8/29/2010

A la luz de la ausencia


Mar de Historias
Cristina Pacheco
El miedo que nos invade acorta nuestros días y nos roba la noche. Antes, en cuanto se acercaba, nos disponíamos a disfrutarla maravillados, atónitos ante su misteriosa belleza; ahora, apenas se anuncia la oscuridad, se escucha en la colonia un estrépito de puertas y ventanas al cerrarse. Después de cierta hora, por las calles nada más se oyen pasos apresurados, alarmas, cláxones, sirenas, voces lejanas y, por encima de todo, el canto de los grillos.

El temor que ha influido en nuestros hábitos también ha modificado nuestra apariencia. Nadie, a menos que esté loco, ni siquiera en una fiesta se atreve a usar joyas o a ponerse ropa, ya no digamos de marca, simplemente nueva o presentable. Esta es la explicación de que en las calles y los comercios de nuestra colonia se vean filas o grupos de personas con aspecto de parias.

El desasosiego nos está obligando a vivir en una especie de permanente inventario. Nos conocemos. Sabemos cuántos miembros tiene cada familia. Comprobar que los Márquez o los Ramírez siguen siendo cuatro o seis nos devuelve algo de la seguridad que hemos perdido. Pero basta con que algún vecino desaparezca por uno o más días para que comiencen a circular toda clase de rumores. Por la noche se vuelven más sombríos pese al hermoso canto de los grillos.

Los comentarios lúgubres se desvanecen cuando al fin nos enteramos de que la ausencia del vecino se debió a una enfermedad, un viaje o una mudanza. Por desgracia, ninguna de estas circunstancias justifica la desaparición de Finita. Nos consta que jamás ha guardado cama, no tiene dinero para vacacionar y ni en broma pensaría en irse. Nos ha dicho mil veces que este es su único mundo y de aquí sólo saldrá rumbo al cementerio.

Puede haber otras explicaciones de su ausencia: desde un accidente hasta un asesinato, pasando por un levantón y un secuestro. Estas posibilidades exigen que investiguemos en las cruces, los hospitales, las delegaciones, la procuraduría y hasta en la morgue: el único sitio en donde no queremos encontrarla.

II

Nuestra buena disposición se estrelló frente a un primer obstáculo: ignoramos su nombre completo. Para todos nosotros ha sido siempre Finita. Tal vez se llame Josefina, Delfina, Rodolfina. El hecho de que esos nombres hayan caído en desuso facilitará nuestra búsqueda, pero tenemos que estar prevenidos para el momento en que un médico legista o un agente nos pregunte por sus apellidos. Ni pensar en responderle: Finita, a secas como si nuestra Finita no hubiera tenido padres. Entonces nos damos cuenta de que nuestra vecina jamás ha mencionado a su familia. Ignoramos si aún la tiene o en dónde encontrarla.

Pensamos que podemos salvar ese inconveniente dando las señas precisas de Finita. Nos interrogamos unos a otros como si ya estuviéramos asentando nuestra declaración.

¿Estatura? Baja. No, perdóname, era más alta que yo y sin zapatos mido 1.70. Estoy de acuerdo. Se veía bajita porque siempre caminaba inclinada, acuérdense. En vista de que es imposible coincidir nos decidimos por una referencia neutra: estatura mediana.

¿Complexión? Robusta. No tanto, sólo algo llenita. Lo que pasa es que usaba la ropa muy holgada pero era flaca. ¿Tez? Morena. Apiñonadita más bien. No. Era blanquísima. Por andar siempre en la calle el sol le requemó la piel. ¿Pelo? Castaño. Se lo teñía. Lo sé porque cada mes iba a la farmacia a comprar el tinte. Opiné que para las investigaciones ese dato era irrelevante. La búsqueda tiene que basarse en el aspecto de Finita al momento de su desaparición, hoy hace una semana.

Seguimos adelante en el intento de hacer el retrato hablado. ¿Ojos? En ese punto no podemos llegar a un acuerdo. Para algunos vecinos son pardos, para otros cafés tirando a verde. Hay quien asegura que tiene el ojo derecho negro y el izquierdo azul. ¿Nariz? Recta. Chata. Imposible que sea las dos cosas al mismo tiempo. Cuando nos lo pregunten responderemos: Normal. ¿Boca? Chica. Mejor decimos que regular. ¿Mentón? ¡Ni idea!

Nuestros afanes se complican cuando llegamos al punto de las señas particulares. Finita no tiene ninguna que hayamos visto, pero tal vez la tenga en el cuerpo del que sólo muestra el cuello, las manos y los brazos, pero únicamente en los días de mucho calor.

De pronto recordé algo que también podía servirnos en la localización. Finita siempre va muy limpia y con la misma ropa: camisa blanca, suéter gris, pantalones y zapatos negros. Muchas veces tuve la impresión de que Finita había usado las mismas prendas a lo largo de toda su vida.

No lo hubiera dicho porque enseguida saltó una pregunta obvia que seguramente nos harían cuando fuéramos a pedir ayuda para encontrarla: ¿Edad? Imposible saberla. El único punto de referencia es su aparición en la colonia: Llegó aquí de niña, con su madre. Ninguno de los colonos recuerda que a Finita hayan venido a visitarla padre o hermanos, si es que los tuvo.

Queda un recurso para que sepamos su edad: meternos en su casa y buscar su acta de nacimiento. Por la forma en que siempre carga el llavero en la pretina, se advierte que Finita no es el tipo de personas que lo pierden todo, hasta las cosas más importantes; así que el documento tiene que estar guardado, bien guardado, en algún mueble, tal vez debajo del colchón o metido en una caja metálica.

III

En estas circunstancias cada minuto es valioso. Sería mejor que entráramos de una vez en la casa de Finita con la ayuda del cerrajero. Tiene su local en la esquina, nos conoce por lo menos de vista y jamás sospecharía de nosotros. De todas formas nos dispusimos a explicarle nuestros motivos pero sin necesidad de ponerlo en antecedentes.

De seguro él también ha advertido la ausencia de Finita y estará preguntándose a qué se debe que desde hace una semana no se oiga la escoba mañanera de nuestra vecina, su eterna conversación con los perros ni los saludos que nos prodiga a todos cada vez que coincidimos en la calle.

Si es muy de mañana Finita nos dice: Buenos días. Si pasa aunque sea un minuto de las 12 corrige: No: buenas tardes. En su voz optimista está implícito el buen deseo de que las horas por venir nos resulten tranquilas y felices. Por desgracia hace tiempo, desde mucho antes de su desaparición, Finita no le desea a nadie buenas noches. A partir de las seis de la tarde ella también se repliega en su casa y enciende la luz junto a la ventana. Tampoco hemos visto ese brillo. Por increíble que parezca, nuestras noches se han vuelto más oscuras y amenazantes a pesar del canto de los grillos. Envidio la pequeñez que los vuelve invisibles y su ignorancia de la palabra miedo.

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