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1/31/2015

México: Las mujeres indígena en completa marginación


La pobreza entre las y los indígenas mexicanos es más extrema que entre la población en general

la población indígena asciende a 15,7 millones de personas, aproximadamente el 12% del total nacional, de los cuales 56% son mujeres.

Gloria Analco

México DF., 28 ene. 15. AmecoPress/SEMlac.- Las mujeres indígenas no han resultado beneficiadas en México con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que los líderes de gobierno de todo el mundo adoptaron en el año 2000 para cumplirse antes de 2015.

La pobreza entre las y los indígenas mexicanos es más extrema que entre la población en general. También enfrentan más carencias en el acceso a la alimentación; el rezago educativo llega al 50 por ciento y cerca del 40 por ciento de su población tiene dificultades para obtener vivienda, según distintas instituciones del Estado mexicano.

Los ODM se establecieron en un marco global para el desarrollo en el mundo y comprenden ocho fines, entre ellos erradicar la pobreza extrema y el hambre, promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, así como mejorar la salud materna y reducir las dificultades para acceder a los servicios de salud o a las instituciones de justicia.

A 15 años de establecidos esos objetivos, además de ser víctimas de discriminación, se han agravado los problemas que padecen los pueblos indígenas en general y sus mujeres en particular.

A ello se agrega que muchos pueblos autóctonos son desplazados forzosamente de sus tierras o sus habitantes son explotados económicamente, ya que muchos de los recursos naturales se encuentran donde viven estas poblaciones, que son despojadas por grandes multinacionales en contubernio con las autoridades locales. Ello se ha agudizado con la explotación de las minas, el petróleo y la electricidad por los particulares.

Celia Aguilar, experta en indigenismo y asesora de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), señaló que el marco legal existente a nivel internacional, continental y nacional, que establece la protección de los derechos humanos de los pueblos indígenas, sería suficiente para asegurar todos sus derechos si los gobiernos asumieran sus obligaciones.

Agregó que ya en sí mismo ese marco legal es un avance muy significativo y muchas organizaciones trabajan para hacerlo realidad. Según datos ofrecidos por la Organización de Naciones Unidas (ONU), en América Latina y el Caribe existen entre 45 y 50 millones de personas indígenas, lo que equivale al 10 por ciento del total de la población en la región.

En México la población indígena asciende a 15,7 millones de personas, aproximadamente el 12 por ciento del total nacional, de los cuales 56 por ciento son mujeres.

En algunos lugares ellas han asumido un liderazgo en la demanda de los derechos de los pueblos indígenas, en procesos de resistencia contra las fuerzas coloniales que intentan despojarlas de sus recursos, destacó Aguilar.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), dependiente de la Secretaría de Gobernación, la situación de pobreza es más aguda en la población indígena que en la general.

Al cierre de 2012, el 45,5 por ciento de los habitantes del país estaba en condiciones de pobreza, o sea, 53,3 millones de personas, mientras que la pobreza de las personas indígenas era del 72 por ciento, lo que equivale a 8,2 millones de ciudadanos.

De ese 72 por ciento, el 45,4 corresponde a indígenas en pobreza moderada y el 26,6 a indígenas en pobreza extrema, cifras que contrastan con la población no autóctona, para la cual la pobreza moderada es de 35,5 por ciento y la extrema de siete por ciento.

El reporte del Coneval, emitido en 2014, señala que los indígenas enfrentan más carencias en el acceso a la alimentación, de casi 40 por ciento, que el resto de los habitantes del país, de alrededor del 20 por ciento.

En el tema de la vivienda ocurre otro tanto, ya que la población nacional con dificultades para hacerse de una casa o departamento es poco mayor al 10 por ciento, mientras que en el caso de los pueblos originarios, esas dificultades se acercan al 40 por ciento.

En educación, el rezago es de 20 por ciento en la población en general y entre los y las indígenas casi llega a 50 por ciento, y afecta sobre todo a las mujeres por patrones patriarcales muy marcados en sus comunidades.

Los tres estados con mayores índices de reprobación en primaria y secundaria son Guerrero, Michoacán y Oaxaca, tres de las entidades del país con más población indígena, según la organización civil Mexicano Primero.

Los problemas para acceder a los servicos de salud son similares en la población en general y de los indígenas, pues en ambos casos supera al 20 por ciento, de acuerdo con el reporte del Coneval.

Esa situación se agudizó más en las mujeres indígenas, que en varias ocasiones han tenido que parir en patios o baños de hospitales por discriminación y negativa de atención inmediata por parte de autoridades en centros médicos.

