrosamente, como ya lo hizo público la secretaria de Estado de EU y otros funcionarios de ese país, mientras el presidente mexicano también emite duras declaraciones contra los embajadores de aquel país, todo ello dentro de una situación en la que aquí continúan la violencia y la corrupción incontrolables.

Las procuradurías y el Poder Judicial también han salido raspados en esta crisis y mutuamente se culpan de la impunidad que priva entre los delincuentes que la policía exhibe en sus shows mediáticos, para que días después vuelvan a la calle y los detengan otra vez cuando es necesario realizar algún otro espectáculo, todo lo cual ratifica el cinismo, la anarquía, el desorden y la más absoluta ineficiencia de un sistema de seguridad y justicia que más parece una mafia de hampones que una estructura del Estado para servir a la comunidad.

Esta exhibición siniestra y la reacción del gobierno estadounidense en su país también nos indican algo que siempre había estado latente y que ahora se evidencia de una manera muy clara:

1. Para evitar violencia interna, el gobierno estadounidense prioriza la lucha contra el narcotráfico en los países que producen o transportan la droga a su nación y tolera el narcomenudeo y el consumo en su propio territorio siempre y cuando no rompa la armonía social y la tranquilidad en sus comunidades.

2. Cuando los delincuentes sobrepasan los límites establecidos, el gobierno detiene en su territorio, y de un solo golpe, a 676 narcos para demostrar que los conoce a todos, que sabe lo que están haciendo, que tácitamente se los permite para no generar una explosión social entre los drogadictos, pero que en el momento en que quebrantan ese pacto implícito y se salen del submundo del contubernio entre delincuentes y adictos, producen violencia generalizada y pretenden enfrentarse al sistema, éste los aplasta.

3. Esta forma de manejar la seguridad no solamente se ve en Estados Unidos, ya que en países con índices delictivos muy controlados como lo es Japón, las organizaciones criminales “Yakuza” pueden existir en la clandestinidad y en el inframundo entre delincuentes, pero en el momento mismo en que atentan contra la comunidad el gobierno los quebranta y los destruye.

4. En México esta estrategia para conducir y controlar los fenómenos delincuenciales es imposible de aplicar, porque aquí los criminales son al mismo tiempo delincuentes, policías o autoridad, sin que se pueda distinguir con claridad cuando son una cosa y cuando otra, y así no se pueden establecer límites y barreras que funcionen.

5. La corrupción llevada a ese extremo de cinismo es la que nos ha traído esta violencia brutal, la cual no se debe prioritariamente a la droga enviada a Estados Unidos, ya que ello viene ocurriendo sin tanta violencia desde hace más de 50 años, mientras que ahora la causa central de la lucha cotidiana está en la explosión incontrolable de la corrupción en razón del jaloneo entre delincuentes civiles o policiacos por el control delincuencial de los territorios urbanos de todas las ciudades del país.

En este entorno, el presidente de México y el de Estados Unidos se reúnen en ese país, y ojalá que en su agenda de colaboración contra el narcotráfico encuentren alguna fórmula sensata y equilibrada, para que, en atención a los intereses de ambas naciones, México deje de sufrir este azote de violencia, de la cual la inmensa mayoría de los mexicanos somos las víctimas, y quienes se supone que deben defendernos son los verdugos.

editorial2003@terra.com.mx
Doctor en Derecho

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