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11/06/2011

Con un abrazo para las Abuelas


Sandra Lorenzano

“Perdimos mucho en el camino, pero nos sentimos nietos de todas las Abuelas de Plaza de Mayo. ¡Tenemos un montón de abuelas!”, dice uno de las chicas “apropiadas” que hoy conoce su verdadera historia. Y cada Abuela tiene amor y abrazos para todos esos nietos. Los 105 recuperados, y los 400 que aún faltan. “No tenemos mucho tiempo, sí tenemos mucho amor para ellos”, ha dicho Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas, en la ceremonia en que la Unesco les entregó el Premio de la Paz, en septiembre. www.abuelas.org.ar ¿Por dónde empezar a hablar de las Abuelas de Plaza de Mayo? ¿Por la historia de horror que tiñó de sangre a la Argentina? ¿Por los 30 mil desaparecidos? ¿Por el siniestro plan de robo de niños ejecutado por la dictadura? ¿Por los más de 500 bebés nacidos en cautiverio y cuyo derecho a la identidad les fue arrebatado al igual que el amor de sus padres?

Ésta es una parte, sin duda; la del dolor, la de las ausencias, la de las interminables lágrimas. Una parte que no podemos olvidar, una parte que ha marcado la vida y la memoria de toda la sociedad. Pero hay otra: la del amor. Y quizás por ahí debería empezar. Por este grupo de mujeres valientes, fuertes, cuyos rostros y cuya lucha son ya parte entrañable de nuestro ser.

Las Abuelas, que han cumplido 34 años de búsqueda, son ejemplo de coherencia, de entereza, de honestidad, de pasión, de ética. “Trabajamos por nuestros nietos -hoy hombres y mujeres-, por nuestros bisnietos -que también ven violado su derecho a la identidad-, y por todos los niños de las futuras generaciones, para preservar sus raíces y su historia, pilares fundamentales de toda identidad.”

Con áreas de apoyo psicológico, jurídico y de investigación genética, las Abuelas invitan a acercarse a todos aquellos jóvenes nacidos entre 1975 y 1980 y que tengan dudas sobre su origen. Así, de a poco, muchos han ido recuperando su memoria, la historia de su origen, la calidez de una familia que los estaba esperando. Cada nieto “recuperado” es una fiesta. Para ellas, es como si aparecieran todos.

Imaginen ustedes lo que debieron enfrentar cuando iniciaron su camino: las tildaron de locas, las amenazaron, las ignoraron, las calumniaron… pero ellas siguieron incólumes, con la dignidad que da el dolor más profundo, con la convicción de que la ley de la sangre está más allá de cualquier grupo de asesinos.

Gracias a las Abuelas, entre muchas otras cosas, se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos, y se reconoció el Derecho a la Identidad como fundamental en la convención Internacional sobre los Derechos del Niño.
Los años pasan… pero la lucha continúa,
“Y hay un compromiso con la vida a no abandonar esta lucha porque en ella va el orgullo por la prole, la integración de la familia, la advertencia de que este despojo no podrá repetirse en ningún lugar del mundo, porque allí se levantarán las mujeres que, como nosotras, se transformarán en leonas para defender al cachorro. Y se sabrá que hay luchas en paz para que nunca más sea posible tal despojo.” (Estela de Carlotto, discurso en la Unesco)

El martes próximo, 8 de noviembre, recibiremos en México a las Abuelas, invitadas por la Embajada Argentina y la Universidad del Claustro de Sor Juana (Para más datos consultar el blog http://sandralorenzano.blogspot.com). Crearemos, entonces, la Cátedra de Derechos Humanos que lleva su nombre. Será un modo de decirles que también nosotros nos sumamos a esta lucha de paz, que también nosotros nos sumamos al abrazo a los 30 mil, que también nosotros decimos nunca más, que estamos de fiesta cuando se hace justicia y un genocida es condenado, o cuando un joven se mira en la foto de esos padres que no conoció. Será un modo de decirles que, como lo expresó uno de los nietos, “A pesar de la tristeza y las ausencias, el momento del encuentro nos completa a todos”. Será un modo de agradecerles que, con su abrazo inmenso y generoso, permitan ese encuentro que nos completa.

slorenzano@gmail.com
twitter.com/sandralorenzano

10/23/2011

A quien pueda interesar…


Sandra Lorenzano

Para Margarita y Ángela, Juan Camilo y Darío,por el cariño colombiano

“Escribo y te escribo / porque me niego a morir / A callar, a olvidar. / Escribo y te escribo / para la memoria / para la reparación / para el perdón / mas no para el olvido. / Escribo y te escribo / porque no quiero ser portadora / de un corazón insensible / no quiero ser portadora / de un alma que no suspenda el baile / cuando al otro, a la otra / les oprime la muerte.” Con estas líneas, respondió Dola a la invitación recibida. Mandó sus versos desde Cali, y se sumó así a las más de cinco mil cartas que llegaron de toda Colombia.

Porque escribir es compartir, es buscar compañía, es saberse parte de un todo, es sumar la voz propia a las voces de los demás. Porque la palabra es diálogo y comunidad. Porque permite decir dolores y esperanzas; miedos y sueños. Porque permite conocer los miedos y los sueños de los otros, y vernos en ese espejo. Porque no hay mejor antídoto contra la violencia y la soledad, contra la desesperación o la tristeza. Porque las cartas son memorias entrelazadas. Por todo esto, la convocatoria era sencilla: escriban, cuenten… aquí estamos para escucharlos y escucharnos, para leerlos y leernos, para saber que entre todos podemos tejer una red de palabras que nos sostenga, que nos proteja.

“Ésta es una invitación a que escriba una carta sobre cómo ha enfrentado la adversidad. Escríbale a quien ya no está, a quien está lejos, a quien no quiera escucharle o a un desconocido. Cuéntele a sus hijos cómo tener esperanza a pesar de la violencia o muéstrele a quien usted ama cómo ha hecho para continuar soñando en un mañana. Invite a los niños a que nos cuenten cómo han logrado resistir el miedo. Nos interesa su historia grande o pequeña. Queremos leerla y recolectarla para que otros puedan leerla y recordarla.”

Esta invitación recorrió el territorio colombiano. Pasó de mano en mano, y de boca en boca. Y las cartas comenzaron a llegar a la Biblioteca Luis Ángel Arango, una de las instituciones convocantes, y uno de los símbolos de la cultura en este país castigado por la violencia desde hace ya tantos años. ¿Cómo conviven la fuerza cultural fascinante y vital de Colombia – creativa, propositiva, valiente – y el horror? Los proyectos se suceden buscando construir espacios de diálogo y comunicación, espacios de convivencia y de restablecimiento del sentido de comunidad. Así nació “Cartas de la persistencia”. Hoy forman entre todas un archivo de la memoria colombiana. Hay cartas dirigidas a familiares desaparecidos, cartas de los secuestrados a sus seres queridos, cartas que hablan del coraje, de la confianza construida paso a paso, de los miedos enfrentados, cartas de amor y de ausencia. “Estimado amigo”, “A la mujer que tanto amé”, “Querido hijo”, “A quien pueda interesar”…

“Respetada oscuridad: La carta que me atrevo a escribirle es para pedirle el favor que por la noche no me asuste más, ya que cuando apago la luz de mi cuarto siento mucho miedo. Por eso le pido señora oscuridad que no me asuste y sea un poco más clarita cuando duermo y podamos ser amigos. Le agradezco de antemano su atención a mi petición”, escribió el pequeño Jhonatan Rodríguez.