También persiste una alta tasa de mortalidad materna, concentrada en los sectores de más bajos ingresos, especialmente en las poblaciones indígenas, donde existen los mayores obstáculos para el acceso a la salud.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2010 se registraron 1.078 decesos de mujeres por causas asociadas al embarazo, parto y puerperio, lo cual equivale a una tasa de 56 por cada 100.000 nacidos vivos.

Para 2011, la Dirección General de Epidemiología, de la Secretaría de Salud, reportó 1.036 defunciones, es decir, una tasa de 54,1 por 100.000.

Las causas de la muerte materna indígena responden a un complejo problema de salud pública, donde se combinan factores económicos, la falta de acceso y calidad de la atención médica, las creencias y costumbres que rigen el comportamiento de esas comunidades.

También la dificultad con que el sistema de salud occidental se relaciona con esas poblaciones, así como las políticas del Estado mexicano, según un estudio realizado por Judith Bocos Ruiz, del Centro de Estudios de Ayuda Humanitaria, titulado "Situación de las Mujeres en los Pueblos Indígenas de América Latina. Obstáculos y Retos".

Por otra parte, las barreras de las poblaciones indígenas para acceder a la justicia son mucho más agudas que para el resto de la población, según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNHD), organismo que reconoce que los y las indígenas encaran una alta probabilidad de tener un proceso judicial sin apego a la ley, que en última instancia termine con una sentencia de prisión.

Esa entidad precisó que hay 8.334 indígenas en cárceles mexicana, de los cuales la mayoría no han sido asistidos por un defensor e intérprete o traductor acompañante, incluso en muchas ocasiones desconocen el motivo por el que están internos.

La población de mujeres indígenas en la cárcel asciende a 290, de las cuales 236 son del fuero común y 54 del fuero federal, según la CNDH en un reporte de mediados de 2013, cifra que pudo haber variado en el presente, aunque no drásticamente.

El Congreso impulsa varias iniciativas de reforma para garantizar que cuando una persona sea detenida cuente con un intérprete para, en caso de no dominar el español, le explique cuáles son sus derechos.

Otro tema de gran importancia que refleja la situación de estas poblaciones en México es la discriminación de la que cotidianamente son víctimas, como lo señaló una encuesta realizada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), según la cual el 44,1 por ciento de los mexicanos considera que no se respetan los derechos de los pueblos indígenas.

Se trata del porcentaje más alto, por encima de quienes creen que no se respetan los derechos de personas homosexuales (42,4%), de migrantes (40,8%), adultos mayores (34,8%) y personas con discapacidad (34%). El CONAPRED señala que esa situación de discriminación se materializa en la falta de oportunidades para acceder a otros derechos fundamentales, como la educación, la salud y el empleo.

Se ha avanzado mucho en leyes internacionales para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas. En el marco de las Naciones Unidas cabe destacar, sobre todo, la aprobación del Convenio 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 1989) y la aprobación en 2007 de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, destacó Aguilar.

También se han establecido organismos especializados como el Relator Especial para los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales de los Indígenas, el Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas y el Foro Internacional de Mujeres Indígenas (FIMI), que han dado más marco legal al apoyo de los derechos de los pueblos indígenas, destacó.

En otros tratados también se ha reconocido el papel vital de los pueblos indígenas en el desarrollo sostenible, y especial mención merece la IV Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing, 1995), por ser la primera que prestó atención a las indígenas y a su problemática y reivindicaciones específicas.

Otro avance en cuanto a reconocimiento de los derechos de estas mujeres puede verse en el punto 17 del Plan de Aplicación de los Pueblos Indígenas para el Desarrollo Sostenible, diseñado por representantes indígenas en la Cumbre de Johannesburgo.

Pero respecto a los ODM, cuya evaluación tendrá lugar en la Asamblea de la ONU en el presente año, deberán tomarse medidas específicas para garantizar que se cumpla el marco legal ya establecido en todas esas leyes y convenios, por parte de todos los niveles de gobierno y autoridad en los países rezagados, específicamente en México, donde menos han sido cumplidos, sostiene Aguilar.

11/03/2014

Mayores injusticias se cometen contra mujeres pobres e indígenas

Inmujeres reconoce fallas estructurales en el sistema judicial

La justicia debe ir más allá de buscar un castigo penal para agresores y tiene que modificar las estructuras sociales y culturales que permiten que las mujeres sean violentadas, y se bloquee su exigencia de justicia y reparación del daño cuando denuncian delitos.



