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12/14/2016

El Archivo del Terror de Javier Duarte (II)


La digna voz
  1. El narcoestado

Para la periodista Lydia Cacho un narcoestado es aquel donde el Estado persigue o mata a la gente que se opone a la presencia de funcionarios o gobiernos coludidos con el narcotráfico. Descriptivamente es correcto. Pero esa definición no es más que un síntoma de un narcoestado. En realidad, la característica definitoria de esa modalidad de Estado es el absoluto predominio de la empresa criminal, señaladamente el narco, en la trama de relaciones comprendidas en el cuerpo político. Coincidentemente, la guerra contra el narcotráfico se tradujo en una profundización de esa relevancia político-económica del crimen, y en la consiguiente sofocación de cualquier oposición a esa agenda. En el Veracruz de Javier Duarte abundan experiencias colectivas e individuales, testimonios orales, percepciones ciudadanas, hechos observables, para respaldar con bases empíricas el hallazgo de esas relaciones.
A Nadia Vera la ejecutaron junto con el fotoperiodista Rubén Espinosa y otras tres personas más, en la colonia Narvarte de la capital del país el 31 de julio de 2015. Ella también se refugió en la Ciudad de México, como otros activistas de Veracruz, después de sufrir múltiples agresiones y amenazas en Xalapa; agresiones que por cierto ella atribuyó públicamente a agentes parapoliciales al servicio del gobierno del estado. Nadia fue activista del #Yosoy132 Xalapa, y una de las más destacadas militantes de ese ciclo de protesta en la capital veracruzana que inició en 2008 con la primera movilización en contra del alza a la tarifa del transporte público, y que en su curso recorrió varias luchas: Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, marchas anti-EPN, movimiento #Yosoy132, movilización popular magisterial, jornadas de acción por Ayotzinapa, hasta arribar a la consolidación de una asamblea-movimiento estudiantil que tanto incomodó a la camarilla de poder en turno, y en cuya incomodidad, por cierto, se incuba la fuente explicatoria de los atentados criminales que más indignaron al estado y al país: a saber, el brutal ataque a ocho alumnos de la Universidad Veracruzana el 5 de junio de 2015 (peligrosamente equiparable con el modus operandi de la represión en Ayotzinapa), atribuido a una banda de choque “presuntamente al servicio de la Secretaría de Seguridad Pública”; y el multihomicidio en la colonia Narvarte, que acabó con la vida de Rubén y Nadia.
Antes de morir, Nadia acusó reiteradamente al gobernador Javier Duarte de cometer actos de represión en contra de los estudiantes, y responsabilizó al mandatario estatal de “cualquier cosa” que pudiera sucederle. No obstante, fue en una entrevista con RompevientoTv donde profirió acaso su declaración más políticamente comprometedora. En esa oportunidad, Nadia dijo a Rompeviento:
“Nos empezó a preocupar mucho porque empezó a elevarse el índice de desapariciones a partir de 2010, con la entrada de Javier Duarte como gobernador; la violencia se comienza a destapar y nos empieza a preocupar porque resulta que nosotros empezamos a ser el producto que ellos necesitan. A la mujer la agarran para la trata, al estudiante para el sicariato; el problema somos todos, que le estorbamos tanto al gobierno como al narco. Estamos entre dos frentes de represión: la ‘legal’ y la ilegal”.
Esa “agenda común” del narcotráfico y el gobierno que identifica Nadia es una de las fuentes de violencia contra la población. La sociedad mexicana en general, y la población veracruzana en particular, están atrapadas en el fuego cruzado de los intereses dominantes (léase criminales) en el país. La guerra contra el narcotráfico en Veracruz elevó todos los índices delictivos y la victimización de la ciudadanía. Criminalizó dramáticamente a ciertos sectores poblacionales, destacadamente a jóvenes, activistas, periodistas; pero el aspecto más revelador de la guerra es la profundización de la vulnerabilidad de la generalidad de la población: cualquier ciudadano es susceptible de agresión.
Las respuestas del Colectivo por la Paz Xalapa a dos preguntas formuladas en una entrevista en 2014, dan cuenta de ese binomio crimen-Estado, y de los impactos que la instrumentación de la guerra tuvo en amplios segmentos de la sociedad veracruzana.
¿Existe una consigna gubernamental o una persecución política contra líderes sociales y ciudadanos que luchan contra la violencia de los cárteles de la droga en Veracruz?
C.P.X. Una política nunca va a estar declarada pública y formalmente… Pero es importante señalar que hay una colusión entre las autoridades y el crimen. Nos consta que existe una relación de complicidad y de trabajo en equipo del crimen organizado con altas esferas gubernamentales. Hemos revisado investigaciones en la SEIDO, donde uno descubre que personas ligadas a la delincuencia declaran que tienen relaciones de trabajo con tal o cual funcionario. En estos niveles, desde el gobernador hasta presidentes municipales están trabajando de la mano con el crimen organizado. Y en la revisión de las actividades delictivas por zona, descubrimos que todos los negocios ilícitos, como el pago de cuotas a los cárteles, ordeña de ductos, robo de vehículos, trata de personas, tienen un funcionario que apadrina o cuida que no sean tocados esos criminales… Bajo esa simbiosis entre el gobierno y el crimen organizado, sí hemos recibido algunas amenazas indirectas, a través de las víctimas nos hacen llegar mensajes de que paremos o asesinan a las familias… Esta policía es un brazo del Estado que se utiliza para reprimir y para aplacar a la ciudadanía. Lo vimos el año pasado con los maestros y estudiantes en la plaza Lerdo y el desalojo. ¿Quién está consignado por eso? Fueron lesiones graves. ¿Y el derecho de manifestarse?
¿Entonces tienen más poder las empresas criminales que el Gobierno?
C.P.X. Pero en el Gobierno hay empresas criminales… La Secretaría de Seguridad Pública es una de ellas: agentes de tránsito que señalan que los autos robados están en la academia de policías; personas que dicen que hay un grupo específico de la SSP que se encarga del trabajo sucio; las desapariciones forzadas, que son crímenes de Estado. Por donde se lo vea, todo esto implica un negocio. Tener un control de las cárceles, tener un control de las calles. Es un negociazo... Cabe recordar el testimonio de una persona en Veracruz, que narró cómo un MP le advirtió que en la investigación de su caso tenía acceso la delincuencia organizada. Así se lo dijeron descaradamente a la madre de un desaparecido... Pero la consigna es proteger y permitir la operación de los grupos criminales. Hay que recordar que el crimen participa en el financiamiento de las campañas electorales, particularmente del PRI.
La guerra contra el narcotráfico apuntaló las operaciones del crimen, suspendió el derecho, e hizo de la guerra y el narco una razón de Estado. La evidencia demuestra que la administración de Javier Duarte y las gestiones precedentes son responsables de ese engarce del narcotráfico con las instituciones públicas.

