11/24/2014

El bienio de Peña



John M. Ackerman

La lucha por la justicia para los estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa se ha convertido rápidamente en una batalla histórica por el presente y el futuro de la nación. De un lado se encuentran las fuerzas de la muerte, la represión, la corrupción y la ignorancia. Del otro lado se levanta el espíritu libertario de un pueblo mexicano lleno de creatividad, dignidad y esperanza.

El contraste entre el insultante y mal actuado video donde Angélica Rivera presume sus millonarias propiedades y cualquier entrevista con Omar García, u otros integrantes de la gran familia de Ayotzinapa, evidencia el insostenible abismo cultural que existe entre la indolente clase gobernante y el pueblo trabajador. Ni Enrique Peña Nieto ni los integrantes de su gabinete podrían sobrevivir un debate público de frente, sin teleprompter, con cualquiera de los estudiantes o padres de familia de Ayotzinapa. Serían avasallados en cuestión de minutos por la enorme claridad, convicción e inteligencia de las voces rebeldes de Guerrero.

Nos malgobierna un grupo de personas incultas, sin educación, ética o conocimiento histórico, cuyo único interés es acumular dinero y poder. Pero su ignorancia los condena a repetir la historia y mantenerse aferrados a un inmovilismo conservador que finalmente causará su contundente derrota. Los vientos de la historia corren con prisa y el enorme ingenio del pueblo mexicano sabrá llenar sus velas con la energía del actual proceso de transformación global.

La quema el pasado 20 de noviembre de la efigie de Peña Nieto, considerado por muchos como el Judas de la nación, anunció al mundo entero el final del sexenio, ahora convertido en bienio, de quien hoy todavía ocupa Los Pinos. Cada momento en que el esposo de la millonaria actriz de Televisa se aferra a la silla, se desgrana y se vacía el poder presidencial. No es el cargo el que hace al hombre, sino el hombre el que hace al cargo, reza el sabio dicho mexicano. Así que cuando el hombre resulta ser un simple monigote de papel, el cargo también se esfuma por definición.

La separación formal de un presidente de su cargo es mucho más sencilla de lo que sugieren la mayoría de los análisis legaloides sobre el tema. De ninguna manera hace falta que el Presidente presente formalmente su renuncia al Congreso de la Unión de acuerdo con el artículo 86 constitucional. Lo único que tendría que ocurrir es que el ocupante de Los Pinos simplemente no se presente a trabajar y que así se produzca la falta absoluta mencionada en el artículo 84 de la Carta Magna. En otras palabras, no hace falta que Peña renuncie sino que solamente se vaya a otra parte.

Pero independientemente de si Peña Nieto se separa o no de su cargo, lo que es seguro es que cada día en que se mantiene en su puesto menos mexicanos le harán caso. Nos encontramos hoy en medio de un enorme movimiento global de desobediencia civil en favor de la justicia y el cambio de régimen en México. La Acción Global por Ayotzinapa del pasado 20 de noviembre no solamente concentró más de 150 mil personas en el Zócalo capitalino sino que simultáneamente movilizó decenas de miles de otras personas a lo largo y ancho del país y del planeta, desde los municipios más pobres de Guerrero y Chiapas hasta Tokio, Toronto y La Paz.

Lo que hoy atestiguamos es una enorme batalla civilizatoria en respuesta al desfondamiento del poder presidencial como centro articulador de la legitimidad pública en México. Por un lado, las fuerzas armadas y los aparatos de seguridad han recurrido a las viejas prácticas de represión y de miedo. La acción coordinada entre provocadores y policías, y entre Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera, para desalojar el Zócalo capitalino con lujo de violencia el pasado 20 de noviembre fue en esencia la misma que los operativos del 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971.

Por otro lado, los viejos lobos de la izquierda partidista han hecho un llamado para formar un nuevo congreso constituyente. Y los puristas de la sociedad civil buscan salvadores ciudadanos para rectificar el camino durante una presidencia interina.

Pero en lugar de reciclar viejas fórmulas con el fin de salvar la estabilidad de un régimen totalmente caduco, habría que inspirarnos directamente en la gran Revolución Mexicana de 1910 para que el país una vez más ponga el ejemplo al mundo en el terreno de la transformación social. Visualicemos una nueva nación en que los cargos públicos se ocupan por sorteo, las riquezas nacionales se reparten de manera igualitaria, la seguridad pública está a cargo de los mismos pueblos y la corrupción es una vaga memoria de oscuros tiempos pasados.

Tal como afirmó Omar García este sábado pasado desde la tribuna legítima del estrado del concierto de Calle Trece: “No queremos cambios de gabinete, queremos cambios profundos (…) y tenemos que llegar hasta las últimas consecuencias” (Véase: http://ow.ly/EKXtp). Sigamos todos su ejemplo de dignidad e inteligencia.

Twitter: @JohnMAckerman

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