Así lo dijeron especialistas en Derecho durante el Foro Nacional “Litigio Estratégico con Perspectiva de Género”, que se realiza en un hotel de esta capital y que tiene como objetivo presentar herramientas a las y los profesionales del Derecho que les permitan litigar desde la perspectiva de género y los Derechos Humanos (DH).

Pablo Navarrete Gutiérrez, coordinador de Asuntos Jurídicos del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), dijo que “el grado de acceso a la justicia es indicador de la democracia y de la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres”, y al mismo tiempo reconoció que aún no se logran los cambios estructurales que permitan que las mujeres accedan a la justicia.

Precisó que aunque se han dado avances en el terreno institucional y legislativo, aún no se logra transitar a un sistema judicial que emita sentencias con enfoque de género y DH.

Puso como ejemplo que las y los agentes del Ministerio Público “dicen que a las mujeres les gusta vivir en la violencia cuando desisten de una denuncia”, cuando lo que se debe entender es que se desisten porque viven el “círculo interminable de violencia, y ese círculo es el que debemos ayudarles a romper”.

El funcionario reconoció que existen muchos retos en el acceso a la justicia para las mujeres víctimas de violencia, de manera particular para las más pobres y las indígenas, quienes no logran un acceso expedito, oportuno y efectivo a la justicia cuando denuncian.

“Invitarlas a denunciar debe necesariamente estar acompañado de un respuesta eficaz por parte de las instituciones del Estado”, aclaró.

Por su parte, Juan Carlos Gutiérrez, ex titular de la Unidad de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, sostuvo que el trabajo de las y los abogados debe ir acompañado del empoderamiento de las víctimas, pues son ellas las que deben decir la forma de reparación del daño.

Sostuvo que actualmente existe una desconfianza absoluta hacia las instituciones de justicia, y ejemplificó con el hecho de que las madres de víctimas de feminicidio exigen la participación de especialistas internacionales para la identificación de los restos de sus hijas, ya que dudan de la forma de operar de las autoridades mexicanas.

Por lo que –dijo– el litigio estratégico en estos casos debe apuntar a modificar los patrones sistemáticos y estructurales de agresiones y omisiones que se dan en contra de las mujeres.

Karla Micheel Salas, de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD), sostuvo que pese a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CoIDH) sobre el caso Campo Algodonero –referente a la desaparición y asesinato de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua–, dentro del sistema de justicia aún siguen pesando los prejuicios de género que derivan en que las autoridades estigmaticen y culpabilicen a las víctimas de feminicidio.
 

Foto: Tlachinollan
Por: Anaiz Zamora Márquez
Cimacnoticias | México, DF.- 

4/29/2014

Miseria y abusos enmarcan la vida de las jornaleras agrícolas



   Expulsadas por la pobreza, se topan con el maltrato laboral

Por: Lizbeth Ortiz Acevedo
Cimacnoticias | México, DF.-

Las mujeres indígenas que emigran a los campos agrícolas del noroeste de México en Sinaloa, Baja California (BC) y Sonora –al huir de la violencia, hacinamiento, pobreza, marginación y ausencia del ejercicio de sus Derechos Humanos en sus comunidades– padecen explotación laboral y no encuentran cambios significativos en su estilo de vida.

Según la Ley General para Prevenir, Sancionar y Erradicar los Delitos en materia de Trata de Personas, se considera explotación laboral cuando alguien obtiene beneficio mediante el trabajo ajeno, sometiendo a la persona a prácticas que atenten contra su dignidad como condiciones peligrosas o insalubres, sin protecciones necesarias o bien por la desproporción entre la cantidad de trabajo realizado y el pago efectuado.

Tal situación se presenta en los campos agrícolas de Hermosillo (Sonora), así como en San Quintín (BC), explica la profesora investigadora del departamento de Estudios Culturales de El Colegio de la Frontera Norte (Colef), Dolores París Pombo, al detallar que estas indígenas laboran en condiciones de “mucha pobreza” y violación radical de derechos laborales.

En su investigación “Migrantes, desplazados, braceros y deportados”, París Pombo detalla que Hermosillo, San Quintín y Tijuana (también en BC), conforman la región agroexportadora en el noroeste de México, un punto de destino para miles de mujeres y hombres migrantes que buscan un empleo, y quienes en estas zonas establecen asentamientos permanentes marcados por la miseria.

Lo mismo pasa en los campos agrícolas de Sinaloa, donde Amalia Lópes, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Villa Juárez, denuncia las condiciones en que viven y laboran las mujeres jornaleras, quienes son llevadas a través de “enganchadores” que les prometen trabajo, vivienda y el traslado desde sus comunidades junto con sus familias.

