8/04/2010

Carrera 2012



Centralidad política de AMLO

Luis Linares Zapata
El acto de masas del domingo 25 de julio en el Zócalo irrumpió en el panorama nacional como un fogonazo político de gran alcance. Sus emanaciones, aun a la distancia, todavía se huelen, giran, se depuran y evolucionan entre los habitantes del país. Sin duda, llegaron hasta las oficinas, los medios y el análisis de los centros de poder mundial, y éstos comenzaron a girar sus anteojos con nuevo cristal. No fue una concentración como otras tantas de similar factura. Fue la intensa calidad de los pronunciamientos la que multiplicó los ecos de esa reunión de alebrestados ciudadanos. La cadena de repercusiones siguió de inmediato y trastocó la, hasta ese día, tendencia al bipartidismo conducido desde arriba. La opción que dejó asentada en muchas de las mentes, deseosas de emprender una aventura de cambio con talla histórica, sacudió, hasta los cimientos, el entramado vigente de la derecha. Fue, ciertamente, la presentación, con todo el rigor de un acontecimiento significativo para el futuro nacional, de un movimiento que aspira a la transformación de este México injusto y apaleado.

La clase política de elite, acostumbrada a lidiar con ella misma, con sus asociados, apoyadores laterales y para sus propios intereses, resintió el golpe. Fue seco, directo al corto alcance de sus ambiciones de sobrevivencia en las alturas decisorias. Descobijó la irrealidad de sus trajines y acuerdos cupulares carentes de dignidad o trascendencia. Todavía rumiando los pocos alcances y significados de las pasadas elecciones, despertó, de pronto y sin defensas, a tareas y significados que la rebasan. Sus oficiantes de primer nivel se entumieron al sentir el ventarrón del cambio que les estropea sus planes de continuidad sin sobresaltos.

Ni siquiera los recientes golpes al crimen organizado pudieron paliar la indefensión del oficialismo, de sus burocracias partidarias y de sus aturdidos estrategas ante la andanada que todavía reverbera en el Zócalo capitalino. Las voces que allí se elevaron vienen de abajo, de lejos, con alegría y hasta desparpajo para dar cuenta de su inevitable presencia. Muchos de ellos, hombres y mujeres de variada condición, se han acunado en parajes que poco cuentan para los mandones y sus servidores. Vinieron, con harto gozo, coraje y preocupación, a develar su nueva condición de ciudadanos combativos. Saben, ahora, que cuentan porque forman el movimiento reivindicador como no hay otro en la República. El espíritu de cuerpo se hizo densidad política y las propuestas apuntaron hacia un destino al alcance de un tirón adicional de concertación, trabajo organizativo y voluntad para salir adelante.

La canalla reaccionó de inmediato al sentir de sus titiriteros. Pero su incapacidad de auscultar, de examinar, de interpretar el presente, menos aún de apuntar hacia el mañana, les ganó la partida. Empezaron por negar cuantos efectos hubiera podido concitar la reunión masiva. Recayeron, una vez más, en los cálculos de siempre, ¿Cuánto costó el acarreo? ¿Quién lo financió? Y han reditado suposiciones de subordinación abyecta, de tontería colectiva de los militantes que actúan sin criterio propio. La obcecación de su líder, AMLO, volvió a la palestra y la crítica convenenciera incidió, de nueva cuenta, en sus ninguneos acostumbrados. Lo daban por marginal y derrotado, rumiando rencores, sin haber sanado de los propios, enormes errores cometidos a partir de 2006. Ese ritornelo, esa manera cerrada, oblicua, tramposa de análisis, es causal sustantiva del estupor que desató el anuncio de su aspiración presidencial.

