2/20/2013

El fuero y el viejo verde


 Detrás de la noticia
 Ricardo Rocha


Desde luego que dejó de ser un niño desde hace mucho. Lo malo es que a los 41 sea ya un viejo. Además decrépito y de pena ajena. Y es que el nuevo incidente de su detención por manejar borracho la madrugada del domingo es un capítulo más de la tragicomedia en que él mismo ha convertido su vida.

Lo dramático es que Jorge Emilio González Martínez es un viejo prematuro por voluntad propia. Nada o muy poco podría alegar en su defensa. Sí, tal vez, las ambiciones políticas del abuelo que dicen que estuvo cerca de la Presidencia de la República y que lo marcaron para siempre con delirios de grandeza. Sí, seguramente la habilidad y oportunismo del padre que construyó y luego le heredó un partido con cientos de millones de pesos que le damos cada año todos los mexicanos. Los mismos que han servido para que este viejo patético que ya es siga en su círculo orgiástico de parrandas sin fin, viajes en yate, las mujeres a precio o a modo y los negocios, como debe ser, con montones de billetes en las mesas elegantes y con los vinos más caros; la cultura de la transa y las negociaciones en lo oscurito, como parte de lo cotidiano, en una familia que siempre va para arriba. Una vida de círculos concéntricos atorados en los 90, cuando el niño mentado empezó a mamar duro del presupuesto. Dos largas décadas de raterías que le han quitado cualquier rasgo gracioso.

Si algunos ingenuos —me incluyo, mea culpa— pensamos un día que Jorge Emilio —con varios más de su generación— podría representar un aire fresco en la política mexicana, nos equivocamos rotundamente. Por traicionar sus ideales, por acomodaticios, por lacayunos, por mentirosos, por perversos y por hipócritas, se han hecho viejos rápidamente. En breve, ancianos prematuros.

Y no se trata de juzgar con severidad extrema o desproporcionada un incidente “de los que le pueden ocurrir a cualquiera”, sino de indignarse con el cinismo que volvió a presumir el impune senador González que no quiso someterse al alcoholímetro, que dio un nombre falso, que amenazó a quienes lo detuvieron, que luego pagó un amparo para salir cuanto antes y va a cumplir con su arresto en El Torito cuando se le pegue la gana. Y todo eso gracias a la impunidad que le han permitido sus sucesivos cargos como representante popular de pacotilla, pero eso sí, con fuero: dos veces diputado federal, dos más senador, una vez asambleísta y desde luego dirigente del Partido Verde, de cuya franquicia sigue siendo propietario. Toda una vida de impunidad, de la que no se le recuerda un solo momento de gloria legislativa, ni uno solo; jamás ni un canijo aporte para taparle el ojo al macho. En cambio, ahí están los testimonios de cuando lo grabaron negociando un soborno para un gran negocio y salió con su ingenio ridículo de que lo “chamaquearon”. O hace no mucho cuando una joven búlgara se arrojó —o la arrojaron— de su departamento en Cancún causándole la muerte, hecho del que se justificó con que lo tenía rentado y ya no vivía ahí.

Pues ni de una ni de otra cosa se supo más nada. Las complicidades del poder y el precio de los votos le han dado a este aprendiz de brujo el regalo de una impunidad de la que ha abusado hasta la náusea, convirtiendo en estercolero todo lo que toca: política, Senado, su partido, su familia y a sí mismo. Como un lastimero Rey Midas al revés que tiene que ir por allí comprándolo todo, incluidos los afectos.

Dicen, por cierto, que, ahora sí, viene en serio lo de que los legisladores están decididos a terminar con el fuero constitucional que prohíja especímenes tan retorcidos como el ex niño del que hablamos; todo indica que el acuerdo entre los principales partidos está ya tomado. Ojalá, si es que se quiere en este país recuperar para la política algo del prestigio que le han dado algunos políticos a lo largo de la historia. Frente al abuso de muchos, como Jorge Emilio González Martínez, que no tienen otro castigo que reconocer su envejecimiento en el espejo.

Periodista

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