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1/28/2024

Las víctimas olvidadas de la guerra de clases

 rebelion.org

Fuentes: The Chris Hedges Report / Ilustración: Mr. Fish

Estoy sentado en la barbería de Eric Heimel en el centro de Mechanic Falls, Maine. Russ Day, que fue el propietario durante 52 años antes de vendérsela a Eric, me cortaba el pelo cuando yo era niño. La peluquería no ha cambiado. Una trucha mecánica en la pared. El suelo de linóleo desgastado. El sillón de barbero Emil J. Paidar de 1956. Las dos banderas americanas de la pared que flanquean el espejo ovalado. La placa que reza: «Si un hombre está solo en el bosque, sin una mujer que le oiga, ¿sigue estando equivocado?». Otra placa que dice: «Los hombres tienen 3 peinados con raya… sin raya… ¡y sin raya!». Casi puedo ver a mi abuelo, con su grueso anillo masónico de oro en el dedo meñique fumando un cigarrillo Camel sin filtro, esperando a que Russ termine.

Eric cobra 15 dólares por corte. Quería ser soldador, pero las clases de soldadura estaban llenas. “Cortar el pelo. Soldar. La misma mierda», dice, con una camiseta negra en la que se lee «Toad Suck» y tiene el dibujo de un sapo montado en una moto Harley-Davidson. En el sombrero de Eric hay una mosca casera de pelo de ciervo, conocida como ratón, que utiliza para pescar con mosca.

“Cebo grande, pesca grande”, dice.

“Cada día cruzan ese semáforo 17.000 coches y camiones”, dice mirando al semáforo situado frente a su negocio. Solo necesito que 10 o 20 se detengan cada día para un corte de pelo”.

La pandemia afectó seriamente a su barbería. Los clientes desaparecieron durante meses. Eric no se vacunó del Covid. No confía en las compañías farmacéuticas y no le convencieron las afirmaciones del gobierno de que es segura y eficaz. Luego, además del Covid, hubo un asunto con el cartel que preside la tienda que decía: “Barbería de Russ Day”.

Russ quería recuperarlo.

“Cuando compré el negocio lo compré con el cartel”, dice Eric. Una noche lo robaron.

“No fue Russ”, dice. “Él ya ha cumplido los ochenta. Debe de haber sido su yerno”.

“¿Avisaste a la policía?, le pregunto.

¿Cómo vas a ganar un juicio a un tipo de 82 años?, responde. “Además, nunca he denunciado a nadie a la policía”.

Russ dijo a Eric que quería llevarse su trucha mecánica. “Ya le di el salmón”, dice Eric. “La trucha no le pertenece. Ahora es de Eric”.

Hablamos de noticias locales, incluyendo la del tipo que metió su tarjeta de crédito en la bomba de combustible de Citgo, se echó gasolina por la cabeza y se prendió fuego. Murió. En mayo un borracho disparó varios tiros a otro hombre en True Street. No le dio. También hubo un apuñalamiento en una pelea entre vecinos. Pero los delitos graves son raros, aunque muchas personas guardan pequeños arsenales en sus casas.

La antigua ciudad fabril de 3.107 habitantes, como los pueblos rurales de todo Estados Unidos, se esfuerza por sobrevivir. No hay mucho trabajo desde que la fábrica de papel Marcal –que funcionaba con tres turnos diarios y se situaba a orillas del río Little Androscoggin que atraviesa el centro de Mechanic Falls– cerró en 1981. Mi tío trabajaba en el departamento de contabilidad. En aquel entonces los días de gloria de la ciudad habían pasado a la historia. La fábrica de rifles Evans, que producía rifles de repetición y las fábricas de ladrillos y conservas, las zapaterías, la fábrica de máquinas de vapor, W. Penney and Sons, uno de los mayores talleres mecánicos del estado, eran ya recuerdos lejanos.

Los cimientos llenos de maleza de las antiguas fábricas yacen en las afueras de la ciudad, olvidados y descuidados. La antigua fábrica de papel fue destruida por un incendio en 2018. Hay escaparates vacíos en el centro y el omnipresente problema de la inseguridad alimentaria –la escuela secundaria regional tiene un programa de desayuno y almuerzo gratuitos durante todo el año– de los opiáceos y el alcoholismo. En un radio pequeño hay tres o cuatro dispensarios de marihuana. La casa donde vivían mis abuelos, a dos manzanas del centro del pueblo, se quemó. También lo hizo la iglesia de enfrente. Sus restos carbonizados nunca han sido demolidos. Los domingos por la mañana oía a los fieles cantar himnos. El banco del centro del pueblo cerró. Ahora es un estudio de fotografía y una peluquería. En la ciudad de Oxford hay un casino que, al igual que los billetes de lotería, funciona como un impuesto encubierto a los pobres. El día de mi visita se celebra en una heladería una recaudación de fondos para un niño de ocho años que necesita un trasplante de riñón.

