5/24/2026

La ONU frente al nuevo desorden global



Creada para evitar otra guerra mundial, la ONU enfrenta hoy cuestionamientos sobre su eficacia, el peso del veto de las grandes potencias y una crisis financiera que ha obligado a varias de sus agencias a operar con fuertes recortes presupuestales y reducción de personal. 

Mientras el organismo intenta responder a guerras, desplazamientos y emergencias humanitarias, una generación acostumbrada a ver conflictos y crisis en tiempo real desde el celular se pregunta si las instituciones internacionales todavía pueden cambiar algo
ONU

Jair Soto / El Sol de México

El 7 de abril de 2026, el Consejo de Seguridad de la ONU volvió a quedar atrapado en uno de sus bloqueos más delicados. En la sala no había ruido, pero la tensión se sentía en las delegaciones sentadas frente a sus micrófonos y documentos. 

La discusión giraba en torno a una resolución relacionada con la apertura del Estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más estratégicas del planeta y pieza clave para el comercio mundial de petróleo, en medio de una nueva escalada de tensión internacional.

Comenzó la votación. Había expectativa. Pero el consenso nunca llegó. Rusia y China votaron en contra y bloquearon el avance de la resolución. Como ha ocurrido tantas veces dentro del principal órgano de Naciones Unidas, una sola decisión bastó para detenerlo todo.

https://oem.com.mx/elsoldemexico/mundo/la-onu-frente-al-nuevo-desorden-global-30084415

Fuera de esa sala, la escena era otra. Barcos detenidos, mercados atentos, gobiernos en alerta y el temor a una nueva sacudida en los precios de la energía. La crisis no esperaba. 

La diplomacia internacional sí.
ONU Derechos Humanos
Agencia de la ONU para derechos humanos se queda sin dinero para actualizar su sitio en español

La escena reflejaba uno de los principales dilemas de la Organización de las Naciones Unidas: el organismo creado tras la Segunda Guerra Mundial para contener conflictos y construir consensos enfrenta un momento en el que las divisiones pesan más que los acuerdos. Mientras aumentan las guerras, las tensiones geopolíticas y las emergencias humanitarias, también crecen las dudas sobre su eficacia para responder.

No se trata de un episodio aislado. Desde 1946, las potencias con asiento permanente en el Consejo de Seguridad han utilizado el derecho de veto cerca de 300 veces, un mecanismo diseñado para evitar confrontaciones directas entre grandes potencias, pero que en la práctica también ha bloqueado decisiones en algunos de los conflictos más delicados del mundo.

Para generaciones que crecieron viendo guerras, crisis migratorias y bombardeos en tiempo real desde el celular, Naciones Unidas suele aparecer como una institución distante, asociada a conflictos que rara vez parecen resolverse.

 Y, aun así, incluso en medio de cuestionamientos, recortes y parálisis diplomática, sigue siendo el espacio al que los países vuelven una y otra vez cuando las crisis escalan y la necesidad de coordinación internacional se vuelve inevitable.

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EFE Unicef
Los conflictos alrededor del mundo han generado mayor presión para enfrentar una constante reconfiguración mundial que sigue poniendo en riesgo a las mujeres y a la niñez / Foto: EFE

Pero el bloqueo del 7 de abril no ocurrió en un vacío. Lo sucedido en el Consejo de Seguridad refleja también un momento de fragmentación internacional cada vez más profundo, en el que las grandes potencias coinciden cada vez menos sobre cómo responder a las crisis globales.

La invasión rusa a Ucrania, la guerra en Gaza, las tensiones entre Estados Unidos y China, así como el fortalecimiento de bloques como BRICS —integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, como una alianza de potencias emergentes—, han acelerado una reconfiguración del orden internacional que pone bajo presión a los organismos multilaterales creados después de la Segunda Guerra Mundial.

La credibilidad de la Organización de las Naciones Unidas es un tema complejo, descrito con frecuencia como una crisis derivada de la ineficacia del Consejo de Seguridad, el uso del veto por parte de grandes potencias y la falta de fuerza coercitiva real.

Lo ocurrido dentro del Consejo no es una excepción. Es, en muchos sentidos, la manifestación más visible de una tensión que atraviesa al sistema internacional y que se ha ido acumulando durante décadas.

