11/01/2026

Lo que les “duele” de México

Fabrizio Mejía Madrid

"Se presentan, no como agrupados por la falta de empatía y solidaridad con sus conciudadanos, sino como ciudadanos 'preocupados'. 'Les duele México'".

Lo que les “duele” de México. Por Fabrizio Mejía

No es que una persona se despierte un día y empiece a odiar a AMLO, a la 4T, a la Presidenta, al pueblo, a los programas sociales, y a su país. No existe tal cosa como odiar de manera espontánea y, luego, juntarse con otros odiadores para formar un partido como el McPRIAN o el Somos de Lorenzo Córdoba y Claudio X. González. La audiencia de Atypical o de TvAzteca no son la suma de señoros que aborrecen a la izquierda, sino que es el propio medio el que los configura. El odio en política no es espontáneo ni individual, sino que funciona al revés: primero se crean los moldes para llenarlos con la aversión y el desprecio, y es después que los individuos empiezan a conformarse con respecto al molde que les dan.

Palabras como “presirvienta” para referirse a la Presidenta, “huevones mantenidos” para hablar de los 43 millones de personas beneficiadas por los programas sociales, “país de cuarta” para referirse a México son asociaciones que generan ciertos esquemas de percepción de la realidad. Tampoco surgieron espontáneamente. Quienes difunden estas palabras están propagando el odio y tendrían que responder cuál es la justificación de su animadversión. Y explicar, también, por qué no eligen un camino distinto al odio. Porque si el odio no es natural, si es algo que se fabrica y se canaliza contra ciertos grupos sociales, entonces, el que lo esparce tiene opciones de argumentación y acciones políticas distintas. ¿Por qué Salinas Pliego o Claudio X. González no fabrican más que rabia y aborrecimiento ¿Por qué, si saben que el odio va incubando la violencia, no tienen alternativa a esa campaña política? Esta columna tratará de responder esa pregunta.

La élite mexicana siempre ha estado en búsqueda de un príncipe extranjero que los gobierne. Cuando digo “élite” incluyo, por supuesto, a los mil millonarios y a los realmente ricos, pero también a los de abajo, a los asalariados, que piensan y sienten que si apoyan a los de arriba algo de su distinción aristocrática se les embarra. Ante el pueblo, durante siglos, la élite ha ido de considerarlo invisible a creer que es peligroso. Piensen, por ejemplo, en que el PRI decretó como “inexistentes” todas las huelgas obreras en el inicio del neoliberalismo, con De la Madrid, Salinas y Zedillo. O cómo Calderón consideró a todos narcotraficantes que debían ser ejecutados en las calles. La élite mexicana jamás ha convivido con el pueblo al que, alternadamente, dice que “no existe” o ve como peligro. Al pueblo la élite lo ve como un peligro o, si acaso, como kitsch, cuando le concede la mirada que se divierte con sus anomalías.

La filósofa alemana Carolin Emcke nos avisa que, en las emociones, a veces no coinciden el objeto con la causa. Así, se odia a alguien pero ese alguien no es la causa de su odio. Es otra cosa. Lo que provoca el odio no necesariamente es hacia dónde va dirigido. Y esto es especialmente notorio cuando se les pregunta a los de la Marea Rosa por qué están contra AMLO, Morena, la 4T o los programas sociales. En general, tienen una sola respuesta y se refiere a una supuesta “destrucción de México”. Les preocupan los programas sociales porque habilitan como ciudadanos a quienes no lo ha ganado ---para ellos ser mexicano no es suficiente y habría que pasar un examen--- cuando, durante los últimos 40 años, jamás tuvieron preocupaciones por los niveles escalofriantes de desigualdad entre los mil millonarios y el resto apenas sobreviviendo. Les preocupan los programas sociales porque se va a endeudar al país cuando se acaben los recursos del combate a la corrupción cuando nunca estuvieron preocupados por el Fobaproa y el endeudamiento de Pemex, los estados de la República, y las corporaciones privadas. Lo que esas contradicciones de los odiadores que no hacen siempre sonreír encubren es justo que el objeto y la causa del odio no coinciden porque el motivo para odiar no se está expresando ni argumentando.

Por supuesto, esta causa es el inocultable rechazo de siempre al pueblo y el reflejo cultivado durante siglos de protegerse, aislarse, de él. Es una causa que jamás van a expresar los odiadores porque no es legítima. Se presentan, no como agrupados por la falta de empatía y solidaridad con sus conciudadanos, sino como ciudadanos “preocupados”. “Les duele México”, como dicen. Sobre esto Carlolin Emcke escribe en Contra el odio: “El hecho de presentar como preocupación lo que en realidad oculta una sensación de asco, resentimiento y desprecio hace que el umbral de lo aceptable se desplace”. El asco contra AMLO, por ejemplo, se enmascara con preocupaciones sobre la “destrucción del país” y no, como lo planteó la señora Cristina en una de las marchas quesque en defensa del INE el 13 de noviembre de 2022: “AMLO, indio de Macuspana, para rajada”. En su grito estaban los dos elementos de la repugnancia de la élite mexicana: la geográfica, contra los pueblitos del sur y sureste, y contra los trabajadores que caminan con huaraches o descalzos. Pero los odiadores no son tan claridosos como doña Cristina y aún ella acabó disculpándose porque la repugnancia no es algo que se pueda procesar políticamente. Lo monstruoso que, para la élite, siempre le ha resultado lo popular se le adjudica a la “destrucción” de las instituciones y la instauración de una dictadura o una narcopolítica que jamás existió. El monstruo no puede ser legítimamente el aspecto y las costumbres, lenguaje y aspecto de la mayoría de los mexicanos, sino que tiene que ser un futuro que nunca llegó en estos ocho años de 4T que se suponía sería una narco-dictadura con la anulación de libertades.

