11/07/2016

En estado canalla



Hermann Bellinghausen
La Jornada 
En términos de Estado, gobierno, sistema político, condiciones de vida cotidiana, derechos y servicios ¿hemos mejorado? La propaganda afirma que sí, el desarrollo cuenta mucho. Si acaso disentimos ¿idealizamos nuestros pasados? ¿El próximo, el remoto? Fueron tiempos injustos, corruptos, autoritarios, represivos, machistas, antidemocráticos, manipuladores, y más atrás en la historia, fanáticos, inquisitoriales, brutales. No nos gustaban, pero teníamos el futuro por delante. Los sectores críticos demandaban cambios y soportaron persecución, pero sólo después de 1968 se vuelve a hablar de revolución armada. Los menos deciden hacerla aquí y ahora. Así les va. Los más admiran las revoluciones ajenas (Cuba, Nicaragua) como si fueran propias, pero piensan sólo en cambios graduales y se deslindan de los revolucionarios locales, los tildan de delirantes, tontos o malintencionados.
Queríamos una transformación democrática y liberadora de la vida sindical. Vamos, había vida sindical. Queríamos la profundización de la reforma agraria, la entrega de tierra a quien la trabaja, a quien la heredó de sus ancestros, a quien la reclama con derechos de comunidad. ¡Había reforma agraria! Queríamos extender, pues existía, la educación pública, gratuita, laica, nacional y de calidad; que la seguridad social conquistada por los trabajadores fuera universal; que el fruto de nuestros recursos beneficiara a los mexicanos en general, no a mexicanos en particular: petróleo, electricidad, telefonía, territorio, industria (el tan idealizado desarrollo).
Todo estaba en la letra constitucional. La Iglesia residía sanamente en sus atrios, con la grey libre de practicar sus creencias sin intervenir con ellas en la cosa pública; el intento cristero había fracasado. Éramos uno de los pocos países que daban al Vaticano trato de culto, no de Estado, pues la soberanía iba primero. Hasta que resultó que lo moderno sería volver a la situación antigua, contando para ello con el papa Wojtila, intervencionista, intransigente y reaccionario.
Y así todo. Para atrás y rapidito. El ITAM al timón y los capitanes en Washington. Vimos volver cosas canceladas por las luchas del pueblo mexicano: la esclavitud, los latifundios, las encomiendas, los patrones extranjeros, la tierra arrasada, el derecho de pernada, las masacres de gente pobre, los impuestos criminales. Todo regresó modernizado. Los recursos y la tierra son de quien pague, y puede hacer allí su rechingada gana sin que molesten autoridades ambientales, financieras ni laborales, y con las bandas criminales siempre hay modo de arreglarse.
Es la población lo que estorba, y lo primero es engatusarla. Si no cae, ahuyentarla entonces, aterrorizarla, someterla o expulsarla de su tierra tan reforma agraria, tan bonita clínica, tan buena el agua entubada.
Todo por obedecer con entusiasmo suicida la tendencia mundial de acanallamiento en las relaciones sociales del poder. En Estados Unidos y Europa por la vía del racismo, la intolerancia post colonial y la estupidez creciente de sus clases medias. En América Latina y Asía Menor, por la creación de estados delincuenciales o rehenes del crimen organizado y/o las grandes corporaciones depredadoras, al grado de ser posibles presidentes como Temer en Brasil o Duterte en Filipinas; este último, trumpiano confeso, aprueba la violación de mujeres, organiza escuadrones de la muerte y encomia a los civiles que asesinan delincuentes.
Qué Estado no es hoy en mayor o menor medida canalla, como decía Chomsky de Washington, mientras Bush-Clinton-Bush hablaban de estados fallidos: Albania, Somalia, Yemen, Ruanda. Fallidos y canallas han ampliado sus listas. La podredumbre avanza ataviada de democracia y, en lugares como el nuestro, en medio de un baño de sangre.
La vida no vale si eres negro en Norteamérica, mujer o estudiante en México, persona en Haití o Siria, indígena en Brasil, palestino en Palestina, cristiano en Malí, chiíta en Irak. Políticos como Álvaro Uribe en Colombia –belicista, paramilitar, racista y corrupto– van al alza. El negocio de la guerra ignora leyes, códigos de honor, respeto a lo humano. Desaparecen la justicia y la aceptación de las diferencias. La extracción y la acumulación se comportan como si no tuvieran límite, pero también a ellas el futuro se les acaba.

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