En los meses anteriores, una mezcla de repugnancia y fascinación
perversa me había empujado a leer todo lo que pude encontrar sobre este
tipo de masacres que parecían haber proliferado desde hacía algunos
años, especialmente en Estados Unidos. Cuando leí sobre James Holmes y
la masacre de Aurora me decidí a escribir sobre este tema, porque este
episodio me obligó a reflexionar sobre la relación entre diversión,
soledad, competencia y, sobre todo, sufrimiento.
https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/40014/Bifo-Berardi-heroes-armas-EEUU-matanzas-supremacismo-blanco-psicosis-global.htm
Han pasado diez años desde aquel episodio, el pobre James Holmes
estará encerrado en alguna prisión norteamericana, pero la matanza nunca
ha cesado, al contrario, avanza cada vez con más intensidad.
En 2021 hubo más de un tiroteo masivo por día, según Forbes.
Con la expresión tiroteo en masa nos referimos a un evento en el que
una persona mata al menos a cuatro de sus semejantes, y luego
generalmente se suicida.
Lo que me impulsó a escribir Héroes en 2012 no fue solo lo
absurdo de un país donde cualquiera, incluso psíquicamente perturbado,
puede comprar armas altamente destructivas. Sabemos que ese país nació
de un genocidio, se hizo próspero explotando el trabajo de millones de
esclavos deportados con violencia, y por tanto sabemos que ese país es
por su naturaleza misma la negación de lo humano. Sabemos que ese país
persigue la supresión de la solidaridad, la comprensión y, en
definitiva, de la humanidad en todas partes. Y sobre todo sabemos que
ese país ha invertido sus recursos económicos e intelectuales en la
producción de armas cada vez más letales, y que su cultura defiende la
posesión de armas como si fuera la única libertad de la que no piensan
privarse.
El devenir actual del mundo quizás se entienda, observado a través de
esta especie de locura horrible, mejor que a través de la locura
depurada de los economistas y los políticos. La agonía del capitalismo y
el desmantelamiento de la civilización social se puede entender mejor
desde este punto de vista peculiar: el crimen suicidario.
La realidad desnuda del capitalismo a la vista: horrible.
En el país líder del mundo libre se produce más de
una matanza al día, y la media se ha acelerado tras el tremendo
exterminio de niños en Sandy Hook, tras el que Obama prometió medidas
que no pudo adoptar. En 2021 las masacres en las que quedan más de
cuatro víctimas sobre el terreno fueron 147. Pero el pico se alcanzó en
2020, cuando se produjeron 610 masacres en doce meses, mientras la
covid-19 segaba a otros inocentes.
En un artículo publicado en The New York Times el 27 de mayo de 2022 (“América puede estar rota sin posibilidad de reparación”),
Michelle Goldberg nos informa de que “la principal causa de muerte de
los niños estadounidenses son las armas de fuego”. Pero la mayoría de
los legisladores en el Congreso ven esto como un precio que se debe
pagar para defender la libertad.
Libertad: así la llaman. Por la libertad cometieron el genocidio más
perfecto de la historia de la humanidad; por la libertad deportaron a
millones de hombres y mujeres de tierras africanas; por la libertad
explotaron a millones de esclavos. Por la libertad consumen los recursos
del planeta en proporción cuatro veces superior a la media de los
países restantes.
¿Cómo esa gente arrogante no puede lograr hacer una ley que limite la
disponibilidad de armas, para que al menos los niños puedan salvarse?
Michelle Goldberg responde: “Será imposible hacer algo en el tema de las
armas, al menos a nivel nacional, mientras los demócratas tengan que
lidiar con un partido que contempla la insurrección como una posibilidad
política de futuro”.
El punto es este: en Estados Unidos se desarrolla desde hace algún
tiempo una guerra civil que no tiene fronteras políticas reconocibles,
que no opone estos a aquellos, los pobres a los ricos, o los blancos a
los negros, sino que opone a todos contra todos.
La guerra civil está en curso, pero no se puede declarar porque es una guerra psicótica
La guerra civil está en curso, pero no se puede declarar porque es
una guerra psicótica, desprovista de cualquier otra motivación que el
sufrimiento psíquico, la desesperación y la violencia endémica y
congénita.
Michelle Goldberg señala que “las víctimas de los asesinatos en masa
cada vez más frecuentes son daños colaterales en una guerra civil fría”.
