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5/24/2020

Prisión y pandemia: la libertad, según los presos indígenas de Chiapas

Pandemia

El contagio de Covid-19 de ocho activistas indígenas en una pequeña prisión de San Cristóbal de las Casas y el posterior estallido de huelgas de hambre en cárceles de todo Chiapas, quitan de nuevo el velo sobre la estructura del sistema penitenciario: una institución racista y clasista de captura y exterminio. A la vez, amplifican la voz increpante de quienes llevan décadas luchando por su libertad.
Desde el estallido de la insurrección zapatista de 1994, cientos de indígenas fueron apresados como parte de una operación de contrainsurgencia. Colectivos como La Voz de Cerro Hueco y La Voz del Amate proliferaron en las cárceles y se convirtieron en espacios de denuncia mediante los cuales salieron libres todos los zapatistas capturados. Después, en 2013, la lucha por la libertad del profesor tzotzil Alberto Patishtán resonó a escala internacional. Esa tradición de resistencia permanece en 2020 con organizaciones como Solidarios de la voz del Amate, Voz de Indígenas en Resistencia, Voz Verdadera de El Amate y Viniketik en Resistencia.
Los días 15 y 16 de mayo, todos los integrantes de Solidarios de la Voz del Amate, presos en el Centro para la Reinserción Social de Sentenciados (Cerss) número 5 de San Cristóbal, presentaron síntomas de Covid-19: fiebre, dolor de cabeza, escalofrío y fluido nasal. Los activistas tzotziles fueron aislados en la enfermería bajo llave. Las autoridades les realizaron la prueba de Covid-19: todos dieron positivo. El profesor Alberto Patishtán advirtió que en el Cerss 5, donde él mismo estuvo preso, no existen condiciones sanitarias ni médicas para atender a los enfermos.
Lo que nos demuestra es el desprecio a quienes hablan el tzotzil, quienes están presos por no saber hablar español, y por ser indígenas. Eso está pasando a los compañeros, sus derechos están totalmente violados, señala Patishtán.
Así, la cárcel parecería, hoy más que nunca, lugar para que mueran quienes sobran. El Cerss 5 tiene 90 por ciento de su población indígena: 298 hombres y 24 mujeres. Las organizaciones estiman que allí hay más de 100 contagios. En este contexto, Patishtán exige al gobernador de Chiapas, Rutilio Escandón, que atienda a los Solidarios de la Voz del Amate en algún hospital fuera del penal y que después sean amnistiados.
Por su parte, el preso Adrián Gómez Jiménez, tzotzil de La Voz de Indígenas en Resistencia, permanecerá en huelga de hambre del 21 de mayo al 5 de junio dentro del Cerss 5: Los trabajadores entraban diario. Ellos traían el virus. Nuestra exigencia es la libertad. Tiene peligro nuestra vida: que nos pegue y muramos.
Este caso es sintomático de lo que ocurre en todo el mundo. Los primeros motines ante la inminente llegada del coronavirus a las prisiones ocurrieron en la ciudad de Módena, Italia, donde murieron seis presos. Luego, en la cárcel La Modelo, en Colombia, fueron asesinados 23 presos. Frente a las rebeliones carcelarias, varios países comenzaron a liberar prisioneros, aunque de manera selectiva: en Irán y Turquía activistas, periodistas y kurdos permanecieron en prisión. En México avanzó una ley de amnistía sobre delitos menores en abril. Sin embargo, para presos indígenas, cuyos delitos graves se fabrican con inequidades raciales y de clase, no aplica esta ley.
Si la filósofa y activista afroestadunidenese Angela Davis desmenuza en su libro ¿Son obsoletas las prisiones? la herencia que el complejo industrial carcelario tiene del esclavismo –tanto en los métodos de tortura como en la explotación del trabajo–, el historiador Ilán Semo esboza en La Jornada (noviembre, 2019) que el sistema penal mexicano tiene la función doble de recaudar riqueza, principalmente para el crimen organizado, e inhibir la protesta del México de abajo para que acepte su lugar social como inamovible. Así, podríamos pensar en las cárceles, especialmente las de Oaxaca, Guerrero y Chiapas, como garantes de un sistema clasista heredero de la finca porfirista.
Davis, ella misma presa en 1972 por el caso de los hermanos Jackson, destaca la normalización del sistema carcelario como si fuera algo inevitable de la vida. Hoy parece que este sistema se expande para todo el pueblo (pandemos). La prisión se sale de sí misma mediante la enfermedad, como en la novela Los días de la peste, del boliviano Edmundo Paz Soldán, y el mundo se encuentra bajo un tipo de prisión por escalas. Así, parecería que las imágenes de presos arrodillados que difundió el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, son una advertencia para la población de afuera. Estamos frente a un sistema global en que el vigilar y castigar se aplica a quien comete el delito de estar infectado.
Sin embargo, para nada es lo mismo el confinamiento en un hogar de Estados Unidos que el de los presos indígenas de Chiapas. Con todo, desde sus plantones y campamentos, los presos organizados dan una lección sobre el ejercicio de la libertad. Para resistir, Patishtán daba clases de español a los presos, les indicaba cómo leer un documento o escribir un comunicado. También, en colectivo, los presos se convertían en doctores y hasta sicólogos: todavía hoy están organizados con autonomía y lo demuestra su capacidad de alzar la voz e irse a huelga de hambre. Patishtán dijo cuando salió de su cautiverio: Yo siempre me sentí libre. En tiempos de coronavirus, podríamos conservar esta frase como horizonte, y ayudar a propagar la voz de los tzotziles que resisten al coronavirus en prisión.

