"Por primera vez en la historia brasileña, un candidato que quedó en segundo lugar en la primera ronda logró triunfar en la segunda y definitiva".

Una de las historias más conocidas en el mundo del futbol (y más tristes en la historia del Brasil) es el Maracanazo. Se jugaba el Mundial en el país carioca allá en 1950, luego de 12 años sin Copas del Mundo debido a la Segunda Guerra Mundial, en un torneo que representaba tanto el nuevo escenario global quería pasar la página oscura bélica y que se situaba en un país de pueblo alegre que recibía el trato amistoso de la comunidad internacional.
En lo estrictamente futbolístico, Brasil no sólo organizaba el Mundial, sino que más bien gestaba una fiesta local donde los equipos invitados, más que disputantes del triunfo, parecían un simple esparrin que sirviera para el lucimiento del juego del anfitrión. El equipo brasileño llegó con paso casi perfecto a la fase final, donde en vez de eliminatorias directas, por excepcional ocasión ese torneo se jugó con una ronda de todos contra todos -entre Brasil, Suecia, España y Uruguay-.
Brasil ganó sus dos primeros partidos con facilidad, España y Suecia quedaban casi hasta debajo de esa tabla de cuatro, y Uruguay tenía una victoria apretada y un empate, por lo que su duelo último contra Brasil era como una final donde, sin embargo, al equipo local le bastaba un empate para coronarse. La gesta es consabida: en un Maracaná con casi 200 almas brasileñas gozando de antemano su primer Mundial, en esa religión laica y apasionada que es el futbol, mientras la escuadra uruguaya más que rival lucía como víctima propicia para que se luciera el heroísmo brasileño.
Y de ahí vino lo inesperado. Brasil empezó ganando, pero luego del medio tiempo -donde el capitán uruguayo Varela arengó a sus compañeros con un mensaje más militar que estrictamente futbolero- Uruguay con dos goles propinó al Brasil la derrota más dura en su historia futbolera (más que el siete cero frente a Alemania en 2014, ya que 1950 era una final) y terminó campeón del Mundo por segunda vez. Esa fue la voltereta más dolorosa del Brasil en su historia. Tuvieron que pasar 76 años para que, en otro ámbito mucho más impactante, viviera su voltereta más feliz.
El 4 de octubre pasado se celebró la primera ronda de la elección brasileña, misma que ganó el postfascista Flávio Bolsonaro, integrante de una familia delincuencial y golpista que ya tuvo el poder el Brasil con resultados desastrosos para el país y para la región; y cuyo discurso no sólo es un atentado contra los parámetros mínimos de convivencia democrática sino una reivindicación de la época más oscura de Latinoamérica, como fue la exaltación de Jair Bolsonaro en 2017 de la dictadura brasileña de 1964, encabezada por el golpista Castelo Branco. El historial de Bolsonaro padre es consistente con esa antidemocracia: en 2016 fue partícipe como Diputado de la defenestración ilegítima de la Presidenta Dilma Rousseff; posteriormente invitó a su gabinete al Juez que la encarceló injustamente, Sergio Moro, y hoy está preso, sí, preso, por un intento de Golpe de Estado.
El apoyo electoral a Bolsonaro ese 4 de octubre fue heterogéneo. Entre sus votantes no sólo hay un sector oscurantista, fachos desquiciados o élites que buscan a un pelele sin importarles cuán impresentable sea. También hay sectores pobres cuya vulnerabilidad creen puede ser resuelta por esa expresión de derecha que los odia; y también hay un sector evangélico (aunque éste en sí mismo tampoco es homogéneo) que presiona ilegítimamente a sus feligreses que no necesariamente son bolsonaristas. Esa complejidad debe estudiarse para poder tener interpretaciones más claras de cómo contrarrestar el peligroso avance de esas nuevas ultraderechas en la región.
El 5 de octubre había sido un día amargo para toda América Latina, porque parecía que el país más grande y poblado de la región se alinearía a ese circuito entreguista conducido por personajes impresentables como Milei, Kast o De la Espriella, que buscan convertir sus países en patio trasero ya no digamos de Estados Unidos, sino de su exacerbación más estridente, que es Trump; y, bajo el pretexto de sentirse “occidentales” rinden pleitesía al nazismo del siglo XXI que es el actual gobierno del sionista religioso Benjamín Mileikowski en Israel.
De ese modo, en ese primer tiempo electoral, el postfascismo se salió con la suya y terminó ganando por 47 por ciento contra el 45 de Lula da Silva, lo que fue causal para que hubiera una segunda ronda electoral, es decir, un segundo tiempo, para que ambos candidatos definieran todo entre sí y lograran más del 51 por ciento de los sufragios.
Y ahí radicaba la dificultad mayor. Nunca en la historia del Brasil, el candidato que hubiera quedado segundo en la primera ronda lograba ganar dándole la vuelta en la segunda. A esa cuesta arriba histórica, se sumaba la posibilidad de que los electores que habían votado por otros candidatos de derechas en la primera ronda se decantaran por Bolsonaro en la segunda, al igual que las personas empadronadas que sin embargo no habían votado el 4 de octubre, bajo el entendido de que, si ese tipo de votante ejerce sufragio, suele ser un voto de castigo que se inclina por el opositor puntero, en un momento donde Lula para ellos podría representar el statu quo.
Pero como Obdulio Varela en 1950, Lula como capitán no se arredró y salió a la cancha con su mejor jugador: las mayorías trabajadoras, a quienes interpeló con más fuerza; y a los sectores pobres en disputa, como aquellos apegados a credos religiosos. En una labor titánica, que también deberá estudiarse como hito electoral, Lula logró una hazaña: imponerse con el 51.79 de los votos frente al 48.2 del posfascista Bolsonaro.
Así, por primera vez en la historia brasileña, un candidato que quedó en segundo lugar en la primera ronda logró triunfar en la segunda y definitiva. Y lo hizo logrando un avance de seis puntos porcentuales electorales en un lapso de tres semanas, cuestión que en sí misma es otra hazaña. Así, el candidato izquierdista consumó una remontada sin precedentes, en una cancha ensuciada por la turbiedad bolsonarista, que cuenta no sólo con aparatos mediáticos sino con la intromisión digital y factual de recursos logísticos y simbólicos provenientes de las peores fuentes, desde Trump hasta Milei.
El cuarto mandato de Lula no será fácil. Su rival posfascista perdió la contienda presidencial pero ganó la legislativa y varias gubernaturas. Lo que ahora viene para Lula y el Partido de los Trabajadores es algo así como jugar de visitante en su propio país. Y eso, sin embargo, en vez de sólo una desventaja podría ser un aliciente. Como ese Uruguay histórico que se creció en 1950 ante un rival de fuerza legítima; hoy Lula puede crecerse al contrastar con sus rivales, de fuerza endeble y producto de lo peor de la política brasileña. Es ahí donde está el reto de Lula, lograr que el Partido Liberal que vivió su humillante bolsonarazo con una derrota inesperada, mantenga esa tesitura perdedora en el tercer tiempo: es decir, el momento decisivo que significa gobernar.
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