11/10/2013

Reforma educativa: otra derrota neoconservadora




En México, como bien se sabe, existen dos poderosas organizaciones de maestros. Una es el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Se trata de un sindicato blanco, patronal, charro, oficial o corporativo, de afiliación forzosa, verticalista, antidemocrático y cuya jefatura es decidida e impuesta por el gobierno. La otra es la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Esta es una agrupación de participación voluntaria, de carácter insurgente o antioficialista, horizontalista y cuya dirigencia es elegida democráticamente por sus propios miembros sin la mínima participación e influencia gubernamental.

Pero ocurre que muchos maestros pertenecientes a la CNTE, con toda seguridad decenas de miles, siguen siendo miembros del SNTE. Militan en mayor o menor grado en la CNTE, sin haberse desligado de manera formal del sindicato charro. Esto lo saben tanto el SNTE como las autoridades educativas y políticas del país, pero no pueden hacer nada para evitarlo, pues la participación en la CNTE no es una cosa oficial o documentada y, además, tal participación está protegida por la Constitución General de la República que ampara el derecho de los ciudadanos a la libre asociación.

Por otra parte, cualquier intento de los charros o de las autoridades por sancionarlos o expulsarlos del sindicato blanco implicaría el éxodo de los sancionados o expulsados al sindicato democrático, con el consecuente fortalecimiento y radicalización de éste y el obvio debilitamiento del sindicato blanco.
Más allá, sin embargo, de la participación (doble o única) en cualquiera de las dos organizaciones gremiales, la mal llamada reforma educativa atenta contra los derechos, las conquistas y, sobre todo, el empleo de la totalidad de los maestros.

Para enfrentar esta situación de riesgo laboral, tanto la CNTE como el SNTE han armado una estrategia de defensa. Defensa de los agremiados y, consecuentemente, de la propia organización.

Como es público, la CNTE ha optado por el rechazo abierto de la mal llamada reforma educativa mediante la movilización social permanente, los plantones, las marchas y otras formas de protesta.

El SNTE o, mejor dicho, su dirigencia, luego del encarcelamiento de la principal dirigente, Elba Esther Gordillo, que se opuso pública y desafiantemente a la tal reforma, ha optado por simular que acepta la reforma mientras la combate, la boicotea y la rechaza en los hechos.

Al secretario de Educación Pública, Emilio Chuayffet, el SNTE le dice “sí pero no”. Expresado en lenguaje popular, los dirigentes del SNTE le juegan el dedo en la boca al secretario. Le toman el pelo, lo burlan, lo torean.

Esto es posible, entre otras razones, porque, como bien se sabe, los servicios educativos están descentralizados y son manejados por los gobernadores de las entidades federativas. Y ya ha logrado saberse que los líderes del SNTE en los estados han suscrito con los gobernadores acuerdos de aplicación de la reforma educativa que significan en los hechos la plena anulación de ella.

Por todo lo anterior puede afirmarse que la reforma educativa ha fracasado desde ya. Y que no se observa ninguna posibilidad de que avance o se concrete en lo futuro.

¿Qué se imaginó el gobierno? ¿Que los corruptos líderes del SNTE iban a colaborar con una reforma que, dirigida contra los maestros de a pie, afectaría necesariamente el estado de cosas que les proporciona a esos líderes enormes privilegios y riquezas?

Ahora esas autoridades tienen que luchar, sin posibilidades de éxito, en dos frentes: contra la abierta y decidida insurgencia de los maestros de la CNTE y contra la simulación, la hipocresía y el sabotaje de los viejos líderes del SNTE.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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