Durante su triunfante campaña electoral de 2016, Donald Trump lo dejó
claro: la gente de la Segunda Enmienda podrá detener a Hillary Clinton
antes de que pueda llegar a la Casa Blanca. La gente de la segunda
enmienda, para quien no lo haya entendido, quiere decir: la gente
aficionada a su arma de guerra.
Pero lo más interesante es lo que escribe Michelle Goldberg al final
de su artículo: “La venta de armas tiende a aumentar después de cada
asesinato en masa”.
Entretanto, los republicanos han relanzado la idea (una idea
fantástica, puedo decirlo yo, que he sido maestro durante veinticinco
años) de armar a los maestros.
¿Merece sobrevivir una sociedad en la que los maestros y maestras
tienen que estar listos para sacar el revólver y matar al intruso frente
a los escolares? No merece sobrevivir, pero la buena noticia es que se
está suicidando.
El hecho de que tras cada tiroteo con abundante cantidad de cadáveres
derramados por el suelo aumente la venta de armas permite comprender
que para el país líder del mundo libre no hay otro futuro que una guerra
civil cada vez más insana. Una retroalimentación positiva que se suma a
los muchos otros procesos de autoalimentación de tendencias
destructivas. La irreversibilidad de las tendencias autodestructivas (a
nivel ambiental, social, militar) es la garantía de un final horrible
para toda la humanidad.

Guerra civil psicótica
En los años posteriores a la publicación de Héroes, algunos
periodistas me llamaron para preguntarme qué pensaba de nuevos episodios
de ese tipo, pero les respondí que ya no quería convertirme en un
experto en terror demente, y no me mantuve al tanto de esos eventos
sombríos.
Durante esta primavera de 2022, sin embargo, ese libro volvió a mi
mente porque el heroísmo de los psicópatas que en la última década
llenaron de sangre cines, escuelas primarias, conciertos masivos y
supermercados hoy parece extenderse mucho más allá de los confines de
las noticias policiales. Para invadir la esfera geopolítica, para
apoderarse del destino del mundo.
Héroes hablaba del insano retorno del heroísmo suicida en el
inconsciente de individuos aislados, aunque no tan pocos. Ahora el
heroísmo suicida ocupa el centro del paisaje mediático global y se
extiende por el lenguaje de los grandes líderes políticos.
El heroísmo del asesino en serie se destaca ahora en un nuevo
contexto: el de la guerra, el del asesinato sistemático y legalizado, el
del exterminio prometido y realizado.
La guerra que estalló el 24 de febrero de 2022 en las fronteras
orientales de Europa marca el inicio de la fase final de la agonía de la
civilización blanca, la que se ha definido como “moderna”. La agonía
comenzó en los años en que el poeta irlandés W.B. Yeats escribió que
“los mejores carecen de toda convicción, los peores están llenos de una
intensidad apasionada” (“The best lack all conviction, the worst are full of passionate intensity”, The second coming).
El pareado podría interpretarse así: “Los mejores están deprimidos, los
peores están eufóricos y apasionadamente mandan armas a los que quieren
matar o quieren que los maten”.
Ante la evidencia de su decadencia, en el agotamiento de las energías
que han hecho posible cinco siglos de expansión económica, territorial,
demográfica y técnica, la raza blanca (o más bien la cultura cristiana,
expansionista y patriarcal) se encuentra en un delirio de omnipotencia
que esconde una pulsión suicida.
El heroísmo del asesino en serie se destaca ahora en un nuevo
contexto: el de la guerra, el del asesinato sistemático y legalizado
La cultura blanca no puede pensar en el agotamiento, el inconsciente
blanco no puede aceptar el agotamiento de los recursos naturales que la
aceleración extractivista ha consumido de forma frenética. La expansión
económica sólo es posible hoy si devasta aún más el entorno planetario
que se está volviendo inhabitable para los humanos. La expansión
territorial colonial, habiendo llegado a los límites extremos del
planeta, ha sido sustituida por la aceleración del tiempo
infoproductivo, pero esta aceleración ha provocado el agotamiento del
sistema nervioso de la humanidad.
Así hemos llegado a un colapso psíquico del que la guerra de Ucrania
es consecuencia y síntoma a la vez. La guerra psicótica que tiene su
epicentro en Ucrania está destinada a desencadenar consecuencias
apocalípticas a nivel económico, energético, alimentario e incluso
financiero. Y ciertamente está destinada a agravar la crisis psíquica
que ha trastornado el cerebro colectivo.