Ver también: 

11/02/2015

“¡Lárgate, asesino!”, gritan a Calderón en el Gran Premio de México


Calderón al salir del GP de Fórmula Uno
Calderón al salir del GP de Fórmula Uno
MÉXICO, DF (apro).- Asistentes al Gran Premio de México gritaron “¡Asesino!” al expresidente Felipe Calderón Hinojosa.
La presencia del exmandatario provocó que algunos aficionados le pidieran tomarse una foto, mientras otros le gritaban “Lárgate, asesino, sáquenlo”.
Calderón respondió con una sonrisa nerviosa y un saludo a las gradas. Algunas versiones indican que se retiró del Autódromo Hermanos Rodríguez en helicóptero, mientras que su esposa, Margarita Zavala, aspirante a la presidencia para 2018, abordó el Metro.

El panista es asiduo espectador de competencias deportivas internacionales. En mayo de 2014 viajó al principado de Mónaco para ver al piloto mexicano Sergio “Checo” Pérez.
En junio de 2014 viajó en el crucero MSC Divina para presenciar el debut de la selección mexicana en el Mundial de Brasil.
De acuerdo con el reglamento vigente del Estado Mayor Presidencial, Calderón tiene 12 guardias destinados a custodiar su seguridad, más guardaespaldas para su esposa e hijos.
A principios de su sexenio, Calderón declaró “la guerra” al crimen organizado, arrebato que fue criticado por especialistas, que denunciaron la falta de una estrategia clara para combatir al narcotráfico.
Cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que en el sexenio anterior murieron 121 mil personas de manera violenta.
Según Centro de Análisis de Políticas Públicas México Evalúa, la narcoguerra dejó un saldo de 101 mil 199 personas asesinadas, más 344 mil 230 víctimas indirectas, entre ellas hijos, esposas, padres o familiares de las víctimas.

