11/26/2012

El nacimiento del Morena como partido




Finalmente se concretó, este 20 de noviembre, la transformación del Movimiento de Regeneración Nacional en partido político, anunciada de hecho en la plancha del Zócalo el pasado 9 de septiembre. A marchas forzadas desde esta última fecha pero con el trabajo de promoción y afiliación que desde 2006 ha hecho Andrés Manuel López Obrador a las diferentes modalidades que le imprimió a su movimiento, la organización se enfila finalmente a constituirse formalmente como una nueva expresión de la izquierda electoral mexicana.

Hace exactamente seis años, después del resultado fraudulento de la elección presidencial, López Obrador fue proclamado en la convocada Convención Nacional Democrática como cabeza del llamado gobierno legítimo, modalidad que fue preferida en ese momento a la de un movimiento de resistencia a la imposición. Más adelante, en 2008, en una tácita corrección, se constituyó como Movimiento de Defensa del Petróleo que tuvo como logro frenar parcial y temporalmente desde las calles y desde los foros organizados en el poder Legislativo, la iniciativa calderonista de privatización energética. Finalmente, el movimiento lopezobradorista se constituyó como el Movimiento de Regeneración Nacional que ahora se formaliza como organización electoral. Es, como lo comentaba en mi anterior colaboración, el acta de emancipación del movimiento con respecto de los partidos que hasta ahora le dieron viabilidad y un rostro en los procesos electorales, particularmente del PRD como partido de origen del mismo López Obrador; y al mismo tiempo una encrucijada para las izquierdas electorales.

La transición de movimiento a partido no será fácil e implica inclusiones y exclusiones cuya magnitud no es posible determinar en estos momentos. Hay indudablemente muchos ciudadanos que se integrarán entusiastamente a la naciente agrupación sin haber pertenecido con anterioridad a ninguno de los partidos —PRT, PT y MC— que albergaron al lopezobradorismo, y algunos (al parecer, minoritariamente) provenientes de estas mismas agrupaciones con registro electoral. Pero se marginarán muchos porque desean permanecer en éstas o simplemente porque no quieren militar en ningún partido y preferirían haber conservado al Morena como movimiento.

Pero no es ésta la única de las paradojas y dilemas que envuelven a la nueva agrupación. El movimiento del que nace no es la movilización social en un sentido amplio sino la electoral a cuya cabeza siempre estuvo el político tabasqueño. Se encuentra, así, distanciada con respecto de múltiples expresiones que aparecían no ha mucho como aliadas próximas —destacadamente el movimiento Yosoy132 y otras de las que conformaron el Frente Nacional contra la Imposición el pasado mes de julio—, sobre todo en virtud de la decisión del lopezobradorismo de no movilizarse en las calles mientras se litigaba contra el fraude en las instancias judiciales en julio y agosto pasados. Ahora, el nuevo Morena-partido convoca a para el próximo 1 de diciembre la protesta contra la asunción de Enrique Peña Nieto, pero sin la certidumbre de que a esa convocatoria se sumen los contingentes que se mantuvieron en la protesta durante ese crucial periodo. Recordemos también la abstinencia del Morena frente a las manifestaciones por la reforma a la Ley Federal del Trabajo que inútilmente las bancadas izquierdistas intentaron modificar —sólo parcialmente— en el ámbito legislativo. 

Así, mientras se realizaba a puerta cerrada el congreso fundacional del partido lopezobradorista en la ciudad de México, el SME, la UNT y otras agrupaciones sindicales se manifestaban en el aeropuerto de la ciudad de México y en la Plaza de la República contra la reforma laboral recientemente aprobada por el PAN y el PRI. Acaso no haya mejor testimonio que éste de que el Morena y la movilización social marchan por caminos distintos, tal vez paralelos pero hoy por hoy no convergentes. Eso es grave para una agrupación que pretende, al menos declarativamente, constituirse en el ámbito electoral pero conservarse al mismo tiempo como movimiento; y más aún para las expectativas de dar una salida de carácter popular a la grave situación en que se debate el país.

El reto para Morena-partido de constituirse como expresión del movimiento social general para no quedarse meramente en lo electoral y, más aún, para tener eficacia en lo electoral, no parece cumplirse ni se refleja en su recién integrada dirigencia, donde parece haber prevalecido como criterio más la cercanía personal, política o ideológica con el liderazgo de López Obrador que con los movimientos de la sociedad. En otras palabras, no parece que Morena esté en capacidad de llenar el enorme vacío existente de una expresión política de la inconformidad social y los movimientos de masas, sino encaminarse tan sólo a la vía electoral, como lo hizo en su momento el PRD con los desastrosos resultados que todos conocemos.

México necesita llenar ese vacío, y lo requiere de inmediato. La apuesta no puede ser tan sólo al liderazgo carismático, por fuerte que éste sea, sino a la conformación de un amplio tejido horizontal de las múltiples expresiones de ese descontento. La viabilidad de Morena como partido movimiento radica en ello, y aún está a tiempo de entenderlo y de enfilarse por ese sendero. Es seguro que hay en sus bases y en muchas de sus estructuras intermedias la vocación para entroncar no sólo en alianzas con las otras izquierdas electorales sino también con la legítima inconformidad surgida de todos los poros de la sociedad. El silencio frente a los grandes conflictos que atraviesan a la sociedad, o el combatir tan sólo las expresiones más evidentes de un sistema en proceso de descomposición pero no al sistema mismo no son el camino adecuado para ello; pero el movimiento se demuestra andando y es en éste donde se habrá de ver de qué talante resulta ser el nuevo partido.

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