6/07/2015

Qué difícil es ser un dios



Carlos Bonfil
Un Wasteland medieval. Resulta curioso que justo en el momento de la salida comercial de Mad Max: furia en el camino, de George Miller, se estrene en la Cineteca Nacional Qué difícil es ser un dios (2013), la monumental película póstuma del ruso Alexsei German (Mi amigo Iván Lapshin, 1985), de algún modo su complemento y contrapartida. Alegoría barroca sobre el autoritarismo político, en clave de ciencia ficción, situada en un planeta llamado Arkanar y en una época dominada por el oscurantismo, la cinta es un prodigio visual en blanco y negro. Sus tres horas de duración refieren la aventura misionera del enigmático terrícola llamado Don Rumata que llega hasta ese planeta de tinieblas, sumido en los miasmas y las excrecencias, para aportar algo de ilustración y corregir, sin violencia, los impulsos anárquicos y los instintos primitivos de una horda de habitantes sin la menor traza de entendimiento civilizatorio.
Basada en la novela homónima fantástica de los hermanos rusos Arcadi y Boris Strougarski, la cinta de A. German es, en primera instancia, una aproximación a la barbarie estalinista, pero sus ecos finales adquieren una dimensión vigorosa en esta época de poutinismo fanfarrón y desafiante. El delirio alegórico de la cinta remite en el plano visual a los grandes frescos de El Bosco, pero también a escenas goyescas sobre los horrores de la guerra, y tiene como referencia complementaria una vena literaria ligada a Rabelais tal como lo interpretara el filósofo ruso Mijail Bajtin en su obra clave La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: el contexto de François Rabelais (1941), revisión de la parodia carnavalesca que alude a una estética de los excesos anterior a la cultura de las buenas maneras.
Para el cineasta German, lejos de progresar desde entonces por el buen camino, nuestra época pareciera regodearse hoy en celebrar un primitivismo nuevo, tanto en la corrupción, siempre impune, de sus hombres políticos, como en la increíble docilidad con que los sometidos toleran y veneran a sus opresores. Más que describir a los tiranos clásicos, el cineasta ruso expone conductas excesivas que de parte de líderes y gobernados conducen a un nuevo tipo de tiranía política y social consentida por casi todos. En este distante mundo de barbarie la ilustración de los hombres sabios venidos del planeta Tierra, a la manera de divinidades nuevas, no tiene en realidad cabida alguna. Es difícil ser un dios o un profeta o un liberador en una comunidad ya sin freno ni leyes ni códigos de conducta. Esa sociedad que el cineasta muestra con pocos esplendores y demasiadas miserias, apenas está alejada del desencantado mundo de corruptelas políticas y conductas sin asideros morales que exhibe otro cineasta de lucidez portentosa, Andrei Zvyagintsev en Leviatán (2014).
Si en el plano formal es válido emparentar el trabajo de Alexei German a las búsquedas estéticas de directores como su compatriota Andrei Tarkovski o el húngaro Bela Tarr, con sus largos planos secuencias y su magnífico manejo de la luz y los encuadres, también cabe destacar la increíble fluidez en los movimientos de una cámara que sin tregua explora los rostros y paisajes de ese mundo alucinado que es Arknar. No hay un momento de descanso en esta vasta representación teatral, donde personajes en primer plano irrumpen interpelando en directo al espectador, de manera brechtiana, resquebrajando las zonas de confort del relato de ficción, haciéndole reconocer, de modo muy realista, en esa precariedad ajena muchas de las miserias propias. Qué difícil es ser un dios es, en nuestros días y con mucha oportunidad, una cinta claramente política. Detrás de sus alegorías y su barroquismo excesivo, se hace patente el estado actual de sociedades occidentales en crisis donde los habitantes ya no tienen paciencia para las torpezas de sus dirigentes, esas divinidades obsoletas que el mejor cine ruso sabe ahora describir inclementemente.
Se exhibe en la sala 10 de la Cineteca Nacional a las 20.30 horas.
Twitter: @Carlos_Bonfil1

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