10/22/2015

Guerra sucia y narco-paramilitarismo en México




Dedico este trabajo a Amellalli, mi conciencia social.

En México, el neoliberalismo se ha sobrecargado excesivamente, reiteradamente, obsesivamente, hasta saturarse sin romperse. Debido a la inexistencia de fuerzas antagónicas que lo superen y trasciendan, ante la crisis estructural y sistémica del capitalismo, se ha posibilitado su reestructuración. Y, como si se tratara de un basurero, se ha rellenado con nuevas dosis de neoliberalismo, de mercado, dependencia, competencia y privatizaciones por parte de las políticas públicas del Estado, de las complacientes clases dominantes y de los partidos políticos del país.
Imbuidas las clases dominantes, el capital y el Estado en las políticas neoliberales. Se han fundado en la dinámica del mercado, en la competencia, la monopolización y la transferencia de recursos al exterior, mientras se entregan los propios al capital extranjero y a las empresas trasnacionales mediante la privatización de las entidades de la nación, en un afán de reproducir la acumulación de capital mediante el despojo, la rapiña y la especulación de la riqueza y de los recursos naturales y humanos del país1. Así, durante los mandatos de Fox y Calderón, se entregaron en concesión a empresas mineras nacionales y extranjeras 8 millones 336 mil 990 hectáreas en Baja California, Chiapas, Chihuahua, Guerrero, Oaxaca y Puebla. A las que se debe sumar 1 millón 278 mil 445 cedidas en Michoacán durante la actual administración. Según la Dirección de Minas de la Secretaria de Energía, tan sólo en el municipio de Ensenada, B.C – el más grande del país, con un total de 5 millones 248 mil 240 hectáreas de territorio -, Calderón y Fox cedieron a la iniciativa privada el uso de 2 millones 288 mil 887 hectáreas para la explotación minera2.
En estos avatares, el gobierno de Peña Nieto ha recortado el nivel de beneficio para el erario y maximizando las utilidades para el capital privado en áreas como: banca, minas, ferrocarriles, ingenios azucareros, satélites, acereras, carreteras, líneas aéreas, etc. Bajo su amparo, se estrenan en la rama del petróleo los consorcios Petrobal, del zar mexicano de la Plata, Alberto Mailleres y Carlos Oil y Gas, del magnate más rico del país, Carlos Slim. Para los cuales Peña Nieto otorgó condiciones de ensueño y renta ultra elevada, mientras que por el otro lado darán migajas al erario y a los mexicanos, quienes alguna vez fueron dueños de todo lo que hoy pertenece al capital privado3. Asimismo, en medio de una opacidad total, el gobierno mexicano ha firmado el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Trabajando de forma gerencial para el gran capital, pero con especial interés en el trasnacional. Tal y como se ha hecho desde 1982, cuando en México se instaló el neoliberalismo, esquema gerencial que vende bienes de la nación y procura negocios para los grupos de poder privado internos y foráneos, no sin antes cobrar por sus servicios.
Cobrando mayor fuerza este saqueo en nuestro país, toda vez que las grandes petroleras y Washington, al estar consientes de que el mundo ha ingresado al “techo del petróleo” (peak oil), vienen centrando sus intereses sobre todos los recursos energéticos existentes en lo que llaman “Las Américas”. Bajo la advertencia de generales y militares, sobre la necesidad de contar con los abastecimientos seguros de este área, se ha desplegado una ofensiva sobre la explotación de aguas profundas desde el mar de Alaska hasta Rio de Janeiro, en las arenas bituminosas y crudos pesados o superpesados de Alberta, Canadá el Este de Chicontepec, en México, la cuenca del Orinoco, Venezuela y de Colombia, hasta Argentina, donde ya Chevron, Exxon-Mobil y Repsol “avanzan”4.
Y para brindarles mayores ganancias, a las grandes corporaciones, además de amoldarse la legislación nacional para permitir la explotación y expoliación del territorio sin mayores controles políticos ni ambientales, el Pentágono, la CIA y las firmas petroleras, de la mano de un respaldo corrupto de “gobernanza” financiera y policial-militar, han traído consigo una “sombrilla de seguridad” que viene operando bajo diseños intervencionistas, desde los procesos de toma de decisiones en temas de seguridad y ocupación. Donde además de la “Cuarta Flota” se incluyen bases militares, tropas, así como la incorporación de cuerpos de seguridad – civiles o militares – de la región directamente en las partidas de presupuesto del Departamento de Defensa5. Mediante: la “guerra antinarcóticos” o “al crimen organizado”, desde el Comando Sur (Plan Colombia) y del Comando Norte (Iniciativa Mérida).
Esquema que debe circunscribirse en el contexto de la proyección del “Terror de Estado” que Washington impulsa después del ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre en 2001, para el mantenimiento de su supremacía. Donde, el principio fundamental es la libertad económica – que significa libertad para las compañías norteamericanas de invertir, vender y repatriar beneficios –. Y si estos valores fundamentales son perturbados por estudiantes revoltosos, los procesos democráticos, las organizaciones campesinas, la prensa libre y los sindicatos6, se hace uso de la “fuerza extra económica”. Instrumento que también fue utilizado por Truman en Hiroshima, por Johnson en Vietnam, Nixon-Kissinger en Chile, Camboya y Asía y Reagan-Bush en Centroamérica y Panamá. Experiencia, toda esta, que definitivamente viene teniendo serias repercusiones en México.