Desde esta perspectiva del odio, el pueblo no puede ser más que lo que han imaginado y divulgado mediante novelas, películas, series de televisión: los pobres son ladrones, avorazados, traidores. Así, los gobiernos de la 4T deben ser clasificados como “corruptos, narcotraficantes, huachicoleros, saltándose una fila ilusoria para la que los demás llevan 25 generaciones formados para llegar a la ventanilla de la riqueza. Al no atreverse a decir que el pueblo les da repugnancia, que les causa aversión y desprecio, se lo pretenden atribuir todos los días en los medios al estado mexicano, sea la Marina, los gobernadores y gobernadoras, o a la dirigencia de Morena. En días recientes hemos visto cómo, otra vez, Héctor de Mauleón en El Universal ha fabricado una bnota contra la dioirgente de Moena, Ariadna Montiel ligándola con un cartel. Y vuelve a sostener su dicho a pesar de que no tiene fuente más que su odio. ¿Por qué? Porque detrás está la aversión que no podría justificar de forma alguna.

En el discurso de odio de la narco-dictadura comunista de AMLO y Claudia Sheinbaum hay también un intento por invisibilizar al pueblo al decir que es el narcotráfico el que, de alguna manera mágica y secreta, logra que ganen los candidatos de Morena. No son los electores, sino un capo que, de alguna forma, interviene en las elecciones. El narco funciona como un disfraz poderoso a quienes ellos siempre han considerado débiles e indefensos, que son los plebeyos, los pobres, los que irrumpen en la vida política en 2018. Así, odiadores como Anabel Hernández o el mismo De Mauleón acaban invisibilizando el poder y la voluntad popular atribuyéndole sus triunfos al narcotráfico. Que el pueblo sólo pueda ser visible como algo monstruoso, he ahí el molde cultural raci-clasista con el que se funda la pertenencia a la rancia élite mexicana. La seño Cristina y Claudio X. González comparten ese molde. Cada vez que escuchen a alguien decir que los narcos ayudaron a Morena lo que realmente se escucha es que, como decía Porfirio Díaz, que el pueblo mexicano no es apto para la democracia.

La criminalidad habita en todos los pobres, a pesar de que son los ricos los que no pagaban impuestos, ni IMSS, ni luz, ni agua. Los que eran rescatados de sus fracasos económicos no eran los pobres, sino los amigos del Presidente. Pero aún así, cuando un pobre salía en televisión era cometiendo un delito o abatido por los policías de García Luna. Cuando un rico aparecía en el mismo noticiero era porque se había casado en una boda glamurosa. Ahora que somos gobierno, la criminalidad se le traspasa al Estado mexicano y al país entero. No hay mucha diferencia entre las alucinaciones de "Alito" Moreno denunciando a todas autoridades por criminales y la fascista de Jean-Mari Le Pen en Francia diciendo “mexicanización” como sinónimo de delincuencia organizada. Es un esterotipo cultivado para volver a ignorar al pueblo de México.

La criminalización de los pobres, morenos, y mal vestidos empezó en el virreinato e hizo su aparición en la Nación en el siglo XIX en la forma del "lépero" y el "peladito" de la calle. Continuó en el "naco" y ahora se le partidiza en el "morenaco" y "morenarco". Es la misma historia de un país que la élite le quiere rematar al príncipe europeo o gringo y que el príncipe europeo o gringo no lo acepta porque ese país contiene puro naco. Los que se beneficiaron, por fin, con alguna forma de democracia, los pobres, son tildados de “mantenidos”, “abusadores”, como lo eran los pobres en el siglo XIX, a tal grado que hubo leyes para prohibir su presencia física en público. Fueron las llamadas leyes contra la vagancia y la prostitución. Los que defendemos a la 4T como una revolución pacífica somos simplemente “focas aplaudidoras”. Sobre esto escribe nuestra filósofa alemana: “la más mínima crítica, que se ve desacreditada como un acto de censura, represión y manipulación de quienes libran la única batalla justa y verdadera por salvaguardar el propio país, el propio pueblo y la propia Nación. De este modo, se instaura un pensamiento cerrado que se considera inmune a cualquier crítica o cuestionamiento”.

Encerrados consigo mismos, celebrando como propias las victorias del nazismo en Chile o en Argentina, pensando en que el Departamento de Estado de Marco Rubio los va a venir a rescatar en su nave espacial de SpaceX, creen ---o al menos así lo han dicho en los medios-- - que su repugnancia es compartida por el resto y que esa es la realidad, que si todos en el avión a París iban a votar por la candidata del PRIAN, Xóchitl Gálvez, debió ocurrir un fraude electoral inconcebible, inabarcable, casi inefable a favor de Morena o que los narcos hicieron a los pobres votar por ellos o que los pobres están comprados por los programas sociales o que el aumento al salario los volvió de izquierda.

Pero hay una injusticia en el odio de la élite hacia nosotros. Y es que nos quitan hasta el derecho a la indignación ante la injusticia. Nos llaman “resentidos” y “rencorosos” como si fuera injustificado el enojo contra la élite pero también la sospecha de dónde han obtenido sus recursos, sus reconocimientos, sus premios. ¿Cómo creen ellos que nos deberíamos de expresar ante el Fobaproa o la entrada de ls CIA en Chihuahua? ¿Sonrientes y agradecidos? No podemos quedarnos callados como han pretendido que lo hagamos desde el siglo XIX. Después de todo, la injusticia es mucho más injusta si, además, tiene que permanecer quieta y callada.

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