4/19/2011

¿Feministas sin saberlo?

Por Celia Amorós Puente

La Mujer Moderna fue un precipitado identitario del feminismo aunque no tuviera conciencia de ello
Qué fue antes, el huevo o la gallina? Nos podríamos plantear esta pregunta aplicándola al orden en que emergen en la historia los feminismos y los cambios identitarios de las mujeres. Sin duda, los feminismos generan transformaciones significativas en las identidades femeninas a más corto o largo plazo, se sea o no consciente de ello. En algunos casos, transformaciones progresistas -en confluencia con otros factores históricos- y, en otros, fenómenos identitarios reactivos, como el de la misoginia romántica, que acuña diversas figuraciones de la femme fatale, entre otras y en sucesivas reediciones.
En España han surgido recientemente estudios que dan interesantes elementos de respuesta a la pregunta así planteada. Se ha investigado exhaustivamente el fenómeno de la incorporación de un grupo reducido pero significativo de la llamada Mujer Moderna al mundo de la bohemia masculina del primer tercio del siglo XX. Queda patente documentalmente la presencia de mujeres en los espacios de ocio masculinos connotados por la marginalia, la rebeldía, la contestación al mundo burgués biempensante como atmósfera y complemento de la inspiración artística. Pues bien, ¿cómo interpretar la presencia de la llamada Mujer Moderna en estos ámbitos, inconcebible para la feminidad decimonónica? Se trata, evidentemente, de una transgresión por parte de las mujeres, de un ejercicio de lo que Amelia Valcárcel llama "el derecho al mal" de las oprimidas que, para igualarse con los varones, no tiene por qué presentar de antemano un certificado de superioridad moral: si va de ocio y de vicio, ocio y vicio para todos y todas. La noche es también de las mujeres: no tenemos por qué vivir bajo "toque de queda" (Lidia Falcón).


Quizás podríamos aplicar al fenómeno que nos ocupa lo que llamamos "el relevo de heterodesignaciones patriarcales". Desde Simone de Beauvoir sabemos que "la Mujer" es una heterodesignación, una atribución de identidad por parte de quien ejerce el poder sobre nosotras. Sujeto es aquel que administra sus propios predicados y se los endosa a los demás. Pero para ello hay que tener poder. De acuerdo con Carol Pateman, poder implica control sobre las mujeres, capacidad de imponer la feminidad normativa. Pues bien: cuando se modifican o entran en crisis los discursos sobre la feminidad normativa vigentes, podemos maliciarnos que nos encontramos ante relevos de poder masculinos. Los varones que disputan a los otros su hegemonía pueden comunicárselo a éstos con discursos nuevos y polémicos con respecto a las mujeres. Al fin y al cabo, las mujeres hemos sido y, en buena medida, aún somos objeto transaccional -lo dijo Claude Lévi-Strauss- de los pactos y de los conflictos entre los varones. Así, si los caballeros conservadores a la Ancien Régime afirmaban que "el buen paño en el arca se vende", los contestatarios -y podríamos alinear aquí a los efectos desde los liberales a los anarquistas: la progresía, por simplificar- querrán a las mujeres alternando en cafés, bailando tangos, foxtrot y charlestón en los music halls, flirteando en los cabarés, fumando lánguidamente e incluso haciendo sus pinitos con la cocaína... Se puede reconstruir, de la mano de nuestro historiador, toda una fenomenología de los tipos femeninos de este picante mundo de las tinieblas: las que emulaban a las vamps holliwoodienses, nueva edición de los "ídolos de perversidad" (Dijkstra), las tanguistas, las artistas del "género ínfimo", las llamadas "apaches" venidas, como tantos hombres, huyendo de los horrores de la Gran Guerra...

Y bien, parece que aquellos varones así nos querían. Pero ¿cómo se querían las mujeres mismas? Por decirlo de otra manera, presionadas e incluso, a veces, bombardeadas por heterodesignaciones contrapuestas ¿disponían de lo que podríamos llamar un espacio de autodesignación? Por supuesto que sí. Y no sólo por aquello de que "a río revuelto, ganancia de pescadores" sino porque el discurso y las prácticas feministas, que vindicaban la igualdad de las mujeres con los varones en tanto que, como ellos, eran seres humanos y querían los derechos y las formas de vida que éstos se adjudicaban, estaban a la orden del día. Desde este punto de vista, podríamos considerar a la Mujer Moderna como un precipitado identitario del feminismo aunque muchas veces no tuviera conciencia de ello. La militancia feminista y el troquelado de nuevas identidades interactúan: ¿quiénes fueron feministas avant la lettre? ¿Fueron las bohemias femeninas feministas sin saberlo? En cualquier caso, el parafeminismo, como podríamos llamar a la cultura del feminismo, de los países anglosajones se relacionó con la ley seca y otras prescripciones puritanas -muy pertinentes en su contexto, por otra parte-, mientras que el precipitado identitario del sufragismo en España fue, al menos en una medida cualitativamente significativa, "la otra cara de la bohemia"...

La otra cara de la bohemia. Entre la subversión y la resignificación identitaria. Jordi Luengo López: Universitat Jaume I. Castelló de la Plana. 2009. 739 páginas.

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