*Cronista

4/26/2020

La organización de pueblos, contra el coronavirus



Repleto de turistas cada fin de semana, el viejo pueblo nahua de Tepoztlán se encuentra hoy bajo resguardo. A pocos días de la Semana Santa, en una asamblea convocada por las mayordomías tradicionales y los barrios, la población de Tepoz dio un vuelco radical y detuvo el continuo flujo de vacacionistas para evitar la entrada de un virus que ya cobraba víctimas en la capital, a sólo 45 minutos del pueblo.
Karina Vara, habitante de Tepoztlán, relata: decidimos no afrontar la pandemia con el miedo, sino rescatando nuestras formas de organización. Así, el pueblo nahua que cada ocho días se debate entre la gentrificación y la defensa de su territorio, entre la memoria del zapatismo y la colonización metropolitana, enfrenta la crisis con formas que nunca perdió: su gobierno, producción, cuidado y salud propios.
Cerrar el pueblo les acarreó críticas. Vara relata que hubo avecindados y empresarios turísticos que les acusaron, con aseveraciones racistas y clasistas, de impedir el libre tránsito y violar sus derechos. Pero la estructura barrial prevaleció en su derecho a la libre determinación. Hoy, hasta el municipio coopera para reforzar las barricadas sanitarias y su organización les permite vigilar las entradas todo el día mediante relevos.
Además, los acopios internos destinados para las brigadas que combaten los incendios son destinados a quienes viven al día. Así, Karina Vara opina que, paradójicamente, el virus los hace reconsiderar: nos sacude para ver que no le podemos apostar a la forma en que hemos adoptado los pasados 10 años.
Tepoztlán no es el único pueblo que echa mano de su organización comunitaria en tiempos de cataclismos. En el México de abajo, rural, pululan estrategias de autoprotección popular. Hoy, los pueblos nahuas de Hueyapan, Tetela del Volcán y Zacualpan, en Morelos, los pueblos wirrárikas, de Jalisco, los pueblos pertenecientes a la CRAC-Policía Comunitaria en Guerrero, decenas de localidades en la Sierra Juárez y la geografía mixe de Oaxaca, los Caracoles zapatistas y pueblos choles como Tila, en Chiapas, se resguardan. Los ampara el artículo segundo de la Constitución, el Convenio 169 de la OIT, la Declaración de la ONU sobre derechos de los pueblos indígenas y, sobre todo, su historia.
Otro ejemplo: en la meseta purépecha de Michoacán, el pueblo de Cherán K’eri activó en marzo la estructura de gobierno comunal al saber de los primeros casos en la entidad. Oliveros Macías, encargado de la Comisión de Salud Pública del gobierno por usos y costumbres, relata que informaron la situación a las fogatas, asambleas creadas a partir del movimiento en defensa de los bosques de abril de 2011. De ellas recibieron el aval para reforzar las barricadas, cuidadas por la Ronda Comunitaria, pero con filtros sanitarios asistidos por pasantes de medicina de la propia comunidad.
En Cherán y muchos pueblos del país a los residentes que llegan de afuera, especialmente de Estados Unidos, se les pide que guarden 15 días de aislamiento. Además, los mercados dan prioridad a artículos de primera necesidad y los gobiernos por usos y costumbres se organizan para conseguir víveres para grupos en riesgo.
Oaxaca es el estado con menos dispersión de coronavirus en el país. Jaime Luna, antropólogo zapoteco de Guelatao, dice que esto tiene relación con el impenetrable territorio oaxaqueño y su estructura de 418 municipios regidos por usos y costumbres. Fueron las autoridades comunales de la región las primeras en ser conscientes del peligro del virus. Hace un mes, pidieron al gobierno federal que la celebración del natalicio de Benito Juárez no fuera masiva con el fin de proteger a sus pueblos. Y si en la región, explica Luna, hay aún fiestas patronales y otros actos fundamentales para reforzar los lazos internos, es porque la vida y condiciones posibilitan el quedarse en casa y el sustento propio.
Sin embargo, la lingüista mixe Yásnaya Aguilar, cuyo pueblo Ayutla resiste al Covid-19 sin acceso al agua y con sequía, ha escrito en diversas columnas que los pueblos han sufrido terrible mortandad a causa de diversas epidemias. También recuerda que la colonización entró en el continente en el siglo XVI junto con enfermedades que aniquilaron a millones. La expansión de la lógica metropolitana, colonial y capitalista continúa hoy acechando a los pueblos. Además, persiste la deficiente estructura de salud del estado que aumenta su vulnerabilidad.
Pero los pueblos no sólo se autoprotegen. También comparten su pensamiento, conscientes de que, para detener las catástrofes (la amenaza del virus, el calentamiento global o la extinción masiva), hace falta un cambio radical. Si bien las fogatas del aniversario de la lucha cheranense no fueron encendidas, la memoria de su lucha no fue silenciada. Mediante conversatorios transmitidos en línea, mujeres, mayores y jóvenes de Cherán compartieron experiencias.
Manuales de salud colectiva, comparticiones de uso de medicina propia, guías de cuidados; los pueblos circulan por todo el orbe formas de vida que ejemplifican el llamado del zapatismo maya para cambiar temporalmente las formas para sabernos durante la crisis. Quizás esta invitación a cambiar las formas pueda ser permanente, más memoriosa que predictiva, y quizás exija reconsiderar, en la práctica, el vivir, el producir y hasta la dignidad en el morir.
Hoy, que los principios de ayuda mutua, la vecindad solidaria, las guardias propias, el partir del saber situado parecen más fuertes que la futurología filosófica, la práctica barrial ante la epidemia, en Cherán, en Tepoztlán u otras ciudades, son la materialización, ya no de un mundo por venir, sino de otro mundo que sucede a diario.
*Cronista 

