Los partidos a los que aludiré son el PAN, PRI y Morena; los demás son tangenciales y no tienen un ascendiente definitorio en las políticas públicas a instrumentarse por el triunfador en buena lid: son meros cabuses. Las alianzas son coyunturales y seguramente se disolverán al menor soplo de los vientos políticos. Los llamados independientes, no lo son, sirven al oficialismo; le son útiles.
I
Uno de los puntos más acuciantes es la llamada “ideología de género”, promovida por el sistema globalizador para eliminar las resistencias a la injusticia neoliberal; es un señuelo distractor, una trampa en que han caído las izquierdas. Ella es una moda que promete bienestar y libertad. Tal ideología sostiene que el sexo es una creación cultural que depende fundamentalmente de cómo se perciba el sujeto a sí mismo, hombre o mujer. Desvincula el sexo de la biología y de la procreación. En la realidad, esa promesa es mero espejismo al atentar contra la vida de inocentes y denigrar la maternidad, postulando entre otros puntos, el “privilegio” del aborto, el “derecho” de los menores a decidir sobre el sexo de su elección al margen de los padres, mediante la ingesta de hormonas o incluso de mutilaciones ordenadas por el Estado. Ideología que hace del deseo sin límite, el criterio y palanca de la conducta. Te hace creer que eres libre, pero en verdad te esclaviza, te somete a una vida inauténtica de fatal consumismo, desnuda de espíritu y de responsabilidad frente a la comunidad, usando palabras de Chul Han.
El único partido que no aprueba dicha ideología, es el PAN. El PRI y Morena la defienden acaloradamente como sustituto de la lucha real por un sistema distinto al neoliberal. Este punto es clave para normar el criterio político y definir el voto en su caso.
II
La pobreza y la desigualdad económica y social, frutos del modelo neoliberal contrario al bien de la comunidad, son otras patologías sociales que claman al cielo. Dicho modelo violenta sin miramientos el principio de solidaridad tan central para una vida auténticamente humana. Desde 1982 en que se implantó formalmente el neoliberalismo con sus políticas públicas hasta la fecha, el resultado de tal modelo ha sido patético en términos económicos, sociales y políticos; equivale a un fracaso. Crecimiento del PIB raquítico; política fiscal y de monopolios provocadora de una inaudita concentración de riqueza en unas cuantas manos; endeudamiento endemoniado con el Fobaproa como emblema de la desvergüenza. Ese Fobaproa nos endeudó para siempre a los mexicanos, para regocijo de la banca parasitaria y para ruina de las generaciones futuras.
El neoliberalismo al servicio de la finanza improductiva, todo lo reduce a mercancía: la vida misma, el trabajo, la política, el arte bajo el impulso perturbador de la eficiencia. Su lema: “consumir la vida en vanidades”. Para el neoliberal, es válido todo lo que resulta eficaz con independencia de la licitud de fines y medios -es decir, el fin justifica los medios-. En este punto, las diferencias reales -no retóricas- entre los tres partidos son de matiz, cuantitativas y no cualitativas.
Morena en la práctica, no se aleja del modelo depredador. Dicho partido ahora equilibrista, paradójicamente, está liderado en materia económica, tanto por empresarios que se beneficiaron del Fobaproa y que defienden la reforma energética, como por zedillistas de cepa, ultra neoliberales. Y evidencias adicionales de ello sobran, a la luz de las políticas instrumentadas en la ciudad capital por su hoy candidato: la urbana que pobló de edificios amplias zonas de la ciudad capital de manera irracional, en beneficio de los pulpos inmobiliarios, preludiando el paroxismo edificador de este sexenio; la política de alianzas con grandes empresarios en las obras del centro y de los segundos pisos, cuya información quedó reservada por lustros; la política laboral, contraria a los derechos de los trabajadores del entonces gobierno del DF al privarlos de prestaciones que compensaban sus precarios salarios, en aras de la eficiencia , con excepción de su chofer. Su antineoliberalismo es pura retórica para encandilar a ingenuos.
El PAN anayista, sin el lastre calderonista-priista, en teoría, podría levantarse del polvo y volver a la senda de sus principios de doctrina originales, del humanismo solidario antiliberal, basado en los valores sociales del cristianismo que subordinan el capital al trabajo. El PRI endiosa al neoliberalismo sin rubor alguno a pesar de su fracaso estrepitoso. Por otro lado, para dorar la píldora, los tres partidos aplican paliativos asistenciales, aspirinas, azucarando un poco la amargura neoliberal.
III
El siguiente problema es el de la inseguridad galopante, surgida con motivo de la violencia desatada desde el 2006 con el inicio de la “guerra” contra la delincuencia organizada. Tal remedio ha resultado peor que la enfermedad; se fragmentaron los cárteles y se multiplicó la violencia y sus métodos sanguinarios. El resultado: decenas de miles de muertos, ejecutados, desaparecidos, es decir, una tragedia nacional, una crisis humanitaria sin precedentes a la que por desgracia el país se ha acostumbrado sin compenetrarse del dolor ajeno.
