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7/27/2016

¡Hemos ganado una batalla! Y nadie nos va a quitar eso




Mucho se ha hablado de un caso particularmente mediático, que probablemente haga diferir a las organizaciones y activistas: el caso de un video musical que hace apología del feminicidio.
 
Al respecto han surgido diferentes posturas. Una de ellas busca advertir sobre los peligros –para la libertad de expresión- que tiene la persecución por la vía penal en un caso como este, y que dicen, puede utilizarse contra periodistas o disidentes.
 
Ante esto parece pertinente hacer ciertas acotaciones a esas posturas. Para empezar hay que decir que la libertad de expresión no es ilimitada, ni a priori, es un derecho humano por el que se debe de pelear y por el que las feministas también hemos luchado constantemente, pero no es un cheque en blanco, no puede defenderse un delito.
 
Independientemente de sí encuentran culpable o no (al cantante que hizo el video), de si lo hizo con dolo o fue ignorancia: lo cierto es que es necesario eliminar contenidos que alimenten el terrible entorno de violencia de género que existe en el país.
 
Y es que con estas voces que proclaman se priorice la libertad de expresión, de manera indirecta se deslegitima la lucha y voz de las mujeres que durante años han tratado de promover vidas libres de violencias.
 
Luchas que han librado con todo en contra, pero que han servido para que un marco legal nos proteja de esos contenidos que promueven el odio en contra de nosotras, la violencia y la discriminación.
 
La Ley de Telecomunicaciones señala que la comunicación es un bien público con una responsabilidad social, que debe construir contenidos respetuosos de la dignidad humana de las mujeres. Esto mismo se vierte en el artículo 223 y en el 256 de la Ley vigente de Telecomunicaciones y Radiodifusión que habla sobre los derechos de las audiencias.
 
Hay que señalar que dicha ley también creó el Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano que busca promover contenidos libres de violencia contra las mujeres y la no discriminación.
 
Y la Secretaría de Gobernación tiene la obligación de actuar ante este tipo de contenidos, según el reglamento de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (en el artículo 54) por lo que en el mejor de los casos, debió haber actuado para que no se difundiera este video.
 
Si bien tenemos el derecho como audiencia de consumir lo que deseemos, ese derecho también implica una regulación de contenidos, la educación de las audiencias y la responsabilidad del emisor.
 
Coincidimos en que la vía penal debe ser el último medio para luchar contra éstos, pero sin duda que el Estado reconozca que estos contenidos son peligrosos y se persigan por la vía penal, es un gran paso para vivir una vida libre de violencia.
 
Es importante reconocer lo que se ha logrado y continuar luchando  por criterios básicos que busquen la inclusión y la no discriminación. Se debe buscar también la autorregulación de los medios de comunicación y de los emisores, así como la educación de las audiencias.
 
*Integrante de la Red Nacional de Periodistas


CIMACFoto: César Martínez López
Por: Luna Paz*
Cimacnoticias | Ciudad de México.-  
  

7/23/2016

Reggaetón: ¿Espejo o reproductor de la violencia contra la mujer en Latinoamérica?


Madrid, 21 jul. 16. AmecoPress/RT.- Un videoclip causó la detención y multa al cantante mexicano Gerardo Ortiz, acusado de "apología al delito" por las escenas de asesinato y tortura a la actriz que finge ser su pareja.

El episodio sienta un precedente en un país como México que en 2013, según las cifras del Instituto Nacional de la Mujer, tuvo una tasa de siete feminicidios al día por razones de género. Sin embargo, Ortiz no es el primero ni el último que, con su música, violenta a las féminas: En Latinoamérica, ese mismo mensaje toma forma de baile pegajoso, de ritmo irresistible que no se baila, se "perrea".

Se trata del reggaetón

Un rápido vistazo a la red dice que la etimología de la palabra viene del reggae jamaiquino y el sufijo "tón", que desde el Río Grande hasta la Patagonia, alude a algo grande. Así, el género se ha vuelto una pandemia que contagia caderas y cualquier extremidad con un ritmo entre 90 y 120 pulsaciones por minuto, ideal para que los ejecutantes desplieguen sus instintos más atávicos.
"Si sigues con esa actitud voy a violarte", dice una de las tantas letras del reggaetón, infaltable en casi cualquier fiesta, discoteca o jornada de limpieza dominical en las viviendas latinoamericanas, lo que hace que muchos se cuestionen el por qué del triunfo de un género que puso de moda el "blimbineo latino".