El Terror de Estado se viene implementando en nuestro país, impulsado desde Washington ante la vorágine del despojo, la mercantilización, privatización de territorios y recursos geoestratégicos. Se viene “naturalizando” la expulsión de campesinos de sus tierras comunales y ejidales en beneficio de grandes corporaciones transnacionales, y se les utiliza como una mercancía más, susceptible de ser desechada. O como fuerza de trabajo excedente, en algunos casos bajo regímenes de semi esclavitud, como en San Quintín, Baja California, y decenas de campos bajo propiedad privada en áreas de Sinaloa, Sonora y Nayarit. Lo cual ha venido gravitando en contra de la legitimidad del régimen, sumado a las formas inescrupulosas en que toma la presidencia durante el 2012 Peña Nieto, al igual que Calderón en el 2006. Toda vez que se han impuesto políticas económicas que responden al interés de una minoría y atacan por otra parte los derechos y los intereses de amplios sectores de la población. Por lo que, al igual que el anterior mandatario, el actual viene haciendo uso de las fuerzas armadas para legitimar y lograr sostener su régimen. Por lo que venimos siendo testigos de la configuración del Estado mexicano como un Estado que viola constantemente las condiciones de vida digna, represor de las libertades democráticas y que usa el terror contra las organizaciones y la protesta social.
Tras asentarse la participación directa de los militares en la lucha contra el narcotráfico con los llamados gobiernos de la alternancia y el actual priista (2000-2015), en nuestro actual contexto histórico y político vienen manifestándose más como parte del problema antes que como una solución, particularmente en su relación con los civiles. Observándose en el alarmante aumento de muertes, desapariciones forzadas y violaciones graves a los derechos humanos relacionadas con la actividad de las fuerzas militares y policiacas. Durante el calderonato, desde principios del 2007, se publicaron las primeras denuncias sobre personas desaparecidas, que para el año 2008 sumaron 600. Fenómeno que no se detendría, según los 2 mil 126 denunciantes familiares de los desaparecidos, responsabilizan de dichos actos a funcionarios del gobierno. De poco a poco: dos eperristas en Oaxaca, un par de veterinarios en Torreón, un niño de nueve años, su padre y sus tíos, varios jóvenes que viajaban rumbo a la frontera. Para dar paso luego a hechos colectivos: 20 vacacionistas en Acapulco, dos camionetas con ingenieros en Piedras Negras, 38 petroleros en Cadereyta, 12 vendedores de pintura, 10 policías federales en Michoacán, ocho cazadores de Guanajuato, tres camiones llenos de migrantes, una veintena de jornaleros guanajuatenses, 50 personas capturadas por marinos y cientos de jovencitas de Coahuila, Chihuahua, Veracruz o Querétaro. A lo cual se le sumaron 15 mil cadáveres no identificados que fueron llevados a la fosa común, de los cuales 421 fueron encontrados en fosas clandestinas7.
Conforme los últimos gobiernos encabezados por Felipe Calderón, Vicente Fox, y el actual con Peña Nieto, se han posicionado como entusiastas impulsores de los intereses empresariales, geopolíticos y geoestratégicos de Norteamérica en México, Centroamérica y América del Sur. Venimos siendo testigos de hechos como el más reciente ocurrido la semana pasada en municipios como Tamazula, Durango, localizado en el llamado Triángulo Dorado de la droga. Donde según datos proporcionados por el DIF de esa entidad 200 habitantes se desplazaron de Tamazula a Cosalá, Sinaloa. El sábado 10, las familias desplazadas indicaron que los marinos mantuvieron un enfrentamiento con un grupo armado, por lo que desde entonces han abandonado sus hogares, pero no sólo por el clima de violencia, sino por el hostigamiento del que fueron objeto por parte de marinos, en la supuesta búsqueda del Chapo Guzmán. Asimismo, Juan José Ríos Estavillo, presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, informó que los operativos de los marinos han ocasionado afectaciones en Lagunita, Jacole, El Verano, Las Piedrosa, El Aguilita, lugares pertenecientes al municipio de Tamazula8.
Así, todas estas actividades en las cuales participan de manera directa la Armada de México y el Ejército para el supuesto desmantelamiento de los cárteles del narcotráfico mexicano. Cuentan con la anuencia estadounidense. La Marina en mayor medida que el Ejército, viene “colaborando” con agentes estadounidenses de la Agencia Estadounidense Antidrogas (DEA) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), ajustándose en los hechos, sin ningún respaldo legal, a la concepción estadounidense de marines para la realización de operaciones en tierra continental con el “apoyo” de sus agencias.
En el marco de la Iniciativa Mérida negociada por Felipe Calderón con Estados Unidos, las Fuerzas Armadas han debido rendir cuentas a ese país sobre la manera en que usan la “ayuda” recibida, intercambiar información con la Agencia de Inteligencia Militar (DIA), la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), instancias de inteligencia del Pentágono a las que Calderón les abrió las puertas para operar en el país9.