Las confesiones nos buscan. Somos también sus destinatarios. Una carta es “una saeta esperanzada”, escribe Ángela Pérez en el epílogo de estas páginas maravillosas que son, además, un “Libro al viento”; un libro para leer y dejar para que otros también puedan leerlo y continúen así la cadena de complicidad. Todos somos lectores de esa esperanza. Y la celebramos, porque esos miles, y ustedes, y yo seguimos - ¿tercamente? - convencidos del poder de la palabra para lograr que la oscuridad sea un poco “más clarita”, y más fuertes y amorosos los brazos que nos sostienen en cada línea que alguien ha escrito.

9/11/2011

Las palabras como ensalmo y refugio


Sandra Lorenzano


El poeta Juan Gelman suele contar que, ante la amenaza de un pogrom, su abuelo rabino, en Rusia, sacaba de un arcón un pergamino del siglo XVII en el que estaban escritos los nombres de sus antepasados, rabinos, a su vez, que lo habían antecedido en esa función. Entonces les leía esos nombres a sus 14 hijas e hijos, quienes le oían en silencio sentados alrededor de la mesa. Su lectura era como una letanía. “Era, según mi madre, como leer el Génesis: ‘Tal engendró a tal, que engendró a tal, etcétera.’ Era, a mi parecer, una forma de demostrar que ningún pogrom iba a acabar con la continuidad que los reunía alrededor de la mesa amenazada”. (Juan Gelman, “La casa del amor”, en Radar, suplemento de cultura de Página 12, año 1, núm. 9, Buenos Aires, domingo 13 de octubre de 1996, p.7.)

La lectura del abuelo, esa invocación a los antepasados, era fundamentalmente un acto de fe en la palabra. Las palabras del pergamino se convertían, a través de esa ceremonia que unía pasado y futuro, historia individual e historia colectiva, en ensalmo protector. El rito fundacional de la palabra compartida salvaba de la muerte, o quizás sería mejor decir que enseñaba a convivir con la muerte. La larga cadena de nombres se remontaba hasta el primer nombre, hasta el impronunciable nombre de Dios. La palabra compartida es ineludible seña de identidad; huella de la historia que da arraigo y pertenencia. El libro es así la única patria del judío. (“Poder decir: ‘Estoy en el libro. El libro es mi universo, mi país, mi techo y mi enigma. El libro es mi respiración y mi reposo’, había escrito Edmond Jabès -Edmond Jabès, El libro de las preguntas, volumen 1, Madrid, Ediciones Siruela, 1990, p.37-). El libro es también la única patria del poeta. La palabra que es a la vez desafío, identidad y búsqueda, y la memoria como marca sobre el propio cuerpo, son protección contra la amenaza, hogar frente a las inclemencias, refugio ante la violencia de la intemperie. La palabra y la memoria forman el tejido que sostiene el riesgo de la creación poética en Juan Gelman. La palabra y la memoria son su morada.

Como al rabino y a sus descendientes, a Juan Gelman las palabras le enseñan a convivir con la muerte. Las palabras convocan las ausencias y se funden una y otra vez con ellas; para morir como madre a los ochenta y tantos, para desaparecer como hijo a los 20.

“no bajo a los infiernos / subo

hasta mi hijo clausurado

en su bondad / belleza / vuelo /...” (“Nota XX”)

Las palabras no salvan -lo supieron Paul Celan y Primo Levi, Walter Benjamin y Ana Ajmátova, también lo sabe Juan Gelman- porque no hay salvación posible, sólo se puede aprender a mirar el rostro de la muerte. Y al sumergirse en el rostro de la muerte, el nombre de la madre, el nombre del hijo, los nombres de los compañeros, el propio nombre del poeta se vuelven uno más en aquel viejo pergamino tanto tiempo guardado en un pueblo de Rusia, y es Gelman quien repite el ritual del abuelo como forma de demostrar que ningún pogrom, ningún asesinato, va a acabar con la continuidad que los (nos) reúne alrededor de las palabras, alrededor de una mesa amenazada.

Su poesía es así una declaración de lo imposible inscrita en algún viejo pergamino, como ensalmo contra el dolor, como protección contra las amenazas, como defensa de la memoria y búsqueda de la verdad. Palabra calcinada en la que mora el poeta.

Gelman participó, apenas el viernes pasado, en la Feria del Libro de Saltillo con una maravillosa charla y lectura de poemas. Aprovecho para mandarles un abrazo enorme a los organizadores por su entusiasmo y generosidad. Llevar adelante esta fiesta de la creación en un momento tan difícil como el que está atravesando Coahuila, es también una forma de demostrar que no hay violencia que pueda acabar con el amor a las palabras.

8/28/2011

Sangre de luna partida..



Sandra Lorenzano

Sangre mía, / de alba,/ de luna partida, / del silencio. / de roca muerta (…) / Abierta a la locura. / Sangre clara y definida, / fértil y semilla (…) /
Nutrida de mi última presencia.
(Poema de Susana Chávez, poeta y activista asesinada en Cd. Juárez)

Hay días marcados por el dolor, por un dolor íntimo, incandescente como un agujero negro en la propia piel; dolor de indignación, de rabia, de frustración. Dolor que nace en las entrañas, en la soledad, en el abismo más profundo de uno mismo, pero que adivinamos en la mirada de muchos; adivinamos compartido, solidario. Hoy que escribo estas líneas es viernes 26 de agosto y México está de luto.

Los más de 50 muertos del atentado al Casino Royale de Monterrey se suman al listado del horror: más de 40 mil asesinados en la “lucha contra el crimen organizado” en lo que va del sexenio; más de 700 mil desplazados; 6 millones de jóvenes que no tienen la oportunidad de estudiar ni de trabajar; más de 22 millones de mexicanos viviendo en pobreza extrema (Según datos del Banco Mundial); decenas de periodistas asesinados; impunidad, corrupción (en la entrega de las guarderías, en las autorizaciones para los casinos, etc. etc.), vejaciones… y la suma sigue.Hoy que escribo estas líneas quisiera no tener presente el poema de Susana Chávez, con el que inicio estas líneas.