El pronunciamiento de López Obrador fue pausado, se acompasó con cientos de miles de voces que acudieron al llamado, con clara conciencia del destino que aguarda para después. AMLO, ahora convertido en prospecto que aspira a la Presidencia en 2012, fue medular en los intentos de la media adversa por desviar la atención de la gente, por oscurecer la realidad, esa que se palpa sin siquiera concitarla. En sus desaforados alegatos de catalogar sus andanzas, dichos y posturas como rampantes mentiras y traiciones cotidianas, ofenden hasta al más sencillo de los que, con su humanidad a cuestas, se plantaron ante la actualidad para reclamar su personal sitio. Y sin duda afectarán, para mal de sus propósitos, la sensibilidad de esos otros muchos seres de bien que desean un mejor futuro para sus hijos. Millones de mexicanos que ya no encuentran cabida en este panorama sombrío, decadente, retrógrado, disolvente de la energía social, en que los han sumido una caterva de ambiciosos sin límites, ayunos de visiones inspiradoras o compasión.

Ahora ahí lo tienen, para que aprendan a respetar a los que se preocupan, de verdad, de los anhelos populares, de esos incontables mexicanos que han sido sacados de las estadísticas del triunfo por no alcanzar el éxito y la buena vida. Y ahí andará de aquí hasta la cita de 2012. No descansará en su peregrinar ni cambiará el núcleo de su discurso, siempre atento a los sentires de la gente. Con otros muchos, López Obrador irá y vendrá por la República con una fe inquebrantable en la bondad de la gente, en su toma de conciencia para buscar lo básico: una vida digna, sencilla, satisfactoria y productiva. Por eso había urgencia de introducir algunas modalidades discursivas no oídas con anterioridad, menos aún pronunciadas por políticos de arcaica cepa. Esa parte del sustrato anímico del pueblo que solicita, pide, con la urgencia debida, hablar y que le hablen del amor al prójimo y otros valores de raigambre familiar, inexplicablemente abandonados por la izquierda.

Es por narrativas como la descrita arriba que hubo saltos y berrinches, inesperados unos, retorcidos otros, pero siempre apuntando, con dolo, a la línea de flotación del perfil de López Obrador: su desprecio institucional, la no sujeción a las reglas escritas o acordadas en el rejuego sucesorio. Desempolvaron la estúpida sentencia que afirma, de manera torpe, que las plazas llenas no ganan elecciones. El susto fue mayor: se les plantó enfrente como sólido opositor. Había urgencia de meterlo al carril de las seguridades conocidas para sus anhelos de continuidad. Para detener su movimiento desataron una tormenta de gritos, a cuan más destemplados. La agenda del poder establecido entró en una esfera de riesgo. Ahora quieren calmar a sus grupos, ya desde antes desbocados. A éstos hay que decirles que no habrá división de la izquierda. Esos que ahora usurpan la dirigencia de tal contingente ideológico no han inspirado ruta alguna para aliviar el penar popular. Las alianzas que procrearon de muy poco, o nada, sirvieron para cimentar un asalto al afán transformador. El PRI o el PAN, la derecha partidista, no serán derrotados por alianzas y con candidatos sacados de alguna chistera partidaria. El triunfo en 2012 vendrá de abajo, de esa rebelión en curso que se va acomodando, donde AMLO tiene lugar privilegiado por la confianza que en sus intenciones, capacidades y entrega le reconocen.

2012: dos bloques

José Antonio Crespo

En la elección de 2000, el tema fue el cambio o la continuidad del régimen, mientras que en 2006 el voto útil favoreció a Calderón sobre AMLO.

Las dos últimas elecciones presidenciales han sido, en lo esencial, un plebiscito sobre algún tema toral: en 2000, el tema fue cambio o continuidad del régimen: el voto útil de la izquierda favoreció a Vicente Fox para provocar una alternancia y con ella -se esperaba- un cambio profundo del régimen político. La elección de 2006 también fue plebiscitaria: dado el potencial electoral de Andrés Manuel López Obrador, y su propuesta de cambio económico, los ciudadanos y los actores que vieron con temor esa propuesta (y también, la personalidad de AMLO) unieron fuerzas para frustrarla: el voto útil de muchos priistas y de ciudadanos independientes favoreció a Calderón, al que se le vio como muro de contención del riesgo obradorista. ¿Volverá a haber un plebiscito en 2012? Todo indica que sí. La cuestión a decidir será si el PRI retorna al poder o no. A partir de lo cual se van formando dos grandes bloques, con sus respectivas razones, expectativas y temores.