3/29/2020

Contagiar otro mundo



Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.
Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento.
Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: esta crisis no la pueden pagar los pueblos. Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.
Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema. A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.
En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.
En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar.
Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.
Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un enemigo invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.
También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro.
Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: distancia física con solidaridad social. Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos, una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted.
Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.
Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos.
* Cronista 

3/01/2020

Modernidad y pueblos indígenas: una alternativa desde abajo


Al-Dabi Olvera

De Chiapas y la conquista inconclusa (2001), entrevista realizada a Bolívar Echeverría, uno de los intelectuales del marxismo crítico más potentes de América Latina, podemos extraer hasta esta nueva década la importancia para el mundo de la lucha de los pueblos indígenas frente al dilema capitalista en el que se debaten los Estados, incluso los progresistas.

Para Echeverría, autor de libros indispensables sobre el barroco y organizador de algunos de los seminarios marxistas más importantes de fin de siglo, las repúblicas liberales y los estados burgueses siguieron el telos, la misión, de concluir el proceso de Conquista de la Corona española. Así, con la insurrección de los 500 años, los pueblos indígenas develaron este carácter y plantearon la posibilidad de una vida distinta, interpelando a todo el mundo.

A casi 10 años de la muerte de Bolívar Echeverría, con el contexto de un exacerbado capitalismo global, el escenario político en el continente ha tomado múltiples formas: por un lado la izquierda social, los pueblos originarios en su autonomía, también las mujeres organizadas y las protestas plebeyas de 2019. Por otro, los estados supervivientes desde el populismo progresista que, en algún momento, pudieron haber cumplido la transformación radical necesaria, y que cayeron en la trampa del dependentismo, del colonialismo interno, y finalmente fueron derrocados por el fascismo de hoy.

Retomando a Echeverría: "la resistencia y rebelión" de los pueblos indígenas abrió posibilidades críticas para "insuflar un nuevo aliento a la propuesta de una modernidad alternativa": una transformación radical desde abajo. Una imagen de esa modernidad podría verse en la gran fotografía de las protestas de los sectores precarizados de Chile: la bandera mapuche ondea, superviviente y en dignidad, hasta arriba de las banderas chilenas, pero junto a ellas, invirtiendo a la república.