La culminación de dicha política de “seguridad” es la ya aprobada Ley de Seguridad Interior de fuerte tufo autoritario, que legitima jurídicamente la militarización del país comenzada de facto en 2006. Esa ley sacrifica las libertades básicas en aras de una supuesta seguridad, la de los establos. Tal ley ha sido objeto de una crítica demoledora por parte de los organismos de derechos humanos de todo el mundo por considerarla de claro cuño autoritario. Representantes populares del PAN anayista la han cuestionado ante la Suprema Corte. Morena y el PRI la defienden y la incorporan en sus programas de gobierno. Otro punto decisivo para ponderar el voto en su caso.
IV
Y el último punto se refiere a la corrupción. Se nos ha hecho pensar que ese es el problema central. Pienso que no. La corrupción es el efecto de esa ideología nihilista de género -distinta a la legítima lucha de la mujer por la igualdad de oportunidades- que conduce irremediablemente al desenfreno, al que todo se valga, a violentar la vida de inocentes y la integridad de menores; resultado es también la corrupción de tal sistema económico injusto, el neoliberal que lleva a la desesperación, al rencor de clase, al uso de la política y de la empresa para fines de enriquecimiento fácil, a la pobreza; y asimismo, es ella fruto de un sistema de seguridad que produce miedo, delación, desconfianza, brutalidad, encono. La ausencia de valores, de principios, de convicciones, de vida social auténtica deja un vacío que pronto es llenado por las variadas caras de la corrupción.
Ningún partido, en esta materia, puede arrojar la primera piedra. Todos están manchados de una o de otra manera, en proporción directa al tiempo que han gobernado y a sus tesis y prácticas políticas. Eso ha propiciado que el virus de la corrupción haya penetrado las raíces culturales del país. Son las élites las que tienen la mayor responsabilidad de ello por ser las que debieran dirigir, “ir delante” con una visión de bien común. Mientras no se ataquen las causas que engendran tal virus, a través de una nueva conciencia, de un nuevo comenzar a través de un largo camino, la corrupción seguirá inoculándose impunemente.
El cambio, el nuevo comienzo que se requiere es de índole cultural: tarea de muy largo plazo sin duda como lo señaló con claridad y honestidad Marichuy Patricio. Empresa que exige generosidad, esfuerzo, sacrificio cotidiano y reflexión crítica. Tarea que deberá ser encabezada por personas con vocación y sentido de heroísmo, éste tan ajeno a los tiempos digitales ineptos para la resistencia organizada y eficaz (Chul Han), de puro consumismo, frivolidad e inconciencia. Solamente se irá dando el cambio de paradigma económico, social y político, en la medida en que la familia y la escuela, las de siempre, puedan asumir en libertad, su misión de formar la personalidad de los futuros ciudadanos. Por ahora, dadas las circunstancia y patologías de la sociedad mexicana antes descritas, no hay condiciones de posibilidad para el pacto que propone Javier Sicilia, a quien admiro y respeto, en la brillante entrevista del periodista Brito de la revista Proceso. La paz y la reconciliación son fruto siempre de la justicia y la libertad; los buenos deseos no las generan sin hondas transformaciones culturales.
Mientras tanto, conscientes de la precaria realidad y sin grandes expectativas, pienso que habrá que optar entre no votar o elegir mediante el voto del mal menor en la próxima contienda electoral. El no votar le es útil al oficialismo; votar por el mal menor en esta ocasión y tiempo políticos, parece ser la opción más razonable.
La política anayista a favor de la vida de inocentes, de que no se violente la integridad y porvenir de menores en materia de sexualidad, y su política de seguridad, contraria a la Ley de Seguridad Interior legitimadora de la militarización del país, junto con el asedio implacable contra el PAN anayista por parte del oficialismo -con motivo de la salida de despechados calderonistas y foxistas uncidos hoy al priismo- son indicativos de gran calibre, electoralmente hablando. El desconcertante y ambiguo equilibrismo de Morena en el campo económico y su inclinación por la Ley de Seguridad Interior, son también indicativos elocuentes para normar el criterio. El caso del PRI es patético, está desahuciado, no tiene remedio alguno, pero recurrirá a todo en su afán de imponerse.
El bombardeo insubstancial de la propaganda no debe ser el criterio para emitir el voto. Dicho bombardeo aturde y transforma al votante en consumidor irresponsable frente a sí mismo y la comunidad. Una democracia plena, demanda del ciudadano antes de emitir el sufragio, una deliberación prudente que pondere serenamente todos los factores. Que cada joven, que cada persona sencilla hagan estallar la novedad de la esperanza reflexiva y entusiasta.
Dedico este texto con admiración, a Marichuy Patricio.