Quisiera no tener presente los candados cerrando las puertas de emergencia del casino, los gritos de la gente asfixiándose, las imágenes del miedo y la ignominia.Quisiera haber escrito para ustedes un luminoso artículo de domingo y no estas palabras de viernes negro que apenas me dejan respirar.Y, claro, quisiera no tener presente –una vez más– los rostros de las mujeres de Ciudad Juárez: el de Susana, asesinada hace pocos meses, por su amor a la poesía y a la justicia; el de Paloma que salió una mañana de su casa y nunca regresó; el de Yesenia, el de Claudia, el de Maritza que tenía nueve años… Sólo en lo que va del año, 222 mujeres han sido asesinadas en Chihuahua, ha dicho el procurador de justicia del Estado. De ellas, 142 en Ciudad Juárez (De acuerdo con el Centro de Derechos de la Mujer AC (CDHMAC)).

La sangre de luna partida, clara y fértil de la que hablaba Susana cubre con un manto lo que hoy escribo, como está cubriendo al país todo. Pero esa sangre es también la que parece dar nuevas fuerzas a muchos (¿de dónde surge?, ¿cómo logran transformar el dolor en combate, en proyectos?). Por eso miro con admiración, con solidaridad, con el llanto a flor de piel, con enorme respeto, los documentales ganadores del Primer Concurso de Documental “Justicia y Género”; una estupenda y muy necesaria iniciativa de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a través del Programa de Equidad y Género.

Programa que busca hacer de la reflexión y la autocrítica elementos fundamentales para repensar, corregir y actualizar la impartición de justicia en este país, tomando como núcleo la perspectiva de género.Los trabajos premiados muestran la lucha que surge del dolor.

El primer lugar lo ganó “Dignidad y justicia”, sobre las indígenas me´phaa Inés Fernández Ortega y Valentina Rosendo Cantú, torturadas y violadas por militares en 2002, y que después de ocho años fueron escuchadas por la Corte Interamericana de Justicia, organismo que responsabilizó al Estado Mexicano de lo ocurrido.

El segundo premio fue para “El brillo del sol se nos perdió ese día” sobre las mujeres asesinadas en Juárez y el trabajo valiente y dolido de las madres reunidas en la agrupación “Justicia para nuestras hijas”.Y pienso que si ellas pudieron (y pueden) – como tantísimos otros – renacer del horror para dedicar su vida a que se haga justicia, quizás quede entonces un destello de esperanza.Tal vez este viernes negro nos haga buscar esos mínimos espacios de luz.

8/14/2011

Lo más cercano a la felicidad


Sandra Lorenzano
“Los libros sabían mucho de mí y de mis deseos más recónditos. Poseían incluso la extraña virtud de plegarse a los deseos de aquel que los abría, de expresar algo distinto para cada uno…”, escribe Michele Petit en Una infancia en el país de los libros. Petit, quien ha trabajado especialmente sobre el poder reparador de la lectura en tiempos de catástrofe, hace en estas páginas una entrañable confesión acerca de su propia relación de niña con los libros: allí se mezclan La cabra del señor Seguin o Barba Azul, con los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm, provocándole pesadillas y ataques de angustia y llanto a la pequeña Michel. Afortunadamente para ella, Tintin y Peter Pan, y el Gran Larousse que había en casa de sus abuelos, le descubrieron un mundo luminoso y mágico del que ya no quiso salir. “De niña, cuando veía o mi padre leer y perderse en alguna ensoñación, me preguntaba adónde se habían ido. Tal vez para resolver ese misterio empecé a aventurarme en los libros”, cuenta la autora. Y haciendo de sus preocupaciones infantiles temas de investigación, se convirtió en antropóloga de la lectura. Frente al horror, dice Petit, la lectura ha sido una pieza fundamental para salvarse de la locura o la muerte, como lo demuestran los testimonios de Primo Levi y de Jorge Semprún, o los de tantos presos políticos como Joseph Brodsky, condenado a trabajos forzados, o Jean-Paul Kauffman, rehén durante tres años en Líbano.
Sin llegar a situaciones tan extremas, se habla mucho del modo en que la lectura contribuye a la reconstrucción de uno mismo ante cualquier pérdida o frente a una enfermedad. Sergio Pitol, que había perdido a su padre siendo un bebé y a su madre cuando tenía cinco años, habla conmovido sobre su propia “infancia en el país de los libros”: “Mi abuela leía sin parar. Y yo atrapaba todo lo que caía en mis manos. (…) A los doce años descubrí La guerra y la paz y cesó mi enfermedad. Siempre he estado convencido de que Tolstoi me salvó” (citado en Michele Petit, El arte de la lectura en tiempos de crisis, México, Ed. Océano, 2009, p. 11).
Ya sea Tolstoi o Arsenio Lupin, Los tres mosqueteros o Tom Sawyer, la mitología griega, Juan Ramón Jiménez o Dailan Kifki (la maravillosa novela de María Elena Walsh que hizo que mi hija siempre esperara un elefante de regalo), los libros han poblado la infancia de generaciones y generaciones.
Yo lloré inconsolablemente con el destino del caballo Azabache, quise convertirme en escritora como Jo en Mujercitas, me sentí la mejor amiga de Huck Finn, y miembro del club de “los siete secretos”. Fui la quinta mosquetera durante uno de los veranos más hermosos de mi infancia, trepada en las ramas del damasco que crecía en el jardín de casa y escuchando a lo lejos, cada tanto, la voz de mi madre (ahora se me mezclan en el dolor el recuerdo de ese sonido entrañable, con el perfume de los tilos que tenía alrededor y mi amor por D’Artagnan).
A los doce años, mis padres me dijeron que ya podía leer todo lo que había en su biblioteca. Recuerdo mi alegría mezclada con la sensación de responsabilidad de estar heredando no sabía bien qué, pero algo con un valor simbólico muy fuerte, de eso no tenía dudas. Un poco apabullante, la verdad. A partir de ese momento crecieron por igual la pasión y el desorden con que toda mi vida me he zambullido en la lectura: Cortázar y Arthur Miller, Agatha Christie y Simone de Beauvoir, Durrell y García Lorca… No estoy segura de haber entendido todo lo que leía entonces, pero disfrutaba los libros. Pensándolo bien, tampoco ahora sé si entiendo todo lo que se supone que debo entender, pero el placer que me da tirarme a leer en cualquier lugar (en la cama, los sábados a la mañana con una taza de café, o en un sillón o en el primer pastito que aparezca) no lo cambio por nada. Y si alrededor, mi gente querida también está leyendo y podemos compartir ese silencio cómplice, o algún comentario suelto cada tanto, ¿qué quieren que les diga? Es lo más cercano a la felicidad. Y ustedes, ¿cómo se llevaban con los libros cuando eran chicos? ¿Leían? ¿Qué leían? Cuéntenme… Ya llevamos decenas de respuestas en Facebook y Twitter, ¿se suman?

7/17/2011

Mar de Historias : Territorios minados




Cristina Pacheco

Llueve. Bajo el toldo que protege la entrada al restaurante dos meseros contemplan un automóvil de lujo estacionado en la avenida. Hacen cálculos acerca de su precio, de la inseguridad a que se expone su dueño, de lo que pagará por la tenencia y el mantenimiento y los litros de gasolina que debe consumir por kilómetro. Después de sumar las cantidades imaginadas Marte, el más bajo de estatura, concluye que tener un vocho destartalado como el suyo es más económico y menos riesgoso. Pero no es tan bonito, le dice su compañero.

