Dos lesbianas, una ciudad, nueve días de fiesta. Feminismo, militancia y tótems. La escritora, monologuista y comunicadora vasca publica su primera novela, 'Darle fuego a Bilbao'.
Texto: Teresa Villaverde
Irantzu Varela posa delante de lo que era el Sildabia. / Foto: Teresa Villaverde
Llega con una camiseta del grupo punk las Vulpes, aquellas bilbaínas que en los años 80 cantaron “Me gusta ser una zorra” en Televisión Española y desataron un escándalo en la cadena pública que fue el principio del fin del grupo. Si algo sabe Irantzu Varela es, precisamente, dar simbolismo y épica a todo lo que hace. Por eso no es de extrañar que traiga semejante referente estampado en la ropa para hablar sobre su primera novela, Darle fuego a Bilbao. Editada por Continta Me Tienes, también lleva un título que hace referencia a música netamente bilbaína, a una canción del grupo Doctor Deseo. Mientras la escritora, monologuista y comunicadora posa para la foto con la persiana del bar Sildabia de fondo –antiguo garito bollero de la ciudad, cerrado hace años y situado frente a la redacción de Pikara Magazine– reconoce que la elección de la camiseta no es casual.
Al escribir la novela, cuenta, empezó a documentarse sobre el Bilbao de los 80 tanto que parecía que iba a hacer una tesis doctoral: “Menos mal que mis editoras me dijeron basta”. Y empezó a escribir la historia de verdad, la de Sigyn y Maddi, dos lesbianas que se conocen en la semana más grande de Bilbao, Aste Nagusia. Nueve días en los que la ciudad se convierte en una fiesta continua, política y popular. Varela se maneja bien creando y recuperando símbolos, códigos, referentes; y los plasma en su ropa, en conversaciones sobre cine, en cualquier cita de alguna feminista siempre lista para hablar de casi cualquier tema. A la presentación del libro en Bilbao, por ejemplo, llegó con una camiseta en la que se leía I ❤️ Bilbao en honor a la escritora y directora Lena Dunham. “Soy una señora que me creo mis propios significados simbólicos que muchas veces nadie pilla. Los chistes hay que probarlos siempre con gente”.
Sobre la camiseta, una chaqueta de lentejuelas con hombreras y flecos. Solo una diva va cubierta de lentejuelas a un gaztetxe [centro social juvenil ocupado]: “Me la regaló mi amigo del alma que no pudo venir a la presentación porque ahora está un poco malito. Él sabe que hay ir siempre overdressed. Eso es lo más de diva que hay. Ir como si fueras a recoger un Goya todo el día”, sonríe. El libro se apila en una mesa, donde se repite la portada diseñada por Julia van der Bom en rojo, blanco y negro: “La ha hecho mi pareja. Eso es muy de lesbianas. Queríamos que tuviera un poco una estética punk, pero tampoco íbamos a fingir que era un fanzine”. El punk es una señora, y a las señoras hay que respetarlas.
En un momento de auge de la espiritualidad en el que parece que la religión es la única vía para cultivarla, ¿puede que hayas escrito una novela de mística punk?
Me encantaría haber contribuido a crear una mística punk porque las personas que no tenemos una espiritualidad sistémica también necesitamos ritos, tótems. Nadie puede ser tan nihilista. Es de primero de ser humano y de trascendencia. Entregarnos a Marijaia y a la Aste Nagusia es muy bonito porque es una mística que no te reprime. No es un dios que te dice lo que puedes hacer y lo que no, sino Marijaia, que como diosa es un chollo. Pero yo solo lo he contado, esta mística está creada. Igual la primera vez te ríes de la pleitesía que le rendimos, pero si llevas tres días aquí tú también la persigues y se te olvida que es una muñeca.
Sobre todo si mantienes un ritmo de fiesta exigente.
Llega un momento que puedes hacerle una reverencia a una papelera [risas]. Pero no es solo la pérdida del sentido de la realidad de la gente que podamos salir mucho por la noche. Cualquier persona que haya estado en la quema de Marijaia… Venga ya, eso es una fiesta vikinga. ¿Cómo no te vas a emocionar?
Es una historia de ritos y de amor, así que mezcla tótems con gestos tan habituales como que alguien te coja por la cintura en la cama y te mueras de la vergüenza. ¿Sentías pudor al escribirlo?
Cuando escribo se me olvida que lo va a leer gente, lo cual es seguramente una ventaja para mis editoras, probablemente para la gente que me lee y dudosamente para mí. Me parecía muy interesante porque tenemos superaprendida una coreografía de la intimidad superhetera, superpatriarcal y superatravesada por lo peor del amor romántico. Y hay un montón de inseguridades, comunicaciones, faltas de comunicación, conexiones, faltas de conexión que son inviables entre un hombre y una mujer, ya lo siento. ¿Nos estamos haciendo amigas o nos estamos enamorando? Pero entiendo que son claves con las que cualquier persona que se haya enamorado se puede sentir identificada.
Una novela de lesbianas que es para todo el mundo.
Creo que ya es hora de que el relato común y canónico sea construido de una manera colectiva y que incluya las historias que no sean de hombres blancos, cishetero, adultos y bien posicionadas económicamente. Si eres capaz de empatizar con Don Draper o Tony Soprano eres capaz de empatizar con Sigyn o Maddi.
Hay un evento en la novela que podría haber sido canónico pero no lo es. Se deja correr y entonces cobra más sentido feminista, incluso. ¿Fue una decisión?
Eso es una decisión, pero tomada de la mano de mis editoras. Yo tenía claro que esta cosa iba a suceder y tenía claro que iba a ser importante, pero le di una continuidad que no supe resolver muy bien y mis editoras me dijeron: “Déjalo así. Ha sucedido, punto”.