Frente al momento de leve estancamiento de los movimientos plebeyos de 2019 en Latinoamérica y el Caribe, es quizá desde esos pueblos, y especialmente sus organizaciones anticoloniales, que la práctica y el pensamiento crítico que la modernidad prometida se realiza en su punto más radical y sabio: congresos, consultas, parlamentos, campañas, polos de pueblos y organizaciones sugieren e interpelan con otra democracia.

Acusados todavía de cerrazón, los pueblos que decidieron no integrarse como sujetos de dádivas y decidieron la vía de la autonomía son los que construyeron alternativas y propuestas más tangibles como forma-de-vida que viene, como diría Echeverría, de "una mane-ra diferente de tratar a la naturaleza, de relacionarse con lo otro, lo no-humano".

Esfuerzos pedagógicos propios, universidades de coloniales, algunos ya hasta desarrollan sistemas de defensa y salud que existen en lugares donde hace 20 años los niños morían de enfermedades curables.

Y habría que resaltar: durante el lustro pasado los pueblos indígenas anticapitalistas, por ejemplo en México, han recuperado el carácter emancipador de dos promesas modernas: las artes y las ciencias. A la infinidad de radios comunitarias, de saberes locales, se suman eventos de cine, danza y ciencia propia.

Hoy, por ejemplo, en el gran sur mexicano, se libra una batalla muy distinta por dos caminos encontrados: el del centro y desde arriba frente al de abajo y regional, el paternalismo frente a la libre determinación, la transformación geográfica frente a la de sustento propio. Los descarrilados planes de cruzar el sur con una política que continúa con el ordenamiento territorial neoliberal de la década pasada (granjas voltáicas y de cerdos, transgénicos, turismo depredador) no cambiarán las condiciones materiales de los pueblos indígenas, sólo alimentarán al fascismo por venir.

En ese punto se encuentra el verdadero negacionismo, aquel que, siguiendo de nuevo a Bolívar Echeverría, tiene el papel de continuar con el apartheid colonial: negar la existencia radical de otra manera y tiempos que no corresponden con el proyecto, que aunque no se nombre neoliberal, sigue siendo capitalista. La falta de autocrítica y la agresividad de todos los regímenes contra el movimiento de las mujeres y la vida de los pueblos originarios sólo alimentan la llama de la hoguera que prenderán los neofascistas.

Sin embargo, los pueblos indígenas no pueden solos, y así lo reconocen. Lo imprescindible es ahora otro tipo de alianza, llámese por otro tipo de modernidad, o por otro mundo posible, que tenga el sustrato de democracia de abajo y forma-de-vida no capitalista, de los pueblos originarios, la fuerza de la lucha antipatriarcal de las mujeres y de la potencia antineoliberal y antirracista del gran movimiento plebeyo de 2019: quizás así podremos devenir, ya no en un Estado transformado, sino en una sociedad revolucionada.