Para la internacionalista Aribel Contreras, lo que hoy enfrenta la ONU no puede entenderse como una crisis repentina. Es, más bien, el resultado de un desfase estructural entre una institución diseñada en 1945 y un mundo que ha cambiado de manera radical desde entonces.

Tras el fin de la Guerra Fría, el equilibrio entre potencias se transformó, surgieron nuevas agendas y se reconfiguraron los conflictos, pero la estructura del organismo permaneció prácticamente intacta. Ese desfase, advierte, se ha vuelto cada vez más evidente en los últimos años.

    "Desde hace décadas se venía debatiendo si las Naciones Unidas requerían una reforma para responder a un nuevo contexto global"

    Aribel Contreras, internacionalista

“Las Naciones Unidas, como están hoy, dejaron de responder a las necesidades actuales”.

En un entorno marcado por guerras, tensiones geopolíticas y una creciente fragmentación internacional, la ONU enfrenta cuestionamientos que van más allá de lo diplomático y alcanzan su legitimidad como espacio de coordinación global. “Hoy más que nunca hay un profundo cuestionamiento sobre su eficiencia y utilidad”, añade.

Y, aun así, la crítica convive con una paradoja difícil de ignorar. A pesar de sus limitaciones, la ONU sigue siendo un actor indispensable. “Si estamos como estamos con las Naciones Unidas, imaginémonos qué sería de la comunidad internacional si no la tuviéramos”, plantea Contreras.

Esa dualidad —una institución cuestionada, pero necesaria— define buena parte de su momento actual y vuelve más visible la tensión entre un mundo que cambia aceleradamente y un sistema internacional que intenta adaptarse sin terminar de reformarse.

El veto, utilizado cerca de 300 veces desde 1946, sigue siendo el recordatorio más visible de los límites del sistema: Naciones Unidas puede reunir a las potencias en una misma sala, pero no obligarlas a ponerse de acuerdo.

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Esa tensión se vuelve más tangible cuando se observa lo que ocurre fuera de las salas de negociación, en espacios donde las decisiones —o la ausencia de ellas— tienen consecuencias directas en la vida de las personas.

Lejos de Nueva York, la crisis de confianza y financiamiento que atraviesa el sistema de Naciones Unidas se refleja en oficinas migratorias, albergues, programas humanitarios y comunidades donde las agencias internacionales intentan operar con menos recursos y una demanda cada vez mayor.

OIM México

La falta de apoyos ha generado recortes de personal, sobre todo del que opera en territorio, que es definitorio para acompañar a grupos vulnerables, como migrantes, informó la OIM / Foto: OIM / Cortesía

En México, uno de esos escenarios es la labor de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), donde la crisis de financiamiento ya no es una discusión lejana, sino una realidad que impacta todos los niveles de operación.

Dana Graber, jefa de misión en el país, lo explica: “Ha sido un tema retador… es una reducción de financiamiento que tenemos para operar en México”.

Dana Graber OIM en México Pablo Sánchez

Dana Graber, jefa de Misión de la OIM México, dijo que la disminución en el presupuesto limita la atención a los grupos más vulnerables / Foto: Pablo Sánchez / El Sol de México

Detrás de esa frase hay un cambio profundo en la forma en que la organización trabaja en el territorio. La reducción de recursos ha obligado a tomar decisiones difíciles, empezando por el personal. “Hemos tenido que reducir la cantidad de personal, especialmente en el terreno”, señala.

La consecuencia inmediata es una menor presencia en los espacios donde la migración se vive con mayor intensidad. Menos acompañamiento en albergues, menor apoyo técnico a autoridades locales y, sobre todo, una atención más limitada para quienes enfrentan condiciones de mayor vulnerabilidad.

    "No tenemos el personal para atender a niños no acompañados, mujeres embarazadas, personas con discapacidad o víctimas de delitos"

     Dana Graber, jefa de Misión de la Organización Internacional para las Migraciones en México

El impacto interno también es significativo. “Hemos tenido que reducir 50 por ciento de los puestos en México”, reconoce. Esta reducción no solo modifica la operación, sino también el ambiente dentro de la organización, donde el equipo que permanece enfrenta una carga de trabajo mayor en un momento de creciente demanda.

A nivel global, la situación es aún más compleja. “Perdimos 40 por ciento de nuestro presupuesto”, advierte Graber.

La crisis no surgió de un día para otro. Desde hace años, la ONU arrastra problemas estructurales derivados de retrasos en cuotas, dependencia de un pequeño grupo de grandes donantes y un crecimiento constante de las necesidades humanitarias en el mundo.

