Hay un silencio femenino antiguo en todas las casas. Las abuelas hablaban de las verbenas, de las vecinas y de lo bien que tenían a sus hijos, pero guardaban silencio cuando la conversación tocaba el hambre, el miedo o a las pérdidas. De esos silencios que asfixian nace Tocan a muerto, la primera novela de la filóloga especializada en sintaxis latina, Laura Vivar (Guadalajara, 1986) y publicada por la editorial argentina Blatt & Ríos, con la que reconstruye la experiencia de las mujeres de la posguerra española a través de una voz profundamente oral. En esta entrevista, la autora reflexiona sobre la memoria familiar, los silencios heredados, las estrategias de supervivencia de aquellas mujeres y las huellas que todavía permanecen en las generaciones posteriores.
Has contado que esta novela empezó a gestarse durante las conversaciones con tu abuela en la pandemia. ¿Qué encontraste en esos silencios que te llevó a escribir esta historia?
Durante la pandemia mis primas y yo nos turnábamos para hablar con mi abuela, que estaba sola en el pueblo. Pasábamos horas al teléfono y yo intentaba indagar. Todo lo relacionado con la alegría o las verbenas me lo contaba sin problema, pero cuando llegábamos a las miserias o a la parte fea se callaba. Esa forma en la que se callan las abuelas. Me interesaban esos secretos familiares a los que nunca hemos podido acceder. Y aunque mi familia no es la historia del libro, es ficción, no autoficción, aquellas conversaciones me hicieron preguntarme qué había significado para mi abuela ser mujer y qué significa para mí. De ahí surge el personaje de la abuela Milagros. Y, a partir de encontrar la voz de Milagros, que fue el ejercicio literario que me interesó desde el primer minuto y que acabó obsesionándome por completo, empezó a aparecer todo lo demás.
«Las mujeres de las que habla el libro llegaban a la belleza por caminos no poéticos»
Da la sensación de que la novela nace también de la fuerza de esa voz para construir todo lo demás.
Sí, completamente. Creo que las historias pertenecen a quienes las sufren. No podía contar esto desde un narrador omnisciente ni con una primera persona muy poética. Las mujeres de las que habla el libro llegaban a la belleza por otros caminos. Por eso era fundamental respetarlas. No podían hablar en otra lengua que no fuera la suya. Había algo profundamente importante en dejar que contaran la historia desde sus propias palabras.
Recuerda al libro Yo tenía mu güena estrella de Ortiz Nuevo en el que transcribía literalmente las vivencias de Tía Anica la Piriñaca a través de su voz. Me parece importante recoger la memoria también a través de las formas de expresión oral.
Exacto. Existe una memoria lingüística a la que prestamos muy poca atención y expresiones que van desapareciendo. El mayor esfuerzo fue lingüístico: eliminar mi vocabulario. No podía escribir con las palabras de una universitaria del siglo XXI, tenía que traducirme constantemente. Una abuela de la posguerra nunca habría dicho “te escuché llegar”. Habría dicho “te sentí llegar”. Ahí estaba la diferencia. Por eso revisaba el texto una y otra vez en voz alta. En cuanto encontraba una palabra que sonaba a mí y no a Milagros, la quitaba.
¿Cómo fue el proceso de documentación? ¿Trabajaste con archivos, testimonios o bibliografía específica?
El problema es que no existe un manual sobre cómo eran estas mujeres. Si hubiera habido mucha documentación escrita habría sido mucho más fácil escribir el libro, pero apenas hay material. Encontraba información sobre la etnografía, la vida cotidiana, las costumbres, el luto o las tareas domésticas. Sabía cómo se hacía el jabón con sosa, por ejemplo. Pero cuando buscaba cuestiones más concretas, como las mujeres rapadas, la información prácticamente desaparecía. No hay datos oficiales. Pasó, pero ni las víctimas ni sus familias lo contaron. Por eso resulta tan difícil reconstruir esas historias.
Uno de los temas centrales de la novela es el silencio familiar, todo aquello que no se dice, pero acaba transmitiéndose igualmente. ¿Qué querías explorar?
Desde el punto de vista narrativo trabajé mucho la fuerza de la negación. Ese “no lo digo” constante hasta que al final ya no queda más remedio que contarlo y todo estalla. De los hombres siempre hemos sabido alguna historia de la guerra, pero también estaba esa sensación de que el silencio alrededor de la guerra afectó especialmente a las mujeres. Apenas conocemos cómo vivieron el hambre, el miedo o la posguerra. Yo aprendí la Guerra Civil a través del relato social: los libros de texto, las clases de historia. En casa podías escuchar alguna anécdota del abuelo, pero cuando preguntabas a la abuela, la abuela no hablaba. Las abuelas no hablaban.
«Miramos fotografías y nunca pensamos que quizá las personas que aparecen llevan días sin comer»
Las fotos familiares parecen fijar la memoria, pero también la simplifican. ¿Se puede interpretar una imagen de familia sin proyectar en ella todo lo que no se ve?
Miramos fotografías y nunca pensamos que quizá las personas que aparecen llevaban días sin comer. Cuando la editorial me preguntó si tenía fotos familiares para inspirarme pensé que, si las hubiera tenido, quizá no habría podido escribir esta novela. Hay algo en la ausencia de imágenes que permite imaginar esas historias. En la cubierta aparece una mujer completamente vestida de negro junto a tres niños impecables. Para que esos niños vistieran así alguien tuvo que lavar, frotar y cuidar esa ropa. Todo ese trabajo invisible desaparece de la fotografía.
