Fabrizio Mejía Madrid
–No lo miren a él –nos regañó el profesor Axel Didriksson en Las Islas de la UNAM–, vean a la gente.
Y la vimos. En Taxco y Chilpancingo los campesinos de manta y huaraches cargando en las espaldas retratos del general Lázaro Cárdenas, llevando veladoras al oscurecer, vitoreando a la soberanía nacional. Un recuerdo: el tizne de las veladoras en el vidrio del retrato daba cuenta de los años de derrotas. Mientras avanzaba el movimiento en La Laguna, en Chilpancingo, en Tlapa y Metlatónoc, Chalco y Ecatepec, el reclamo se fue haciendo por la democracia y el ímpetu, por la victoria electoral. Para el 26 de mayo, coreamos consignas para Cuauhtémoc en la explanada de Ciudad Universitaria, seguros de lo que habíamos visto en la gente. Era el cardenismo, no importaba si el general o su hijo Cuauhtémoc. Ahí seguía esa revolución que no era la del PRI, sino la popular. Esto parecía una victoria inminente sobre el Partido Único, pensamos todos, pero apenas era el comienzo.
El inicio político para Cuauhtémoc Cárdenas fue el movimiento que protestó contra el golpe de Estado de la CIA en Guatemala en 1954. Lo condujo su padre, junto a Vicente Lombardo Toledano y el general Heriberto Jara, y acogió en la Ciudad de México al depuesto presidente Jacobo Arbenz. Rápidamente, el Partido Acción Nacional de Gómez Morín, la Iglesia católica, y los empresarios protestaron por dejar entrar al “comunista” guatemalteco que había osado repartir entre los campesinos pobres las tierras que la United Fruit Company mantenía ociosas para evitar que otros competidores invadieran su monopolio platanero. Tanto el secretario de Estado de EU, como el director de la CIA, eran accionistas de la bananera. Armaron a los militares locales y derrocaron al gobierno electo. En cuanto llegó el exilio guatemalteco a refugiarse de los militares a la embajada mexicana, el dirigente de los empresarios de la Ciudad de México, Honorato Carrasco, se expresó así de Arbenz: “No queremos que México se convierta en el basurero de la humanidad”.
Cuatro muchachos se unieron a la Sociedad de Amigos de la Guatemala que comenzaron las manifestaciones por el restablecimiento de la democracia en ese país: José Emilio Pacheco, de 15 años y todavía en la secundaria; Carlos Monsiváis de 16, en la Escuela Nacional Preparatoria y Sergio Pitol, de 21, ya inscrito en Derecho de la UNAM. El cuarto fue Cuauhtémoc Cárdenas, estudiante de Ingeniería, que se unió a ellos para volantear. Juntos verían, no sólo la imposibilidad de que Arbenz regresara a gobernar, sino cómo siguieron los golpes de Estado orquestados por la CIA en América Latina.
Monsiváis escribió su primera crónica sobre esa manifestación a favor de Arbenz el 2 de julio de 1954, en la que Frida Kahlo en silla de ruedas, fue acompañada por Diego Rivera y Juan O´Gorman. La mayoría del pueblo mexicano que apoyaba la democracia en Guatemala olía a literatura nacional: el poeta José Gorostiza fue el subsecretario de Relaciones Exteriores que tuvo que responderle a la CIA el memorándum que le ordenaba a México “expulsar” a los recién asilados, y nuestro secretario de Relaciones Exteriores, Luis Padilla Nervo, era el sobrino del poeta Amado. Pacheco y Monsiváis participaron en la huelga de hambre de los estudiantes afuera de San Ildefonso para llamar la atención de la prensa sobre el derrocamiento de Arbenz. Mucho tiempo después, Monsiváis bromeó cuando le preguntamos por el episodio:
–Benita Galeana llegó en la noche con una bolsa de conchas y ahí terminó mi compromiso.
Cuauhtémoc y Pitol, desde Ciudad Universitaria, formaron el comité de apoyo a Guatemala junto con Luis Prieto, Leonel Durán, y Rodolfo Stavenhagen.
Pero si uno ve los inicios, ahí, en ese 1954, ya estaba el germen de lo que vendría: el cardenismo no era el PRI. Su jefe máximo del momento, Adolfo Ruiz Cortines, no llevó la protesta de México hasta el límite y sólo se abstuvo de votar en la condena que Estados Unidos le hizo a Jacobo Arbenz en la X Conferencia Interamericana de Caracas tres meses antes del golpe de Estado. En ella los gringos tildaron al gobierno democrático de servir a los intereses de la Unión Soviética en el continente americano: “Por nuestra seguridad nacional, no podemos permitir un gobierno comunista entre el canal de Panamá y Texas”.
Gómez Morín, dirigente del PAN, alertó en su órgano de difusión, La Nación, de que había “células comunistas” en la UNAM y en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Gabriel Leyva, presidente del PRI, declaró a la prensa: “El partido repudia el comunismo y cualquier otro totalitarismo que pugne con la ideología de la Revolución mexicana”. El propio presidente Ruiz Cortines financió una organización que se oponía a la de los muchachos del verano de 1954 y de Lázaro Cárdenas, la Sociedad Pro-Liberación de Guatemala. El diario El Universal publicó una editorial donde aseguró que los más de trescientos arbencistas asilados en la embajada mexicana, “no eran refugiados sino delincuentes”, justo el mismo argumento que usaría la CIA en el memorándum, meses después. El gobierno de México acabó reconociendo al gobierno de facto de Carlos Castillo Armas tan pronto como el 13 de julio de 1954. Ruiz Cortines aceptó entregar al nuevo gobierno militar a 30 guatemaltecos exiliados en México para que fueran “juzgados”.
En un mensaje al presidente Eisenhower, el embajador en México, Francis White, elogió los “elementos estables” de la sociedad mexicana –las cámaras empresariales, el PAN, y los banqueros– como definitorios en la posición final de Ruiz Cortines: “Los conservadores fueron mucho más poderosos que los chantajes de la izquierda”.
Desde ese momento, el cardenismo fue la ruptura del siglo XX en México. Lo sería unos años después en apoyo a la Revolución cubana cuando el propio Lázaro Cárdenas fundó, al lado de personajes como Enrique González Pedrero y Heberto Castillo, el Movimiento de Liberación Nacional en 1961. Cuauhtémoc fue electo como encargado de asuntos juveniles a sus 27 años. Pero el MLN desapareció por la insistencia de Lombardo Toledano en apoyar a Gustavo Díaz Ordaz como candidato presidencial, usando a su partido, el PPS, en alianza con el PRI. Lombardo se equivocó en su cálculo antimperialista: el diazordacismo solidificó a la derecha dentro del Estado mexicano y persiguió y masacró a la izquierda.
El cardenismo volvió como la base popular de una cultura política que no era priísta. No era socialista ni obedecía a los manuales que tildaban algo como esto a una revolución burguesa o –peor– el bonapartismo de los campesinos allá en Francia por 1852, ni mucho menos lo que decían los priístas y los medios ya en la cargada por Salinas de Gortari: el México premoderno. El cardenismo, que estuvo en la base popular del poder revolucionario, se había fugado hacia afuera del PRI. Era antimperialista, soberano, y agrarista. Era justo lo que veíamos en 1988, casi tan jóvenes como Monsi, José Emilio, y Pitol en 1954. Y Cuauhtémoc ahora encabezaba lo que resultaría un nuevo inicio.
Descanse en paz el ingeniero Cárdenas.