En México, la OIM ha reducido 50% su presupuesto, lo cual los obliga a ser más creativos y eficientes con los recursos que obtienen / Foto: OIM / Cortesía

El panorama se agravó tras la pandemia de Covid-19 en 2020, las guerras en Ucrania (2022) y Gaza (2023), así como el aumento de desplazamientos y emergencias internacionales que multiplicaron la presión sobre el sistema.

A ello se sumó en 2025 el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y su política reforzada a favor de recortes hacia organismos multilaterales. La reducción de fondos estadounidenses —el principal contribuyente de Naciones Unidas y de gran parte de sus agencias humanitarias— golpeó directamente programas, operaciones y personal en distintos países, incluido México.

Esto obliga a replantear prioridades, redefinir estrategias y encontrar nuevas formas de colaboración. “Tenemos que hacer mucho más con mucho menos”, resume la titular de la OIM México.
OIM México retos

La migración es la principal causa de la OIM y resulta altamente retador que, con un capital disminuido, haga frente a las necesidades que el fenómeno requiere / Foto: Cortesía / OIM

Ese proceso de adaptación implica también una transformación en la manera de operar. Compartir recursos entre agencias, evitar duplicidades, concentrar esfuerzos en áreas prioritarias y buscar nuevos aliados se volvió parte de la rutina. No todas las áreas pueden sostenerse de la misma forma.

“Hemos tenido un impacto importante en nuestras actividades de protección”, admite.

Y ahí es donde la crisis deja de ser institucional para convertirse en humana.

Porque detrás de cada recorte hay historias que dejan de acompañarse, procesos que se interrumpen y personas que enfrentan mayor incertidumbre.

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Aun así, Graber insiste en que el trabajo de la OIM sigue teniendo un impacto tangible. “Cada centavo está orientado a resultados concretos”, afirma, al tiempo que subraya la necesidad de contrarrestar las narrativas negativas que, en su opinión, no siempre reflejan la realidad del trabajo en campo.

Una realidad que se vuelve aún más compleja en el ámbito del refugio.

En el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, la presión no solo es financiera, sino también estructural. El número de personas desplazadas en el mundo ha alcanzado niveles históricos, lo que convierte a esta agencia en una de las más demandadas dentro del sistema de Naciones Unidas.
EFE Acnur

ACNUR es uno de los organismos con mayores desafíos debido al crecimiento en el número de refugiados que buscan asilo / Foto: EFE

Chiara Cardoletti, representante de ACNUR en México, explica que el fenómeno ha crecido a una escala sin precedentes. Hoy, más de 117 millones de personas buscan protección en el mundo, una cifra que refleja no solo conflictos armados, sino también crisis prolongadas, violencia estructural y desplazamientos forzados.

La reducción de recursos tiene un impacto inmediato. “No es solo un problema de ACNUR, afecta a todo el sistema humanitario”, señala.

La falta de financiamiento se traduce en una menor capacidad para sostener programas, acompañar sistemas de asilo y responder a las necesidades de quienes llegan en condiciones extremas.

    "Hemos tenido que recortar casi el 50 por ciento de la operación en México"
    Chiara Cardoletti, representante de ACNUR en México

Esto implica menos atención para mujeres víctimas de violencia, menos apoyo para niños no acompañados y una presión creciente sobre las instituciones que deben gestionar estos procesos. “Con menos recursos, podemos hacer menos”, resume.

El impacto no es solo operativo. También afecta la percepción.

“Cuando la gente ve que ya no estamos porque no hay recursos, se genera desconfianza”, explica.

Es un círculo difícil de romper: la falta de fondos limita la acción y, la reducción de la acción, afecta la credibilidad.

Chiara Cardoletti, representante de ACNUR en México, señaló que la crisis de desplazados afecta a todo el sistema humanitario / Foto: Diana Mendiola / El Sol de México

A pesar de ello, Cardoletti insiste en que existe una idea equivocada sobre el trabajo de estas agencias.

“No somos un grupo burocrático que solo revisa papeles”, afirma. “Trabajamos en el terreno, en contextos de violencia, arriesgando incluso la vida”.

Su reflexión va más allá de la institución. “Cualquiera de nosotros puede ser refugiado en algún momento”, advierte. En un mundo cada vez más inestable, esa posibilidad deja de parecer lejana.