2/16/2020

Otro mundo en memoria de Samir




El asesinato del defensor y comunicador morelense Samir Flores, cometido el 20 de febrero de 2019, fue un parteaguas para la vida pública de México y, en particular, para la relación entre la izquierda social autonomista y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
A un año del crimen, el Estado no ha hecho más que arreciar la confrontación al dar continuidad a la política extractiva, la cual, en discurso, tiene como finalidad el desarrollo y la redistribución de la riqueza, pero en la práctica la reproducción del capital empresarial. Por el otro lado, la izquierda social, que insiste en el derecho a la autodeterminación de los pueblos y a un medio ambiente sano, y a la cual le falta formar un amplio movimiento que apele a los grandes sectores empobrecidos del país.
Como punto de arranque, la distancia se tensa porque la justicia en el caso de Samir Flores no ha llegado, así como en el de al menos tres decenas de personas que se dedicaban a la defensa del medio ambiente y la comunicación, asesinadas, durante la actual administración.
El caso de Samir sigue sin avances por parte de la fiscalía del estado de Morelos. Samantha César, compañera de Samir en Radio Amilcingo, denuncia que la fiscalía local no sigue las líneas de investigación que apuntarían hacia un crimen en un contexto político, por lo que exigen que el caso sea atraído por la fiscalía federal.
Samir Flores fue asesinado en la puerta de su casa días antes de una encuesta ciudadana lanzada por Andrés Manuel López Obrador, quien ya como presidente decidió preguntar si la población de tres estados aceptaba el funcionamiento del transexenal Proyecto Integral Morelos (compuesto por una termoeléctrica, un acueducto y un gasoducto).
En enero de 2019, justo cuando el presidente López Obrador pretendía arrancar con la conmemoración del centenario del asesinato de Emiliano Zapata, Samir Flores e integrantes de la Asamblea Permanente de Pueblos de Morelos exigieron al mandatario que cumpliera su promesa de campaña (la cancelación del proyecto), y no la consulta.
Un mes más tarde, en Cuautla, arreció la protesta contra el presidente, quien señaló a los activistas como radicales de izquierda. Los pueblos reclamaban que su voto por Morena fue para garantizar la defensa de sus tierras. Un día antes de su asesinato, Samir confrontó al superdelegado del gobierno federal en la entidad, Hugo Eric Flores, perteneciente al conservador y evangélico Partido Encuentro Social, durante una asamblea informativa sobre los efectos del megaproyecto. Ninguna estructura del Estado es investigada por el asesinato de Samir.
Sin seguimiento mediático desde entonces, comunidades de Morelos, Puebla y Tlaxcala continúan defendiendo su lugar. En Anenecuilco sigue el plantón para evitar que el agua sea llevada a la termoeléctrica. Amilcingo ganó en junio un amparo ejidal para suspender la operación de toda la obra. La radio que Samir fundó opera con más potencia. Familia y amistades de Samir prosiguen en búsqueda de justicia. Los pueblos se encuentran aún en asamblea permanente y realizan actividades políticas y culturales para mantener el tema vigente.
El gobierno continúa adelante con los megaproyectos. Con el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas y otras entidades del Estado, realiza consultas en el Istmo de Tehuantepec y en la península para avalar megaproyectos. Arrecian las presiones contra los opositores de estas obras. Ahí están los ejemplos de Miguel López Vega, compañero de Samir, en Puebla, encarcelado, y las amenazas contra el defensor y escritor maya Pedro Uc Be. El fondo del debate sigue en disputa: el costo del desarrollo va para quienes siempre han estado fuera del proyecto de nación, y a la vez son usados como centro del discurso: los pueblos indígenas. Ese desarrollo siempre es en sus territorios de vida, pero los desplaza, los empobrece y asimila.
Entre el gobierno de la Cuarta Transformación y la izquierda autonomista se disputan claramente, desde hace un año, a raíz del asesinato, visiones encontradísimas.
En el México de abajo, después de las actividades dislocadas planeadas para el día 20, aniversario del asesinato de Samir, se convoca a marchar el 21 en la capital y a una asamblea en Amilcingo el 22, actividades agrupadas bajo el nombre: Jornadas en Defensa del Territorio y la Madre Tierra Samir Somos Todas y Todos. Luego vendrá la parte más difícil: hacer brotar las formas de vida no basadas en el capital (como la multiplicación de los caracoles zapatistas en Chiapas), y cómo entretejer y constelar una red que devenga ya no en un mundo donde quepan muchos mundos, sino otro mundo posible. Eso comenzará a decidirse en 2020, a un año del asesinato y siembra de Samir Flores.
* Cronista