Frente a la situación crítica que vienen viviendo muchos pueblos y comunidades indígenas y campesinas por la andanada de megaproyectos en distintas partes del país, se viene configurando en el país el hecho de que las fuerzas armadas han venido aplicando un plan de exterminio en contra de movimientos sociales de distinta índole, encubierto bajo el disfraz de una guerra contra la criminalidad. En 2008, según el documento de La Secretaría de la Defensa Nacional en el combate al narcotráfico indicó la inviabilidad del país ante la previsible simbiosis entre cárteles criminales y grupos armados desafectos al gobierno, objetivos a aniquilar mediante una cruzada nacional de tipo contrainsurgente10.
Por tales motivos el Estado viene recurriendo a distintos mecanismos para reprimir a la población, ampliando el miedo y el terror como principal estrategia. Así, los mandos castrenses han profundizado sus labores de administración y trabajo de muerte. Sacando a la luz pública a personajes siniestros como el teniente coronel Julián Leyzaola, el pacificador de Tijuana y Ciudad Juárez, así como el general Carlos Bibiano Villa Castillo, quien en Torreón, Coahuila, estrangulaba halconas del narco y mataba en caliente a supuestos chapos y zetas y los hacía gusanitos. O como el teniente coronel José Juárez Ramírez, jefe del pelotón de la muerte en Ojinaga, y el general Jorge El Marro Juárez Loera, quienes en el marco del Operativo Conjunto Chihuahua, junto con el general Felipe de Jesús Espitia, elevaron de manera exponencial la práctica de la tortura, las ejecuciones sumarias extrajudiciales y la desaparición forzada de personas.
En medio de tanta muerte, horror y caos, en estados de la república como Monterrey, donde reside un fuerte grupo de la oligarquía nacional, a la sombra de los militares, con su consentimiento y encuadrados como estructuras paralelas a las fuerzas regulares del Estado, so pretexto de “usos y costumbres locales” y “tradiciones” resurgen escuadrones paramilitares y comandos de exterminio social, como el grupo rudo de limpieza del alcalde Mauricio Fernández Garza, en San Pedro Garza, en la zona metropolitana de Monterrey, La familia michoacana, Los mata zetas y otros inventos, remedos de la Brigada Blanca y los halcones en los años setenta y de la docena de agrupaciones que tras el levantamiento campesino-indígena exterminaban bases zapatistas al amparo del Plan Chiapas 94 de la Secretaría de la Defensa Nacional, entre ellos Paz y Justicia, Los Chinchulines y Máscara Roja, que tuvieron como punto máximo de su actividad criminal la matanza de Acteal11.
Así, desde el 2006, somos testigos de la ampliación de nuevas formas de violencia no experimentadas en el país anteriormente. Por ejemplo, las decapitaciones entre supuestos narcotraficantes que no eran la regla, sino la excepción, ataques con granadas contra civiles como el ocurrido durante las festividades del 15 de septiembre en 2008, en Morelia Michoacán y dos días antes la explosión de un auto bomba en Ciudad Juárez Chihuha, provocando la muerte de cuatro agentes federales. Todo lo cual ha estado acompañado del hecho de que varias organizaciones “criminales” han “contratado” a “personal de alta calificación”; por ejemplo, “antiguos” miembros de las fuerzas especiales estadounidenses, Boinas Verdes, Rangers, Seals, etc. Así como “antiguos” miembros de las fuerzas especiales de México; integrantes de los Grupos Aerotransportados de Fuerzas Especiales (GAFES). Miembros que se encuentran involucrados de manera sustancial en ejecuciones extrajudiciales, pese ala escases de datos oficiales, en la violencia, la tortura y los asesinatos desatados por la guerra contra las drogas12.
Donde resulta preciso no olvidar aspectos nada anecdóticos ni triviales como que los llamados Zetas, es un grupo formado por supuestos “desertores” del Ejército Mexicano, principalmente del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE), caracterizado por tener la más alta especialización contrainsurgente y antinarcóticos de la Sedena. Y que en casos de liberación de sicarios como la realizada en el Penal de Apatzingán el 5 de enero de 2004, vestían uniformes parecidos a los de la Policía Judicial de Michoacán, a los de la Agencia Federal de Investigación y a los de la Milicia. Además de que esta muy cerca la 43 zona militar13.
Mediante esta forma de operar, se viene confundiendo el accionar de las fuerzas regulares con el de las máquinas de guerra privadas (milicias urbanas, compañías de seguridad, mercenarios y sicarios de los grupos de la economía criminal), donde abrevaron los asesinos del Ejército que ejecutaron a 15 civiles desarmados en Tlatlaya; los agentes municipales de Iguala y Cocula que al amparo del 27 batallón de infantería detuvieron-desaparecieron a 43 estudiantes de Ayotzinapa, y los policías federales que al grito de ¡Mátenlos como perros! ejecutaron a 16 personas en Apatzingán. Toda vez que la concentración de actividades extractivas (minería, hidrocarburos) convierten a ciertos espacios en lugares privilegiados de la depredación, la guerra y la muerte. Y para suprimir posibles actos de subversión, se le han sumado a los narco-paramilitares, ahora como fuerzas de choque la Gendarmería Nacional y un cuerpo especializado de la policía militar con base en Escobedo, Nuevo León. De forma tal que, Tlatlaya, Iguala y Apatzingán no son hechos aislados; forman parte de la estrategia de guerra sucia, enmarcada en los viejos manuales contrainsurgentes14.