En paralelo, otras agencias enfrentan la misma presión desde ángulos distintos.

En la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el desafío no solo es financiero, sino también simbólico.

Andrés Morales, representante del organismo en México, reconoce que el momento actual está marcado por la incertidumbre. “Es un momento de mucho temor, de escepticismo fuerte, porque no se sabe el rumbo que se va tomando”, señala.

Su lectura, sin embargo, no es pesimista. “Estamos comprometidos con los valores de la organización… creemos en el diálogo, en la colaboración, en la cooperación”, afirma.

En su visión, la clave está en entender que el impacto de Naciones Unidas no siempre es inmediato ni visible, pero sí profundo. La educación, la cultura y la ciencia son campos donde los cambios se construyen a largo plazo, muchas veces lejos del foco mediático.

“Trabajamos con maestros, con artistas, con investigadores… con personas reales”, explica.

Ese énfasis en lo humano es, para él, una forma de acercar una institución que a menudo se percibe lejana.

    "Estos organismos están para servirle a las personas. A veces se ven abstractos, pero en el fondo son muy concretos"

    Andrés Morales, representante de la UNESCO en México

Además, destaca que, frente a los recortes, la colaboración se vuelve más importante que nunca. La articulación con gobiernos, academia, sector privado y sociedad civil se ha convertido en una estrategia clave para sostener proyectos y ampliar su alcance.

Una lógica similar se observa en ONU Mujeres, donde la discusión sobre la confianza está profundamente ligada a los resultados y a la capacidad de comunicar su impacto.

EFE Acnur refugio
El desplazamiento forzado acelerado obliga a los organismos a identificar soluciones como construir refugios seguros y sostenibles en la ciudad de Khan Younis, en la Franja de Gaza / Foto: EFE

La oficina en el país advierte que el momento actual combina retos financieros con un entorno de desinformación que muchas veces simplifica o distorsiona el trabajo de los organismos internacionales.

El trabajo en territorio continúa generando cambios concretos. Programas de fortalecimiento económico para mujeres, campañas contra la violencia digital y acompañamiento en políticas públicas son algunos ejemplos que buscan traducir la agenda global en impactos locales.

“La confianza se construye con resultados visibles y sostenibles”, explica.
Andrés Morales Representante de la UNESCO en México

Para el representante de la UNESCO en México, Andrés Morales, la ONU enfrenta retos, pero la colaboración es definitoria para avanzar y generar confianza / Foto: Pablo Sánchez / El Sol de México

El reto no es solo hacer, sino también comunicar mejor lo que se hace. Mostrar cómo una política pública, un programa o una intervención puede transformar la vida de las personas.

“La confianza se sostiene cuando hay coherencia entre lo que se propone, lo que se hace y lo que se logra”, señala.

En medio de este momento de limitaciones y cuestionamientos, el propio sistema de Naciones Unidas ha comenzado a moverse. El pasado 31 de marzo, los Estados miembros aprobaron una resolución calificada como histórica para fortalecer la labor del organismo y hacerlo más eficiente frente a los desafíos actuales.

El acuerdo busca mejorar la coordinación entre agencias, optimizar el uso de recursos y reforzar su capacidad de respuesta en situaciones de crisis.

La medida, impulsada desde el interior de la organización, refleja que la discusión sobre el futuro de Naciones Unidas no solo ocurre fuera de sus muros, sino también dentro de ellos.

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Pero la discusión sobre el futuro de Naciones Unidas no se limita a sus agencias, presupuestos o margen de reacción frente a las crisis. También atraviesa un terreno más difícil de medir: la percepción pública y la confianza de una ciudadanía que observa los conflictos globales cada vez más cerca, pero a las instituciones internacionales cada vez más lejos.

Los datos ayudan a dimensionar una percepción que se repite en distintos niveles: la ONU sigue siendo vista como un actor necesario, aunque cada vez menos como una institución plenamente confiable o cercana.

El Edelman Trust Barometer (2024), uno de los estudios globales más amplios sobre credibilidad institucional, muestra que alrededor del 58 por ciento de las personas en el mundo mantiene la confianza en Naciones Unidas.
Cascos Azules Reuters

Algunas medidas de protección quedan expuestas como en esta imagen, donde los Cascos Azules, la fuerza de paz del organismo, muestra la destrucción de cámaras por parte de defensores de Israel / Foto: Reuters

La cifra no es menor, sobre todo en un momento de descrédito hacia gobiernos, empresas y organismos multilaterales.