Suspenden la charla y adoptan una actitud marcial cuando ven a una pareja que atraviesa la calle en dirección al restaurante. El encargado, que también la ha visto, sube el volumen de la música para darle al local desierto un ambiente menos desolador.

La pareja entra sacudiéndose la ropa salpicada de lluvia. Se detiene y mira las mesas desiertas sin decidirse por una. Al fin la mujer toma la iniciativa y se encamina hacia la del fondo:

–Allá hace menos frío y como que estamos menos expuestos… –le explica al mesero sin mirarlo.

Marte la tranquiliza diciéndole que el restaurante cuenta con cámaras de vigilancia. Para no abundar en el tema, pone sobre la mesa el menú con las especialidades y los platillos del día. Todos resultan apetecibles en las fotos multicolores.

–¿Algo de tomar, caballero?

–Andrea: ¿qué se te antoja?

–¿Qué será bueno? –Andrea mira los espejos que tapizan las paredes como si en ellos fuera a encontrar una respuesta. Luego se dirige a su esposo: –Julio: ¿tú qué vas a pedir?

–Un tequila reposado y una cerveza.

–Las mezclas son peligrosas.

–Acuérdate: estoy de vacaciones. Dame chance–. Ve al mesero que sigue esperando con el bolígrafo en la mano: –Andrea, ¡decídete! ¿Qué quieres tomar?

–Lo mismo que tú: un tequila y una cerveza. –En cuanto el mesero se aparta Andrea recorre con la mirada el establecimiento: –¿Te fijaste? Somos los únicos. A estas horas debería estar llenísimo. ¿Qué pasará?

–La inseguridad. Todo el mundo tiene miedo de salir a la calle de noche–. Julio lamenta haber inquietado a su mujer. –Además, es temporada de vacaciones. Muchos ya se fueron y pocos se animan a venir. Los pasajes de avión están carísimos y las carreteras se han vuelto trampas mortales.

II

Andrea nota que los meseros cuchichean entre sí con disimulo y siente desconfianza hacia ellos:

–¿No será peligroso que nos quedemos aquí, solos?

–Si nos vamos, estos cuates se van a poner a llorar. Te apuesto a que somos sus primeros clientes en todo el día–. Julio se ladea y estira el cuello para tener una visión más amplia de la calle.

–¿Qué tanto miras?

–El coche estacionado allá enfrente. Con la situación que estamos viviendo, sólo a un loco se le ocurre andar en un automóvil de millones de pesos y para colmo dejarlo en plana calle. Cualquiera puede robárselo–. Julio se siente observado por su mujer y se lleva la mano a la mejilla:

–¿Tengo sucia la cara?

–No. Me conmueve tu forma de mirar ese coche. ¡Lo que darías por tener uno así!

–Ya no estoy en edad de hacerme ilusiones tontas. Sé que ni juntando lo que ganaré durante el resto de mi vida me alcanzaría para comprarlo.

–¿Y si fueras rico?

–Tampoco me haría de un coche así. ¿Para qué iba a arriesgarme a que me mataran por quitármelo?

–Siempre te han fascinado los autos de lujo, no lo niegues.

–Me gustan, como a ti los vestidos de noche.

–Por cierto, tengo que comprarme uno para la boda de Perla.

–¿Se va a casar?

–Sí, a finales de agosto, con un alemán que según ella tiene mucho dinero. Lo repitió mil veces durante su despedida. Hizo mal. Alguien podría secuestrarla para pedirle rescate a su novio. Si él de veras es rico ¡qué amolada!; y si no ¡mucho peor para la novia!

–No te preocupes. Para mí que el alemán y sus millones son otra de sus mentiras–. Julio retrocede en la silla para que Marte ponga las bebidas sobre la mesa. En cuanto quedan solos propone un brindis. Andrea se lleva el caballito de tequila a los labios, bebe un trago y se estremece:

–Está fuerte pero rico. ¿Qué te estaba contando?

–De la boda– responde Julio, que sigue mirando el automóvil.

–¿Por qué se te ocurre que Perla está inventándola?

–Porque a su edad, y sobre todo en estos tiempos, dudo que haya un valiente que aspire al matrimonio. Además, tú la conoces mejor que yo. Sabes que se ha pasado toda la vida mintiendo.

III

Andrea ve su imagen multiplicada en los espejos y siente nostalgia:

–Hay gente así: necesita mentir–. Bebe otro trago.

–Cuando estábamos en la escuela Perla siempre nos presumía de que sus papás iban a llevarla de vacaciones a la playa, a Disneylandia, a Nueva York. Al volver a clases se llenaba la boca describiéndonos su viaje en avión, el mar, los rascacielos y quién sabe cuánto más. Nosotras fingíamos creerle pero a cambio de una pequeña venganza: pedirle todo el tiempo las fotos de sus viajes. Pobre niña. Hubieras visto cómo sufría–. Andrea se cubre la boca con la mano: –Estoy hablando mucho y ni me oyes porque sigues fascinado con el automóvil.

–Me recuerda el primero que tuve: también era rojo. Lo compró mi primo Emiliano, después se lo vendió a mi padre y él me lo dio cuando cumplí l8 años a condición de que no manejara rápido. Creo que me lo decía para no reconocer que me estaba regalando una vil carcacha.

–¿No estás exagerando?

–No. El coche era un desastre pero me hacía feliz. Los domingos me iba solo hasta un mirador que hay por Xochimilco. Allí me quedaba viendo la ciudad llenarse de luces y pensando en mis cosas. Nunca me pasó nada malo. Ahora ni loco haría eso a ninguna hora y menos de noche–. Julio mira a través de la copa de tequila: –Cuando veo a nuestros hijos y a otros jóvenes me pregunto adónde irán cuando quieren soñar.

–Al antro. Por cierto, tienes que prohibirles a los muchachos que asistan a esos lugares. Es peligroso.

–Lo saben, Andrea; lo ven a cada rato en la televisión y en los periódicos.

–Y a pesar de eso siguen yendo.

–Es natural que les guste reunirse con sus amigos, bailar…

–Pero no es natural ni justo que los maten sólo por eso. Imagínate si un día les toca una balacera–. Andrea se lleva las manos al pecho: –Me estoy poniendo nerviosa. Mejor vámonos.

–Te quejas de que nunca salimos y hoy que pudimos hacerlo quieres irte a la casa. Ya que estamos aquí, pues vamos a cenar. Tengo hambre. ¿Tú no?

IV

Marte se acerca con las cartas y les pregunta si desean que tome su orden porque en media hora cerrarán la cocina y treinta minutos después el restaurante.

–Es temprano–. Julio ve su reloj: –Van a dar las ocho.

–Pues sí, pero después de las nueve es raro que haya clientes. Mi patrón dice que le sale más barato cerrar el negocio que tenerlo abierto por las noches.

–Este horario debe de perjudicarlos mucho a ustedes.

