Neomacartismo con negocios de espionaje y represión
Fernando Buen Abad Domínguez
Esa
reunión promovida por la barbarie que gobierna al pueblo
estadounidense, bajo la consigna de combatir el llamado “terrorismo de
izquierda”, merece un examen que trascienda el repertorio
propagandístico con el que suele legitimarse la expansión de los
dispositivos represivos contemporáneos. Toda categoría empleada para
identificar amenazas adquiere relevancia científica únicamente cuando
puede demostrar consistencia conceptual, verificabilidad empírica y
coherencia histórica. La expresión utilizada en esa convocatoria carece
de tales exigencias. Funciona como un significante político de contornos
móviles que permite reunir bajo una misma sospecha fenómenos sociales,
movimientos populares, organizaciones sindicales, experiencias
comunitarias, intelectuales críticos, plataformas de solidaridad
internacional y expresiones de protesta cuya diversidad histórica impide
cualquier reducción simplificadora.
Esa
reunión contra el “terrorismo de izquierda” es hija de la anorexia
intelectual de las derechas. Su plan es emprender un negocio
multinacional y multimillonario para comerciar con el espionaje, la
persecución y la represión. Una emboscada ideológica para reclutar
sirvientes. Nuestra experiencia en el siglo XX ofrece antecedentes
suficientes para comprender la lógica de semejantes operaciones. El
macartismo no constituyó exclusivamente una persecución ideológica.
Representó una reorganización del poder estatal articulada con intereses
corporativos, industrias militares, aparatos de inteligencia,
conglomerados mediáticos y sectores empresariales que encontraron en la
producción sistemática del enemigo un mecanismo extraordinariamente
rentable para disciplinar el trabajo, controlar la circulación de ideas y
fortalecer mercados vinculados con la seguridad.
En
la convocatoria imperial reciente se reproducen componentes esenciales
de aquella gramática histórica mediante instrumentos tecnológicos mucho
más sofisticados. Plataformas digitales, sistemas de vigilancia
algorítmica, inteligencia artificial aplicada al monitoreo poblacional,
bases masivas de datos biométricos y contratos multimillonarios con
empresas privadas configuran una economía política de la seguridad cuya
expansión requiere amenazas permanentes. Cada nueva categoría criminal
amplía presupuestos, multiplica licitaciones, justifica desarrollos
tecnológicos y fortalece complejos industriales especializados en
vigilancia, ciberseguridad, armamento y administración penitenciaria. El
miedo deja de constituir únicamente una emoción colectiva para
transformarse en una fuerza productiva generadora de ganancias
extraordinarias.
Michel
Foucault describió la transición hacia formas capilares de vigilancia;
Shoshana Zuboff analizó el capitalismo de la supervisión digital; Cedric
Robinson explicó la persistencia de jerarquías estructurales inscritas
en la acumulación capitalista; Giovanni Arrighi vinculó las
transformaciones geopolíticas con ciclos de expansión económica;
Immanuel Wallerstein mostró la articulación desigual del sistema
mundial. Cada una de esas contribuciones permite comprender que la
criminalización de determinadas identidades políticas responde menos a
necesidades jurídicas objetivas que a mecanismos de represión de
conflictos sociales derivados de rebeldías económicas profundas.
Y
la historia demuestra que los momentos de mayor concentración de
riqueza suelen coincidir con intensificaciones represivas dirigidas
contra organizaciones populares. Eric Hobsbawm observó que las luchas
sociales modifican continuamente la arquitectura institucional de los
Estados; E. P. Thompson explicó cómo la formación histórica de las
clases constituye un proceso conflictivo atravesado por experiencias
compartidas; Rosa Luxemburgo subrayó que la vitalidad democrática
depende de la participación efectiva de las mayorías trabajadoras;
Antonio Gramsci desarrolló la noción de hegemonía para explicar la
construcción cultural del consenso alrededor de intereses particulares
presentados como universales.
Tales
elaboraciones permiten advertir que la estigmatización de las
izquierdas procura fracturar la conciencia colectiva de quienes producen
la riqueza social mediante el trabajo. La lucha de clases no desaparece
porque determinados discursos oficiales decidan invisibilizarla.
Continúa manifestándose en la distribución desigual del ingreso, en la
apropiación privada del excedente económico, en la precarización
laboral, en la mercantilización creciente de derechos fundamentales y en
la subordinación de políticas públicas a exigencias financieras
globales. Cada intento por presentar los conflictos sociales
exclusivamente como problemas de seguridad desplaza deliberadamente las
causas materiales que originan las tensiones colectivas.
Ese
desplazamiento conceptual erosiona principios elementales del respeto
por la especie humana. Toda sociedad comprometida con la dignidad humana
reconoce que los conflictos políticos requieren deliberación pública,
justicia social, ampliación de derechos y fortalecimiento de mecanismos
participativos. La criminalización preventiva reemplaza esas exigencias
por sospechas permanentes, vigilancia continua y expansión de facultades
excepcionales cuya normalización termina debilitando garantías
constitucionales construidas tras largas luchas históricas.
Con
la retórica contemporánea contra el llamado “terrorismo de izquierda”,
participa de un neomacartismo adaptado a condiciones tecnológicas,
económicas y geopolíticas del siglo XXI. La diferencia principal radica
en la magnitud de los recursos disponibles para clasificar poblaciones,
procesar información y expandir mercados represivos transnacionales.
Empresas privadas, agencias estatales, consultoras estratégicas,
plataformas digitales y corporaciones militares integran redes
económicas cuya rentabilidad aumenta conforme crece la percepción
pública de amenazas difusas. La defensa de la vida democrática exige
examinar críticamente esa convergencia de intereses, distinguir entre
violencia criminal y disidencia política legítima, proteger las
libertades colectivas y fortalecer una conciencia social capaz de
reconocer que toda clasificación ideológica utilizada para justificar
persecuciones termina debilitando los fundamentos éticos de cualquier
proyecto verdaderamente humano.
http://fbuenabad.blogspot.com/2026/07/critica-la-reunion-norteamericana.html

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