El mismo reporte deja ver una grieta más profunda: mientras cerca de 75 por ciento de los encuestados considera indispensable la cooperación internacional para enfrentar guerras, crisis migratorias, pandemias o cambio climático, solo una minoría cree que esos esfuerzos se traducen en beneficios tangibles en su vida cotidiana.

La diferencia es sutil, pero reveladora. Una cosa es aceptar que el mundo necesita espacios de coordinación internacional; otra muy distinta es sentir que esos espacios realmente funcionan.

En esa distancia entre la idea y el resultado parece instalarse buena parte de la crisis de confianza que hoy rodea a la Organización de las Naciones Unidas.
Akron_Portadilla

La encuesta global sobre reforma de la ONU elaborada por Article 109 Initiative (2025) apunta en la misma dirección. Apenas 16 por ciento de los consultados considera que la organización funciona adecuadamente bajo su estructura actual, mientras una mayoría sostiene que requiere transformaciones profundas para responder a un entorno internacional mucho más fragmentado que el de su fundación.

Las mayores dudas se concentran en la capacidad de decisión política, en la lentitud de sus mecanismos y en la sensación de que las grandes potencias continúan marcando el ritmo de aquello que puede o no avanzar.

No se trata de una desconfianza absoluta, sino de una confianza condicionada.

Se cree en la necesidad de la ONU, pero se duda de su eficacia. Se reconoce el valor de sus agencias, pero se cuestiona la capacidad del sistema para actuar con rapidez. Se espera mucho de ella, quizá más de lo que realmente puede ofrecer.

Para la internacionalista Aribel Contreras, esta percepción no surge por casualidad. “Hoy más que nunca hay un profundo cuestionamiento sobre su eficiencia y utilidad”, advierte. A su juicio, el organismo enfrenta no solo un desgaste político, sino también una desconexión progresiva con la ciudadanía, que observa los grandes debates internacionales desde una distancia cada vez mayor.

Esa percepción fragmentada también se refleja fuera de los círculos diplomáticos. Entre las nuevas generaciones, por ejemplo, la ONU suele percibirse como una institución lejana, difícil de entender y desconectada de las preocupaciones cotidianas.

Para millones de jóvenes, las crisis internacionales llegan primero como imágenes breves en redes sociales: bombardeos, desplazamientos, discursos y protestas consumidos en tiempo real desde el celular. Pero detrás de esas escenas hay organismos internacionales cuya función muchos ya no logran identificar con claridad.

Algunos jóvenes mexicanos admiten no tener claridad sobre cuál es realmente la función de Naciones Unidas o de qué manera impacta en su vida diaria. Para muchos, la ONU sigue asociada casi exclusivamente a guerras o reuniones entre líderes mundiales, mientras otras de sus funciones permanecen prácticamente desconocidas.

    "Hablan de ellos en las noticias, pero no entiendo qué hacen, sigue habiendo guerras… No sabía que tenía otras funciones más allá de buscar que no haya guerras"

    Santiago Avelaño, joven de 17 años

Una percepción similar comparte Daniella Quiroz, de 20 años, quien recuerda haber escuchado sobre reuniones internacionales, aunque sin comprender del todo su alcance.

    "Una vez escuché que varios presidentes se reúnen y hablaban sobre los problemas del mundo, pero creo que solo fue eso. Yo no sé nada sobre qué hacen en otros países"

    Daniella Quiroz, 20 años

Las opiniones también muestran una mezcla de confianza y frustración.

    "Escucho que la ONU actúa para resolver conflictos, aunque siempre hay conflictos y guerras, entonces no sé si sí esté haciendo bien su trabajo"

    Érick Gómez, 18 años

Otros, en cambio, mantienen una visión más positiva sobre el papel del organismo.

    "Yo confiaría en la ONU porque lucha por acabar con las guerras en el mundo o llevar comida a países como África"

    Guadalupe, 18 años

Esa combinación entre respaldo, desconocimiento y expectativas difíciles de cumplir aparece también en estudios internacionales sobre percepción pública.

Investigaciones de la firma Glocalities han mostrado que las generaciones jóvenes mantienen niveles relativamente altos de confianza en Naciones Unidas, aunque al mismo tiempo perciben al organismo como distante de su vida cotidiana y de sus preocupaciones inmediatas.