–A todos, señora, pero más a los que salieron despedidos. Nos consta que el patrón quiso evitarlo pero no pudo. Aunque parezca mentira, a este negocio, que siempre estaba repleto, hay veces que sólo llegan cuatro, cinco personas–. Marte se persigna con disimulo: –Yo, gracias a Dios, conservo mi trabajo. Desde que cerramos temprano me llevo menos propinas pero ya no salgo a la medianoche, como antes. Iba llegando a mi casa en la madrugada.

–¿Y vive muy lejos? –le pregunta Andrea.

–Hasta Los Reyes. Como me voy cuando todavía hay mucho tráfico, de aquí hasta allá hago dos horas. Bueno, y también es que mi vocho ya tiene sus años y no puedo meterle el fierro.

–Pues cómprese uno como aquel –dice Julio en broma.

–No, gracias. En mi vocho me tardo, pero llego; en el otro, por muy potente que sea, no alcanzaría a pasar de la avenida sin que me asaltaran. Bueno, ustedes me dirán, ¿qué les sirvo? Acuérdense que en media hora cerramos la cocina.


Sandra Lorenzano

Treinta y cinco mil pies

Treinta y cinco mil pies dice el piloto, y yo me alegro de ser incapaz de hacer, a la velocidad requerida, la traducción a mis propias medidas: a las que me provocan vértigo apenas paso del piso ocho. Si de nomadismo se trata, éste tal vez sea el estado más extremo: el que nos mantiene en un limbo donde todo puede pasar. En mi caso, lo que me sucede es una extraña mezcla de libertad y sensación de muerte. La tensión es tan grande que hace que no me duerma más que de a ratos muy cortos, a pesar de todos los lexotanes, dramamines, tafiles y demás lindezas que llevo en la bolsa. Cuentan que un antiguo director de la facultad de Filosofía y Letras se tomaba varios whiskys en el bar del aeropuerto, y dormía durante todo el vuelo. Siempre he recordado con envidia esa historia. Tal vez yo debería cambiar mis muletas químicas por los viejos y nunca bien ponderados efectos del alcohol. Pero me da pavor la resaca. ¿Cómo me enfrentaría a los oficiales de migración de cualquier país del mundo con aliento alcohólico y sin poder mantener abiertos los ojos por más de cinco segundos?

Y vamos a decir la verdad, ya que estamos en estos de las confesiones: si el avión no se mueve es el lugar ideal para leer y escribir: nadie interrumpe, no hay celulares, no hay internet, y hay eso que decía al comienzo: el filo de la navaja entre la libertad y la muerte que me regala un estado peligrosamente ideal para la introspección. Nunca tan metafísica como a treinta y cinco mil pies (whatever that means) He ahí el dilema: seguir probando formas de dormir y despertar atontadísima, o aprovechar la adrenalina para leer por fin esa novela que tengo sobre el escritorio desde marzo y que está esperando la llegada de las vacaciones. O para terminar ese poema que se dejé truncado en cualquier amanecer chilango. Soy medianamente supersticiosa cuando de volar se trata (y si no vuelo, también). Es decir: nunca me subo al avión si no llevo algunos de mis anillos: el de compromiso que me dejó mi abuela, y el de mi propio compromiso. Viajo siempre con la misma mascada y la misma cadenita, y con uno de los amuletos fundamentales: una foto de Mariana.

Pero como también soy masoquista (¡qué esperaban!), antes de despegar recito el listado completo de escritores muertos en avionazos, les dedico siempre un recuerdo, y me consuelo pensando que a mí nadie me conoce y que sólo vale la pena que mueran así los famosos.

(Justo ahora, mientras escribo esta última frase, se va la luz en el asiento - que no es el 21 C, como el de la protagonista de Saudades, sino un muy poco significativo 16 B -. Yo sigo tecleando un poco por intuición y otro poco porque la luz de la propia pantalla ilumina algo, y otra vez me entra la sensación de fin del mundo).

La primera vez que me subí a un avión tenía 16 años y fue para venir a vivir a México. Quizás también por eso tengo esta relación tan ambigua con los vuelos. Siempre siento que nunca volveré a ver el mundo que estoy dejando atrás (además de masoquista y supersticiosa, soy un tanto fatalista, lo sé). Eran otras épocas, claro. Los vuelos no eran tan accesibles, vivíamos en el fin del mundo, el dinero nunca alcanzaba, y los viajes no eran cualquier viaje, como ahora: era siempre EL viaje. Cada paso se preparaba durante meses, y luego íbamos todos en excursión a despedir a los abuelos (mi abuela lloraba como debe haber llorado su propia madre al dejar Italia), o a mis padres que finalmente harían el tan deseado viaje a Europa: 14 ciudades en 20 días.

La luz regresa. Empiezan unas “suaves turbulencias”, según la versión del piloto. Cierro la computadora. Me agarro a los apoyabrazos como al último salvavidas del Titanic. Y miro con toda la envidia de la que soy capaz a los que duermen como bebés. Juro que si hay próxima vez me tomaré varios whiskys al hilo antes de treparme a uno de estos aparatos del demonio.

http://sandralorenzano.blogspot.com
Twitter.com/sandralorenzano

6/19/2011

La tragedia de los hipopótamos


Sandra Lorenzano

“Demasiada carne de hipopótamo para este país”, me comenta un amigo de Tijuana. La frase me provoca escalofríos. No está hablando de la pasión del ex alcalde de su ciudad -encarcelado y exonerado ad infinitum- por los “animales exóticos” o no tan exóticos (“Mi animal favorito es la mujer”, dijo hace algunos meses, y esa frase no me provoca escalofríos sino arcadas). “Demasiada carne de hipopótamo para este país”, dice Carlos y sé que está hablando de los ecos que nos quedaron vibrando en el cuerpo a quienes coincidimos en la presentación de El ruido de las cosas al caer del colombiano Juan Gabriel Vásquez.

Está hablando de los ecos de la novela, pero no solamente.
“El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados del 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el Valle del Magdalena (…) Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón…”. Éste es el párrafo inicial de la novela ganadora del premio Alfaguara 2011. En la pantalla de televisión, los cazadores explican que, debido al peso, el animal no podrá ser transportado entero y comienzan a descuartizarlo. Alguien había comentado que ésta era una novela sobre el miedo.

Yo pienso en el miedo del hipopótamo asesinado mientras escapa desorientado, solo, por la geografía de un país extraño. Siento el miedo del hipopótamo. Lloro por el hipopótamo. Pero no solamente. Por eso me provoca escalofríos.
No soy una lectora ingenua, y suelo ser prejuiciosa con respecto a los premios; no representan un plus en mi acercamiento, sino todo lo contrario. Tampoco me gustan demasiado (más bien nada) las novelas “del narco”. Así que con mis prejuicios a cuestas abro el libro. A partir de ese momento no sé dónde está realmente lo vertiginoso si en la narración o en mi lectura. No importa. No puedo parar de leer. Devoro en dos días las más de 250 páginas. ¿Qué hay ahí que me atrapa? Hay dos hombres. Dos generaciones. Un billar en el que se encuentran. No son amigos. Dos dos hombres y una brutal coincidencia: una noche cualquiera salen juntos a la calle y alguien dispara desde una moto.