Otra ruptura del canon es Maddi. Frente a esa idea de que cuanto más mayor eres más conservadora serás, Maddi sigue militando a los 50 años. Es militante feminista.
Esto ya lo escribí hace años en un artículo de Pikara cuando vino Angela Davis a Euskal Herria. La energía de esa mujer cuando dijo: “Pero, ¿cómo me vais a pedir que no sueñe el mundo en el que quiera vivir y que no luche por él?”. Pero es que mi madre tiene 70 y muchos y lo sigue haciendo. Me parecía interesante hablar de alguien que sigue teniendo ilusión, incluso por el amor que creía que ya no. En esto me inspiré en una conversación con Virginie Despentes y su pareja, que decían que estamos creando una nueva forma de ser una mujer de 50. Las mujeres de otras generaciones han tenido que estar sometidas a tantos mandatos que han llegado a los 50 arrastrando la carga. Nosotras fuimos una generación que nos lanzamos a las calles, pudimos estudiar, lo de no trabajar fuera de casa no era una opción. Hemos sido mamarrachas, hemos ido de farra, nos hemos drogado, hemos bailado y ahora tenemos 50. Björk dijo una cosa superbonita, que “a la gente que le gusta el tango está bailando tango hasta que se muere. ¿Por qué no voy a bailar yo tecno hasta que me muera?”. Nos intentan imponer como a pedorras o mujeres sometidas a los cánones de belleza, que la obsesión de las mujeres es aparentar menos años de los que tienen, y ahí tienes a Björk, a Despentes y a muchas otras.
El marco de Aste Nagusia da además para hacer historia política a través de las txosnas. La de los troskos, la de los chinos, la vegana, la cuir, la feminista, la okupa, la antiespecista…
Una de las mejores cosas de Aste nagusia es que venga alguna amiga y poder decirle te voy a explicar: esto no son casetas, esto son txosnas. Todas tienen su movimiento político detrás. Algunos son muy actuales, pero otros son fundacionales. Eso es una fantasía. No se hace botellón porque el dinero aquí es para las luchas. No se puede pagar con tarjeta porque el dinero aquí es para las luchas. Lo colectivo se impone y eso me gusta.

Irantzu Varela, con una camiseta de las Vulpes. / Foto: Irantzu Varela
Siempre has apelado a lo colectivo, también cuando te han atacado y has subrayado siempre que no era a ti, que era a todas. Hace años, cuando estabas pasando por un pico de violencia dijiste que podías con ello en parte porque te había llegado tarde.
Afortunadamente la visibilidad, sobre todo cuando es desde el feminismo, y la violencia que implica, me llegó cuando tenía ya mucha militancia de base. Cuando tuve cierto protagonismo, que tiene que ver con dedicarme a la comunicación, no con el talento ni con un deseo, yo ya sabía que esto no iba de mí. Me sirvió para no morirme del miedo cuando venía la violencia, pero también para no volverme imbécil.
La presentación del libro en Bilbao condensó tu universo colectivo y punk, que también es el de la novela. La hiciste en el gaztetxe del Casco Viejo, Zazpikatu, con tu gente leyendo en voz alta.
Quería hacerla en un espacio que tuviera significado político. Con el talde [grupo] feminista de Zazpikatu tengo buena relación y les pareció genial. Además, este gaztetxe está ocupado por la misma gente del antiguo Gaueko WC Public, un sitio mítico del Bilbao moderno ochentero en el que yo estuve solo una vez, muy joven. Y luego Zazpikatu antes fue Txokolanda [un bar marica]. En el libro hablo de este sitio muy por encima, pero es muy importante para mí porque es de un Bilbao que sí es el de la protagonista. Me parece muy chulo que siga siendo el espacio donde se reúne Ehgam [Euskal Herriko Gay-Les Askapen Mugimendua, Movimiento Vasco de Liberación Gay-Les]. Quería hacer memoria de ese Bilbao quinqui, cuir, un Bilbao muy concreto que no conoce todo el mundo, el que yo vivo y el que me gustaría recordar. Todo el mundo sabe cómo es Brooklyn aunque no hayamos estado nunca. El simbolismo es muy interesante cuando no lo tienes que buscar. Fue una presentación colectiva y en un lugar ocupado, a la que vinieron amigas que nunca habían estado en un gaztetxe y consiguieron que les sirvieran el vino en copa de cristal. Algo muy underground, pero en el sentido político y bonito, que es hecho por nosotras al margen de los intereses capitalistas. Como la versión que hizo Aiert [Alberdi], un colega que está creándose una carrera en la música, de la canción Darle fuego a Bilbao que nos cedió Doctor Deseo. Había bastante amor ahí.
Has escrito un libro optimista, aunque estemos en un momento crudo.
Esta lucha va a ser para toda la vida. La nuestra y la de las que vendrán después. Y yo necesito disfrutar bailar, enamorarme, follar, drogarme si me apetece o ir al monte a respirar. Euskal Herria ha sido mucha piedra y hierro y en eso hemos cambiado. Tiene que haber fluidez y glitter. Por eso me alegro del papel central en el libro de Doctor Deseo. En un contexto muy muy de piedra y hierro y de rock radical vasco, sacaba purpurina y pluma y las uñas y morros pintados… Era Francis performando el futuro.
Y recomendando probar con un dedito en el culo.
Pues de eso no me acuerdo, pero perfecto.
Creo que está grabado en algún directo.
Doctor Deseo es Los Rolling Stones en Bilbao. El estribillo dice: «Niña, dame la mano, ha llegado el momento de quemar Bilbao, prender fuego al silencio, decir que no, y empezamos de nuevo”. Si es que es un manual de revolución.
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