9/07/2019

Nancy Cardoso: “La América Latina feminista que queremos no va a ser posible sin las mujeres pobres que hoy encuentran refugio en la religión”



Stephanie Demirdjian

Los desafíos que plantea el avance de la derecha conservadora y del fundamentalismo religioso para los feminismos de América Latina centraron la última conferencia de las Jornadas de Debate Feminista, organizadas la semana pasada por los colectivos Cotidiano Mujer y Encuentro de Feministas Diversas. La encargada de dar el debate fue la teóloga feminista brasileña Nancy Cardoso, quien ahondó en los espacios de militancia feminista que están en disputa frente a la arremetida que lideran las iglesias neopentecostales y abogó por un feminismo no elitista, que deje de “buscar espejos” y, en cambio, “abra ventanas” para ir al encuentro de las mujeres más marginadas.
“¿Por qué la religión funciona con la mayoría de mujeres pobres? ¿Qué quieren? ¿Qué están buscando?”, son algunas de las preguntas que según Cardoso tienen que responder las teólogas feministas. Sin esas mujeres pobres que hoy encuentran refugio en la religión, asegura la pastora metodista, no puede haber América Latina feminista. La clave está en convivir con ellas, entender qué es lo que encuentran en esas iglesias y apostar por la educación popular y el trabajo de base para crear otros espacios en los que puedan ser libres. “Sólo estando ahí con ellas”, afirmó, “se puede ir construyendo alternativas”.

Cambiar la trayectoria

Cardoso dijo que hoy en día el fundamentalismo religioso juega un papel “muy pesado y muy fuerte” en toda la región, pero advirtió que en Brasil lo hace “de manera muy fea y escandalosa”. La teóloga aseguró que el grupo con más fuerza es el de los evangélicos pentecostales, que son los que “todavía siguen apoyando al fascista que es presidente del país” –Jair Bolsonaro– y los que “se sienten representados en las políticas y en la ruptura con los derechos”.
En este contexto, planteó que las iglesias neopentecostales también siguen siendo las elegidas por muchas mujeres trabajadoras y pobres para pasar su tiempo libre, pese a que allí “las aplastan, controlan y disciplinan”. “A esta hora está por empezar el culto. Las señoras trabajaron todo el día como empleadas, explotadas, alienadas, invisibles y en situaciones indignas, tomaron un bus desde lejísimos pero antes de irse a casa van a la iglesia. Van a entrar y van a decir la paz del señor, encontrarse con las hermanas y escuchar las palabras de un varón que está en el frente. Las señoras van a cantar y cerrar los ojos. Ese es el fenómeno religioso”, relató la teóloga. “Estaba pensando en qué es lo que sostiene a estas mujeres, por qué la fe es importante para ellas, por qué en este momento están en una iglesia cantando ‘sólo el poder de Dios puede cambiarme así’ y se sienten de alguna manera felices”, reflexionó. Y se preguntó: ¿por qué?
“Hay un fenómeno que yo como estudiosa de la religión y teóloga tengo que plantearme: ¿por qué la religión funciona con la mayoría de mujeres pobres? ¿Cuál es la eficiencia?”, preguntó. La brasileña aclaró que con su trabajo no busca “destruir a estas mujeres ni aislarlas o dejarlas lejos del feminismo, de la lucha, del proceso de derechos”. Por el contrario, considera que dar respuesta a estos interrogantes es una tarea que tienen las teólogas feministas que se proponen ocupar y disputar estos espacios. A su entender, la mejor manera de empezar a hacerlo es involucrándose con ellas desde la sororidad, escuchar sus voces, y a partir de ahí entablar un proceso de educación popular y trabajo de base.
Para ella, este es “el primer movimiento importante en la teología feminista”: asumir el proceso de estas mujeres que encuentran las respuestas a sus problemas en las iglesias fundamentalistas y “cambiar su trayectoria”. Y esto es urgente, aseguró, “porque la América Latina feminista que queremos no va a ser posible sin las mujeres pobres que hoy encuentran refugio en la religión, no puede ser una vanguardia de feministas”.
Más adelante, a raíz de una de las preguntas del público, Cardoso retomó la cuestión de clase y dijo que hay que “sacar el elitismo” del feminismo, que parece ser exclusivamente “de mujeres universitarias y profesionales”. En ese sentido, dijo que conocemos la “percepción de la violencia” de las mujeres pobres pero, por ejemplo, no tenemos idea de cómo viven la sexualidad. “¿Cómo goza la vendedora de limones, gritando el precio de su producto sin ropa interior? ¿Cómo se liberan las mujeres de pueblo en medio de tantas violencias, de tantas limitaciones?”, disparó la teóloga. “Creo que no hay que buscar espejos”, agregó, “sino abrir ventanas para encontrarnos con estas mujeres”.