Es fácil predecir que los efectos económicos se extenderán
rápidamente por todo el planeta, llevando a decenas de millones de
africanos a la hambruna y devastando el sistema productivo europeo,
mientras que no podemos predecir si la guerra local librada con armas
convencionales evolucionará hacia una guerra generalizada con el uso de
armas nucleares. Por ahora nos limitamos a presenciar el horror que las
televisiones privadas y públicas muestran sin parar durante todo el día,
todos los días, para que el espíritu público se entusiasme y se llene
de heroísmo.
El heroísmo está de moda
El heroísmo está de moda en el discurso público de los medios y políticos europeos. Se llama a la población a apoyar a los combatientes, se anima a los combatientes a resistir, a matar y a morir.
La Unión Europea nació con la intención de superar la retórica del
nacionalismo y de renunciar para siempre a la guerra, pero ahora Europa
se erige como una nación en armas, en la euforia de los viejos
trotskistas convertidos al intervencionismo. Vuelve el Sturm und Drang
que llevó a Europa a desatar dos guerras mundiales en el siglo pasado.
Más armas, más armas, se grita de un extremo al otro del continente.
Incluso en el continente norteamericano hay prisa por armarse, como
si cuatrocientos millones de armas de fuego no fueran suficientes
repartidas en una población de trescientos treinta millones.
Cuando escribí Héroes sabía que esto no era una moda
pasajera, que la devastación psíquica producida por la sociedad
hipercompetitiva continuaría alimentando el frenesí psicótico-asesino.
Pero no sabía entonces que esta guerra civil psicótica convergería con
una guerra pasada de moda del siglo XX. Así que aquí estamos, viendo en
la misma pantalla de televisión a Biden prometiendo enviar cada vez más
armas letales a sus clientes ucranianos, y Biden llorando lágrimas de
cocodrilo por la violencia en Uvalde, donde un joven de dieciocho años
llamado Salvador Ramos se encerró en un aula de la escuela primaria y
disparó a niños y maestros, matando a veintidós víctimas inocentes,
tanto como lo son los civiles que mueren bajo las bombas rusas en
Mariupol y Severodonetsk.
¿Quién era Salvador Ramos? Salvador era un adolescente nacido en una
de las muchas familias que huyeron de los países de América Central. La
madre es drogadicta, como millones de personas en este país, donde
durante años se distribuyen opiáceos a bajo precio, como cura para la
infelicidad.
Debido a que la gente de Estados Unidos es la gente más infeliz del
mundo, la demanda de sustancias para aliviar el dolor es enorme, y dado
que Estados Unidos es un país donde las grandes corporaciones tienen
todo el poder y los pobres no tienen derechos, es normal que se extienda
la adicción a las drogas, promovida por las grandes farmacéuticas.
La abuela de Salvador Ramos cuidó de su nieto y lo que sabemos de la
vida del niño basta para explicar por qué quería vengarse. Familia
migrante, muy pobre. Sus compañeros lo habían aislado y maltratado,
dicen los diarios, porque era pobre, porque tartamudeaba un poco, porque
vestía emo y porque, en cierto momento, comenzó a usar un lápiz para
resaltar la línea de sus ojos. Tenía un rostro muy hermoso, en una foto
tiene el pelo largo y una mirada triste pero dulce, femenina.
Salvador Ramos abandonó la escuela que para él debió de ser un lugar
de tormento y humillación. Luego volvió a la escuela, con dos fusiles
automáticos, e hizo justicia matando a una veintena de niños.
Algunos psicólogos han dicho que Salvador tal vez deseaba matar su
propia infancia, que debió de estar marcada por el dolor de la
separación de su madre, la consternación por la crueldad del mundo
adulto y la maldad de sus compañeros. Con ello se viene a decir que al
fin y al cabo la conclusión a la que ha llegado Salvador es del todo
coherente, comprensible: liberó a una veintena de sus semejantes de una
vida que ciertamente estaba destinada a ser dolorosa, repugnante,
humillante, como la suya. Y se liberó de esa vida que ya no tenía
ninguna posibilidad de ser otra que la que había sido su infancia.
