"México podría abrir más sus fronteras al influjo de cultura y representación palestina, cuya existencia de largo plazo corre peligro mientras Netanyahu viva".

México es un país generoso con los extranjeros. Los lazos de cooperación y solidaridad dan fe de una política exterior en general del lado correcto de la historia. En su momento, México acogió a refugiados de Europa víctimas de la persecución fascista. Hoy día, el pueblo mexicano tiene claras sus simpatías. En el asimétrico conflicto Israel-Palestina, en realidad un genocidio según el consenso de estudiosos de la materia, México abraza al débil y repudia al opresor.
Las encuestas capturan un creciente repudio a Washington y Tel Aviv. El último Latinobarómetro, una serie de levantamientos demoscópicos asociado a la Encuesta Mundial de Valores, es contundente. México es el país de la región que más se opone a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Un 89 por ciento de los encuestados manifiesta desacuerdo, una cifra muy por encima de la media regional de 77 por ciento. La elevada desaprobación de los mexicanos a Trump contribuye en el ánimo de rechazo a todo lo que huela a alianza. Netanyahu, cercano a la Casa Blanca y protegido de Washington, cosecha una reputación de paria. Hoy día, sólo tres de cada 10 latinoamericanos tienen una opinión favorable de Israel, aceptación que cae aún más en México.
Tanto crece el rechazo a Israel que ya contagia otros ejes temáticos de interés público. En las recientes manifestaciones contra el agua contaminada en Guadalajara, el papel de Israel cobró relevancia debido a la indignación ciudadana por el temor a una propuesta de privatización y control extranjero del recurso. Colectivos y activistas denunciaron que los convenios de cooperación tecnológica y visitas oficiales entre el Gobierno de Lemus e instituciones israelís, como la empresa nacional hídrica, Mekorot, son en verdad una estrategia para entregar la gestión de los acuíferos a intereses transnacionales. Aunque las autoridades niegan los planes de privatización, las consignas contra la injerencia israelí energizan las demandas del genuino movimiento ciudadano.
Lejos de ser caso aislado, las movilizaciones contra las empresas israelís toman fuerza en otros estados. Bajo la consigna “Fuera Israel de Yucatán”, cientos de personas se movilizaron en las calles del Centro Histórico de Mérida para manifestarse en contra de los anuncios de inversión de empresas de Israel en la entidad. La marcha reunió a ciudadanos de diversas edades y representantes de comunidades mayas, quienes expresaron su rechazo a los convenios relacionados con el manejo de recursos hídricos, agricultura y seguridad. Los protestantes señalaron como causa de inconformidad las acusaciones internacionales por crímenes de guerra contra el gobierno israelí.
Otras modestas muestras de rechazo a Israel brotan como flores en primavera. A principios de septiembre de 2026, la Coordinadora de Sindicatos Mexicanos por Palestina exigió formalmente al Estado mexicano romper todo tipo de relaciones políticas, económicas y militares con Israel. El jueves 22 de octubre, el documental NAZA, que parte de la hipótesis de que los eufemísticos “daños colaterales” del ejército israelí (IDF) son intencionales, fue estrenado en México con éxito comercial inicial cuando países como Argentina y Costa Rica obstaculizaron su distribución masiva. Incluso la búsqueda de un telonero para el concierto de Ed Sheeran en México fue boicoteada por la rabia popular.
Hoy estar en contra de Israel exige abrazar la causa palestina. Durante la 81ª Asamblea General de la ONU en septiembre de 2026, el Gobierno mexicano reafirmó explícitamente el reconocimiento de México al Estado de Palestina. No obstante, voces críticas exigen endurecer la postura oficial contra Israel. En una visita reciente, el legislador británico Jeremy Corbyn pidió al Gobierno mexicano apoyar las órdenes de arresto de la Corte Penal Internacional (CPI) contra Netanyahu y romper el comercio con Israel como sanción por el genocidio en Gaza. En otra cara de la moneda, acaso por no irritar a Trump, el Gobierno mexicano ha quedado corto en su promoción de Palestina en ferias de libros, teatros, escuelas y otros espacios culturales.
México no es el país latinoamericano más cercano a Palestina. Es Chile, por historia. Cerca de medio millón de descendientes hacen de los chileno-palestinos un dique frente al poderoso lobi israelí que gana contratos y manipula elecciones en otros países del continente. Haciendo de lado ese caso atípico, no es preciso tener una gran comunidad extranjera para dar muestras de afecto. Así como lo hizo con los republicanos españoles perseguidos por Franco, México podría abrir más sus fronteras al influjo de cultura y representación palestina, cuya existencia de largo plazo corre peligro mientras Netanyahu viva. La historia con mayúscula toma nota.
México ya tuvo suficiente de los nexos con Israel. Si el llamado “humanismo mexicano”, bautizado por López Obrador, busca ganar sustancia, toca abrazar una genuina pluralidad mediante la contención de intereses vinculados a Tel Aviv. El caso Cerimedo sugiere que hay mucho por desentrañar. Que Netanyahu califique como “algo extraordinario” la ola ultra que recorre América Latina, funcional a su legitimidad y al poder blando israelí, es un llamado de atención. Por su tamaño e influencia regional, México es clave en la protesta contra el genocidio. Conscientes de ello, muchos hablan con los pies y no sólo los dedos de las manos. Con paso redoblado, el pueblo camina por delante con gestos de indignación que los gobiernos con raíces populares tienen prohibido ignorar.
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