Lo que ellas quieren

Entonces, ¿por qué funcionan los fundamentalismos religiosos? ¿Cuál es la carnada? Una vez planteadas las preguntas, la teóloga se dedicó a proponer algunas respuestas. En primer lugar, planteó el argumento del “pánico moral”.
Según Cardoso, el pánico moral sólo funciona si va de la mano del pánico económico y el pánico político. “La gente siente miedo, está insegura, no le alcanza para comer, no sabe cómo va a pagar el alquiler, y en la calle hay violencia, marginalidad y droga. Hay un pánico generalizado”, explicó la teóloga. “Estos pastores actúan en esos grupos, que son frágiles y enfrentan precarias condiciones de vida. No van a hablar de desempleo, ni de la desigualdad salarial entre varones y mujeres, ni del escándalo de lo que cobran las empleadas domésticas y las mujeres que trabajan en servicios y que son explotadas a diario. Pero lo que van a tomar es el pánico moral”, agregó Cardoso, y aseguró que esto es lo que funcionó en las últimas elecciones en Brasil. “Decían que las feministas, los gays y el gobierno de centroizquierda estábamos para destruir la familia, y usaron los ejemplos más groseros con ninguna proximidad científica, pero no interesó”, dijo la experta.
La teóloga consideró que la estrategia de pánico moral “es muy eficiente” y dijo que, en Uruguay, es por ejemplo la que utilizan quienes promueven la campaña Vivir sin Miedo. Al respecto, advirtió: “Ojo, así empieza, toman la vida de la gente que ya es fragilizada y les genera pánico para luego ofrecerse como los que pueden garantizar seguridad a la gente”.
Otra de las razones por las que Cardoso cree que los fundamentalismos han calado hondo en algunos sectores sociales es lo que llamó el “familismo”, esa idea de que hay que proteger el modelo tradicional y heteronormativo de familia frente a los ataques de las feministas que con su “ideología de género” lo quieren destruir. “Esto en las iglesias cae como lluvia en el desierto, porque la tradición cristiana ya es muy familista, muy centrada en estos valores de familia que –en realidad– quiere decir de protección de los varones dentro de los espacios de poder”, explicó.

“La cara más fascista del patriarcado es la que sale de las iglesias”


El otro argumento que propuso es el del extractivismo erótico, que la teóloga feminista explicó así: “Estas iglesias son iglesias de éxtasis, son iglesias carismáticas que promueven un ritual que alimenta a las personas para que se liberen, entonces cantan, bailan, y las personas van entrando en otra esfera, van saliendo de sí mismas, que es lo que tenemos en otras religiones, como las africanas. Esto pasa en el fundamentalismo y en las iglesias neopentecostales”. Esto constituye un “despertar erótico”, un “goce que está ahí tan aplastado por la vida tan dura pero en estos cultos tiene técnicas de despertar”, se explayó Cardoso. Pero no es todo trance y goce, resaltó: “Es un proceso colectivo de éxtasis que libera en las personas su fuerza más vital, sacude sus cuerpos y los libera para después disciplinar con familia, con moralismo y con obediencia”. Esto es llamativo y seduce porque, muchas veces, la mayoría de las mujeres que van a esas iglesias “viven en la miseria sexual, no son dueñas de sus cuerpos, no se orgasmizan para nada, y en estos cultos van a ser sacudidas por un placer”.
En medio de este éxtasis funciona con el pánico moral y el familismo lo que Cardoso va a calificar de “guerra espiritual”, que no es más que la advertencia o el llamado de la iglesia a los fieles a vencer los “demonios” y las “fuerzas del mal”. Estas fuerzas pueden tener forma de feministas, comunistas o integrantes de la comunidad LGBT, por poner algunos ejemplos.

