3/25/2011

Autopsia de un tiburón




Leonardo García Tsao

Una de las líneas más memorables de Annie Hall (1977), de Woody Allen, es aquella comparación entre las relaciones amorosas y los tiburones, en el sentido de que ambos mueren en cuanto dejan de avanzar. Triste San Valentín es la disección de la muerte de un escualo, que alterna escenas de cuando está vivito y coleando y cuando empieza a clavar el pico.

Segundo largometraje de Derek Cianfrance, Triste San Valentín no es más que otro recuento del proceso por el que una pareja se enamora y, a lo largo de cierto tiempo, pierde ese sentimiento amoroso, según dice la canción. Es el viejo tema del chico-pierde-chica que igual ha inspirado incontables blues o el cancionero completo de José Alfredo Jiménez. Nada nuevo, pues, salvo que la película está contada con sincera emotividad.

En el inicio, una niña grita el nombre de Frankie con cierta urgencia. Resulta ser el perro que se le ha perdido. Esa anécdota es el detonante de lo que va a acabar de echarse a perder entre Cindy (Michelle Williams) y su esposo Dean (Ryan Gosling). Éste quiere aprovechar la circunstancia de que la niña se va a quedar con el abuelo paterno para intentar reavivar la chispa con su distante mujer pasando juntos una noche en un motel con recámaras temáticas (La cueva de Cupido, El cuarto del futuro). Sin letreros ni avisos, Cianfrance se brinca al pasado de la pareja, cuando ambos se conocen en circunstancias complicadas (ella es novia de un patán que la deja embarazada, él un joven de clase obrera que no ha terminado la prepa).

El desarrollo de Triste San Valentín estará marcado por el vívido contraste entre el inicio promisorio de una relación y su consecuente desgaste a causa de la rutina, la decepción y el hartazgo. (La diferencia se subraya más por el hecho de que lo primero fue fotografiado en súper 16mm, de texturas y colores cálidos, mientras lo segundo se hizo con la cámara digital RED, que aporta un tono de imagen más frío.)

De posibles connotaciones autobiográficas –Gosling guarda cierto parecido físico con el director, quien también funge de coguionista–, la película se volvió más personal porque Cianfrance impulsó a sus actores a improvisar buena parte de los diálogos. En aplicación de la teoría del método, se filmó primero la etapa del enamoramiento durante tres semanas y luego Gosling y Williams convivieron juntos durante un mes para que aprendieran a llevarse mal. Ese aire de espontaneidad es la mejor cualidad de Triste San Valentín. Si bien la mayoría de los melodramas se sienten urdidos de manera artificial, esta película sí parece desenvolverse con la naturalidad de la vida diaria.

Es un cine de actores, como puede deducirse, y es la pareja protagónica la sustentadora de la convicción generada por la película. Si bien Gosling recurre a los manierismos de joven excéntrico pero sensible que le hemos visto antes, sí logra transmitir la desesperación de quien reconoce la indiferencia que, hacia el final, genera en su pareja. Pero es Williams quien confirma ser una intérprete de primera división. Tanto su inicial encanto como su gradual desilusión están expresados con la luz de sus ojos y signos similarmente sutiles. En las escenas situadas en el nada romántico Cuarto del futuro (que parece set desechado de Barbarella), la actriz vuelve opaca su mirada y fuerza la sonrisa en plena demostración de que la emoción ya murió. El desgano con el que ella reacciona a lo que él considera su canción de amor dice lo que ningún diálogo podría resumir mejor.

Ciertamente, no es una película para que unos novios la vean juntos para celebrar un 14 de febrero o un aniversario. A menos que él esté dispuesto a formular, a la salida del cine, la temeraria pregunta: ¿Y por qué estás tan callada?

Triste San Valentín (Blue Valentine) D: Derek Cianfrance/ G: Derek Cianfrance, Cami Delavigne, Joey Curtis/ F. en C: Andrij Parekh/ M: Grizzly Bear/ Ed: Jim Helton, Ron Patane/ Con: Ryan Gosling, Michelle Williams, Faith Wladyka, John Doman, Mike Vogel/ P: Hunting Lane Films, Silverwood Films. EU, 2010.

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