Para Aribel Contreras, este distanciamiento es uno de los síntomas más visibles del momento que atraviesa Naciones Unidas. “La ONU hoy le habla más a personas mayores de 40 años”, señala.

En su opinión, el lenguaje institucional y excesivamente técnico ha dificultado la conexión con una generación acostumbrada a consumir información de manera inmediata, visual y mucho más directa.

“Si no les hablas en su idioma, lo ven como algo que no les importa”, advierte.

El organismo no solo enfrenta una crisis estructural o financiera, sino también una crisis de comunicación y cercanía. “Hay muchas oficinas de Naciones Unidas que siguen muy encerradas en sí mismas”, explica.

A su juicio, la organización necesita acercarse mucho más a universidades, escuelas, espacios comunitarios y plataformas digitales para explicar de manera sencilla el impacto de su trabajo.

Esa necesidad de reconectar con la ciudadanía también aparece en las reflexiones de las propias agencias. En ese mismo sentido, ONU Mujeres subraya que uno de los principales retos actuales es comunicar mejor los resultados concretos de sus programas sin perder rigor institucional.

    "Cuando se conecta con temas concretos como la violencia digital, las oportunidades económicas o la representación política, la conversación tiene implicaciones reales e inmediatas"

    ONU Mujeres

Bajo esa lógica, aseguran, han impulsado campañas dirigidas especialmente a públicos jóvenes, como “Es Real. #EsViolenciaDigital”, que alcanzó a más de 25 millones de personas en redes sociales.

Para la UNESCO, el desafío también pasa por acercar el trabajo internacional a las comunidades. Andrés Morales insiste en que muchas veces las personas perciben a la ONU como algo abstracto porque desconocen que detrás de sus programas existen escuelas, docentes, investigadores, artistas y proyectos culturales concretos.

En el fondo, la discusión sobre la confianza en Naciones Unidas parece ir mucho más allá de la diplomacia o de los conflictos entre potencias. También tiene que ver con la capacidad del organismo para demostrar, explicar y hacer visible por qué sigue siendo relevante en un mundo cada vez más escéptico hacia las instituciones internacionales.

Para Aribel Contreras, el momento actual forma parte de un panorama más amplio que define como un “nuevo desorden global 2.0”, un entorno en el que las reglas internacionales se debilitan, las tensiones entre países dificultan la cooperación y los organismos multilaterales enfrentan mayores obstáculos para construir consensos.

A casi ocho décadas de su creación, la Organización de las Naciones Unidas enfrenta una presión que va más allá de su estructura o su financiamiento.
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La discusión ya no pasa únicamente por cuánto dinero tiene, cuántas resoluciones logra aprobar o qué tan rápido consigue reaccionar ante una emergencia.

Pasa también por algo más difícil de recuperar: la confianza de un mundo cansado de instituciones lentas, de promesas diplomáticas y de consensos que muchas veces llegan tarde.

En medio de esa fatiga internacional, Naciones Unidas intenta demostrar que no es una estructura del pasado, sino una herramienta vigente para un presente cada vez más incierto.

El debate ocurre además en un momento clave para el organismo. A finales de este año comenzará el proceso para definir a la persona que sustituirá a António Guterres al frente de la Secretaría General, una transición que volverá a poner sobre la mesa las discusiones sobre el rumbo, las prioridades y la capacidad de adaptación de la ONU frente a un entorno internacional cada vez más fragmentado.

La paradoja es evidente. Mientras el organismo enfrenta cuestionamientos sobre su eficacia política, sus agencias siguen operando en guerras, crisis migratorias, programas educativos, campañas de salud y asistencia humanitaria que millones de personas continúan necesitando todos los días.

Esa dualidad —una institución cuestionada, pero todavía indispensable— atraviesa buena parte del debate sobre su futuro.

La ONU nació después de la Segunda Guerra Mundial con la promesa de evitar que el mundo volviera a destruirse a esa escala. Ocho décadas después, enfrenta un desafío distinto: convencer a una generación que creció entre guerras permanentes, crisis globales y desconfianza institucional de que todavía puede servir para algo.

Y, aun así, incluso en medio de bloqueos, vetos, recortes y desgaste político, el mundo sigue regresando a ella cada vez que las crisis escalan y la necesidad de coordinación internacional vuelve a hacerse inevitable.

Jair Soto

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