1/19/2020

Persecución, silencio y escritura



¿Por qué dejó de escribir Juana Inés de la Cruz? La vieja polémica sin resolver sobre el abrupto silencio literario de Juana Inés tiene mucho que ofrecer para pensar el ejercicio de las letras y su relación con el poder, entonces y ahora. La literatura nunca es sólo la literatura. Y en este continente el oficio letrado constituyó un poder en sí mismo que convive, se sirve y sirve al poder político. Así, una ejecutante anómala de las letras, como Juana Inés, en su condición de mujer, y con su habilidad para debatir con los más doctos teólogos, muestra la incomodidad no sólo para el Santo Oficio, sino para el poder de los letrados.
Reconocida y publicada en vida, el veto al intelecto de la poeta de Nepantla, y la presión para su reclusión mística, se dio a partir de la polémica que desató su debate teológico de su Carta atenagórica, aunque traía consigo sus polémicos villancicos y diatribas sobre su derecho al conocimiento.
Y es que el ejercicio de la escritura siempre se da en un contexto de poderes dentro del propio oficio. El filósofo alemán Leo Strauss denunciaba en Persecución y el arte de la escritura (1952) que la libertad de pensamiento y escritura en Occidente comenzaba a ser suprimida en aras de una creciente compulsión por coordinar el discurso por parte de los gobiernos liberales.
El proceso de persecución que caracteriza Strauss no sólo ocurre en dictaduras ni bajo controles inquisitoriales. Y va desde los procesos del Santo Oficio hasta el ostracismo, la prohibición de libros y de publicar. Sucede en épocas de apertura también como en la Europa de la ilustración y el romanticismo. Y hoy mismo parece reactivarse con controles en apariencia invisibles en la época de las democracias modernas capitalistas.
En el siglo XXI, después de la caída del Muro de Berlín, ocurren linchamientos virales (que piden prohibiciones para publicar), se establecen temas tabú (como con el historiador mexicano Pedro Salmerón Sanginés y su polémica sobre la guerrilla), desaparece la crítica literaria sobre el texto y se desplaza a las acusaciones morales y, además, surgen censores.
Si a Juana Inés le indicaba el lado correcto de su ejercicio escritural su confesor Antonio Núñez de Miranda, el mundo editorial estadunidense confía sus catálogos a lectores sensibles, censores que determinan la corrección de las obras, no como un acto de justicia escritural, sino como una apropiación para ofrecer más réditos a la industria editorial.
Y es que si en tiempos de Juana Inés de la Cruz era la Iglesia la que dictaba el comportamiento letrado, y en el de Leo Strauss los gobiernos nacionales, ahora es el gran mercado editorial y sus algoritmos.
Sin embargo, el oficio de la escritura contiene la doble operación de dictar la norma y a la vez la posibilidad de mostrar el síntoma de la insurrección.
El filósofo Carlos Hernández Mercado esboza en su reciente libro Filosofía de la escritura el concepto de escritura oscura, el cual parte de restar claridad a los textos para obligar a varias lecturas atentas de pasajes críticos. Así el estilo se convierte en una decisión y estrategia de pervivencia ante el disciplinamiento.
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, por ejemplo, fue leído primero como una obra de humor. Pero, dedicada al poder monárquico y leída por los censores, tiene niveles subterráneos que rompen la ilusión imperial hispánica. Así, la decisión cervantina de oscurecer la escritura abre el campo de la fertilidad de sentidos y relecturas para sortear la persecución moral y política que genera el poder dentro de la propia escritura.
Sin embargo, hay otra operación letrada que va más allá de la persecución, y es el silenciamiento y apropiación que implica la escritura misma. Poblaciones enteras que por su falta de acceso a la letra o por su condición étnica o sexual y económica, se les borra. Sus estrategias y prácticas de vida retan no sólo en las épocas de censura, sino a toda la lógica del escribir. Los estudios culturales, los fuertes movimientos de literatura negra, indígena y feminista en la década de los 70 se dieron en repúblicas liberales. La voz y verso de las poblaciones silenciadas, y su vida misma, retan tanto los ciclos hegemónicos de la operación letrada, incluida la persecución-censura y disciplina. Y a pesar de los intentos de la corrección política actual, siempre tendrán un elemento rebelde, de fuga contra el mercado editorial.
Al repensar la obra de Juana Inés de la Cruz frente a la persecución, habría que hacer una vuelta de tuerca y pensar, quizás, en que el gesto de la venta de su biblioteca y usar el dinero para los pobres, y morir en el combate a la peste, sean su última obra, el gesto que terminaría por catapultar su vida como obra frente al poder. Así, la pregunta real sería: ¿dejó de escribir Juana Inés pese a la persecución? Ya en su Respuesta había escrito: ni ajenas reprensiones [...], ni propias reflejas [...], han bastado a que deje de seguir este natural impulso.

