Andrew Gartzea
El terror sexual es una forma de disciplinamiento que sirve para regular el cuerpo y la conducta de las mujeres. De historias con moraleja como la de Caperucita Roja, a casos tan famosos como el de Jack el Destripador, o casos tan particulares como el de Alcàsser, cada relato nos dice lo mismo: Esto es lo que le pasa a una mujer que no obedece.
El internet y las nuevas conectividades nos abrieron otras formas de relacionarnos. Cambiaron cómo podíamos habitar la sociedad. Y para frenar esas posibilidades, se construyó un relato de terror sexual que sirviese para que las mujeres amoldasen sus cuerpos y coartasen sus libertad en el mundo digital. Todo para frenar el potencial emancipatorio.
Ante cualquier atisbo de libertad sexual o creativa, de mujeres que se salgan del guion escrito desde la mirada de la dominación masculina, la respuesta patriarcal dice al unísono: «Grok, ponla en bikini y conviértela en espectáculo».
Frente al avance de los feminismos, la reacción patriarcal en Internet busca preservar el statu quo machista a golpe de desnudo. Mientras ellas internalizan el miedo, a los chicos estos relatos los consolidan por una parte en su rol de protectores mientras por la otra les hace partícipes cómplices del poder que el sistema de dominación masculina ejerce sobre el cuerpo de las mujeres.
Las nuevas tecnologías han intensificado la violencia patriarcal, pero no inventaron una lógica nueva. Es la misma de siempre, sólo que ahora está amplificada por algoritmos. Un informe de la ONU lo confirma: entre el 16% y el 58% de las mujeres han sufrido violencia por el simple hecho de ser mujeres facilitada por la tecnología. Y lo peor es que esta violencia no solo está normalizada, sino que además tiene vínculos crecientes con la radicalización y las ideologías extremistas.
No nos callamos frente a los terrores sexuales. Frente al miedo como arma, los feminismos hacemos del entendimiento de este disciplinamiento y la resistencia colectiva nuestra mejor respuesta.

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