7/10/2016

Julieta



Carlos Bonfil
La Jornada 
Los abrazos rotos. En su vigésimo largometraje, Julieta, inspirado en tres relatos de la canadiense Alice Munroe (premio Nobel 2013), Pedro Almodóvar regresa a esa opción estilística de sobriedad dramática que maneja con mayor maestría y que muchos seguidores más le agradecen, la misma de melodramas como Volver y Todo sobre mi madre, sólo que ahora inclina la carga del dolor femenino del lado de la fatalidad. Los diálogos y las ocurrencias humorísticas son escasos en esta cinta, y lo que prevalece, en cambio, es una emoción contenida, muy bien calibrada. La misma que preside a la redacción de una larga carta que la protagonista, Julieta Arcos (Emma Suárez) escribe a su hija ausente, quien, sin motivo aparente, abandonó el hogar 12 años antes, cuando ambas compartían el duelo por la muerte accidental de Xoan, el padre y esposo adorado.
En su carta, la mujer desgastada por la edad y el infortunio acumulado, evoca a la Julieta joven (Adriana Ugarte), quien leyendo en un tren un libro sobre la tragedia griega está lejos de imaginar que el resto de su vida estará marcado precisamente por la fatalidad. Las primeras señales son ominosas. En el tren un hombre desconocido la aborda con deseos de aliviar en una conversación el peso de su soledad. Ella se resiste desconfiada, sólo para descubrir más tarde que el hombre ha tomado una decisión fatal de la que ella se siente oscuramente responsable. Su encuentro con Xoan abrirá un intermedio de dicha doméstica que no tardará en cerrar y ensombrecer la turbia presencia de Marian (Rossy de Palma, formidable), sirvienta inspirada, de modo transparente, en la señora Danvers (Judith Anderson), el ama de llaves de Rebecca (Hitchcock, 1940).
A medida que Julieta recuerda en su carta los episodios misteriosos que contribuyeron a su desdicha actual, a su estado de total abatimiento, sus sentimientos de culpa se incrementan y su desasosiego moral se acentúa. Almodóvar concentra su talento en escudriñar en el mismo rostro vencido de la protagonista el misterio y complejidad de las relaciones afectivas que por un simple azar pueden transitar de la felicidad a la desdicha, y oponer de un plano a otro la lozanía de la Julieta joven, con su cuerpo y rostro seductores, al de una Julieta que en el espejo contempla los estragos de la edad y la derrota sentimental. Hay una escena notable en la que el rostro de las dos actrices parece incluso confundirse, como si la juventud misma se disolviera de golpe en su triste formato venidero.
De todas las cintas de Almodóvar, Julieta es la que con mayor negrura combina la decadencia física con el naufragio de los afectos. Si a esto se añade el tema de la enfermedad crónica o terminal que se abate sobre los personajes que rodean a la protagonista ensombreciendo todavía más su vida y prefigurando su inminente descomposición anímica, o la pintura de Lucian Freud que en una escena ofrece la imagen de la decrepitud física, el efecto acumulativo es perturbador. Y si esta visión pareciera demasiado pesimista, el realizador se apresura a señalar que su modelo literario lo es todavía más y que en su libre adaptación él ha elegido suavizar el tono. Por fortuna. De otra manera, su cinta habría sido aún menos popular y más incomprendida.
¿Qué queda como contrapeso a esa crónica de la desolación? Ciertamente no un desenlace feliz, pues el cineasta ha preferido dejarlo abierto. Tampoco las efusiones del melodrama convencional, pues las dos protagonistas dominan aquí el arte de la contención dramática. Ni siquiera el acostumbrado repertorio de ocurrencias humorísticas y provocadoras. Sencillamente, y no es poca cosa, una intensidad emocional que aflora en escenas clave, como cuando la madre de Julieta emerge de su extravío mental para recuperar una súbita lucidez y con ella la capacidad de asombro y un poco de ternura, o cuando el rostro del hombre desconocido en el tren anticipa en su infinita desolación la triste trama que sin saberlo está a punto de desatar.
El Almodóvar camaleónico e imprevisible, con sus fuertes altibajos que desalientan o entusiasman a sus seguidores, consigue plasmar en Julieta un resumen de sus mejores obsesiones artísticas, desde su aguda exploración de la figura femenina (con Cukor, Godard y Fassbinder como ilustres predecesores) hasta ese tono confidencial e intimista que adquiere tintes autobiográficos, pues así como la protagonista expone en una carta su desasosiego afectivo actual refiriéndose a un pasado más sonriente, el cineasta deja atrás el estilo iconoclasta y festivo de su juventud bohemia en la movida madrileña, para asumir, ya sin petulancia narcisista y con relativa humildad, los insoslayables reclamos de una madurez física y artística. A la manera de Flaubert, quien exclamaba Emma Bovary soy yo, Almodóvar podría hoy decir: En mis dos Julietas, estoy todo yo. No le faltaría en absoluto la razón.
Se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.
Twitter: @Carlos.Bonfil1

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