7/18/2010

Al borde de la muerte
José Reyez

A casi un año de haber sido liberado por el grupo de secuestradores que comandaba Daniel Arizmendi López, el Mochaorejas, a cambio de 2 millones 500 mil pesos, y de haber permanecido durante cinco días a manos de este sanguinario sujeto, Francisco Xavier Lebrija Pino rindió su testimonio ministerial el 31 de julio de 1998. En él relata el infierno que padeció a manos de sus secuestradores. Contralínea reconstruye su experiencia con base en el expediente de la sentencia penal 78/2004-1, emitida por el juez de la causa el 27 de febrero de 2009 en contra del grupo de plagiarios

José Réyez / Segunda parte

Son las nueve de la mañana del lunes tres de febrero de 1997, una mañana fría por ese invierno que no acaba de irse del todo. Francisco Javier viaja en su automóvil, un Ford Mystique color negro, con placas de circulación número 561-JBB, rumbo a su oficina donde ya lo espera su padre para una reunión de trabajo. A unos metros de llegar al edificio, en la calle de Galeana, de la colonia La Loma, en el Municipio de Tlalnepantla, Estado de México, le cierra el paso una camioneta tipo pick up de color blanco, en la que viaja un individuo. Instantes después, se acerca otro sujeto a la ventana del auto y le apunta con una pistola.

- !Bájate, hijo de la chingada¡, le grita desaforado uno de los sujetos que obliga a Francisco a bajar del automóvil. Para entonces, su vehículo ya se encuentra rodeado por cuatro camionetas, entre ellas una tipo mini Van a la que lo suben a empujones y mentadas de madre. El individuo que lo baja del coche y a quien no puede ver, lo coloca acostado boca abajo, sobre el piso de la parte trasera de la camioneta; lo despoja de sus pertenencias, lo ata de pies y manos con cinta canela, y le coloca un trapo sobre la cabeza.

Lleno de pánico, Francisco Lebrija escucha las voces de otros dos individuos, intuye que se hacen señas, que cuchichean y que se mueven sigilosamente. Deduce que viajan en el asiento del conductor y del copiloto. Lo acompaña en la parte trasera el sujeto que lo baja de su vehículo. La camioneta emprende la marcha. Entonces, sin desparpajo le dicen que se trata de un secuestro.

Y es entonces cuando a Francisco Javier se le revuelven los pensamientos, piensa en todo. Las manos y los pies le hormiguean. Se le va el aliento. Quiere gritar; no puede. El recorrido dura una hora, y la camioneta se detiene finalmente en el lugar en donde lo encadenan durante una semana. Al llegar, le quitan las ataduras de pies y manos, le cubren los ojos con cinta canela: no puede ver el lugar donde se encuentra.

Lo introducen a la casa en donde suben por una escalera y lo meten, todo el tiempo vendado de los ojos, a lo que después descubre que es un baño. En este lugar es interrogado por Daniel Arizmendi respecto de los bienes y propiedades que posee su familia. Escucha la presencia de otras personas. Lo interrogan, le piden los teléfonos para ponerse en contacto con su papá y se retiran.

Tiempo después, uno de los delincuentes le informa a Francisco que no puede comunicarse con su papá, por lo que es obligado a llamar a su casa. Contesta su mamá, le informa que ha sido plagiado y que es necesario que su papá esté en casa para que los plagiarios se pongan en contacto con él para las negociaciones. Ése es el único contacto que tiene con su familia hasta el día de su liberación. Termina de hablar con su mamá y Daniel Arizmendi le retira bruscamente la bocina del teléfono; en ese momento no le había quitado aún la cinta de los ojos.

De alimentos, a Francisco le dan jugos, tortas, guisados, y él se da cuenta de que utilizan un silbato para anunciar la llegada o salida de los sujetos que entran o salen de la casa. Los secuestradores le llevan unas cubetas con agua al día, para su aseo personal. Dejan durante las 24 horas del día la luz encendida. Francisco escucha durante su cautiverio el ruido de vehículos y trailers que circulan a alta velocidad. Supone que está cerca de una gran avenida.

Después le indican que puede quitarse la cinta de los ojos. La remueve y ve que está en un baño de color rojo, donde hay un lavabo, una regadera, un wc, una ventana sellada con ladrillo y concreto, y un espejo de doble vista a través del cual Francisco supone que es vigilado. No hay agua en los servicios sanitarios. A partir de ese momento y cada vez que quieren entrar al baño donde está incomunicado, los secuestradores le avisan por fuera de la puerta para que se ponga sobre la cabeza una camisa negra, cerrada del cuello y mangas, para que no los vea. Nunca los ve.

Ese mismo día por la tarde entra otro individuo y obliga a Francisco a desvestirse. Se le informa que permanecerá desnudo durante el tiempo que esté ahí. Uno de los sujetos a partir de ese momento entra con más frecuencia al baño para llevarle agua y alimentos. Es con el que tiene más contacto, y quien lo cuida frecuentemente. El mismo que un día le ofrece droga. ‘No quiero nada de eso, no lo acostumbro’, apenas le responde.

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