Enrique Dussel Peters
Estas condiciones también abren la puerta a la toma de abruptas decisiones (militares y de otra índole en Cuba y en México, por ejemplo) por parte de Trump hasta inicios de noviembre en aras de ganar votos.
El contexto de la visita de Trump a China, sin embargo, fue diferente. Trump buscó imponer desde el inicio de su gestión en enero de 2025 duras medidas unilaterales, particularmente en el ámbito comercial y vía aranceles, al resto del mundo, incluyendo a China. Todavía en mayo de 2025, los aranceles a las importaciones chinas superaron 150 por ciento. Después de varias rondas de negociaciones en el segundo semestre de 2025, los aranceles se volvieron a reducir significativamente. ¿La causa? Además de que China sistemáticamente respondió a cada uno de los aranceles estadunidenses, China comenzó con medidas de control de las tierras raras, fundamentales para la electrónica global y particularmente para los semiconductores, autopartes-automotriz y telecomunicaciones, entre muchas otras cadenas globales de valor civiles y militares. Trump tuvo que reconocer que las amenazas arancelarias en contra de China, así como el control de exportaciones de semiconductores de alta tecnología, no surtían efectos con China y, por el contrario, amenazaban a buena parte de su estructura productiva vía el control de las tierras raras.
Así, y desde noviembre de 2025, tanto Estados Unidos como China entraron en un proceso de “coexistencia pacífica”: reducción drástica de aranceles, exportaciones de Estados Unidos a China de semiconductores de alta tecnología y cancelación de los controles a las exportaciones de tierras raras por parte de China.
El reciente encuentro de Trump y Xi Jinping la semana pasada no resultó en un comunicado conjunto y ambas partes han destacado elementos diferentes. Trump subrayó que China se comprometió a la compra de varios cientos de aviones y motores de Boing, así como de productos agrícolas y petróleo, aunque reconoció que no fue exitoso en buscar integrar a China en sus actividades militares con Israel en contra de Irán. La parte china ha enfatizado la importancia de una “estabilidad estratégica constructiva” y que requiere de medidas concretas que no se alcanzaron durante el encuentro. Xi Jinping logró dos aspectos significativos: por un lado, el pleno reconocimiento de Estados Unidos y Trump de que Estados Unidos y China son países y economías semejantes (con base en su referencia a la trampa de Tucídedes; es decir, un aparente y necesario desencuentro militar entre la hegemonía existente y otros países “ascendentes”); hace todavía una década hubiera sido impensable este explícito reconocimiento por parte de Estados Unidos. Más importante aún, Xi destacó que para China el principio de “una sola China” no es negociable: Taiwán es parte de China. Trump parece haber comprendido que en este caso la tolerancia y capacidad de negociación de China es nula y pospuso la venta de armas por más de 14 mil millones de dólares a Taiwán, lo cual con certeza generará debates entre miembros de los partidos Demócrata y Republicano. Pareciera que el tiempo corre a favor de China. Como hemos examinado con detalle en esta columna ( La Jornada, 1/4/26) el 15 plan quinquenal (2026-2030) no sólo busca “construir un país socialista moderno”, sino convertirse en una potencia tecnológica e innovadora, ya con un presupuesto anual en ciencia y tecnología de 2.8 por ciento del PIB. China como potencia tecnológica, a diferencia de las crecientes y profundas diferencias iniciadas por Trump con las principales universidades y laboratorios de su país. En el mediano (2030) y largo plazos (2050) seremos testigos del creciente liderazgo económico y tecnológico de China. Estados Unidos, por otro lado, mantiene un importante liderazgo con su sistema financiero y el dólar como principal divisa global, así como en su sector militar. Habrá que examinar con detalle si Estados Unidos puede continuar financiando ambos tópicos en el futuro. Y, ante la “coexistencia pacífica” en el corto plazo entre China y Estados Unidos, ¿cuáles son sus implicaciones para América Latina y el Caribe, y México en específico?
Por el momento, ninguna. A finales de 2025, Estados Unidos presentó su estrategia de seguridad nacional proponiendo una nueva versión de la Doctrina Monroe, que excluya a “competidores no hemisféricos”, léase China ( La Jornada, 10/12/25) a diferencia de China que ofrece en su reciente propuesta para ALC ( La Jornada, 24/12/25) un significativo portafolios de cooperación según las prioridades de sus contrapartes.
El caso de México es particularmente significativo. En la renegociación actual del T-MEC, Estados Unidos ha sido enfático en reducir la presencia de China en las importaciones de México y en su inversión extranjera directa, aunque también en otros ámbitos culturales, educativos y académicos. Explícitamente: reducir y cancelar explícitamente la presencia china en México. Ante la falta de una estrategia y agenda explícita de México con China en las últimas décadas y en la actualidad –por ejemplo vía la imposición de México de aranceles desde enero de 2026 ( La Jornada, 07/01/26)– pareciera que en México se hubiera decidido una integración irrestricta con Estados Unidos y, por ende, en contra de China.
Por el momento es indispensable encarar una relación crítica y propositiva con respecto a China en los cientos de temas de su relación bilateral, más allá de la competencia sistémica entre Estados Unidos y China. La renegociación del T-MEC no será suficiente para México en su relación con China, la principal economía y crecientemente el líder tecnológico global. El reciente encuentro entre Trump y Xi Jinping no reducirá las presiones de Estados Unidos. ¿Será?
Profesor del Posgrado en Economía y Coordinador del Centro de Estudios China-México de la UNAM
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