La ciudad es blanca en un 97%. La edad media de la población es de 40 años. El ingreso medio por vivienda es de 34.864 dólares. Trump ganó la última elección en el condado de Androscoggin, donde se ubica Mechanic Falls, con el 49,9% de los votos. Biden se llevó el 47%. Los republicanos como Trump nunca tuvieron mucho apoyo en el pasado. Franklin D. Roosevelt ganó las elecciones de 1932. En 1972, el condado votó por George McGovern. Jimmy Carter ganó el condado en sus dos elecciones presidenciales. Pero, como en decenas de miles de enclaves rurales de todo el país, una vez que se fueron los empleos y los demócratas abandonaron a los trabajadores y trabajadoras, la gente se desesperó. Ronald Reagan y George H. W. Bush, tras el cierre de la fábrica con la pérdida de más de 200 empleos, ganaron el condado, al igual que el estado. Pero las cosas no han mejorado.

Frente a la barbería se encuentra el Bamboo Garden, un restaurante regentado por la única familia china de la localidad. Eric dice que los propietarios se la ganaron a otra pareja china jugando al póker. ¿Cómo era su experiencia? ¿Cómo se las apañaba su hija siendo la única muchacha china de la escuela? ¿Eran bien aceptados y estaban integrados en la comunidad? Hablo con la propietaria, Layla Wang. Le pregunto si experimentan racismo. “Gente muy simpática”, dice. Pregunto si su hija –que ahora tiene 26 años y vive en Boston– tuvo dificultades en la escuela. “Gente muy simpática”. Le pregunto por sus vecinos. “Gente muy simpática”, repite.

Debe de haber sido un infierno.

A mi abuelo no le gustaban los negros, los judíos, los católicos, los homosexuales, los comunistas, los extranjeros ni nadie de Boston. Si no eras blanco, protestante y de Mechanic Falls, estabas muy abajo en la escala racial y social. No me lo imagino invitando a los Wang a cenar.

En las afueras del pueblo está Top Gun of Maine, que vende armas de fuego y tiene un campo de tiro. Hay una bandera roja con las barras y estrellas en la pared que dice: «Nación Trump». El dueño pone periódicamente mensajes en una pizarra frente a la tienda, del tipo «Biden va a quitarte las armas» y «Adelante Brandon».

Me reúno con Nancy Peterson, la bibliotecaria, y su marido, Eriks, que dirige la sociedad de historia del pueblo en la biblioteca municipal. La biblioteca se encuentra en lo que era el aula de economía doméstica del antiguo instituto. Mi madre y mi tía tomaron clases de economía doméstica aquí. Los alumnos de secundaria van ahora a una escuela especializada en la ciudad vecina de Polonia. El edificio que albergaba la biblioteca municipal cuando yo era niño se vendió.

En una de las paredes del primer piso, donde se encuentra la oficina municipal, hay una fotografía en sepia del Regimiento de Infantería 103 de Maine. Mi abuelo, que era sargento, está sentado a la derecha, al final de la primera hilera. Mi tío Maurice está de pie en la fila de atrás. Mi abuelo fue destinado a Texas durante la Segunda Guerra Mundial para entrenar a los reclutas. Maurice fue con el regimiento al Pacífico Sur y luchó en Guadalcanal, en las islas Salomón, las islas Russell, las islas de Nueva Georgia, Nueva Guinea y Luzón, en Filipinas. Fue herido y regresó a Mechanic Falls destruido física y psicológicamente. Trabajaba en el aserradero de mi tío, pero a menudo desaparecía durante días. Nunca hablaba de la guerra. Vivía en una caravana y bebió hasta caerse muerto.

Al desaparecer la fábrica, la gente tuvo que buscar trabajo fuera de la ciudad. Bath Iron Works, el mayor constructor de buques militares de Maine, solía enviar furgonetas para recoger a los trabajadores por la mañana temprano y traerlos de vuelta por la noche. Bath está a 90 minutos en coche.