El mayor muere. Era el objetivo del asesino. El menor – profesor de derecho y padre de una niña recién nacida – resulta herido. Lo de menos será la sangre que pierda, la ambulancia, los días y días de hospital. Lo de menos será haberse convertido en una víctima más en una ciudad hundida en la violencia.
Habrá algo mucho más grave: la herida brutal que lo ha descuartizado internamente. Como al hipopótamo. Antonio Yammara será, a partir de ese momento, un ser derrotado (y cómo me recuerda en su derrota a los mejores personajes de Onetti), en busca de una explicación, del secreto que responda a la pregunta que lo obsesiona: ¿por qué? La Historia con mayúscula atravesando nuestra íntima y pequeña historia con minúscula. Novela de secretos El ruido de las cosas al caer. No por nada el objeto con mayor fuerza en el relato es la caja negra de un avión.

Las voces que guarda la caja negra de un avión accidentado. ¿Qué ruido hace un avión al caer? ¿Qué ruido hacen los secretos? Y el azar, claro. ¿El azar? Todo azar es una cita, dicen que decía Borges, y lo recordó Rosa Beltrán en la presentación. No. No hay azar. La tragedia griega habla de “destino”, del sino ineludible que marca a los seres humanos. La novela de Juan Gabriel Vásquez es casi una tragedia griega traída al presente. Los personajes intuyen su destino, lo vislumbran, pero - como sucede en la tragedia- no pueden hacer nada para evitar que se cumpla.
Como al hipopótamo fugitivo, la bala siempre nos está esperando.

5/22/2011

Coahuila: la negligencia nacional



Sara Sefchovich En una novela que publiqué hace poco más de una década, la personaja principal decía: “Eché un largo y apasionado discurso sobre cómo se estaban quemando los bosques de mi país, dejando a regiones enteras todas áridas y desoladas… dije que los incendios eran producto del descuido y el desinterés… Acusé al gobierno de no tener la voluntad de apagarlos y lloré a lágrima viva porque el territorio nacional estaba encendido en llamas o envuelto en humo”. (Vivir la vida, pp. 111-112) En un ensayo publicado en 2008, en el que pretendo explicar la forma de funcionar de las autoridades frente a los problemas del país, escribí que la respuesta típica ante desastres es siempre: primero minimizar su importancia y cuando eso ya no es posible, entonces reconocerla, pero siempre justificándose y defendiéndose por la forma en que (no) lo atendieron. Y algo más: que siempre, invariablemente, dicen que quienes las critican se equivocan (no importa si el que lo hace es un gran especialista) y que las cosas no fueron como dicen y que se hizo lo correcto y que se actuó a tiempo. (País de mentiras, pp. 82-86, 93-94, 297) No es que yo sea profeta, lo que sucede es que en nuestro país se repite lo malo: lo que estamos viviendo ahora ya lo vivimos y lamentablemente, lo volveremos a vivir mil veces más.

Un día son inundaciones y otro sequías, un día explosiones y otro incendios. Y una y otra vez la causa es la misma: que las autoridades no hicieron su tarea, no cuidaron, no previeron, no prepararon y no atendieron las señales de alarma de los ciudadanos. Así pase el tiempo, así nos modernicemos, así cambiemos de partidos en el gobierno, así aumenten las ONG y las protestas ciudadanas o crezca el ruido en los medios de comunicación, en nada han cambiado las formas de enfrentar los problemas.
En el trágico incendio en Coahuila, el guión se siguió al pie de la letra: hubo ciudadanos que avisaron que se estaban iniciando incendios, hubo autoridades que no los escucharon y que cuando por fin lo hicieron y por fin se presentaron en el lugar, no resolvieron el problema.

Así lo cuenta la persona que mejor conoce esa zona y lleva años estudiándola, Diana Crider, de Texas, quien amargamente se quejó en entrevista con la periodista Sanjuana Martínez, de que el incendio no fue previsto a
pesar de todas las señales, ni atendido debidamente por la Comisión Nacional Forestal. Las autoridades llegaron 15 días después y de todos modos no empezaron a actuar realmente sino hasta los 20 días. El tiempo se les iba en dar vueltas, sobrevolar la zona, ir y venir. Luego la cuestión burocrática, larguísima, hasta que el incendio se salió de control y ya para cuando hicieron algo, era muy tarde. Uno de los ganaderos de la región secundó a la investigadora: los que iban a apagar el incendio llegaron tras 15 días de súplicas, estuvieron tres horas y se fueron. Cuando se les dijo que seguían brotando fuegos contestaron que todo estaba bajo control. Pero 250 mil hectáreas arrasadas, gran cantidad de fauna muerta y casas destruidas, niegan la prepotencia de los funcionarios y su todo bajo control y la convierten en pura y llana negligencia. Por supuesto, comunicación social de Semarnat negó todo (y siguiendo al pie de la letra el guión).

Se permitieron decirle irresponsable a la señora Crider por sus declaraciones (según ellos sin pruebas) y afirmar que ellos atienden todo con alta eficiencia y siguiendo protocolos internacionales.
Lo que sigue, también lo podemos anticipar: las autoridades citarán a conferencia de prensa, con 10 personas en el presídium. Harán declaraciones en voz alta y firme diciendo la indignación que les producen los hechos y asegurando que se va a investigar y a clarificar, que se va a exigir, que no se va a tolerar, que se va a llegar hasta el fondo, que caiga quien caiga. Y luego apostarán al olvido, que es la forma de resolver los asuntos aquí. En lo que se incendia otro lugar… sarasef@prodigy.net.mx Escritora e investigadora en la UNAM Sandra Lorenzano
Mahler y el “mantra”
Cada uno tiene sus manías, sus obsesiones, una cierta manera de relacionarse con el mundo que lo va convirtiendo en un personaje peculiar. Sin querer entrar en demasiadas confesiones, tengo que decir que una de mis manías vinculadas a la escritura tiene que ver con la música. Pero antes una aclaración: no puedo escribir ni leer con música. Aquello de la “música de fondo” no va conmigo. Ni aun tratándose de “buena música”, de obras interesantes, o de piezas suaves que casi podrían pasar inadvertidas. La escritura requiere que yo esté con mis cinco sentidos allí, frente a la página en blanco.

Y creo que la música exige lo mismo. A pesar de eso, tengo un ritual: mientras estoy trabajando en un libro recurro cada mañana, antes de ponerme a escribir, a una suerte de “mantra” musical. Esa obra que no elijo a conciencia sino que llega a mí de una manera casi mágica, y que suena muy suavecito en la madrugada (soy terriblemente tempranera), me permite recuperar cada día algo de la escritura. Con Saudades, escuchaba a la gran Marian Anderson – la primera cantante lírica afroamericana, excepcional contralto – con una parte de “La pasión según San Mateo” de Bach. “Erbarme dich, mein gott” cantaba Marian Anderson y yo sabía que eso marcaba mi reencuentro con la historia de amor de A., con la memoria, y con El libro del desasosiego de Fernando Pessoa.