10/13/2019

Memorias insurrectas



La fotografía resume toda la intencionalidad histórica del nuevo gobierno. Tomada ligeramente a contrapicada, muestra 10 hileras de familiares de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Iguala en 2014. Las familias parecen descender, como cascada, sobre una escalinata en Palacio Nacional. Sostienen mantas con los rostros de sus hijos. Al centro de ellos, en primera fila, como si toda la foto recayera en él, se encuentra el presidente Andrés Manuel López Obrador.
La mitad superior de la imagen muestra un retazo del mural Epopeya del pueblo mexicano, de Diego Rivera: Marx, obreros, campesinos, zapatistas de 1910. La panorámica crea el efecto de culminación de los procesos de transformación del país en la lucha de Ayotzinapa y a López Obrador como el depositario de esta confianza histórica.
Esta foto muestra una obsesión mayor del obradorismo: crear un escalón nuevo en la historia: la 4T, que agrupe todo el pasado de México. Lo hace con una serie de gestos para estimular la memoria histórica: durante su acto de clausura y el mitin en el que ganaba las elecciones, López Obrador trazó una genealogía que venía del 68 hasta el 88. Luego abrió al público la casa del poder: Los Pinos. Recibió de algunos grupos de pueblos indígenas un bastón de mando, mediante un simulacro de reconocimiento para incorporarlos a la nación que los excluye. Además, integrantes del Estado han ofrecido disculpas públicas por violaciones a derechos humanos durante la guerra sucia, y el Presidente mismo inauguró los actos oficiales del centenario del asesinato de Emiliano Zapata.
Sin embargo, esta memoria histórica-oficial, que al principio parecía inquebrantable, comienza a tener grietas, abiertas precisamente por el zapatismo social. El mitin social del 10 de abril, el cual descarriló la intentona obradorista por apropiarse de la figura de Zapata y que impidió al Presidente llegar a Chinameca, el subcomandante Moisés, calificó así a las intenciones historicistas de la 4T: sinvergüenzas que acomodan la historia al contentillo del tirano y lo presentan como la culminación de los tiempos. Antes, el Congreso Nacional Indígena puso de cabeza la concepción de las etapas de la historia de México: “Así, en cada ‘transformación’ se acrecentaron y recrudecieron la explotación, el despojo, la discriminación y el desprecio contra nuestros pueblos”.
En esta disputa, Samir Flores, activista morelense asesinado, heredero del zapatismo social, dijo sobre AMLO cuando éste impuso una consulta para la operación de una termoeléctrica en tierras campesinas y comunales: me recuerda a lo que Madero le hizo a Zapata, pero se va a topar con la resistencia de los pueblos.
En el libro Violencia, imagen y literatura, recién editado por la Universidad Iberoamericana, el filósofo Ángel Álvarez escribe un ensayo sobre las políticas de la memoria a partir del movimiento estudiantil del 68 y del sismo del 85. El filósofo dilucida lo que son las políticas de la memoria y sus operaciones para borrar la complejidad del pasado en aras de una reconciliación después de épocas transitorias. Así, problematiza la memoria histórica hegemónica, traza los alcances de la memoria subalterna o contra-historia, y dibuja lo que es memoria sintomática. Frente a la operación de incorporación que tiene la memoria histórica, la cual cancela la crítica, ofrece una lectura de algo llamado posmemoria y su dimensión estético-política: recupera el conflicto social sin reducirlo a su variante traumática, en una especie de conexión generacional.
En tiempos de la 4T, la disputa por la memoria es amplia y ha requerido gestionar y producir acomodos sobre los responsables de los agravios. A las disputas con la derecha criolla por desaparecer los crímenes de Estado duran-te la guerra sucia, de arrebatarle justiciaa los alzamientos guerrilleros de enton-ces, se añade el dolor de miles de fami-lias que buscan verdad y justicia desde la guerra emprendida por Felipe Calderón en 2006. De alguna manera, AMLO ganó por este descontento. Pero si la guerra sigue abierta a cuestas, y se superpone de tragedias nuevas cada día, una operación de posmemoria, memoria crítica, abierta, tendrá que generar una ruptura del círculo en el que la tormenta de la violencia de la historia (Walter Benjamin), no deja de acontecer.
Hoy, sólo es posible un cambio de régimen fuera de las anteriores simulaciones transformadoras al asumir la responsabilidad (ya no histórica, sino ética, política y económica) de dar un golpe de timón para crear un mecanismo de justicia colectiva, capaz de investigar con herramientas reales, de escuchar testimonios de la violencia por todo el país, para luego analizar patrones de repetición de violencia.
Aunque hay que advertir: las memo-rias que llamaría insurrectas no se can-celan por la creación de comisiones o por decreto, las luchas callejeras en lasconmemoraciones de Ayotzinapa y Tla-telolco son síntomas también, y las actividades artístico-políticas que el Congreso Nacional Indígena prepara para este 12 de octubre a lo largo y ancho del país muestran que, aun con siglos de por medio, los agravios se recuerdan precisamente porque la estructura de poder que los originó persiste.
Así, estas insurrecciones de memoria permanecerán constante aunque sea sólo en gestos. Volvemos a la fotografía que López Obrador se hizo tomar con los familiares de Ayotzinapa: si bien los integrantes de las ONG sonríen, la mirada de las madres sale de la foto, escapan a la captura fotográfica. Y las mantas del fondo, aunque dentro del cuadro y al-canzadas por la operación de la toma, alcanzan a escapar porque los familiares cubren su rostro con el de sus hijos ausentes: así, actualiza la potencia de su búsqueda ya no en el mural de la Historia, sino en el reclamo al presente desde su propio cuerpo doliente y digno.
*Cronista