Maine cría personas excéntricas. Nancy y Eriks me hablan de Mesannie Wilkins, enterrada en el cementerio del pueblo, a quien en 1955, cinco semanas antes de cumplir 63 años, le dijeron que le quedaban entre dos y cuatro años de vida. El banco estaba a punto de embargar su casa. Decidió que, si la vida iba a ser tan corta y se quedaba sin hogar, iría a caballo de Maine a California. Salió de la ciudad con 32 dólares en el bolsillo montada en un caballo llamado King. Depeche Toi, su perro, montaba un caballo negro orín llamado Tarzán. Mesannie, que hizo el viaje de diez mil kilómetros en 16 meses vestida con una gorra de caza con orejeras y botas de fieltro de leñador, vivió otros 25 años. Jackass Annie Road, en Minot, lleva su nombre. Y también tenemos a Bill Dunlop, veterano de la Marina y camionero, que cruzó el Océano Atlántico en un barco de fibra de vidrio de tres metros llamado Wind’s Will (A capricho del viento). Utilizó un sextante de 16 dólares para orientarse. Entró a formar parte del Libro Guinness de los Records por cruzar el Atlántico con el barco más pequeño. A continuación se embarcó en su diminuta nave para circunnavegar el globo, un viaje que se preveía duraría entre dos años y medio y tres años. Atravesó el Canal de Panamá y cruzó la mitad del Océano Pacífico, pero en 1984 desapareció entre la vasta extensión de agua que separa las Islas Cook de Australia.

Es por la tarde y estoy sentado a una mesa en la [Asociación de Veteranos de Guerra] American Legion Post 150, en Elm Street, con Rogene LaBelle, que fue camarera durante 50 años y su amiga Linda Record. Es la noche de las hamburguesas. Los miembros pueden comer una hamburguesa con patatas fritas por 5 dólares. La sala está abarrotada. El bar no para. Hay banderas de Estados Unidos en la pared y una fotografía del Monumento Nacional de la Segunda Guerra Mundial.

Las mujeres recuerdan cómo era el pueblo antes del cierre de la fábrica.

“Aquí trabajaban familias enteras, maridos y mujeres”, dice Rogene. “Y cuando la fábrica se marchó, desaparecieron también los negocios locales. Ahora casi todo el mundo trabaja fuera del pueblo”. Enumera los muchos restaurantes en los que trabajó a lo largo de los años y que han cerrado o ardieron.

“Este lugar era una sala de cine”, dice. «Cuando estaba en 8º recorrí el pasillo del cine y subí al escenario para recibir mi diploma».

Colleen Starbird, vestida con una camiseta de tirantes gris y vaqueros, estaba sentada en el porche con un amigo, Richard Tibbets, que realizó dos misiones en el cuerpo de Marines en Vietnam. El marido de Colleen, Charles, hizo tres misiones como artillero del Cuerpo de Marines en helicópteros Huey en Vietnam. Murió hace 17 años de cáncer de pulmón y huesos, que Colleen cree que fue causado por el Agente Naranja. La pareja era propietaria de la antigua fábrica de papel, que estaban convirtiendo en apartamentos, cuando se incendió. No tenían seguro.

«Presenció cosas terribles», dice. «Interrogaban al Vietcong y luego los arrojaban vivos desde los helicópteros. Le venían recuerdos recurrentes en los que recreaba los hechos. Una noche me obligó a arrastrarme bajo el jeep gritando ‘¡Están aquí! ¡Están aquí! Realmente creía en este país. No quería aceptar que había ido a la guerra por nada».

Colleen tiene las uñas de los pies color rosa, las uñas largas y brillantes de color ámbar y los brazos muy tatuados. El tatuaje que se hizo cuando se casó dice: «He encontrado al dueño de mi alma». Se hizo otro cuando murió su marido: «Para siempre en mi corazón».

No podemos despreciar y demonizar a los estadounidenses blancos de las zonas rurales. La guerra de clases emprendida por las empresas y los oligarcas gobernantes ha devastado sus vidas y sus comunidades. Han sido traicionados. Tienen todo el derecho a estar enfadados. Esa ira puede expresarse a veces de forma inapropiada, pero no son el enemigo. Ellos también son víctimas. En mi caso, son mi familia. Soy de aquí. Nuestra lucha por la justicia económica debe incluirlos. Juntos recuperaremos el control de nuestra nación o no podremos hacerlo.

Chris Hedges es un periodista estadounidense ganador del Premio Pulitzer. Fue durante 15 años corresponsal en el extranjero para The New York Times, ejerciendo como jefe para la oficina de Oriente Próximo y la  de los Balcanes.