Y todo esto viene a cuento porque el miércoles pasado, 18 de mayo, se cumplieron cien años de la muerte de Gustav Mahler, ese “extranjero en todas partes”, judío transgresor y apasionado, que quizás no haya querido ser más que un “pequeño niño tambor”, como lo sugiere Leonard Bernstein en su documental “The little drummer boy”. El rasgo profético de sus sinfonías “está en la fuerza con la que abren a lo distinto el tejido compacto del discurso musical. Lo que de genial hay en ellas es el erigirse en encrucijada abierta por la que transitan acontecimientos sonoros”, escribe Alessandro Baricco en El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin. “El hecho de que luego consigan o no controlar ese tráfico en el afianzador perfil de algún orden formal – continúa – es una eventualidad no tan importante…”. Esta transgresión está dada, entre otros elementos, por la mezcla de melodías populares, ritmos infantiles, incluso de sonidos triviales, y modos arcaicos que se cuelan y entrecruzan en el tejido musical.

Me detengo en esta característica porque desde hace ya más de un año el “mantra” que me acompaña cada mañana es el tercer movimiento de la Primera Sinfonía de Mahler. Doliente, el contrabajo inicia con el “Frere Jacques” -nuestro “Campanero”- que, en tono menor, va creando un ambiente de nostalgia que se convierte en marcha fúnebre. El paso del arrullo a la muerte, y luego a ese extraño festejo -¿una boda?- en el que, según Leonard Bernstein, aparece tan claramente la herencia judía, han convertido a este movimiento en el más célebre de la sinfonía. Puede sentirse la marca de la diáspora, dice Bernstein, en el “quejumbroso modo frigio, ese tono inicial” que recuerda a la música gitana, a la música eslava, a la música árabe, y que pasa por la ironía brutal que trae a Kafka a la memoria, y que es al mismo tiempo un sollozo desgarrado.
La marcha fúnebre fue tratada con “furibundo desprecio” durante el estreno de la sinfonía, según cuentan las crónicas de la época.

Cuando veinte años después Mahler dirigió la obra en Nueva York habló de su conmoción ante el tercer movimiento: “Para mí es una experiencia curiosa dirigir una de esas obras. Una sensación de doloroso ardor se cristaliza. ¡Qué extraño universo se refleja en esos sonidos y en esas figuras! ¡La Marcha Fúnebre y la tormenta que le sigue son una feroz requisitoria contra el Creador!” Quizás el sentido del arte no sea sino un dolido reclamo a los dioses.

5/08/2011

La patria de la Ñ

Sandra Lorenzano


“¿Tiene algo para niños? Quiero que éste empiece a leer en español”, me dice una mujer mientras le da un pequeño empujón al aludido, de ésos que las madres solemos dar con cariño y que los hijos –como corresponde– suelen detestar. “Nací en Oaxaca, pero vine para acá hace como veinte años”, sigue contándome con un acento que ya tiene mucho de gringo, y un orgullo, cuando menciona su tierra, que desmiente esa marca. Como si realmente –tal como lo dice el tango– veinte años no fueran nada. “Soy voluntaria en el club de lectura de su escuela –nuevo empujoncito–, porque todas queremos que los niños conozcan bien nuestra lengua.

No nomás así…”, dice y deja flotando esos puntos suspensivos para darme tiempo de imaginar cómo es el “así”. Buena narradora la mamá oaxaqueña. El chamaquito – doce años a lo sumo – sonríe entre cabizbajo y apenado.

Mucho más desenvuelto era el otro que, mientras la mamá platicaba conmigo (¿cuántos hogares mexicanos dice el último censo del INEGI que son encabezados por mujeres? Estoy empezando a creer que esas estadísticas son aplicables también a los que viven “del otro lado”), le iba leyendo a su amigo los títulos de los libros. Clase de español acelerado para el güerito que le llevaba varios centímetros de altura, y asentía con entusiasmo, y casi con admiración me atrevería a decir, a cada nueva explicación.

El mismo día (todo fue tan intenso que vivimos varios días en sólo 24 horas), me crucé con un hombre joven, desenvuelto y sonriente. Con una de esas caras que da gusto encontrar en la vida, de puro alegre y fresca que se ve. “Yo también escribo”, me confesó con el aplomo de un colega. “Hasta he ganado un par de concursos en mi college. Me gradué como psicólogo y los fines de semana doy un taller en un correccional de menores”. Se llama Carlos y contó la experiencia de haber pasado solo la frontera –apenas adolescente– en un conmovedor texto llamado “The journey” que comienza diciendo: The first time someone called me a wetback, I idiotically smiled in agreement, believing that the comment had been about the weather. Pero él quiere escribir también en español.

O Elena que está organizando talleres para los niños de Juárez, ciudad de la que salió hace varias décadas, porque está convencida de que la literatura puede cambiar vidas. O Laura, hija de tapatíos, que es profesora de español por puro amor a sus raíces. O tantos otros con quienes me he encontrado en unas pocas horas. Todos tienen intacto el orgullo de pertenecer a la “patria de la Ñ”, como llama Consuelo Sáizar a ese difuso territorio que se extiende mucho más allá de cualquier frontera, y que nos hace miembros de la cofradía de la segunda lengua más hablada del mundo (después del chino mandarín, dicen) y sin duda de una de las más habladas en esta ciudad contradictoria, múltiple y fascinante que es Los Ángeles. Porque es aquí donde estamos – en LA, en la Feria del Libro en Español que se celebra por primera vez con un éxito que supera todas las expectativas -, compartiendo el amor por el idioma, y ese orgullo de la pertenencia que llevó a Pablo Neruda a escribir en sus memorias:

Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos (...). Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.

Qué curioso: a veces hay que salir de la propia cotidianeidad para redescubrir lo que somos. Los compatriotas del otro lado nos recordaron la fuerza y la riqueza de nuestra cultura. Y yo, que soy mexicana por elección desde hace ya más de treinta años, regresé orgullosa de ser parte de este país.

3/27/2011

De Oaxaca a Nezayork. Y tú ¿qué miras?


Sandra Lorenzano


En primer plano: tres pistolas sostenidas por sendas manos. Tres pistolas que apuntan hacia nosotros. En un segundo plano, las imágenes borrosas de los tres hombres que sostienen las pistolas. ¿El título de la fotografía? “La vida loca”. Y no, aunque lo parece, no es una imagen captada entre pandilleros de Los Ángeles o Chicago. Son cholos de Neza. Aquí nomás: tras la esquina. Hay algo de juego, de desafío un poco inconsciente en la actitud. Algo de provocación. En otra de las fotos, vemos avanzar por la calle un grupo de ¿diez, doce? jóvenes con camisetas negras con leyendas en inglés y estrafalarios peinados; de ésos que lleva un tiempo largo y muchas horas de gel y pintura armar.

