Por supuesto los que reaccionaron con el viejo antimexicanismo lo hicieron para defender la “cultura” de Estados Unidos y ahí vino la hoguera de las pretensiones: que si Hollywood, que si “ellos inventaron la libertad” –cito– o que si nos gusta mucho el rock y el jazz. Nunca pusieron en contexto que la Presidenta estaba hablando de turismo comunitario, distinto del turismo de grandes hoteles y playas. Pero estaba hablando de algo más: de la cultura como la memoria de nuestra sociedad, que no es geográfica ni inmóvil, sino política y moral.
Empecemos por el principio. Los que reaccionaron lo hacen desde el discurso que la derecha usó para implantar el neoliberalismo: con Salinas de Gortari, México “iba al primer mundo”. Dividir a las naciones entre los lugares primero y segundo por su régimen político, y tercero por su pobreza, fue la idea de la guerra fría para diferenciar a Europa occidental y Estados Unidos de los países socialistas, y de los que libramos la parte caliente de esa misma guerra en Asia, África y América Latina. El proyecto ideológico era presentar la blanquitud occidental como el destino de toda historia humana y, por eso, pueblos como el mexicano –como dijo Monsiváis– “siempre están en vías de dejar de estar en vías de”. En ese “primer mundo” ensoñado por la élite mexicana, no existían la pobreza ni el desorden racial y, además, era más bello, dinámico, y moderno. Lo mexicano era premoderno, atávico, sumido en baches que no le permitían circular hacia la blanquitud capitalista: el ejido, las comunidades indígenas, lo popular, además de los servicios del Estado. Fue así que el neocolonialismo del “primero” al “tercero” ya no era intervención sino “ayuda para el desarrollo”. Al desaparecer el “segundo” en 1989, se desenmascaró el carácter racista disfrazado de categoría económica que tenía el “tercer mundo”. Todo lo que le estorbaba a Occidente para ocupar, saquear y remover, era “subdesarrollo” y habitaba en nuestras tierras. No era economía, sino vil geopolítica. En los noventa del salinismo y el zedillismo, los países plenamente “desarrollados” ya habían llegado a esa envidiable cumbre de la evolución histórica y, sin desigualdades, ni contaminación ambiental, ni corrupción, ni racismo, sólo les restaba ayudarle al tercer mundo a ser más como ellos. Unas naciones blancas –porque ahí no existen afrodescendientes, asiáticos, ni de religión islámica, ni latinoamericanos– habían llegado al final de la Historia cuyo único modelo de sociedad deseable era consumista, industrial y liberal. El destino de México era ser Estados Unidos. Y si preguntabas por el acceso a la salud, alimentación sana o comprensión de lectura en los Apalaches o el delta del Mississippi, al ensueño neoliberal no le importaba. Si preguntabas por el consumo desbocado de drogas en Miami o Los Ángeles, era culpa de los “tercermundistas”. Ya no digamos la expectativa de vida o los tiroteos masivos.
Pero el debate no es, por supuesto, esa reliquia de la posguerra. Es si países como México cuentan con una forma de estar y ramificarse distinta del único modelo, el del PIB y el desperdicio consumista, el narcisismo y la angustia de fracasar, el uso de los demás y del planeta como instrumentos desechables de la acumulación y la concentración sin freno. De lo que se habla cuando se habla de “potencia cultural” no es ni del desarrollo de películas o música, mucho menos de industrias culturales de distribución de mercancías simbólicas o materiales, sino de lo que es desde hace milenios: hábito, morada, refugio y crianza. No es lo inamovible frente a lo creativo de Occidente, sino otra forma de estar y ramificarse. Es esa fuerza creativa, adaptativa, y que luce sus propias cicatrices la que hace de México un referente hacia otras formas de vivir. Esta potencia tiene varios rasgos que se definen desde este presente hacia atrás porque conforman una resistencia posible frente al neoliberalismo y su cultura del abandono y la avaricia: vivir con lo suficiente sin necesidad de acaparar más; la ayuda mutua y el trabajo cooperativo; la autonomía frente a la servidumbre; la honestidad y su contraparte: el descrédito; la idea de que nuestra posición social no es puro mérito personal sino que demanda ser retribuida a quien no la tiene; el carácter sagrado de la naturaleza, entre otros. A eso se refiere la frase de la potencia cultural. No a Hollywood. No a las artesanías. No a los “apapachos” con los que se le dispensó durante décadas a una rancia élite académica.
El arraigo politizado es el nacionalismo de la 4T. No es geográfico, sino que abarca a los migrantes en Estados Unidos, varios millones que son ya la cuarta generación ahí. No es tampoco autogenerado o prexistente porque responde a cómo vemos y nos adaptamos a una historia de enfrentamiento con los otros, en especial, con las potencias coloniales. La cultura es una conciencia del otro, una forma de leerlo e interpretarlo y anuda, ramifica y desecha símbolos y prácticas conforme lo otro se agudiza o atempera. No es ingenuo porque utiliza su potencial para cambiar el modelo de estar y ramificarse que hemos elegido entre todos. Y, sobre todo, no es, desde luego, la única identidad posible. No es una jaula o un laberinto. Es un mazo de cartas, como escribió Marco Aime. Usted toma las que quiera o la que puede.

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