Notas
** César Ramón González Ortiz es Sociólogo y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
1 Adrián Sotelo Valencia, México (re)cargado. Dependencia, neoliberalismo y crisis", UNAM, FCPyS, ITACA, México, 2014. p. 25
2 La Jornada, 20-09-2015.
3 La Jornada, 17-09-2015, por Carlos Fernández Vega.
4 Marco A (hijo) Gandásegui y Dídimo Castillo Fernández (coordinadores), Estados Unidos la crisis sistémica y las nuevas condiciones de legitimación, Siglo XXI, CLACSO, 2010. Pág. 19
5 Ibíd. Pág. 19
6 Noam Chomsky y Edward S Herman, Washington y el fascismo en el Tercer Mundo,. Siglo XXI, 1981. p. 25
7 Ibíd. Pág. 12
8 Revista Proceso, No. 2033. Pág. 10
9 Revista Proceso, No. 1882. Pág. 9
10 Carlos Fazio. “La catástrofe que viene”, La jornada 27-04-2015
11 Carlos Fazio. “La catástrofe que viene”. La Jornada 27-04-2015
12 T. Fernando. “Morir por nada. Narcotráfico y violencia de Estado en México”. L.D. Books, 2012. Pp. 26-69
13 Revista Proceso. “Con Zeta de muerte (primera parte)”. Edición especial No. 37. Pp. 8-12
14 Carlos Fazio. “La catástrofe que viene”. La jornada 27-04-2015