Fuente: https://chrishedges.substack.com/p/the-forgotten-victims-of-americas?utm_source=substack&utm_medium=email

9/05/2020

Lucha por la equidad de género: de la mano de la lucha de clases

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Marcha mujeres 8 marzo en Guatemala
Foto: Prensa Libre

“Fueron mujeres comunistas las primeras que plantearon la opresión y la lucha contra el patriarcado”.
Luchadora social guatemalteca

En Guatemala, luego de la Firma de Paz en 1996, alguna vez un funcionario de un organismo internacional decía con vehemencia a los consultores que estaban dando forma a un proyecto de apoyo para víctimas de la guerra, que había que posicionar “muy claramente” el tema de género. “Género, género, equidad de género por todos lados”, pedía acucioso. “Eso es lo que los financistas quieren oír”, agregaba con un nada disimulado ímpetu. Esa insistente petición (¿orden?) abría un interrogante: el tema de género como se comenzó a posicionar para la década de los 90 del pasado siglo, ¿surge enteramente de las luchas político-sociales de las mujeres, o tiene algo de artificioso?

Plantear este tema puede verse como un velado machismo que sobrevive subrepticiamente en estas líneas. La intención, sin embargo, es abrir una crítica -serena, profunda y certera- sobre mucho de lo que la llamada “cooperación internacional” impone. La opresión del género femenino a manos del masculino (patriarcado) es una más de tantas opresiones que recorren la actual dinámica humana, al igual que la económica (diferencia de clases sociales: explotación), la étnica (léase: racismo, “razas superiores” sobre “incivilizados”), el repudio de la diversidad sexual (heteronormatividad reinante descalificadora de otras opciones), adultocentrismo, blancocentrismo, y seguramente más de algún otro etcétera. Luchar contra cualquiera de esas asimetrías no puede hacerse en forma independiente, desgajada: todas las contradicciones se anudan. Imaginemos un mundo manejado, por ejemplo, por mujeres, o por negros, donde también se da la explotación económica (a los varones, o a los blancos): solo sería cambiar de amo. Una verdadera revolución debe modificar todas las asimetrías simultáneamente.

El tema de género, indispensable en las luchas por un mundo de mayor justicia, es de capital importancia. Pero lo que ha venido impulsando ese peculiar mecanismo llamado cooperación internacional en estos últimos años puede llamar a confusión. Vale aquí aquello de “divide y reinarás”. La atomización de las luchas sociales, en vez de potenciarlas, tiende a debilitarlas: cada quien por su lado con su pequeña parcela, logra poco. La cuestión de base no es, obviamente, “mujeres versus hombres”. La actual inequidad de género es un tema social, por tanto, involucra a todos los géneros, al colectivo en su conjunto. Reivindicar a Lorena Bobbit no es el camino.

Nos inspira en esa crítica lo dicho por la feminista comunista Silvia Federici: “No es casual que aunque el capitalismo se base presuntamente en el trabajo asalariado, más de la mitad de la población mundial [amas de casa, trabajadores precarizados] no esté remunerada. La falta de salarios y el subdesarrollo son factores esenciales en la planificación capitalista, nacional e internacional. Esos son medios poderosos con los que provocar la competencia de los trabajadores en el mercado nacional e internacional y hacernos creer que nuestros intereses son diferentes y contradictorios. (…) [Las mujeres] no estamos peleando por una redistribución más equitativa del mismo trabajo. Estamos en lucha para ponerle fin a este trabajo [doméstico no remunerado], y el primer paso es ponerle precio”.

La lucha por la equidad de género, sin articularse con las otras luchas, puede resultar incluso cuestionable. En tal sentido, nos permitimos citar palabras de una incansable luchadora guatemalteca, pionera en la lucha contra el patriarcado en el país, que por razones de seguridad pide ocultar su nombre (la llamaremos simplemente “Entrevistada”). He aquí extractos de una entrevista inédita donde ella plantea estos postulados.

(…) Pregunta: En los 80, en plena guerra, la lucha contra el patriarcado ¿ya empezaba a ser un eje importante?

Entrevistada: Creo que todavía no pasaba a ser tan importante en aquel momento. Creo que hasta ahorita se está reconociendo este tema. Pero no hay que dejar de reconocer que con los comunistas, con los clásicos, es que primeramente se da a conocer la opresión de las mujeres. En su momento no se le daba toda la importancia, pero fueron mujeres comunistas las primeras que plantearon la opresión y la lucha contra el patriarcado. Hay antecedentes de mujeres que venían luchando desde la Revolución Francesa, o desde las luchas de Lenin, y las mujeres comunistas ya habían recorrido un camino, pero nunca se visibilizó ese trabajo. Quizá la única que se visibilizó, seguramente por sus aportes teóricos, fue Rosa Luxemburgo. Después Clara Zetkin, pero no fue tan evidente, más bien fue ocultada. O también Alejandra Kollontai, que hablaba de la sexualidad de un modo pionero, y fue una de las primeras mujeres que ocupó cargos del Estado. Nadia Krupskaya, la compañera de Lenin, que fue una educadora, y así hay muchas mujeres que hasta ahora empiezan a visibilizarse y que en su momento no se las consideraba, pues se decía que no era tan importante la lucha de las mujeres. A pesar de que se tenía todo ese camino recorrido de las mujeres francesas, de las inglesas, por ejemplo con su lucha por el derecho al voto, por prejuicios no se quiere saber mucho de eso. El tema del patriarcado es como con el racismo: son cosas que tenemos tan arraigadas que ni las reconocemos como problema.

