Una de las bondades del festival
de Toronto es que le permite a uno recuperar las películas perdidas en
anteriores ocasiones. Así, pude ver finalmente la ganadora del Oso de
Berlín de este año, que se me fue por razones de logística. Se trata de
la húngara Teströl és lélekröl (En cuerpo y alma), de la
esporádica directora Ildikó Enyedi, una improbable y original historia
de amor situada en el sangriento ambiente de un matadero de reses, nada
menos.
Con un tono caprichoso, Enyedi nos narra el encuentro entre dos seres
introvertidos: ella (Alexandra Borbély) es la nueva inspectora de
calidad, él (Géza Morcsányi) es el director financiero de la empresa.
Ambos descubren que comparten un mismo sueño sobre una pareja de venados
en un bosque nevado y, a partir de esa coincidencia, construyen una
tentativa relación.
El contraste funciona mucho en esa interacción, pues el hombre
–tullido emblemáticamente de un brazo– es alguien que ya se dio por
vencido en el amor, mientras la mujer es una virgen inocente. En la
parte más encantadora de la película, ella se abre a las posibilidades
de la sensualidad, probando placeres que le eran ajenos.
Esa delicadeza también se contrasta con la brutalidad con que las
reses son destazadas diariamente, escenas que la cineasta filma de la
misma manera directa con la que Georges Franju lo hizo en La sangre de las bestias (1949).
También se pudo ver la película libanesa El insulto, un
urgente testimonio político de qué tan irresolubles son los conflictos
en Medio Oriente. Dirigida por el cinefotógrafo Ziad Doueiri, la
narrativa parte de un hecho banal: un árabe cristiano llamado Tony (Adel
Karam) tiene un pleito callejero con el palestino Yasser (Kamel El
Basha). Éste insulta al primero y se niega a disculparse. La gravedad
del asunto va
creciendo
como la proverbial bola de nieve hasta llegar a la Suprema Corte de
Beirut, donde uno demanda al otro. Por supuesto, una cosa tan cotidiana
como un insulto cobra dimensiones que rebasan a los propios instigadores
del pleito. Dado que el asunto abre heridas de la pasada guerra civil
en Líbano, el conflicto deviene en violentos motines entre la población
de Beirut.
En buena parte de su metraje, El insulto es un
intenso drama de juzgado, en el cual las partes enfrentadas ventilan sus
profundos rencores. Doueiri mantiene la verborrea interesante con una
dinámica puesta en cámara que no ofrece respiro. A veces el asunto se
vuelve un poco discursivo y la película en su último tramo da la
impresión de no saber cuándo ni cómo acabar. Sin embargo, el
satisfactorio final es un sensato llamado a la reconciliación nacional.
Ojalá ambas películas se vean de alguna forma en las pantallas
mexicanas. Le toca a la Cineteca incluirlas en alguna muestra o estreno
exclusivo.
Twitter: @walyder
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