7/05/2015

Mar de Historias: Laberinto



Cristina Pacheco
Un foco desnudo ilumina el baño del restaurante. En busca de más claridad, Pamela se acerca a la ventana alta que da al callejón y lee con voz incierta: La ciudad antigua tiene por corazón un laberinto. Oye pasos. A la carrera guarda la libreta en el bolsillo de su delantal, gira hacia el lavabo y se mira en el espejo enmohecido. Se acerca y nota más profunda la arruga en su entrecejo.
Interrumpe su observación al escuchar golpes en la puerta y la voz de Tere:
–Pamela: dejaste a los de la mesa nueve esperando su cuenta. Están furiosos; apúrale antes de que vayan a quejarse con la patrona.
–Ya voy, ya voy –responde Pamela al tiempo que guarda en la bolsa de su delantal la libretita. Sonríe al imaginar la expresión del señor Cobos cuando se la entregue y le diga que la encontró hace dos semanas bajo la mesa l4. Él la ocupa siempre por ser la más apartada del televisor perpetuamente encendido.
II
El último comensal se levanta y le pone en las manos dos billetes de veinte pesos. Pamela reconoce que es una buena propina y, sin embargo, no disminuye su antipatía hacia el desconocido que ocupó la mesa 14, que considera exclusiva del señor Cobos. No lo ha visto desde el jueves antepasado. Ese día él no le hizo plática, como en otras ocasiones, y olvidó su libretita.
Pamela siente deseos inexplicables de seguir revisándola. Con pretexto de guardar unas charolas entra en la bodega, saca el cuadernillo y sigue leyendo: En el laberinto hay demasiadas voces, tañidos, gritos, estruendos, músicas que no dejan lugar para el silencio.
–¿Qué haces, loca?
Sorprendida por Tere, sin responder, Pamela se esfuerza por ocultar la libretita en su bolsa. No lo consigue y despierta la curiosidad de su compañera.
–¿Qué tienes allí?
–Nada. Bueno, sí: una libretita que olvidó el señor Cobos.
–Lástima que no haya dejado su cartera.
–Se la habría devuelto.
–Siempre tan decentita, tan mona... –Tere observa los anaqueles y apunta los faltantes: –¿Alguna vez te has encontrado cosas? ¿No? Pues yo sí, gracias a que las monjas me obligaban a caminar mirando para abajo. Un día me hallé una cadenita de oro. Se la puse a mi Xóchitl, pero ya la perdió. Me consolé pensando en lo feliz que estaría quien la haya descubierto.
Pamela piensa en la reacción del señor Cobos cuando ella le devuelva su libreta, pero antes seguirá leyéndola. Lo poquito que ha visto le suena a confesión, a desahogo como el que a ella le gustaría escribir después de que no encuentra respuesta por parte de Joel cuando le confiesa que desearía vivir sin tantas amarguras y disfrutar un poquito de su juventud antes de convertirse en una mujer como es ahora mamá: adusta, desconfiada, ya incapaz de ternura.
III
Hace dos semanas que no visita a su madre. Pamela sabe que tendrá que hacerlo pronto, antes de que los motivos de queja se acumulen y la reciba con una interminable cadena de reproches. Hija: nunca tienes un minuto para mí. Te importa más el dichoso Joel que yo. Si te hablo por teléfono, luego luego me cuelgas. Un día de estos me encontrarás muerta, y entonces... Allá tú con tu conciencia.
–¿Y si el señor Cobos hubiera muerto? –dice Pamela sin darse cuenta de que piensa en voz alta.
–¿Qué dijiste del señor Cobos? –pregunta Tere.
–Nada. Ni he hablado –afirma Pamela.
–Te oí, chiquita, no te hagas. –Tere se vuelve y nota la turbación en el rostro de su amiga: –¿Te traes algo con el señor Cobos?
–No lo que te imaginas, pero lo aprecio mucho. Es muy amable y siempre me platica de cosas interesantes de la Historia y también de su vida. Este restorán le gusta más que otros porque está en el centro, muy cerquita de donde hizo su primaria. El día que me lo contó me emocioné mucho imaginándolo niño, con su uniforme, sus libros y sus cuadernos.
–Por cierto ¿ya viste qué hay en la libreta?
–Palabras, ¿qué otra cosa podía encontrar?
–Un billetito –dice Tere en broma y se dirige a la puerta: –Vámonos, ya es muy tarde; o qué, ¿piensas quedarte en la bodega toda la noche?
–No. Nada más mientras aparto los manteles sucios para que se los lleven tempranito a la lavandería. Nos vemos mañana.
Pamela espera a que su amiga se aleje y abre la libreta al azar: La luz del día baña el laberinto. Al descender, la claridad reconstruye paciente las viejas casas. Lo hace demorándose en cada piedra, en los manchones dejados por la lluvia, en las hornacinas con santos mutilados, en las grietas donde brotan plantas silvestres, invencibles y anónimas.
Desde el rincón que es oficina, la patrona le ordena que se apure, es hora de cerrar. Lejos de obedecer, Pamela continúa su azarosa lectura: “Por las noches, el laberinto se desvanece en la oscuridad. En su lugar quedan ecos guardianes –voces, tañidos, gritos, estruendos, músicas que no dejan lugar para el silencio.”
IV
En la calle los vendedores ambulantes desmontan sus puestos desarmables, en los quicios las fritangueras se alegran con música tropical, un anciano camina por el arrollo empujando una carrito repleto de cartones, a la entrada de una vecindad un hombre y una mujer se abrazan con frenesí que borra al mundo. Pamela se detiene en la esquina. Al ver la escena callejera en su totalidad tiene la sensación de estar leyendo otra página de la libretita que olvidó el señor Cobos.
(Dedicado a un muy querido lector que hoy no vendrá.)

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