(…) El machismo está muy arraigado, es muy difícil combatirlo. Cuando se analiza el patriarcado una se da cuenta que nadie va a querer perder sus privilegios. Porque los hombres, hay que decirlo, tienen más privilegios que las mujeres. Por más que digan que están de acuerdo con la lucha de las mujeres, a la hora de hacer cambios reales de actitudes, de repartir poderes, es muy difícil hacer el cambio.

Pregunta: Cambiar profundamente los patrones culturales es difícil, sin dudas. La transformación social cuesta, con el patriarcado, con el racismo, con autoritarismo. “Vos sos mujer, entonces andá y prepará la comida”. Eso lo tenemos tan incorporado que cambiarlo es cuesta arriba. ¿Qué hacemos entonces?

Entrevistada: Está complicado. Todos los mandatos que trae la sociedad implican esa dificultad, es difícil cambiarlos. Esas son las actividades de las mujeres y estas son las de los hombres; eso parece ya escrito, y por más que quieras hacer cambios de actitudes, tiene que haber una fuerza grandísima para lograrla, y no es fácil. Creo que tienen que pasar generaciones para que se extingan, con un trabajo educativo y político continuo. Por la experiencia que se ve, no es tan fácil de cambiar.

(…) El patriarcado hay que verlo con todas sus facetas: no es algo que solamente sea en la casa. También la sexualidad, el trabajo, la violencia, el trabajo doméstico fundamentalmente. Es todo eso al mismo tiempo. Hasta el año 85 para mí era tan difícil poder ir hilvanando cada una de estas nuevas experiencias que iba reflexionando, porque las iba conociendo, y a partir de los años 85 cuando comparto las reflexiones con otras mujeres que ya lo estaban pensando, se me amplió el panorama. Creo que Cuba todavía no ha logrado definir políticas públicas de mayor impacto en la transformación de las mujeres. Las mujeres han tenido acceso a la educación, y eso está muy bien, pero creo que a la cultura del patriarcado tiene todavía muy arraigada sus raíces en la población, por lo que debe seguir trabajándose. Todo el movimiento de mujeres avanzó mucho en América Latina, y son ellas quienes avanzaron en la lucha contra el patriarcado. Sin embargo, con esto de los lenguajes políticamente correctos ahora hay un retroceso en la lucha. Creo que se ha venido despolitizando el tema de género, se lo ha aguado un poco.

Pregunta: ¿Por qué decís “despolitizado”?

Entrevistada: Porque ya todo el tema de género entró en una cierta moda, un planteamiento vinculado a la cooperación internacional, que fue tornándolo desideologizado, despolitizado. Se lo desvinculó de la lucha de clases, y así perdió toda su fuerza como lucha. Si en Cuba, con una revolución triunfante, cuesta ir haciendo los cambios necesarios, en un contexto como aquí, en Guatemala, de derecha, cuesta mucho más. ¡Cuánto nos costó a nosotras, las mujeres, el reconocimiento de la existencia de violencia en Guatemala! Eso era algo que se tenía por normal. Con toda nuestra lucha empezaron a cambiar un poco las cosas. Empezó a cambiar un poco el marco legal, y así lo empezaron a aprobar una serie de partidos, y en el tiempo, con las Conferencias de las Mujeres organizadas por la ONU, fue que se empezó a reconocer la violencia. Ahora están las leyes, pero su aplicación así como se hace es muy deficiente todavía. Todavía a las mujeres se las manipula, se las excluye; se las hace estar más interesadas en ver la tecnología o la moda, y eso impide que las mujeres estén pensando en tomar conciencia de que son objetos, de que las ven como objetos. La violencia real sigue existiendo, el golpe, la violencia económica, psicológica, y también política.

Pregunta: Desde el 96, cuando se firma la paz, todo se empieza a inundar de cooperación internacional. Fue una avalancha de dólares y euros. Hasta se “puso de moda” el tema de género. ¿Qué opinás de todo eso?

