10/10/2011

Tres mujeres se erigen en símbolos




Gonzalo Martínez Corbalá

Ellen Johnson Sirleaf, nacida en Liberia hace 72 años, fue galardonada el viernes 7 de octubre con el Premio Nobel de la Paz 2011. Fue reconocida oficialmente, junto con Leymah Gbowee, también liberiana, y con la periodista yemení Tawakkul Karman, una de las revolucionarias hechas a la lucha en la llamada primavera árabe, por su importante tarea a opositora en el régimen gubernamental de su país, del cual había sido objeto de persecuciones, como consecuencia de la orden de captura librada por las autoridades yemeníes en su contra. El director del Instituto Nobel, Geir Lundestad, y el presidente del Comité de Asignaciones, Thorbjoern Jagland, hicieron el anuncio, y aparecen sonrientes mostrando las fotos de las triunfadoras (La Jornada, 7/10/11).

Thorbjoern Jagland afirmó en el acto: No podemos lograr democracia y paz duradera en el mundo a menos que las mujeres obtengan las mismas oportunidades que los hombres e influyan en el desarrollo a todos los niveles de la sociedad.

Yemen es un país que, por la singular forma de su territorio, casi rectangular, tiene dos largas fronteras, al norte con Arabia Saudita y al sur con el mar Arábigo; con Omán al oriente, y con el mar Rojo, desde el golfo de Adén, este estrecho que se prolonga hacia el norte separando las costas de Arabia Saudita y del propio Yemen, de las de Egipto, y Sudán con el desierto de Nubia; Eritrea, que separa a Etiopía del mar Rojo, para luego continuar, hacia el sur, con Yibutí, en el estrecho de Adén, frente de la costa occidental del mar Rojo, desde donde se forma la enorme saliente conocida como cuerno de África, del territorio de Somalia. Es aquí donde se integra el golfo de Adén, con las costas que corren casi paralelamente, de Yemen precisamente, con las de Somalia. Su territorio es de 527 mil 970 kilómetros cuadrados. Y tiene 18 millones de habitantes.

Difícil ciertamente desentrañar la geografía de esta región, que ha sido escenario de tantos violentos conflictos. Suponemos fundadamente que éstos se han desarrollado por la riqueza de petróleo allí, además de la estratégica posición para transitar hasta El Cairo, y el legendario canal de Suez, que da paso al intenso comercio que se realiza por el llamado mar Rojo y hasta llegar al Mediterráneo, en una de sus partes, en las que también se escenifican conflictos bélicos sumamente violentos y prolongados en el tiempo. Hablamos de Medio Oriente.

Por lo que se refiere a Liberia, la patria de las otras dos luchadoras sociales a las que hace mérito el Premio Nobel, tan codiciado en las artes y las ciencias, este país cuya extensión casi duplica de San Luis Potosí, proviene del reparto de África de 1924, cuando supuestamente para evitar los conflictos nacidos de la irrupción de las potencias europeas en ese continente, la Conferencia de Berlín (1884-1885), dicen los libros de historia, es la institución internacional que reglamenta la colonización del continente africano. Lo cierto es que diversos tratados de distribución de los territorios se concluyen a partir de 1890 sin tener en cuenta ni la naturaleza ni las posibilidades de unificar las variadas etnias que los poblaban, y que permanecen, en muchos casos, en la actualidad en sus lugares de origen.

El reparto sólo es cuestionado, dice Georges Duby en su interesante y bien documentado libro Atlas histórico mundial (editorial Debate), entre ambas guerras mundiales, por la atribución en 1919-1920, por los gobernantes de las colonias alemanas a las potencias mandatarias (Bélgica, Francia, Reino Unido), así como por la invasión de Etiopía por Italia en 1936, acto ajeno a toda suerte de derecho internacional, que por cierto el gobierno de Lázaro Cárdenas reprobó en el seno de la Liga de las Naciones, por conducto del embajador Isidro Fabela, distinguido diplomático mexiquense.

También, según el mismo autor, el África blanca sigue el movimiento de emancipación del mundo árabe, al ampliarse la revolución egipcia después de 1952. Por otra parte, en el África negra no hay completa unidad, y es en estos años cuando diversas insurrecciones mal organizadas y peor coordinadas dejan el paso a una descolonización pacífica, nosotros diríamos, a otra primavera árabe de hace más de medio siglo. Es así como los cuadros gubernamentales europeos dejan el paso a la sustitución de las élites africanas occidentalizadas, muchas de las cuales todavía subsisten y dejan ver sus viejas y ya petrificadas raíces europeas.

Ellen Johnson, primera jefe de Estado de Liberia electa por la vía democrática, y su compatriota Leymah Gbowee, distinguida liberiana, fueron justamente galardonadas por su valiente lucha no violenta por la seguridad de las mujeres, así como por sus derechos a participar plenamente en las tareas de pacificación, impostergables, agregaríamos nosotros, en todo el mundo, bien que ya se estuviera actualmente gozando de algunos de estos derechos, o bien que se estuviera viviendo en países en los que estuviéramos lejos todavía de haber alcanzado esta igualdad en la sociedad actuante entre los derechos del hombre y de la mujer.

Uso el verbo en primera persona del plural, porque creo que no podemos estar muy orgullosos del estatus de las mujeres que luchan y también trabajan para consolidar el progreso de sus familias junto con su pareja, pero que no alcanzan el nivel de seguridad y de derechos que su capacidad y su preparación merecen.

Los ejemplos que nos dan las dos liberianas Johnson Sirleaf, Gbowee, y la joven yemení Tawakkul Karman –política rodeada de tradiciones paralizantes, activista pro derechos humanos que lidera el grupo mujeres periodistas sin cadenas, creado en 2005, y que culmina una importante etapa de su lucha, para seguir sin duda cosechando éxitos bien merecidos–, constituyen una plataforma de lucha que tiene raíces comunes, de mucha profundidad en la historia, que está siendo reconocida y aceptada en todo el mundo y que se está dando en esta segunda primavera árabe.

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