Sin embargo, a su llegada son llevadas a las “cuarterías”, que Lópes describe como pequeños terrenos divididos hasta en 60 espacios en los que habitan las familias entre el hacinamiento, falta de ventilación y sin posibilidad de que ingresen servicios médicos o de emergencia en caso necesario, ya que está restringida la entrada, y se ha sabido de asesinatos al interior, según la activista.

En su jornada laboral en el campo (que inicia a las cuatro de la mañana) las condiciones son de un riesgo latente para estas mujeres, ya que viven abusos, violencia de todo tipo, maltratos y la mayoría no tiene acceso a servicios de salud, ya que hay casos en los que ellas tuvieron que parir en medio de los surcos.

Apenas tienen 15 minutos para comer algo a mediodía y continuar laborando, pero además tienen que llevar sus propios alimentos, bebidas y protecciones para el sol o plagas que hay entre los matorrales, ya que los empleadores no les brindan ninguno de estos recursos.

En materia de salarios, Amalia Lópes informa que ellas no ganan más de 75 pesos por día, y que incluso prefieren no descansar si hay oportunidad ya que “viven al día”.

ALEJADAS DE SU TIERRA

En su estudio, París Pombo señala que al término de la temporada agrícola en Sinaloa, en los meses de abril o mayo, contratistas y las mismas migrantes se trasladan a otros campos en Hermosillo, el Valle de San Quintín o al sur de Ensenada, BC, en el pueblo de Maneadero, por lo que no regresan a sus comunidades por algunos años, como sucede con las mujeres triquis de la región de Copala, en Oaxaca.

Como ejemplo, dice la investigadora, está el caso de Josefina, quien creció en los campamentos de Sinaloa y más tarde en San Quintín. Sus padres salieron con ella de Copala antes de que tuviera un año de edad y desde entonces nunca ha regresado a su pueblo natal.

Margarita Nemesio, coordinadora del área de Migrantes del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan –asentado en el estado de Guerrero–, explica que según el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas, esta entidad (seguida de Oaxaca y Chiapas) es la que más población expulsa de su territorio debido a la pobreza, hambre y marginación de sus habitantes.

En un recorrido, Cimacnoticias constató que el municipio guerrerense de Tlapa de Comonfort es la principal localidad expulsora de migrantes, ya que en siete años (de 2006 a 2012) la zona de la Montaña (con población tlapaneca, mixteca y nahua) expulsó a 33 mil mujeres, quienes emigraron en busca de mejores horizontes.

En su informe “La Montaña de Guerrero: tierra de mujeres migrantes” –publicado en diciembre de 2013– Tlachinollan detalla que las mujeres originarias de estas localidades crecen en contextos de desnutrición, violencia, ausencia de salud, vivienda y educación, sin acceso a la justicia, y además son obligadas a contraer matrimonio a los 11 o 12 años de edad para ser madres casi de inmediato.

RECLAMOS

En su informe, Tlachinollan considera una serie de obligaciones que tienen que cumplir los empleadores con la población jornalera migrante, tales como el suministro gratuito de habitaciones adecuadas e higiénicas, así como su mantenimiento; brindar agua potable y servicios sanitarios en las horas de trabajo; dar asistencia médica; fomentar la alfabetización y utilizar intérpretes cuando no hablen español.

Igualmente, al final de la temporada agrícola se deba dar el pago proporcional por concepto de vacaciones, aguinaldo y cualquier otra prestación; así como un seguro de vida en los traslados desde las comunidades indígenas al norte del país e instalación de guarderías.

Tlachinollan advierte que las visitas de las autoridades federales para verificar las condiciones de seguridad e higiene en los campos agrícolas son “laxas”, ya que no desembocan en multas cuyos montos inhiban la repetición de las violaciones a los derechos laborales.

En un informe del 8 de diciembre de 2006, el Comité de Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares de la ONU recomendó al Estado mexicano que tome  medidas necesarias para mejorar las condiciones laborales de las y los trabajadores agrícolas de temporada, y solicitó que todas las denuncias de abusos y malos tratos sean investigados y se sancione a los responsables.

Por ello, Tlachinollan afirma que las violaciones a los derechos de las mujeres indígenas jornaleras ocurren por negligencia u omisión del Estado, y acusa que las autoridades han sido omisas en implementar medidas administrativas, legislativas, así como políticas públicas que eviten estos abusos.