Entrevistada: Creo que desde allí viene la despolitización. Con esa avalancha de dinero cualquiera hacía su grupo sin ningún objetivo estratégico, para conseguir algunos fondos, solamente hablando de equidad de género como una cierta moda que se había instalado. Era un chantaje. Para nosotras fue fundamental tener a la URNG, [Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, unión de los cuatro grupos guerrilleros existentes en ese entonces] porque íbamos luchando dentro de ese marco, al tener la unidad con las otras organizaciones. Teníamos muy claro cuáles eran los lineamientos dentro de ese marco. Como no dependíamos de la cooperación internacional, no teníamos la presión de responder a su agenda. El tema de la organización que propiciábamos estaba más enfocado en las necesidades y la educación formal y no formal de las compañeras, ya que coordinamos con IGER [Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica] la educación primaria y secundaria para mujeres, y lo informal iba acompañado de lo formal. En un inicio nos criticaron, porque las mujeres estábamos haciendo lo tradicional, porque dábamos costura, dábamos cocina, pero eso era lo que las mujeres querían. Pero por otra parte, y esto es lo importante, estas mujeres también estaban recibiendo la escuela primaria, y además había trabajo ideológico a través de los cursos que se daban. Con el partido diseñábamos los contenidos, sin dejar de tener en cuenta el contexto nacional e internacional, las condiciones de la fábrica, las condiciones laborales, las relaciones familiares, cuestiones de sexualidad, cuestiones de violencia. Fue una de las experiencias más significativas para nosotras, tener esa participación de las mujeres de sectores populares. (…) Después empezó la represión, principalmente en las fábricas. También el neoliberalismo iba avanzando, entonces iban desplazando las fábricas nacionales. En ese período de auge de las luchas y de la organización sindical fue que aprovechamos para darles herramientas para se pudieran defender.

Pregunta: Ya pasaron años trabajándose los temas de género, por lo que puede ser pertinente esta pregunta: la cooperación ¿sirve para impulsar cambios o puede funcionar como un freno en las luchas sociales?

Entrevistada: Siempre he pensado que sí, funciona como freno. Nunca se ha logrado hacer una agenda de negociación real entre la cooperación y los movimientos sociales, más del movimiento de mujeres. Es una forma de control. Dan el dinero para los proyectos, pero te la pasás haciendo foros, reuniones, mientras te están controlando, y después hay que entregar un informe de qué es lo que se hace, quiénes son los participantes. En realidad es como un control dentro de la población –como una CIA metida adentro–. Allí está ese control, por todas partes. Los grupos de solidaridad con que trabajábamos no te pedían eso. En cambio hoy te dan un almuerzo y tenés que llevar los listados de todos los asistentes; es un control permanente, y además te ponen la agenda. Siempre tiene que estar alguien de la cooperación en cada inauguración, porque tienen que mostrar que financian las actividades. Todo eso le quita autonomía a las organizaciones, y a veces se termina priorizando solo lo de género pero solo en este marco que te fijan, y la cooperación no te permite el trabajo de clase, porque lo de etnia lo hace como parte de la cultura, pero controlado. La cooperación te dice qué se puede tocar y qué no. El tema de lucha de clases salió de escena.

(…) Hoy se habla de género pero no de clase, y antes hay clase pero no género. A nosotros nos tocó hacer esa articulación. Con el movimiento sindical nosotras articulamos las demandas de género con las de clase, así como también lo de etnia. Pero no nos dio tiempo para hacer todo lo que pretendíamos. Estábamos ante temas difíciles de tratar, de visibilizar. Queríamos hacer entender que el acoso sexual no solo se da por el empresario, sino que se da por los compañeros trabajadores también. Chocábamos ahí contra prejuicios, por eso tuvimos que ponernos a pensar y trabajar para que los compañeros se dieran cuenta del asunto.

Pregunta: El tema del patriarcado, ¿te parece que está suficientemente abordado en el campo del movimiento comunista, o ves un déficit allí?

Entrevistada: Cambiar el patriarcado es difícil, complicado. Para los hombres es un asunto difícil, porque no quieren perder privilegios. ¿Quién quiere perderlos? Y cambiar el patriarcado es cambiar relaciones de poder. Por supuesto, para los hombres es cómodo seguir manteniendo sus cuotas de poder. No es tan sencillo cambiar eso por decreto.