Más realidad que ficción

"El reggaetón es absolutamente pegajoso", reconoce Marianny Sánchez, investigadora del grupo Espacialidades Feministas de la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, "y triunfa porque no muestra nada nuevo, nada que no exista. Toma un fenómeno social que es el machismo y le da forma de música, de entretenimiento, de producto que la gente consume y aplaude sin postura crítica".
Para la profesora universitaria, el reggeaeton sólo le pone ritmo a la violencia cotidiana que viven millones de mujeres en la región y exalta "una manera de vinculación" común en el imaginario latinoamericano, que también implica la cosificación del cuerpo femenino: "No defiendo esa narrativa pero sé que lo que aparece en un video o lo que dicen muchas letras ocurre en la vida real. No hay una escisión con la ficción".

¿Beat feminista?

"Los cantantes se valen del machismo porque no pueden alcanzar la seducción de una mujer con sus palabras, por eso las agreden, las presentan como sumisas a través de su discurso", opina Saúl Escalona, autor del libro De la salsa al reguetón, un fenómeno social.
Aunque el especialista dice que los cantantes de reggaetón han diversificado sus letras hacia una vía más "romántica", en el sustrato de las líricas persiste la violencia machista. En eso coincide Sánchez quien, sin embargo, considera que el combate a ese mensaje no puede darse desde las academias o los salones de clases sino a través de los mismos medios "para poder desestigmatizarlo, para entender que la violencia contra la mujer es un problema de salud pública como el hambre".
Pero el beat, heredero del dembow jamaiquino, el rap y el hip-hop, también tiene sus defensoras mujeres. La cantante Ivy Queen, en su tema Yo quiero bailar, reivindica su derecho a sudar en la pista: "y eso no quiere decir / que pa’ la cama voy (...) porque yo soy la que mando / soy la que decide cuando vamos al mambo". ¿Pero eso basta?

Cuestión de clases

El reggaeton, cuyos orígenes se debaten entre Panamá, Puerto Rico y República Dominicana, ha extendido su dominio en la última década a Estados Unidos y países de Europa como España, este último colonizado por el ritmo latino que lidera las preferencias en Spotify por encima del pop y el rock indie.
Pero no todos admiten que lo disfrutan. El contenido de las líricas, independientemente del pegajoso ritmo, despierta el prejuicio de ciertos grupos sociales. Para Sánchez, esa actitud es la misma que asume alguien que "le gusta el efecto de la marihuana pero le avergüenza decirlo porque el reggaetón está mediado por una categoría que es la clase, el estatus".
En una entrevista ofrecida al diario El País, el musicólogo Víctor Lenore, advierte que ese señalamiento contra el reggaetón está permeado por el clasismo: "Pienso que es una música machista, pero no más que Dylan, Serrat o Sabina, que reducen a la mujer al papel de musa o de alivio nocturno (...) Que se hable de machismo en el reggaeton y no en los Rolling Stones habla a las claras de quién es la clase dominante, ya que letras como Under my thumb o Brown Sugar, apología de la violación de esclavas, son cimas del machismo cultural".
"Lo escucho por diversión. No me parece música educativa ni de buen ejemplo, pero las veces que la escucho es por relajo", dice Roberto Martínez, un joven venezolano estudiante de derecho, quien no duda en afirmar que la influencia de ese género en los jóvenes ha sido "para mal".
Para Sánchez, esa vergüenza "no es por el contenido sino por los usos y escenarios en que se consume el reggaetón", a saber: los sectores populares e históricamente marginados que aspiran la vida de gánster de la que alardean los exponentes del "sandungueo".
Por eso, insiste, deben aprovecharse las irrupciones mediáticas, como la detención del cantante mexicano Gerardo Ortíz por el video en que simula un feminicidio, para debatir sobre la violencia de género que habita en el terreno simbólico, en este caso, en la música.
"Ese mensaje ya está, es parte de lo que somos, sólo que la industria musical le da forma, lo fetichiza, lo muestra como una caja negra. Hay que ver cómo nos aproximamos para preguntarnos qué tan parte del problema y la solución somos, y de qué manera es posible revertir ese ejercicio, más allá de señalar a los medios como los únicos responsables de promover la violencia", sostiene.
Fotos: RT.