En la novela aparecen mujeres atravesadas por la posguerra, la pobreza y distintas formas de control. Supongo que, durante la documentación o hablando con familiares y otras mujeres, habrás encontrado también formas de resistencia. ¿Qué estrategias encontraste en ellas para sobrevivir a contextos tan duros?
En los testimonios, los relatos de vida y las experiencias de mujeres que vivieron situaciones muy duras hay una constante: la dignidad. Siempre aparece esa idea de seguir adelante, de tirar “como mulas”, que era una expresión muy suya. Lo importante era que los hijos estuvieran bien y que la siguiente generación viviera mejor. Había un orgullo muy fuerte resumido en frases como: “Somos pobres, pero no miserables” o “Hemos perdido la guerra, pero iremos con la camisa limpia el domingo a misa”. La preocupación constante porque la familia estuviera bien, en la medida de lo posible, era lo que les daba fuerzas para seguir.
Y además conecta con una de las ideas que aparecen al final del libro: la herencia que recibimos de ellas.
Sí. Lo veo también en la generación de mis padres. No fueron a la universidad, pero tenían una obsesión muy clara: que los hijos estudiaran. Los estudios representaban la posibilidad de una vida mejor. Era el deseo constante de que la siguiente generación tuviera oportunidades que ellos nunca habían tenido.
«Venimos de una generación que lucha por no ser víctima de sus situaciones»
El antropólogo Iván Periáñez reflexiona mucho sobre la huella del trauma, pero lo hace en clave gitana, porque él es gitano, y en diálogo con las epistemologías del sur. Pienso mucho en lo que es el trauma heredado, de cosas que hacemos todavía a día de hoy como herencia de ese trauma que ni siquiera hemos vivido y muchas veces ni siquiera nos lo han contado, pero está ahí, en tu cuerpo. ¿Qué crees que nos han dejado, como trauma y como resistencia, quienes vivieron la guerra?
Voy a empezar por lo bueno, que es el alejarnos todo lo posible del victimismo. Venimos de una generación de abuelas y de madres que luchan todo lo posible por no ser víctimas de sus situaciones. En este siglo XXI en el que tenemos la cámara del móvil enfocándonos y gente que se graba llorando, a mi abuela le horrorizaría. Lo último que queremos es ser víctimas. Y las fuerzas y las ganas de luchar cuando te levantas y sigues. A mí me pasa algo de lo que les pasaba a ellas y necesito por lo menos 40 años de apoyo psicológico, pero también está esa parte del “palante”, tira para adelante, ya está. Has suspendido un examen, sigue; te han despedido de un trabajo, sigue. Tú sigue. Y la parte del trauma… Muchas de ellas y sus hijas tuvieron que irse a servir. Y la limpieza de la casa es un motivo de orgullo personal. Nos sentimos mal con nosotras mismas cuando la casa no está limpia. Si vienen amigos a casa, tú dices: “No, no sé qué, tengo que limpiar”, y todo tiene que estar limpio, todo tiene que estar bien. Y yo creo que ese es el poso de las mujeres que se han ido a servir o que se han pasado la vida sirviendo. Es un poco de “vales lo que vales” en función de cómo tienes la casa y de cómo vas tú de limpia.
En ese sentido me ha dado la sensación de que te interesaba más explorar en el libro la forma, no tanto la violencia explícita —como pudiese ser como el rapado de las mujeres republicanas, una de las formas de humillación pública más brutales ejercidas durante la dictadura—, sino más bien una forma más sutil de control que se ejerce en lo cotidiano.
Sí, sobre todo el luto, me obsesionó. En España el arquetipo de mujer de posguerra vestida completamente de negro casi es motivo de mofa. Se ha convertido en un arquetipo. Doña Rogelia, la abuela de la Fabada… han sido motivo de burla. Y cuando incidí en el tema del duelo primero y del luto después, lo que vi fue una forma de control social brutal, y ya no ejercido por los hombres. Los hombres se ponían una banda negra aquí y ya está, sino por ellas mismas. Que no tuvieras geranios en tu casa en los primeros cinco años, que no silbaras, que no te escucharan silbar, que no fueras a la verbena. La música no podía pasar cerca de una persona que estaba en luto porque no era decente. En la misa no podías levantarte al evangelio. Empalmaban un luto con otro, en esos años tan duros, imagínate, ni salir de tu casa. Que no te vieran salir de tu casa.
«No te estoy diciendo lo que pienso de la posguerra en el libro, es lo que el personaje pide»
Tenemos que deconstruir como sociedad la idea de cuando una persona ha sufrido o ha sido víctima de algún abuso o de cualquier violencia parece que tiene que tener un comportamiento intachable.
Es imposible. Muchas veces he discutido abiertamente sobre eso. Me decían: “No, es que ella tiene que decir esto”. Pero esto no es una novela de tesis. Yo no te estoy diciendo lo que pienso de la posguerra a través de mi libro. Es lo que el personaje pide. Pero yo creo que la idea principal es la dignidad. La dignidad que tenían estas mujeres.
Los silencios están en todas las casas. A mi bisabuelo paterno lo mataron durante el franquismo, su mujer quedó viuda con dos hijos y murió de pena. Desde pequeña siempre he dicho, pero, ¿morir de pena qué es? Y nunca nadie ha sabido responderme. ¿Es que dejó de comer? ¿Se suicidó? ¿Enloqueció? Quería preguntarte si en este proceso te ha llegado alguna vez eso de morirse de pena alguien como trauma de la guerra.
Tú me dices esto de morirse de pena en esta época, y yo lo relaciono directamente con la hambruna y la falta de recursos. Para estas mujeres el estar casada era un sustento. Entiendo que el morir de pena es que no hay salida.

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