Piercings, tatuajes, pantalones enormes que van cayéndose, paliacates, gorras, lentes oscuros y la infaltable virgen de Guadalupe. Este es el mundo de los nuevos migrantes: jóvenes indígenas y campesinos que salieron de sus pueblos y llegaron a una ciudad que no les ha cumplido nada de lo que parecía prometerles. Algunos trabajan. Sobre todo en la industria de la construcción (ellos) y en el servicio doméstico (ellas). Pero la mayor parte engrosa las filas de los “ni-ni”. Excluidos del sistema, marginados, desterrados de su cultura de origen, buscan una nueva identidad que les permita reconocerse en el mundo ajeno y hostil de las grandes urbes. Hay algunos que prefieren el punk, otros van más por el look emo o darketo.

Pero lo que domina sobre todo es la mezcla, el cruce. Nacen así – dice Federico Gama, el fotógrafo que ha creado una mirada cómplice con estos protagonistas de la vida urbana– los “mazahuacholoskatopunk”. “Me impactó cómo iban cambiando su aspecto en apenas unos meses. Llegaban con sus atuendos rurales y terminaban punk o andaban tirando barrio estilo cholo. En este proceso agregaban elementos de las culturas juveniles urbanas y conservaban otros de sus comunidades de origen.” Las migraciones culturales, las identidades juveniles, la indumentaria callejera son los temas que le apasionan a Federico. Porque son el modo en que puede ir haciendo inteligible el mundo en el que vivimos. Es la manera en que puede entender a esos miles de jóvenes que se reúnen en la Alameda Central o en el Chopo o en la feria de Tacubaya. Y así, a través de un amoroso y muy cuidado trabajo de fotografía documental, nos permite también a nosotros espectadores asomarnos a una realidad que – como tantas otras cosas en este país– preferimos no mirar.

De a poco cambia también no sólo el atuendo sino el lenguaje corporal, la actitud. Por eso, Federico empezó a usar telefoto para poder registrarlos “tal cual son”. La transformación que estos jóvenes viven al llegar a la ciudad les va dando sentido de pertenencia, seguridad en sí mismos: se vuelven independientes, comienzan a apropiarse de las calles, se reconocen en otros como ellos. Hasta ayer eran campesinos o indígenas, hoy son miembros de una de las tantas subculturas urbanas. Buscan una vida mejor que la que tuvieron sus padres. Pero aquí los esperan también la violencia, el consumo de drogas, la dificultad para encontrar un trabajo estable o para acceder a la educación, la falta de información sexual, la precariedad de la vivienda, el alcohol, las pandillas…

Dije que el trabajo de Federico Gama es amoroso. Lo es por el respeto con que observa a esos “otros” de nuestra vida, por el cuidado con el selecciona sus imágenes, por el compromiso con el que crea sus proyectos.

Y en cada foto va dejando de manera sutil pero implacable la pregunta por nuestra propia actitud, por nuestros propios prejuicios, por nuestros miedos. Y tú ¿qué miras?

2/27/2011

Los invisibles

Sandra Lorenzano
“Nosotras somos todas madres solteras”. La cámara muestra las vías, un vagón abandonado. Hace un acercamiento a un alambre de púas. Hay algo que se ha enganchado. ¿Un pedazo de tejido? ¿Pelo? Primer plano de perfil a una de las mujeres hondureñas entrevistadas en alguna parte del larguísimo camino que va de nuestra frontera sur al otro lado del río Bravo. “Todas dejamos a nuestas familias”, continúa. Sus dos compañeras asienten en silencio. La que habla no se intimida ante la cámara. “Queremos ir a Estados Unidos para ayudarlos, porque en nuestro país no hay trabajo.” ¿Qué es lo que más miedo les da del viaje? “¿Miedo?”, preguntan. No quieren pensar en el miedo.
Piensan en que en el último año no tuvieron dinero para que sus hijos pudieran ir a la escuela. Piensan en darles todo lo que ellas no pudieron tener. Los hijos son el verdadero sentido de la travesía que han emprendido. Y ahí sí, la más fuerte, la que lleva adelante la conversación, se truena; se le quiebra la voz, se tapa la cara con las manos, llora. “Quiero ir para darles a mis niños todo lo que yo no tuve. Para poder darles estudios.
Eso es lo que más deseo en la vida”. Pero el miedo está; claro que está. A lo que más le temen es a los secuestros. Los datos son espeluznantes: en 2009 se produjeron 10 mil secuestros de migrantes ilegales. “Piden mucho dinero y nosotras no tenemos para pagar un rescate”. Y tienen miedo de ser violadas. ¿Cómo no tenerlo? Se calcula que 6 de cada 10 mujeres son abusadas sexualmente en su camino a Estados Unidos. Muchas se hacen dar una vacuna anticonceptiva antes de salir de sus lugares de origen. Dalila tiene 17 años y viene de El Salvador. Mientras escuchamos el testimonio que dio sobre su propia violación vemos su rostro en primer plano. Seria, sostiene la mirada ante la cámara.
Escucha su voz en off al mismo tiempo que nosotros. Y nos mira de frente. Ella sostiene la mirada. Nosotros nos vemos obligados a desviarla. Son los invisibles. A los que nadie quiere ver. De los que nadie quiere saber nada. Y de ellos habla el documental dirigido por Marc Silver y Gael García Bernal, llamado precisamente así, “Los invisibles”. Formado por cuatro partes, cada una de las cuales puede ser vista también de manera autónoma, el film – que contó con el apoyo de Amnistía Internacional para su realización – trata diversos aspectos de la atroz realidad de los migrantes en nuestro país.
“La odisea se inicia al sur de México, entre Oaxaca y Chiapas. Hasta allí llegan, todos los días, cientos de inmigrantes centroamericanos, camino hacia los Estados Unidos. Allí esperarán en albergues atendidos por voluntarios, la llegada y la partida de ‘La Bestia’: un lento tren de carga que zigzaguea y se detiene a cada tanto, a lo largo de una ruta de más de cinco mil kilometros.”* Cinco mil kilómetros plagados de peligros, de maltrato, de injusticias, de persecuciones. Crear conciencia, poner el tema en la mesa de discusión, denunciar, presionar a las autoridades para que los migrantes reciban un trato digno y justo, exigir que termine la impunidad con la que actúan secuestradores y traficantes de personas. Ésos son los objetivos de la serie. Y acabar con la indiferencia.
Con nuestra indiferencia. Hacer visibles a los que no se ven. Algo de todo esto pasó el jueves pasado cuando fue aprobada por el Senado la nueva Ley de Migración. Una ley “esperanzadora” como dijo el padre Alejandro Solalinde, director del albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec, Oaxaca, y uno de los más comprometidos defensores de los derechos de los migrantes. Mientras tanto, las tres mujeres que escuchamos al comienzo cargan las bolsas en las que llevan algo de ropa y siguen su camino. Algún chiquito en Honduras sueña con recibir una bicicleta desde Estados Unidos, y extraña la caricia de su mamá. http://sandralorenzano.blogspot.com twitter.com/sandralorenzano
* Las cuatro partes de “Los invisibles” pueden verse en http://blogacine.com