Fabrizio Mejía Madrid
Cuando el proceso de genocidio comienza, uno de los principales blancos es la descendencia, que arraiga el pasado con el futuro. Un genocidio no es un evento, sino todo un proceso de exterminio que incluye romper con la continuidad en el tiempo. Desde octubre de 2023, los militares israelíes cercaron las calles que comunicaban a este centro de salud reproductiva que cobijaba a la mayoría de los embriones congelados de Gaza. Luego, le cortaron la luz a los demás centros donde aguardaban los embriones para ser implantados en las mujeres.
Al final, en diciembre de 2023, simplemente bombardearon el centro de fertilidad Al Bashma. Exterminaron 5 mil posibles palestinos con una bomba que dio exactamente en el laboratorio de embriología volando los tanques con nitrógeno líquido. “Eran los sueños de muchas parejas, que esperaron durante años, que sufrieron procedimientos dolorosos, y que prendieron con alfileres sus esperanzas a esos tanques que finalmente explotaron”, declaró a la BBC el director del centro Al Basma, el doctor Baha Ghalayini.
Durante los siguientes meses, nueve de los diez centros de fertilidad en Gaza fueron bombardeados. Israel mantuvo su dicho: albergaban terroristas. Al menos 545 mil mujeres quedaron sin atención a sus embarazos o partos por la destrucción de los hospitales palestinos. La tasa de natalidad bajó 41 por ciento en 2025, comparada con los tres años anteriores. No fue sólo por la guerra, sino porque el bloqueo de comida y medicamentos trajo una cifra altísima de abortos espontáneos producto de la desnutrición y falta de atención prenatal, porque 94 por ciento de los hospitales en Gaza han sido destruidos por los bombardeos de Israel: en el último semestre de 2025 fueron mil 197 abortos gestacionales, pero en el primero de este año alcanzaron 3 mil 950. Son datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos, todavía no completados por el bloqueo de la comunicación con el país ocupado. Han muerto 20 mil 400 niños y niñas, 44 mil han quedado mutilados y 58 mil han perdido a sus padres.
En 1994, los hutus de Ruanda formaron batallones de violación sexual y para esparcir el VIH entre las mujeres tutsis. Fueron violadas 250 mil mujeres y 65 por ciento de ellas fueron contagiadas. A sus hijos se les llama “los niños del mal recuerdo” y presentan alteraciones genéticas por el estrés que sufrieron sus madres. Son hijos de asesinos y viven ahora –son cerca de 20 mil– marginados de la Ruanda del postgenocidio. Los hutus consideraron blancos militares a las mujeres embarazadas y a los niños y niñas. Los batallones llamados “los que matan juntos” fueron los encargados de ese genocidio que ocurrió en las carreteras, los sótanos, y los hospitales. Cerca de 44 por ciento de los cuerpos recuperados en fosas comunes eran de niños y niñas. La Radio Televisión Libre Des mille Collines les daba las direcciones de las mujeres embarazadas, y de niñas y niños escondidos de sus agresores. Eran delatados en vivo y, luego, ejecutados con machetes.
La etnia tutsi había sido inventada por los colonialistas belgas con base en la estatura y la forma de la nariz. Cuando esto no era posible como diferenciador, la división se hacía por el número de vacas que poseían: más de 10 debían de ser tutsis, que los belgas consideraban la raza “superior”. Con esa división implementaron de 1931 a 1933 los primeros documentos de identidad con la etnia hutu o tutsi registrada en distintos colores, lo que eliminó los matrimonios mixtos e hizo a los hijos herederos de esa clasificación arbitraria. Para la mirada colonial belga, los hutus siempre fueron inferiores porque sólo eran agricultores pobres, mientras que los tutsis eran los ganaderos, que no es que fueran ricos, pero sí con mayores ingresos que sus contrapartes. Así, la lucha de clases la enmarcó la Corona de Bélgica en una división entre “razas” creada por la supremacía blanca de siempre.
En los mismos años en que los belgas invasores inventaron los carnets de etnicidad en el Congo, los nazis en Alemania instauraron la Ley de Restauración de la Función Pública (1933) que impedía que los no-arios formaran parte del Estado, de las escuelas, o que pudieran ser ciudadanos. Los embriones de las parejas judías eran considerados por los nazis como “amenazas biológicas” que contaminaban el legado genético ario. Cuando las mujeres visiblemente embarazadas llegaban a los campos de exterminio, se les mandaba ejecutar bajo el lema: “no apta para el trabajo”. Si una mujer llegaba con un bebé de brazos se les enviaba a ambos a las cámaras de gas, inmediatamente. Embarazarse era una sentencia de muerte o, peor, si caían en manos de Josef Mengele o de Carl Clauberg, quienes realizaban experimentos de desnutrición y analizaban los fetos sin anestesia de ningún tipo.
La historia del genocidio se muerde la cola en Israel. No tiene caso, como pretende ahora la revista Nexos, considerar siquiera debatir un asunto que es real, material, y una verdad establecida por organismos de derechos humanos, intelectuales del mundo –entre ellos, muchos judíos– y una demanda de 60 países –entre ellos, México– en la Corte Internacional.
Con las imágenes en tiempo real en los teléfonos inteligentes, Gaza es un Auschwitz en directo. Ese genocidio es una verdad, no es una opinión. Como también es real que el genocidio es la parte actuante de todo supremacismo blanco. Incluso en el caso de Ruanda, se trata de una herencia rastreable al continente de los derechos humanos, sólo para algunos humanos: Europa Occidental. Como los hutus, los sionistas se cobijan en la justificación de las atrocidades que los judíos han pagado para cometer la misma atrocidad años después: hasta los embriones de una “raza” son una amenaza terrorista. Pero judíos como David Grossman, Judith Butler, Omer Bartov, Raz Segal, y Samuel Lederman, un experto en el Holocausto, han asegurado que es genocidio lo que Israel comete en Gaza. Pero se trata del supremacismo blanco que llamamos “racismo” y que es un sistema de poder. Represalias masivas e indiscriminadas contra poblaciones que deben de ser extinguidas por la fuerza y el terror porque no se concibe la propia existencia con ellos al lado. Y esa es su verdad.

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