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com,
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https://www.alainet.org/es/articulo/208644    

6/30/2018

La condición de la mujer y la "primera opresión de clase"


El viejo topo

a
Nota de edición: El jueves [28 de junio de 2018] nos dejó el filósofo marxista italiano Domenico Losurdo. Comunista militante, crítico radical del liberalismo, el capitalismo y el colonialismo e investigador de cuestiones políticas contemporáneas como el riesgo de un holocausto nuclear.
Domenico Losurdo, la última vez que nos vino a visitar
El género de las luchas de clases emancipadoras incluye una tercera especie, además de las dos que hemos visto. Sí, hay otro grupo social, muy numeroso, tan numeroso que es la mitad o más de la población total, un grupo social que padece la «autocracia» y anhela la «liberación» (Befreiung): se trata de las mujeres, sobre quienes pesa la opresión ejercida por el varón entre las cuatro paredes domésticas (MEW, 21; 158). Estoy citando de un texto (El origen de la familia, la propiedad privada y el estado) que Engels publicó en 1884. Es verdad que Marx había muerto hacía un año, pero ya entre 1845 y 1846, en La ideología alemana, texto al que Engels se remite explícitamente, observa que en la familia patriarcal «la esposa y los hijos son los esclavos del hombre» (MEW, 3; 32). A su vez, el Manifiesto, que no se cansa de reprochar a la burguesía la reducción del proletario a máquina e instrumento de trabajo, señala que «para el burgués su propia mujer es un simple instrumento de producción»; pues bien, «se trata justamente de abolir la posición de las mujeres como meros instrumentos de producción» (MEW, 4; 478-479). La categoría utilizada para definir la condición del obrero en la fábrica capitalista también se utiliza para definir la condición de la mujer en el ámbito de la familia patriarcal.
Visto en conjunto, el sistema capitalista se presenta como una se rie de relaciones más o menos serviles impuestas por un pueblo a otro pueblo a escala internacional, por una clase a otra en el ámbito de un país y por el hombre a la mujer en el ámbito de la misma clase. Se comprende entonces la tesis que formula Engels remitiéndose a François-Marie-Charles Fourier y que también defiende Marx, la tesis de que la emancipación femenina es «la medida de la emancipación universal» (MEW, 20; 242 y 32; 583). Para bien y para mal, la relación hombre/mujer es una suerte de microcosmos que refleja el ordenamiento social: en la Rusia ampliamente premoderna, sometidos a una implacable opresión de sus amos, los campesinos –observa Marx– son capaces, a su vez, de dar «horribles palizas mortales a sus mujeres» (MEW, 32; 437). Veamos ahora la fábrica capitalista: aunque el poder despótico del patrono sojuzga a todos los obreros, lo hace de un modo especialmente humillante con las mujeres: «su fábrica es al mismo tiempo su harén» (MEW, 2; 373).
No es difícil encontrar en la cultura de la época voces que denuncian el carácter opresor de la condición femenina. En 1790 Condorcet (1968, vol. 10, p. 121) dice que la exclusión de la mujer de los derechos políticos es un «acto de tiranía». Al año siguiente la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, escrita por Olympia de Gouges, llama la atención en su artículo 4 sobre la «tiranía perpetua » impuesta por el hombre a la mujer. En Inglaterra, más de medio si glo después, J. S. Mill habla de «esclavitud de la mujer», «tiranía do méstica» y «servidumbre real» (actual bondage) sancionada por la ley (1963-1991, pp. 264. 288 y 323 = Mill 1926, pp. 18, 68 y 139).
Pero ¿cuáles son las causas de esta opresión y de la insensibilidad general frente a ella? Condorcet (1968, vol. 10, p. 121) condena «el po der de la costumbre» que ofusca el sentido de la justicia incluso en los «hombres ilustrados». De un modo parecido argumenta Mill (1963-1991, pp. 263-264 = Mill 1926, pp. 15, 17 y 19), quien remite al conjunto de «costumbres», «prejuicios» y «supersticiones» que es preciso superar o neutralizar con «una sana psicología». Aunque se hace referencia a las relaciones sociales, solo se trata de las «relaciones sociales de ambos sexos», que sancionan la esclavitud o sumisión de la mujer a causa de la «inferioridad de su fuerza muscular» y de la vigencia en este ámbito de la «ley del más fuerte».
No se indaga la relación entre la condición de la mujer y las otras formas de opresión. Es más, a ojos de Mill (1963-1991, pp. 264-265 = Mill 1926, p. 19) la relación hombre/mujer es una especie de isla en la que aún se mantiene la lógica del sometimiento, que ya ha quedado muy atrás en otros ámbitos: «Vivimos, o viven por lo menos una o dos de las naciones más avanzadas del mundo, en un estado en que la ley del más fuerte parece totalmente abolida, y se diría que ya no sirve de norma a los asuntos de los hombres». En cambio, desde el punto de vista de Marx y Engels, la relación entre la metrópoli capitalista (las «naciones más avanzadas del mundo») y las colonias es, más que nunca, una relación de dominio y sometimiento; y en la propia metrópoli capitalista la coacción económica (no ya jurídica) sigue presidiendo las relaciones entre capital y trabajo.