7/07/2015

De la neoliberalización a la guerra contra el narcotráfico


La digna voz

Con frecuencia los analistas omiten la conexión entre las transformaciones del Estado y el escenario de guerra en México. Un hecho es insoslayable: la guerra y la militarización de la vida pública avanzan a la par de otro proceso no menos sustantivo: a saber, el ciclo de reformas neoliberales que arranca en la década de los 80’s, y que sigue su curso en el presente. La globalización, que no es otra cosa que la sombra obscena de la neoliberalización, coincidentemente está atravesada por dos fenómenos particularmente notorios: la desnacionalización de la economía y la militarización de los Estados.  La politóloga Pilar Calveiro especula acerca de esta correlación: “El poder militar ‘abre’ las condiciones para una nueva hegemonía; por eso guerra y globalización han sido, hasta el presente, procesos inseparables”. 

Bien podría argüirse, basándonos en firmes asideros empíricos, que la guerra contra el narcotráfico es un anexo del proceso de neoliberalización. Si se admite la tesis de Calveiro, la guerra respondería a la necesidad de un recurso contra la cerrazón de ciertas áreas económicas estratégicas, especialmente en países cuyas políticas restringen el usufructo privado, principalmente foráneo. El régimen posrevolucionario en México se caracterizó por altos contenidos nacionales-estatistas, claramente adversos para las inversiones extranjeras. 

También cercana a esta lectura, la periodista Dawn Paley observa que la guerra contra las drogas es una tecnología del poder para abrir “grietas en realidades y territorios sociales alguna vez inaccesibles para el capitalismo global”. En “La doctrina del shock”, Naomi Klein defiende una idea sugerentemente similar acerca de las guerras y otros conflictos en el siglo XX:

“Algunas de las violaciones a los derechos humanos más despreciables de este siglo, que hasta ahora se consideraban actos de sadismo fruto de regímenes antidemocráticos, fueron de hecho un intento deliberado de aterrorizar al pueblo, y se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las ‘reformas’ radicales (neoliberales) que habrían de traer ese ansiado libre mercado”.

De hecho la guerra contra el narcotráfico contribuye a alimentar el predominio de una clase: la alta finanza –clase dominante e impulsora entusiasta de la neoliberalización–, a través del lavado de caudales dinerarios provenientes de los circuitos ilícitos de la economía: 

“En esta guerra [contra el narcotráfico], lo que no se quiere ver y tampoco se investiga es la ruta del dinero sucio… Las utilidades de los cárteles mexicanos oscilan entre 18 mil millones y 39 mil millones de dólares al año sólo por ventas de narcóticos ilegales en Estados Unidos… La primera cifra implicaría el blanqueo de 81 mil millones de dólares durante cuatro años y seis meses de esta ‘guerra’. En el segundo caso, el dinero lavado ascendería a 175 500 millones de dólares” (Nancy Flores 2012)

Una característica del período neoliberal es el encumbramiento de un poder anónimo sin freno e incontestado; eso que Calveiro define como un “dispositivo económico-financiero que ninguna instancia internacional está en posición de regular”. Es precisamente esa desregulación o incapacidad de regulación lo que permite que los grandes beneficiarios de los circuitos de “dinero sucio” conserven un relativo anonimato y una impunidad a prueba de “fuego”. 

Algunos bancos como Wachovia, Bank of America, JP Morgan Chase, HSBC, Citigroup, entre otros, han sido señalados por lavar miles de millones de dólares de los cárteles de la droga, principalmente mexicanos. Pero ningún banquero o ejecutivo bancario enfrentó nunca un proceso penal. El Estado no tiene el poder ni la voluntad política para frenar esos dineros ilícitos. En dos de los casos más controvertidos mediáticamente, en los que están envueltos el Banco Wachovia y HSBC, la acción sancionadora del gobierno estadounidense se redujo a multas por concepto de 160 millones y 1.9 mil millones de dólares, respectivamente, que no es más que una ínfima fracción de los ingresos totales de esas casas bancarias. Este es sólo un ejemplo del alcance de ese dispositivo financiero “que ninguna instancia internacional está en posición de regular”. Para esa actividad onerosa y criminal la guerra contra el narcotráfico no tiene estrategia.