He leído que un día Salvador dijo que quería unirse a los marines
para poder matar. A pesar de sus orígenes y de la marginación a la que
Estados Unidos lo había destinado, Salvador se había convertido en un
verdadero estadounidense, un aspirante a asesino que sabe que puede
expresar plenamente sus habilidades y su vocación yendo a algún país
lejano donde, como en Afganistán y como en Irak, hombres, mujeres y
niños pueden ser asesinados con impunidad. Mientras esperaba matar por
la defensa de su patria, ¿acaso Salvador había decidido entrenarse
comprando y usando dos rifles AR15 y más de trescientas balas? No, no se
trataba de entrenar para la guerra. La guerra está en todas partes,
dondequiera que haya enemigos que eliminar. Todo ser humano es un
objetivo. Primero le disparó a su abuela en la cara, pero ella
sobrevivió, pobre abuela. Aquí, la abuela es, entre todos, el personaje
con el que más me identifico.
Una semana antes de la masacre de la escuela Uvalde, otro joven de 18
años, Payton S. Gendron, entró a un supermercado en la ciudad de
Buffalo y disparó a personas que estaban comprando, matando a una docena
de afroamericanos y a un par de desafortunados más. El joven Gendron
había declarado sus intenciones en un manifiesto supremacista publicado
online: oponerse con las armas al Gran Reemplazo, la invasión de negros y
otros no blancos. La obsesión racista se ha magnificado en el
inconsciente blanco, incapaz de lidiar con el agotamiento de su poder.
La obsesión racista se ha magnificado en el inconsciente blanco, incapaz de lidiar con el agotamiento de su poder
El declive demográfico, social e intelectual de la raza blanca
alimenta una ola de violencia que adopta diferentes formas, desde la
masacre de Buffalo hasta la decisión de los gobiernos europeos de ahogar
a los africanos que intentan cruzar el mar Mediterráneo mientras acogen
a millones de refugiados ucranianos que huyen de una guerra armada por
los occidentales. Desde este punto de vista, el joven Gendron tiene todo
el derecho de proclamar, como lo hizo durante la primera audiencia
(porque no se suicidó, a diferencia de la mayoría de los tiradores en
masa), que es un verdadero estadounidense.
¡Armas! ¡Más armas!
El 29 de mayo, en Uvalde, en el pueblo de Texas donde ocurrió la
masacre de la escuela primaria, Joe Biden se quejó: “Demasiada
violencia, demasiado miedo, demasiado dolor”.
Los demócratas intentan sin éxito regular por ley el comercio de
armas (aunque sea demasiado tarde, porque los sótanos de América ya
están llenos de ellas), y en los mismos días envían toneladas de
material bélico a los muchachos ucranianos para que el mismo incendio
estalle por todas partes: el suicidio mortal de la raza blanca.
Dos días después de la masacre de Texas, la convención de amantes de
los rifles, llamada NRA, se llevó a cabo cerca de Austin. “La única
forma de detener a una mala persona con un arma es una buena persona con
un arma”, dicen los partidarios de la Asociación Nacional del Rifle,
entre los que destacan por su humanidad e inteligencia Donald Trump y
Ted Cruz. Pero la experiencia demuestra que esta idea no funciona.
Minutos después de que el malo Salvador Ramos hubiera entrado en la
escuela de Uvalde, llegaron al lugar unos quince policías completamente
armados: buenos que no hicieron nada. ¿Y qué podían hacer? ¿Disparar a través de las paredes con el objetivo de matar a algunos niños más?
El propietario de Central Texas Gun Works de Austin, Michael Cargill,
de 53 años, dice que sería un error regular el comercio de armas
militares. “Solo un loco puede entrar a una escuela primaria y matar
niños. Cambiar las leyes no cambiaría nada. La locura no se puede
regular”.
Estoy de acuerdo con el Sr. Michael Cargill, de Austin: no hay ley
que pueda regir el pánico, la depresión, la adicción a la publicidad y
las sustancias psicotrópicas que alteran agresivamente el
comportamiento. No hay ley que pueda salvar a Estados Unidos. En esto
Michelle Goldberg tiene razón: Estados Unidos está irreparablemente
quebrantado porque la violencia, el crimen, la guerra no son el efecto
de la voluntad política, de una voluntad política razonable aunque
criminal. No: son sobre todo el efecto de un estado mental de
desesperación absoluta, y por lo tanto los efectos de una determinación
de suicidarse que se vuelve agresiva.
No hay ley que pueda salvar a Estados Unidos, no hay política que
pueda salvar a un país devastado por la psicosis, la demencia senil y la
agresión asesina de sus jóvenes, furiosos y deprimidos por el lugar
adonde fueron llamados a vivir (sin haberlo pedido, sin haber
manifestado su disponibilidad), un lugar infernal, irrespirable,
agresivo, un lugar sin ternura, sin afecto, sin esperanza, sin
inteligencia.
