5/24/2026

¿Recesión?

 Mario Campa

"En México, el superávit primario registrado en los últimos años conlleva un ahorro público cuando lo necesitado es gasto".

¿Recesión? Por Mario Campa

La economía mexicana atraviesa un mal momento. La caída de 0.8 por ciento en el Producto Interno Bruto (PIB) del primer trimestre revivió los temores de que una recesión es inminente. Empero, se trata de una exageración. En primer lugar, el cuarto trimestre registró una expansión de 0.9 por ciento y establecía una base comparativa adversa. En segundo, la definición mediática de recesión técnica es una caída del PIB en dos trimestres consecutivos, pero la definición técnica es más rigurosa y exige una caída generalizada de la actividad económica —no del PIB— en un periodo de seis meses o más, y sólo la robusta expansión trimestral de las exportaciones (+17.9 por ciento interanual) y las importaciones (+18.4 por ciento i.a.) enterrarían cualquier conclusión apresurada o conveniente. No obstante, es un hecho irrefutable que la economía arrastra letargo.

Tres esferas de política pública explican grosso modo el bache. El podio explicativo lo encabeza la política comercial. Sí, es cierto que las exportaciones mexicanas crecen y que incluso ganan participación de mercado en las compras estadounidenses. Pero ese crecimiento dice poco o nada de los costos crecientes que enfrentan los productores y sus proveedores, quienes padecen erosión de márgenes. Para contrarrestar la caída de utilidades, las empresas recortan nómina, como muestran los 568 mil empleos netos perdidos en las fábricas en los últimos dos años (ENOE 12/2025), y también podan inversión, como confirma la caída anual de 25.5 por ciento en la Inversión Extranjera Directa (IED) en las industrias manufactureras, a contracorriente de otros sectores. En esencia, la incertidumbre provocada en Washington incita una costosa compra de tiempo. Entretanto, el motor externo de la economía trabaja a medio gas.

El segundo sitio en importancia corresponde a la política monetaria. México, por sus altas tasas de interés vigentes, recibe flujos de inversión volátil en deuda gubernamental. En esencia, un especulador cambiario obtiene un préstamo a tasas bajas en un país desarrollado e invierte con apalancamiento en instrumentos que pagan tasas más altas, estrategia conocida como carry trade. Aunque parecen inocuas o hasta productivas a simple vista, esas posiciones aprecian al peso frente al dólar y endurecen la camisa de fuerza comercial. Encima, las altas tasas de interés frenan el consumo y la inversión en el otro motor de la economía: el interno, hoy semiparalizado.

Por último, el tercer peldaño lo ocupa la política fiscal. Cuando la economía se enfría, lo normal es que el Gobierno recurra al endeudamiento para reactivar la actividad y el empleo. En el mejor caso, si la inversión alimenta proyectos productivos rentables, la deuda es sostenible y hasta deseable. En paralelo, una mejor recaudación de impuestos refuerza la sostenibilidad. Caso contrario, la capacidad de repago se disocia de las obligaciones, y las calificadoras de deuda toman nota. En México, el superávit primario registrado en los últimos años conlleva un ahorro público cuando lo necesitado es gasto. En otras palabras, la austeridad del Gobierno impone austeridad al sector privado.

Ciertamente, el crecimiento —o la falta de— es inconvincente, aunque comprensible dada la coyuntura. Canadá es un par comparable ilustrativo. En el 2025, la exportación de bienes canadienses a Estados Unidos cayó 5.8 por ciento, el empleo sólo aumentó uno por ciento y el PIB apenas creció 1.7 por ciento, tasa más baja desde la pandemia. Para muestra del mal momento, la producción automovilística canadiense disminuyó por segundo año consecutivo hasta alcanzar 1.2 millones de vehículos, un siete por ciento menos que en 2024. En general, seguir de cerca a Canadá o a Brasil, otra nación latinoamericana empantanada en un ciclo de bajo crecimiento, evita caer en la trampa de clavar la vista en el ombligo propio.

Existen varias salidas posibles de corto plazo. La obvia es sacudir al equipo económico, no sólo por una inyección de pericia técnica, sino por el potencial reseteo de expectativas (señales al exterior) y energías cotidianas (motivación al interior).  Otra es mantener a los funcionarios y relajar el ensayo y error de políticas públicas. Una tercera es mover poco hasta noviembre y confiar en que doña fortuna debilitará a Trump en la elección intermedia, con la mira puesta en un cierre de sexenio libre de caos. Una cuarta, más controversial, es persuadir al Banco de México para que recorte tasas de interés ante las exiguas amenazas inflacionarias al interior, aunque latentes al exterior. Una quinta es redoblar la apuesta en la continuidad, con el riesgo de que el pastel nunca cuaje con la receta actual.

Esquivar una recesión en lo inmediato no es el único apremio. La economía mexicana paga ahora mismo una larga lista de errores acumulados: alta dependencia comercial con Estados Unidos, largo olvido de la política industrial, liberalización financiera que desalineó al sector de los objetivos de desarrollo nacional, desnutrición de la banca de desarrollo, mandato único del banco central con excesiva fijación cambiaria, reservas internacionales improductivas y baja e inequitativa recaudación tributaria para pulsar botones contracíclicos. Echar enteramente la culpa a China, a Trump, a la informalidad o a la reforma al Poder Judicial distrae y engaña. Ni la economía creció lo suficiente antes, con el recetario neoliberal en mano, ni lo hace hoy, si bien el entramado actual sí que mejoró la distribución de la renta nacional y mitiga la nocividad de las trampas de pobreza. Regresar a los cánones del Consenso de Washington, con el éxito de las economías asiáticas como gran refutador de dogmas, sería anticlimático e indeseable.

Crecer a tasas elevadas de forma sostenida no es tarea sencilla. Toma años de estabilidad social, un cambio en la mentalidad rentista de los empresarios, un ambiente propicio para la innovación, un sector financiero menos conservador y más inversiones en el bienestar y la productividad de la gente. Además de tiempo, demanda dinero. No obstante, la espera y la paciencia no eximen a la política fiscal, monetaria y comercial de intervenir cuando el ciclo económico está en fase de bajo o nulo crecimiento. Sin respuestas oportunas, los planes de largo aliento terminan en letra muerta. Es aconsejable intervenir antes.

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