Si acaso es Mary Wollstonecraft (2008, p. 30) quien une la denuncia de la «dependencia servil» que se reserva a la mujer con el cuestionamiento del orden social. El dominio machista parece propio del antiguo régimen. Mientras que los campeones de la lucha por la abolición de la esclavitud denuncian la «aristocracia de la epidermis» o la «nobleza de la piel» (Losurdo 2005, cap. 5, § 6), la militante fe – mi nista critica lo que a su juicio se configura como el poder aristocrático de los varones; la denuncia de este poder va unida a la condena de las «riquezas» hereditarias y de los «honores hereditarios», a la condena de las «absurdas distinciones de estamento». En todo caso, «las mujeres no se liberarán» de verdad «hasta que los estamentos no se mezclen» y «no se establezca más igualdad en toda la sociedad » (Wollstonecraft 2008, pp. 109 y 139). Otras veces parece que la feminista y jacobina inglesa cuestiona la propia sociedad capitalista. Sí, las mujeres deberían «tener representantes en vez de ser gobernadas sin ninguna voz en las deliberaciones del gobierno». Pero no hay que perder de vista que en Inglaterra también los obreros están privados de derechos políticos:
Todo el sistema de representación en este país es solo una cómoda ocasión de despotismo, las mujeres no deberían olvidar que están representadas en la misma medida en que lo está la numerosa clase de los obreros, trabajadores esforzados que pagan por el sustento de la familia real, a pesar de que a duras penas consigue saciar con pan la boca de sus hijos (Wollstonecraft 2008, p. 113).
No faltan los puntos de contacto entre condición obrera y condición femenina: lo mismo que para los miembros de la clase obrera, «los pocos trabajos abiertos a las mujeres, lejos de ser liberales, son serviles». Por último, en el ámbito de esta crítica global de las relaciones de dominio que caracterizan el orden social existente, las propias mujeres (sobre todo las de situación más acomodada) deben hacer examen de conciencia, pues a veces dan muestras de «locura» por «el modo en que tratan a los sirvientes en presencia de los niños, con lo que sus hijos creen que aquellos deben servirles y soportar sus destemplanzas» (Wollstonecraft 2008, pp. 115 y 137).
La «jacobina inglesa», que es una excepción genial, parece en cierto modo precursora de Marx y Engels, quienes establecieron un nexo entre división del trabajo en el ámbito de la familia y división del trabajo en el ámbito de la sociedad. El segundo, en particular, formula la tesis de que «la familia nuclear moderna se basa en la esclavitud doméstica, abierta o disimulada, de la mujer»; en todo caso, «el varón es el burgués, mientras que la mujer representa al proletariado » (MEW, 21; 75). 
Entre los contemporáneos de Marx y Engels, quien hace un análi – sis que podría parecerse al suyo no es J. S. Mill sino Nietzsche, aunque con un juicio de valor opuesto. El crítico implacable de la re volución como tal, incluida la revolución feminista, compara la con dición de la mujer con la de los «miserables de los estamentos inferiores», los «esclavos del trabajo (Arbeitssklaven) o los presos» (Genealogía de la moral, III, 18) e indirectamente junta el movimiento feminista con el movimiento obrero y el movimiento abolicionista: los tres buscan afanosamente, para denunciarlas con indignación, las distintas «formas de esclavitud y servidumbre», como si constatarlas no fuese la confirmación de que la esclavitud es «el fundamento de toda civilización superior» (Más allá del bien y del mal, 239).
Evidentemente, el motivo del nexo entre sometimiento de la mujer y opresión social en general está desarrollado de un modo más amplio y orgánico en Engels, remitiéndose siempre a La ideología alemana que escribió con Marx y permaneció inédita mucho tiempo: «la primera opresión de clase coincide con la del sexo femenino por el sexo masculino». Es una larga historia que aún no ha terminado:
La abolición del matriarcado fue la derrota del sexo femenino en el plano histórico universal. El hombre tomó el timón de la casa y la mujer fue envilecida, sometida, convertida en esclava de sus deseos y simple instrumento para hacer hijos (Werkzeug der Kinderzeugung). Este estado de degradación de la mujer […] fue gradualmente adornado y disimulado, a veces tuvo formas más suaves, pero nunca se ha eliminado (MEW, 21; 68 y 61).
Apartado 4 del primer capítulo del libro de D. Losurdo La lucha de clases. Una historia política y filosófica.