Neoliberalización es financiarización de la economía, que consiste básicamente en la desregulación ex profeso de las transacciones dinerarias. En este sentido, la neoliberalización de los Estados implica la omisión concertada de las operaciones que involucran recursos de procedencia ilícita. La guerra contra el narcotráfico no puede atacar esos negocios extralegales o criminales sin atacar la totalidad de esa economía a la que debe su existencia: la extractiva neoliberal.  

12/14/2014

La narcocracia puso al llano en llamas y a Pedro en el páramo


México puede despeñarse

El Capitalismo Tardío es causa de la inmigración debida a los des-gobiernos, y del narcotráfico Una gran mayoría poblacional de Estados Unidos, es insaciable frente a dos recursos que provee México: la mano de obra esclava y semi-esclava en que se convierten los contingentes de inmigrantes “ilegales”, y el blanco polvo con el que se prepara el alimento balanceado para gringos.
El sistema capitalista es el origen de las tribulaciones que emergen, tanto en Estados Unidos, como en México. Pero, las angustias desatadas afectan, no sólo a los habitantes de los países de las Américas, sino a todo el planeta, aunque para este texto, el detalle de los escenarios queda restringido a Estados Unidos y México.
Las oleadas de inmigrantes, así como las miles de víctimas de asesinato, secuestro y desaparición, están causadas por los sucesivos des-gobiernos mexicanos. Desde el 2007, son 22.610 desapariciones, de las cuales 9.612 son responsabilidad de Peña Nieto; 4.514 en el 2013 y 5.098 hasta diciembre 10 del 2014 (ver al respecto la infografía completa publicada por RT en: http://tinyurl.com/o9v2m4a ) .
Por su parte, el mencionado polvo blanco, es parte indisoluble del narcotráfico, del lavado de dinero y de las fortunas malhabidas con las que el Capitalismo Tardío produjo el enriquecimiento ilícito de los banqueros que manejan la Banca Delincuente que converge en Wall Street, así como el de algunos generalotes y el de una serie de principales personeros del Pentágono y de la Casa Blanca.
La narcocracia también convirtió a México en una interminable esquela necrológica
Un resumen de la situación tan penosa, lo expresó Perseo Quiroz Rendón, director ejecutivo de Amnistía Internacional en México, en una rueda de prensa, el pasado 10, Día de los Derechos Humanos:
(Infografía de Russian Today –RT-, en: http://tinyurl.com/o9v2m4a)
Las desapariciones de más de 22.000 personas y, en particular, el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa, han revelado la peor crisis de derechos humanos en los últimos 50 años".
El representante de AI “…exigió al presidente mexicano reconocer la deplorable situación en la que se encuentra el país y lamentó que en el Día de los Derechos Humanos Enrique Peña Nieto no esté en México para reconocer los problemas que azotan la nación, sino refugiándose en otros lados, donde no haya críticas, en referencia a la visita del líder mexicano a Perú” (En: http://tinyurl.com/nfeupl6 ) .
Y Javier Hernández Valencia, representante en México del Alto Comisionado de la ONU, advirtió del peligro que su vez se cierne sobre los padres de los 43 normalistas desaparecidos, al ser entrevistado por el diario ´The Guardian´: “… en las redes sociales algunos están empezando a difamar e insultar a los estudiantes desaparecidos, y a demonizar a sus padres y sus demandas. La gran ola de protesta generada por el caso de los 43 estudiantes necesita ser protegida" (En: http://tinyurl.com/lbkjtmc ).
En lo que atañe al peor nieto de los Peña, el narcopresidente Enrique Peña Nieto, es un nieto que, en un principio, con su sonrisita de plástico, su aire de bobalicón y su abundante ignorancia, daba risa.
Más adelante, y con afinidad a uno de sus apellidos, empezó a dar pena. Pero ahora, y aunque no rime con sus nombres, después de convertir el palacio de gobierno en un putadal, y demostrar la connivencia de su des-gobierno, con la delincuencia, sólo produce asco.
Acerca de los dos sentidos del vocablo “despeñarse”
México lindo y querido, en las zarpas de la narcocracia con Peña Nieto al frente, va directo rumbo al abismo, esto es, uno de los dos sentidos del vocablo “despeñarse”.
Aunque, si la insurgencia de toda la parte noble del Pueblo de México rebrotara y saliera a la calle unida, podría aprovechar la ocasión y despeñarse.
Pero, en el otro sentido del vocablo “des-peñarse”: quitarse de encima a Peña Nieto.