No hay ley que pueda detener el horror.

Heroísmo geopolítico
El discurso que Zelenski pronunció ante la Asamblea de la Unión
Europea el pasado 1 de marzo, tras responder, a quienes le ofrecieron
una salida a la guerra, que pedía armas y no un ascensor, es el comienzo
del regreso de los héroes a la arena europea.
No hay ley que pueda salvar a Estados Unidos, no hay política que pueda salvar a un país devastado por la psicosis
Miro las fotos de los milicianos del batallón Azov atrincherados en
la planta siderúrgica, con vendas ensangrentadas, gorros en la cabeza y
tatuajes en los bíceps. Héroes homéricos. Ajax el paranoico solitario,
Aquiles el vanidoso enojado.
¿Alguna vez te has preguntado quién era Aquiles? Un joven atlético
que fue a matar a Héctor y a otros muchos troyanos inocentes porque la
mujer de un amigo había huido con el apuesto Paris. ¿No es ese Aquiles
un idiota? ¿No son los héroes en general idiotas? ¿No estamos atrapados
en la trampa de la idiotez?
Hace cincuenta años dijimos: “Socialismo o barbarie”, pero durante
mucho tiempo nos preguntamos cómo sería la barbarie inminente.
Ahora lo sabemos.
En The New York Times se publicó un artículo de
Peter Coy que filosofa con un revoltijo de frases contradictorias pero
hinchado de retórica arrogante: “El coraje parecía estar muerto, luego vino Zelenski”.
El objeto de las reflexiones fascistas de Peter Coy es el coraje, de
hecho el heroísmo. Desde hace unos siglos venimos pensando en construir
algo llamado civilización, en la que no hace falta ser fuerte y agresivo
para conseguir el pan, sino que todos, hasta los más pequeños y
temerosos, puedan acceder a la educación y la sanidad. Pero no importa.
Peter Coy explica con orgullo que finalmente hemos vuelto al heroico
club de los antepasados, con la pequeña diferencia de que ahora el club
dispone de un dispositivo nuclear que puede incinerar Londres, por así
decirlo.
Acabemos con la victoria
Ganar significa imponer la fuerza de una voluntad contra y por encima
de otra voluntad. Desde Maquiavelo en adelante, esta idea de la
voluntad que se impone por la fuerza ha tenido cierta fortuna, y
producido grandes progresos y no menos grandes catástrofes. Pero esa
historia ha terminado: el poder de voluntad, diseño y gobierno es
aniquilado por la complejidad de la naturaleza que se rebela, el
autómata tecno-militar que se gobierna a sí mismo, y el inconsciente
colectivo que oscila entre el colapso depresivo y la psicosis agresiva.
Ganar es imponer el proyecto propio anulando los proyectos que se
oponen al nuestro. En este sentido, ya nadie puede ganar nada, si ganar
alguna vez significó algo.
Pero aquí surge la pregunta más dramática para la que no tenemos
respuesta por ahora: ¿existe una fuerza cultural y política en la
sociedad que sea capaz de detener la psicosis y desactivar su violencia
destructiva? Esa fuerza no será el movimiento pacifista, al que también
adhiero sin muchas esperanzas. El pacifismo es una declaración, una
pregunta, un llamado, pero no tiene poder. El poder, por otro lado, lo
necesitamos, incluso si es el poder negativo de retirarse.
La fuerza capaz de escapar a la psicosis de masas es la deserción de
todos los órdenes automáticos: del orden automático de la guerra, en
primer lugar. Pero también del orden automático de la competencia, el
trabajo asalariado y el consumismo. Y también del orden automático del
crecimiento económico que destruye el medio ambiente y el cerebro para
producir ganancias.
Esta fuerza existe: es la fuerza de la desesperación, actualmente en
la mayoría. Pero la desesperación (la ausencia de esperanza en el
futuro) puede evolucionar como depresión epidémica, puede evolucionar
como una psicosis agresiva, o puede evolucionar como deserción, abandono
de todos los campos de batalla, supervivencia al margen de una sociedad
que se desintegra, autosuficiencia en exilio del mundo.
https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/40014/Bifo-Berardi-heroes-armas-EEUU-matanzas-supremacismo-blanco-psicosis-global.htm