9/12/2019

Calpuleque Zapata: una contrahistoria



Vemos, a través del tiempo, una asamblea callada, discreta, pero nutrida en Anenecuilco, un antiguo pueblo en Morelos. Esta vez, las campanas callan, aunque la voz corre y se congregan los habitantes en el corredor de los portales del pueblo. Los más viejos del lugar convocan: entregarán el cargo de recuperar las tierras de la comunidad a un relevo más joven. El tiempo que miramos se inserta en el México porfirista, cuando el robo y despojo de tierras por parte de las haciendas era ley. Hay entonces una votación. Por mayoría abrumadora, gana un hombre de 30 años: Emiliano Zapata Salazar. A M’iliano, después Zapata, le entregan a resguardo una caja de metal y lo nombran jefe, calpuleque en náhuatl, de la Junta de Defensa de Anenecuilco.
La caja está llena de folios con cédulas reales, peticiones y un viejo mapa en náhuatl. Esa caja constituyó (como se titula el libro de Jesús Sotelo Inclán), Raíz y razón de Zapata. Y para hacer valer su contenido hizo falta una revolución.
De ese acto se cumplen 110 años este 12 de septiembre. Ésta es, dentro de las fechas de la historia del zapatismo, la que coloca actualidad, profundidad y perspectiva a la lucha por la tierra en México. Esto no es poca cosa.
Ya como jefe del Ejército Libertador del Sur, Zapata conservó la caja y repartió tierras, procurando la creación de una especie de gobierno comunal en Morelos. A su primo Chico Franco Salazar, quien cuidó durante décadas los papeles, y anduvo a salto de mata protegiéndolos después de la revolución, Zapata le dijo: si los pierdes, compadre, te secas colgado de un árbol.
Cuenta Jesús Sotelo Inclán otra anécdota: al recibir una delegación de revolucionarios de Michoacán, Zapata escuchaba sus dudas sobre la lucha que encabezaba. Así, mandó traer la caja y la mostró. Por esto peleo, les dijo. Hoy, la caja con la documentación usada en defensa del pueblo se encuentra resguardada a palo y piedra en el Museo Casa de Emiliano Zapata.
Lo interesante de este acto, de la caja, y del cargo de Zapata es cómo se inserta en el presente. Y es que lo que ocurrió ese domingo en Anenecuilco ocurría y ocurre en cientos de pueblos del país. La justicia en aquel acto es el derecho ganado a pulso que reflejan los papeles de la caja. Y la figura de Zapata es potente en los pasos de los pueblos por la responsabilidad, ya no del caudillo o el héroe, sino del calpuleque que mantuvo la entereza, intransigencia y congruencia en su cargo, impulsado por las comunidades.
En este 2019, año de la disputa por la figura del oficialmente nombrado Caudillo del Sur, nos encontramos ante diversos polos: los actos oficiales, museísticos, los libros y el arte descafeinados, desenraizados, frente a quienes hoy se hacen acompañar de la figura de Zapata, a quien le tocó donar su apellido a las luchas por la emancipación.
Ahí está el árbol de siglas zapatistas: la Coordinadora Nacional Plan de Ayala, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de Atenco y, con especial actualidad, la Asamblea Permanente de los Pueblos de Morelos, el Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quienes pelearon palmo a palmo por la memoria del zapatismo, a ras de tierra, frente al oficialismo que en el reciente centenario del asesinato de el jefe intentó apropiárselo.
La declaración en el pasado agosto de la multiplicación de los caracoles del EZLN hasta 12 y el nombramiento de este esfuerzo como Campaña Samir Vive (Samir, el herrero indígena convertido en el Zapata del siglo XXI) tiene que ver también con esta contrahistoria. Y es que la vocería zapatista nombró y recalcó la existencia de Juntas de Buen Gobierno en los nuevos caracoles; es decir, autoridades nombradas desde los pueblos: jefes de Junta de Defensa en el siglo XXI.
Así como hace 100 años el impulso del capitalismo liberal porfirista expandía las haciendas de los pueblos, la última transformación de ese capital lleva a la destrucción de la tierra y la multiplicación de las ganancias para el capital legal e ilegal a costa de los territorios. En este contexto, los pueblos no han dejado de organizarse de esta manera. Hoy son todavía imprescindibles los documentos y los mapas, los comunicados y archivos, ese parque de palabras del viejo y nuevo zapatismo.
Atizar en la memoria el recuerdo de aquel 12 de septiembre de 1909, aquella fecha zapatista no hegemónica, como el fuego guardado del auténtico inicio (o mejor, continuidad) de la profunda revolución mexicana, es aportar al fuego de lo que existía siglos antes de Zapata, para que continúe siglos después bajo el nombre de tierra y libertad.
* Cronista