Agenda Ciudadana
"Es posible que los estilos de conducta que Trump ha mostrado le hayan resultado útiles como candidato, pero no como líder de una potencia mundial".

No es que el personaje -Donald John Trump, el 45° y actualmente el 47° presidente de los Estados Unidos de América- necesariamente padezca un trastorno mental, aunque a veces da esa impresión, sino que en su caso ocurrió algo en la historia contemporánea y que se refleja en lo peculiar de su conducta: pasar directamente del pedestre mundo de los reality shows de la televisión, del de ambientes no convencionales y siniestros como los propiciados por Jeffrey Epstein o del de los obscuros negocios inmobiliarios millonarios de Nueva York, al mundo del ejercicio directo del máximo poder político de una gran potencia. Se trata de un salto desde la irrelevancia hasta lo imperial con el mayor poder.
Aunado a lo anterior -la falta de experiencia política combinada con el peso de la responsabilidad que conlleva tamaño ejercicio del poder-, resulta que el personaje en cuestión asumió el puesto de jefe del poder ejecutivo norteamericano en un contexto interno muy peculiar: uno donde los tradicionales pesos y contrapesos políticos casi han dejado de operar. Ese supuesto mecanismo de equilibrio de los poderes políticos diseñado desde norteamérica para evitar una concentración de los procesos de toma de decisiones en una sola persona o institución, más o menos funcionó por más de dos siglos. Pero hoy ya no es el caso, por decisión de la mayoría republicana en el congreso y de los miembros conservadores de la Suprema Corte de Justicia, ambas instituciones se han sometido a la voluntad presidencial. Actualmente dos de los tres poderes tradicionales -el legislativo y judicial- simplemente han abdicado de lo esencial de sus responsabilidades, lo que en la práctica ha dejado la toma de decisiones tan sustantivas como el emprender la guerra contra Irán, en manos de la única institución de carácter unipersonal en el contexto la división de poderes en Estados Unidos: la Presidencia. En tales circunstancias pareciera que actualmente en ese país y por lo que resta del cuatrienio de Trump, el juego interno de los pesos y contrapesos institucionales ha quedado suspendido.
A las consideraciones anteriores en torno a la coyuntura que tiene como centro al Presidente Trump hay que añadir otro elemento y que puede no ser secundario: la vejez del personaje, quien asumió su alto cargo a una edad ya avanzada –en 2017 tenía 71 años y hoy está por cumplir 80 y dormita en actos públicos- y con una biografía donde los usos y costumbres adquiridos en los primeros 70 años ya son sellos indelebles, desemboca en la forma y contenido del proceso de la toma de decisiones. Como ya se apuntó, los sellos o marcas actuales de la personalidad de Trump, se generaron en el ambiente autoritario en que nació y creció, en la especulación propia de sus negocios inmobiliarios, en la conducción de los shows televisivos y en su participación en los “círculos reservados” donde miembros de las élites norteamericanas se dan permiso de conducirse en ambientes donde se permiten y propician normas de conducta que no están vigentes para la sociedad en general.
Es posible que los estilos de conducta y valores que Trump ha mostrado en el ejercicio de su cargo le hayan resultado útiles en su papel de candidato populista de derecha pues el contraste con los estilos sus oponentes le ganaron votos de clases medias blancas conservadoras, precarizadas y muy resentidas con las élites políticas tradicionales. Pero finalmente ese estilo y discurso ya no le han ayudado en el desempeño de su papel como estadista y líder de una gran potencia mundial.
Ahora bien, como si lo expuesto no bastara para explicar el peculiar y no muy exitoso ejercicio de Donald Trump como líder imperial, hay otros elementos a considerar para mejor intentar entender las dificultades y consecuencias del desempeño del exproductor de reality shows como responsable de la política exterior norteamericana en un entorno internacional en rápida transformación. Y es que Trump no sólo arribó a la cúspide de la pirámide del poder mundial sin la preparación intelectual y la experiencia personal que demandan las responsabilidades del puesto, sino en la Casa Blanca en una coyuntura histórica mundial muy difícil para el imperio norteamericano. Veamos, a nivel internacional en este primer cuarto del siglo XXI está teniendo lugar un verdadero cambio de época, una transformación que no es la que Estados Unidos -sus élites y su ciudadanía- esperaban y que por ende no estaban preparadas para asumir sus consecuencias. Y la esencia del cambio en cuestión es la pérdida de ese país de su carácter de “única nación indispensable” según la caracterización hecha por la también única mujer Secretaria de Estado norteamericana (1997 y 2001), Madeleine Albright.
