8/25/2019

El circo: las nodrizas del odio



Después de la Segunda Guerra Mundial y para evitar las tragedias humanas que acompañaron a las dos guerras, se generaron dos grandes barreras civilizatorias. Por una parte, Naciones Unidas y el acuerdo de Bretton Woods. La primera, para organizar los temas que requerían cooperación internacional, siendo el mantenimiento de la paz en el mundo el aspecto central. Se generaron dos incentivos para la participación de todas las naciones. El primero fue que cada país independiente era un voto, independientemente de su tamaño físico, el número de habitantes y el peso de su economía y activos militares. El segundo, para asegurar que las grandes potencias triunfadoras en la Segunda Guerra Mundial tuvieran garantías en su participación, fue el diseño del Consejo de Seguridad, con el derecho de veto de esas potencias, a las cuales se añadió, a partir de su entrada en el sistema, la República Popular China.
El acuerdo Bretton Woods, a su vez, estableció mecanismos de gobernanza para un nuevo orden económico, en el cual se confirmó la hegemonía de Estados Unidos.
La segunda barrera civilizatoria fue, hasta cierto punto, una barrera invisible, pero tan eficaz como la primera. Se hizo a base de infinidad de luchas sociales de diversos tipos de minorías y de mayorías tratadas como minoría, como en el caso de las mujeres. Partió de la Declaración Universal de Derechos Humanos, los dos pactos de derechos económicos y sociales, y de derechos políticos y protocolos facultativos. Su efecto civilizatorio impregnó organismos internacionales, nacionales, la sociedad, distintos actores e incluso el lenguaje. Lo políticamente correcto buscaba ser parte de ese valladar contra la discriminación, el fanatismo y el racismo.
Con el crecimiento de países independientes miembros del sistema de Naciones Unidas y la multiplicación de prioridades a atender por agencias especializadas de ese mismo sistema –a petición, frecuentemente, de los miembros más poderosos– se volvió cada vez más compleja la administración de la paz mundial, que fuertemente dependió durante la guerra fría de la amenaza creíble de aniquilamiento.
Lo mismo ocurrió con la gobernanza económica, en la medida en que avanzaba el mundo hacia un sistema de múltiples poderes no sólo estatales, sino crecientemente de consorcios trasnacionales y complejos financieros.
Pero son el 11 de septiembre de 2001 y la crisis económica de 2008 las gotas que derraman el vaso de la gobernanza política y de la gobernanza económica.
Lo que priva desde entonces son los famosos instintos animales, que lo mismo inventan amenazas para invadir países que ejecutan los actos terroristas más horripilantes y despreciables, que dañan el medio ambiente y el futuro del mundo de la manera mas cínica e irresponsable.
Pero todo lo anterior es finalmente alimentado por una serie de empresarios, políticos mediocres y merolicos que desde sus espacios de poder prohijaron la emergencia de los Putin, Duterte, Bolsanaro y Trump. Esos personajes, probablemente, no merecerán ni siquiera un pie de página cuando se escriba la historia de estos años horripilantes, pero han sido clave en el desmantelamiento de estructuras imperfectas e injustas, pero que mantuvieron cierta estabilidad y, sin duda, progreso económico y social. Son, si se quiere, las nodrizas del autoritarismo.
Hoy, los payasos asesinos se ven complementados por segmentos de las sociedades en estado quiliaista.
Kari Mannheim (1973) forjó el tipo ideal de una utopía que denominó quiliaismo. En ese tipo de utopía se trata de reflejar la mentalidad de sociedades tradicionales que se ven desgarradas …Sociedades fundamentalmente agrícolas, caracterizadas por una pérdida total de las certidumbres simbólicas y valorativas.

Twitter: gusto47

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