7/26/2020

Ta Toño viaja al Yoo ba’


Na Cándida contuvo el llanto, se llenó de valor y se dispuso a cumplir el ritual. Tomó el cuerpo inerte del niño Antonio Santiago Jiménez, su hijo, que acababa de fallecer; lo colocó en el altar familiar, reservado para los santos, y le encendió cuatro cirios para alumbrar el camino que su alma iba a emprender. La sorpresa invadía a los presentes y nadie atinaba a explicar qué había sucedido. La noche anterior el niño se había acostado tranquilamente, pero ya no despertó. Cuando los familiares y vecinos se enteraron del deceso comenzaron a llegar a dar el pésame a la familia por la pérdida y a acompañar al difunto en su último viaje. Lo velaron toda la noche y al día siguiente, cuando se disponían a llevarlo al panteón para que se cuerpo descansara, el niño se levantó tranquilo, como si despertara de un sueño. No mostró ninguna sorpresa, sólo dijo a los presentes que había viajado muy lejos y que no podía volver a su cuerpo.
Todo sucedió en la sección séptima del municipio de Juchitán. Años después, ya joven, Antonio Santiago Jiménez marchó a la Ciudad de México a cursar estudios preparatorios con la esperanza de estudiar una carrera profesional. No lo logró porque en esos años Na Cándida, su madre, falleció y se vio obligado a regresar al pueblo. En el Istmo hay quienes afirman que la muerte de su madre fue sólo un pretexto y que su regresó a Juchitán fue porque ese era su destino. Sea como fuere, se asentó en el municipio y desde entonces su vida estuvo ligada a su historia. Su hija, la profesora Cándida Santiago Jiménez, Na Cándida, se casó con el profesor y líder campesino Víctor Pineda Henestrosa, Víctor Yodo, secuestrado el 11 de julio de 1978 por un comando del onceavo batallón de infantería del Ejército federal, según documentó Amnistía Internacional. Su casa en la sección séptima pasó de domicilio familiar a espacio de reuniones populares.
No era algo nuevo. Desde que el profesor Víctor Yodo vivía, ahí llegaban los campesinos en busca de asesoría, igual que los peloteros del equipo de béisbol que él animaba. Con la desaparición del profesor Víctor Yodo se formó el Comité de Pescadores del callejón la séptima sección al que pusieron su nombre; la maestra Cándida Santiago lo animaba y desde ahí luchaban para que apareciera con vida. De entonces viene el apodo del señor Antonio Santiago Jiménez de Ta Toño Cándida, que lo acompañó hasta su muerte. A él le toco mantener a la familia, mientras sus otros integrantes se movilizaban en busca del desaparecido político. Era un hombre muy amable y conversador excepcional, contaba historias fabulosas y siempre tenía algo que ofrecer a quienes lo visitaban. Su gusto por el béisbol era fuerte; por muchos años elaboró los roles de juego, fue anotador oficial y elaboró las estadísticas de equipos completos en la liga regional de béisbol. Como muchos de sus contemporáneos, también leía el tiempo y predecía el clima, algo necesario para ser un buen campesino, como él lo fue.
Cuando se formó la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (COCEI) el Comité del Callejón de Pescadores fue uno de sus baluartes. Ahí se instaló el altavoz para llamar a la organización, de ahí salían los volantes elaborados con mimeógrafo para repartir en la población informando lo que pasaba, ahí se elaboraban las mantas que engalanaban las marchas. En 1981 el pueblo juchiteco derrotó al caciquismo atrincherado en el Partido Revolucionario Institucional, instalando uno de los más emblemáticos gobiernos populares de los muchos que surgieron en esa época de insurgencia municipal. Ta Toño Cándida fue elegido juez municipal y él aceptó desempeñar el cargo porque era la manera de continuar la lu-cha por la defensa de las tierras comunales. La experiencia duró poco. El gobierno la ahogó en sangre y Ta Toño Cándida, como muchos otros integrantes del ayuntamiento y líderes de la organización, regresó a sus actividades en el campo.
Pero ya no había forma de volver sobre sus pasos. En su casa muchos encontraron protección y solidaridad ante la represión. Desde ahí se siguió luchando por la libertad de los presos políticos y la presentación de los desaparecidos. Nadie se sorprendía que por ahí pasaran intelectuales y políticos de renombre y fama internacional. El pasado 7 de julio Ta Toño Cándida cumplió 90 años. Sus familiares lo festejaron, pero el ya no se sentía a gusto. En su interior preparaba su viaje al Yoo ba’, la mansión de los muertos según las creencias de los binnizá; tenía ganas de encontrarse con Xunaxido, la diosa del inframundo. Como aquella su primera muerte, de la que tuvo el privilegio de volver, el 22 de julio se acostó a dormir, pero el siguiente ya no despertó. Esta vez sí emprendió el viaje. Se fue tranquilo, dignamente, como vivió. Sus familiares y amigos lo acompañaron al panteón, discretamente, como lo imponen las actuales circunstancias. A todos nos dejó la herencia de una vida ejemplar.

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