Hacerle frente

“La cara más fascista del patriarcado es la que sale de las iglesias”, apuntó contundente Cardoso, y llamó al movimiento feminista a oponer resistencia por medio de tres mecanismos: la crítica, la autocrítica y la creatividad. La crítica se basa en “usar todos los instrumentos teóricos” para entender, en primer lugar, lo que está pasando.
Segundo: mantener la autocrítica. ¿De qué manera? Evitando caer “en el cuento de la modernidad secular, que nos dijo que Dios está muerto y que la religión ya no tiene espacio en el público. Esto es mentira. La modernidad nunca fue para todos, nunca cumplió sus promesas, y la igualdad y la democracia nunca fueron plenas en las poblaciones, en especial en América Latina”. En definitiva, mirar los fenómenos que tienen lugar en la región sin el velo neocolonial.
Por último, la creatividad, que tiene que ver con las formas en las que el acervo feminista es transmitido a las mayorías de mujeres y, en especial, a las mayorías pobres. Cardoso propone opciones como la educación popular y el teatro del oprimido. “Si podemos”, dijo, “vamos caminando juntas”.

Más allá de la religión

La experta hizo un pequeño paréntesis en su presentación para advertir que no se puede comprender la totalidad del fenómeno tomando la religión como único modelo explicativo. Hay que entender que no sólo los grupos religiosos son fundamentalistas, dijo Cardoso: también estamos marcados “por una economía fundamentalista, un capitalismo fundamentalista que se expresa en las claves más cotidianas de nuestra vida”.
Puso como ejemplo el sistema de producción de alimento, que definió como “un proceso totalitario a partir del hambre”, que controla “desde la tenencia de la tierra y los modos de producción hasta la circulación de los productos en los mercados o la concentración en algunas marcas”. En este esquema, “lo único que podemos hacer nosotras es ir al supermercado y consumir; esa es nuestra libertad”, criticó Cardoso. “Entro en el supermercado con mi carrito y voy a elegir lo que el mercado ya organizó para mí. Vamos eligiendo, pero es un proceso de elección totalmente controlado y disciplinado, y no nos damos cuenta”, agregó.
Para la teóloga, “estamos viviendo un proceso de un capitalismo avanzado que controla la producción, la reproducción, la distribución y el consumo”, y la religión tiene su papel en este proceso. ¿Cómo? Siendo apropiada por el capitalismo como mecanismo de resolución de conflicto de las promesas que el mercado no puede cumplir. Explicó Cardoso: “Hay un llamado al consumo general que no puede ser cumplido por la población. Entonces el capitalismo se apropia del lenguaje religioso para hacer las compensaciones, justificar y legitimar esa promesa incumplida. Hay una clase que circula por el mercado y que cumple las promesas, pero las mayorías pobres en el continente latinoamericano no participan. Entonces hay que buscar algunos mecanismos de justificar que el sistema funcione pero de legitimar la ausencia de las promesas del capitalismo y del mercado”. Para la pastora, esta es la expresión de un capitalismo patriarcal y “extremadamente fundamentalista”, porque retira de la sociedad la posibilidad de evaluación, de elegir, y de crear otras relaciones y otros valores. De esta explicación surge su primera respuesta a qué es el fundamentalismo: “la suspensión del derecho de decidir en todas las áreas”.
Antes de terminar, Cardoso insistió en que la “generación fundamentalista” es internacional y cuenta con el financiamiento de distintos grupos fascistas del estilo de Con mis Hijos no te Metas. Alertó que los tentáculos de estos grupos incluso llegaron a tocar los organismos internacionales. “Forman gente, producen materiales, tienen una red de información bastante moderna, y ahora empezaron a presentarse en los espacios de la Organización de las Naciones Unidas, de la Organización de Estados Americanos, de las comisiones de derechos humanos, a incidir en la política. Aprendieron con nosotras y ahora están disputando esos espacios”, denunció la teóloga. Y volvió a decir esa expresión que aprendió durante su visita a Uruguay y que tan bien le vino para hablar de este tema: “Ojo”.

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