Un buen indicador del cambio de época que está afectando la esencia misma del lugar que Estados Unidos ocupa en la escena internacional se encuentra en la suerte que corrió el empeño de un grupo de notables pensadores de la derecha norteamericana encabezado por William Kristol y Robert Kagan. En 1997 y desbordando optimismo en sus marcos teóricos y confianza en el poder militar norteamericano, ese grupo decidió fundar en Washington y con el apoyo del American Enterprise Institute, una institución -un think tank- dedicada al estudio de las posibilidades futuras de la política mundial de Estados Unidos. A tal institución le dieron el rimbombante título que era también el corazón de su propuesta: “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” (PNAC) y que en el año 2000 dio a luz un documento que supusieron sería la guía de la política mundial de Estados Unidos. Para el PNAC la meta era mantener indefinidamente lo logrado tras la desaparición de la URSS: el dominio militar y económico del sistema mundial. Pese a la derrota de Estados Unidos en Vietnam (1975), para los neoconservadores del PNAC, la hegemonía norteamericana no debía aceptarse como un fenómeno transitorio sino como una realidad que debía y podía prolongarse indefinidamente. Sin embargo, para 2006 y tras el desastre que finalmente fue la invasión de Iraq por una coalición encabezada por Estados Unidos, el PNAC y su proyecto simplemente desaparecieron del mapa político como efecto del fracaso en que concluyó la aventura imperial de Estados Unidos en Iraq. Y para cuando Trump llegó a la Casa Blanca ya había otro fracaso más: Afganistán. La invasión norteamericana de ese país y apoyada por la OTAN para eliminar al Talibán concluyó en 2021 tras dos décadas de lucha que culminaron con los fundamentalistas islámicos en el poder y con una retirada desastrosa de los norteamericanos. Así pues, cuando Trump inició su segundo período presidencia en 2025 ya era obvio que este siglo no sería norteamericano sino uno de poder compartido entre ellos con China, Rusia, India y otros más. Sin embargo, la derecha norteamericana encabezada por Trump no pareció resignarse a esta pérdida relativa de poder. De ahí su decisión de embarcarse este año en una nueva aventura imperial, esta vez en Irán.
En el documento firmado en noviembre pasado por Trump en la Casa Blanca y titulado “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos” se subrayó el hecho de que, pese a sus recursos petroleros y las bases militares de Estados Unidos en la región, el Medio Oriente ya no ocuparía un lugar central en la estrategia global norteamericana. Sin embargo, para el 28 de febrero de este año Trump, en unión de Israel e instigado por éste, desató contra Irán la operación “Furia Épica”. A estas alturas la tal furia se considera un error y más del 60 por ciento del público norteamericano la reprueba. Y por ahora el Presidente norteamericano ya no sabe cómo terminar esta aventura que ha llevado al cierre de la importante vía marítima petrolera del estrecho de Ormuz, lo que afecta a la economía mundial y que ha provocado, hasta fines de abril, la muerte de alrededor de tres mil 500 iraníes, la destrucción de parte de la infraestructura de Irán, pero también de las bases militares norteamericanas en la región.
De acuerdo con las declaraciones de Trump él esperaba que la guerra aérea en Irán, dominada totalmente por Estados Unidos, además de provocar la muerte del líder supremo de ese país acabaría con sus proyectos nucleares, desembocaría en su rendición incondicional y el cambio de régimen, más o menos como había ocurrido en Venezuela. Sin embargo, todo indica que la república islámica está decidida a resistir al imperio y que, en cambio, éste no está preparado para llevar su guerra al plano de la invasión terrestre, pues Irán es un país de 90 millones de habitantes y con unas fuerzas armadas de 600 mil efectivos más reservistas. Sin el apoyo del grueso de la opinión pública norteamericana la invasión de Irán resulta ser una auténtica misión imposible.
Finalmente, en el frente Ucrania-Rusia la situación ha escalado. En el inicio Estados Unidos, como líder de la OTAN, dieron todo su apoyo a Ucrania, pero ahora toman distancia de una OTAN empeñada en derrotar a Rusia en tanto que Trump pareciera ya no tener apetito de involucrarse en este conflicto que no es existencial para Estados Unidos y que incluso puede escalar hasta llevar a una de las partes a echar mano de armas atómicas, algo que Estados Unidos no desea por ningún motivo.
En fin, para que seguir adelante. A estas alturas es claro que Trump no es el líder adecuado para conducir a su país y a sus aliados por los meandros de una situación donde la unipolaridad que por más de medio siglo caracterizó al sistema internacional está siendo sustituida por una multipolaridad que aún no cuaja y que por ello este pasaje de una época a otra es particularmente inestable, complicado y peligroso.
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