1) El bloque a favor del PRI, compuesto no sólo por el voto duro de ese partido, sino por ciudadanos que sufragaron contra el PRI en 2000, pero ahora tienen toda la intención de regresar su voto al tricolor en 2012. Las encuestas y las elecciones federales del año pasado no permiten pensar otra cosa (el PAN y la coalición de izquierda perdieron cerca de 10 millones de votos, una tercera parte de los cuales se transfirió a la alianza PRI-PVEM). Para ese bloque de electores, ni el PAN ni el PRD estuvieron a la altura de las circunstancias, no cumplieron con sus promesas democráticas, no atacaron a fondo la corrupción. En el caso del PRD prevalecen división interna, falta de respeto democrático en sus primarias, discurso estridente y actitudes extrainstitucionales, además de manejos oscuros de los recursos públicos.

En cuanto al PAN, desde el gobierno federal mantuvo la impunidad, se incurrió en corrupción, se dejó de lado la rendición de cuentas, se aprovechó del corporativismo autoritario en lugar de proceder a su desmantelamiento. Otros ven igualmente en la inexperiencia y la falta de habilidad política de los gobiernos panistas la razón de la crisis de seguridad, el incremento de la violencia, los brotes de ingobernabilidad, el debilitamiento del Estado y sus instituciones.

Quienes sin ser priistas desean el retorno al PRI, quizá lo hagan con resignación más que con entusiasmo, considerando que si ese partido no representa una opción democrática, los otros partidos tampoco. El tricolor -piensan- al menos tiene experiencia de gobierno, colmillo político (la virtú de la que hablaba Maquiavelo) y la capacidad de mantener un mínimo de gobernabilidad, lo que -a sus ojos- otros partidos no garantizan en absoluto. Habrá quien crea que el retorno del PRI implicará la reconstitución del régimen autoritario -lo cual les parece preferible que la frágil e impotente "democracia" actual-, dada su capacidad de control político y preservación de la estabilidad que lo caracterizó.

Otros votantes por el PRI pensarán que su retorno al poder no se traducirá en una regresión autoritaria, dada la actual descentralización del poder, y gracias a los contrapesos institucionales que antes no había. Ambas corrientes están, como sea, en disposición de votar nuevamente por el PRI.

2) El bloque antipriista está formado por electores que no se arrepienten en absoluto de haber votado contra el PRI en 2000, así los gobiernos de la alternancia hayan resultado un gran fiasco. Consideran que si bien ni el PAN ni el PRD se mostraron cabalmente democráticos, el PRI lo es aún menos; que desde el poder intentará revertir lo que se ha ganado, sobre todo porque para ello se sentirá respaldado por la mayoría ciudadana (en caso de ganar). Piensan que hará lo conducente para ya no devolver la Presidencia en varias décadas, que atentará contra las instituciones democráticas para ponerlas nuevamente bajo su control.

Que su retorno significará el cierre de un breve y fallido paréntesis democrático, para emprender la regresión autoritaria, en lo que el PRI podría tener éxito. Creen que, por tanto, es indispensable cerrar filas para evitar el temido retorno del PRI, por más que, dentro del juego democrático, la alternancia a favor del PRI esté contemplada como una posibilidad legítima. Falta por ver quién o quiénes se pondrán frente al candidato del PRI (sea quien sea) y si alguno logra aglutinar a este bloque antipriista, que no parece pequeño (como tampoco lo es, evidentemente, el bloque que está a favor de que regrese el PRI).

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